
o cómo descubrí que viví toda una vida con un fantasma.
Hoy, a mis cincuenta y siete años -sí, cincuenta y siete-, abrí un expediente oficial y me encontré con que todo lo que creía saber de mi nombre era, digamos, una licencia poética que mi cerebro había autorizado sin consultar al Estado: mi Cédula de Identidad decía Sebastian, sin tilde, mientras yo, con un orgullo casi artístico, siempre he sido Sebastián. Y sa tilde no había sido una simple rayita. De hecho, había sido, para mí, una diacrítica de identidad, una marca de acento existencial que me acompañó en etiquetas, contratos, firmas, saludos y hasta en mis silencios interiores.
Y no pude evitar pensar. ¿Soy Sebastián porque así me nombraron, me nominaron, mi familia, mis amigos y el universo afectivo en el que crecí (esa constelación de afectos que me respaldan y celebran), o soy Sebastian porque un funcionario, hace tanto, pensó que mi partida de nacimiento no necesitaba una rayita encima de la a?
O, lo que viene a ser lo mismo, ¿es mi nombre algo que se hace cada vez que se pronuncia, o algo que soy, incluso cuando nadie lo sabe todavía?
En teoría de la identidad, perdón, en mi teoría de la identidad, donde mezclo impúnemente lenguaje, filosofía y actos performativos, supongo que muchas identidades resultan, más que esencias fijas, actos repetidos, formas que emergen en la reiteración, allí donde los discursos sociales nos citan y nos reconocen. Pero si aplico esto a mi caso, caigo inevitablemente en una especie de loop existencial: ¿Sebastian era una especie de potencial latente, un nombre que existía en alguna superposición cuántica de mi partida y mi autopercepción, esperando colapsar en una forma concreta cuando alguien (legalmente autorizado o no) le pusiera boca o tinta? ¿O, por el contrario, era yo quien hablaba mi propio nombre, con tilde desde siempre, haciendo realidad una identidad que los papeles simplemente ignoraron?
Es tentador decir (y lo confieso: me río cuando lo pienso) que tal vez haya vivido, sin notarlo, en una especie de realidad alternativa tildeada, tal como si hubiera estado habitando una versión más expresiva de mí mismo, en la que cada acento gráfico era un signo de rebelión poética contra la estandarización. Pero también podría decir lo contrario: que mi nombre, tal como figura en la partida de nacimiento, fue una suerte de nombre constitucional que me precedió sin que yo lo supiese, y que todo este tiempo fui Sebastian sin enterarme, actuando como si fuera Sebastián solo porque así sonaba mejor a mi oído emocional.
Y aquí me aparece la parte más curiosa de todo esto: cada vez que alguien me llame Sebastian, ahora, ese acto será un pequeño acto de habla que reconstruirá mi identidad en tiempo real. Es decir, cada nominación, cada publicación, cada anuncio de entrada en una sala donde digan mi nombre, sin tilde, estará haciendo algo más que, simplemente, describiéndome. Y en ese sentido, a partir de hoy tengo realmente dos nombres coexistiendo, tal como si fueran dos vecindades semánticas: Sebastián con tilde, que es el nombre que yo sé que soy (la vida larga de todas mis memorias y todas las veces que algunos labios pronunciaron esa rayita), y Sebastian sin tilde, el nombre que aparece en el pergamino oficial, la forma canonizada por la tinta burocrática.
¿Cuál de los dos es más yo? ¿Cuál es más verdadero? La respuesta podría ser un chiste interno, pero podría ser también una reflexión seria sobre cómo la performatividad (la repetición de actos de lenguaje y reconocimiento social) realmente hace que algo exista como identidad más allá de cualquier documento o categoría establecida.
Así que sí: puedo decir con total autoridad y absoluta solemnidad que fui Sebastian sin saberlo y, al mismo tiempo, fui Sebastián, con tilde, desde siempre. Y que eso sea la historia de mi propio nombre (una especie de diálogo continuo entre cómo me nombra el mundo, cómo me nombro yo, y cómo ese nombramiento construye mi identidad) no es un mero accidente lingüístico sino uno de esos pequeños choques entre papel, boca y cerebro que nos recuerdan que nada de lo que somos está simplemente dado, sino que se construye, se actúa y se repite.
Y queda, ahora, una última reflexión que deseo explicitar, una especie de juramento vital para lo que viene a partir de esta revelación: en el futuro, prometo vivir mis nombres (Sebastian, Sebastián o cualquier otra articulación que el gesto de nombrarme produzca) como identidades fluidas, móviles y abiertas, suspendidas en un espectro más que encasilladas en una rigidez binaria señalada por la presencia o ausencia de la tilde. E imagino ese espectro como un conjunto de posibles estados cuánticos, cada uno con su propio nivel de energía y de probabilidad (más que un abanico fijo de opciones, como una superposición de existencias potenciales hasta que una situación, un acto de nominación o una percepción concreta lo materialice).
Así, mi nombre no será ya un valor único y definido sino una función de onda identitaria, cuya amplitud dependerá del acto de hablarlo, de inscribirlo, de reconocerlo o de jugar con él, aceptando así que mi identidad nominal (al igual que mi identidad en general) será un proceso y no un producto, un continuo espectral de posibilidades y actualizaciones en vez de una entidad inmutable, sin negar o borrar ninguno de los nombres que he vivido sino desplegándolos en un espacio de resonancias posibles, donde cada pronunciación, cada escritura y cada reconocimiento volverán a hacerme y deshacerme para volver a hacerme otra vez.









