S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.


Hay frases cuya falsedad resulta evidente apenas se las mira de frente. Otras, en cambio, poseen una arquitectura tan perfectamente verosímil que sobreviven no gracias a la evidencia sino gracias al deseo colectivo de que sí hayan sido pronunciadas. Y la música académica de los últimos años, con su combinación de prestigio intelectual, hermetismo técnico y cierto temor reverencial por parte del público general, constituye un terreno especialmente fértil para ese fenómeno.

Entre las citas más curiosas que circulan en conservatorios, seminarios de composición y foros especializados aparece una atribuida con insistencia casi litúrgica a György Ligeti:

«Si dominas las microtonalidades podrás transformarte en un maravilloso mediocre.»

No existe registro alguno de que Ligeti haya pronunciado semejante frase. Tampoco aparece en entrevistas, clases magistrales ni correspondencia publicada. Sin embargo, la cita persiste desde hace décadas en conversaciones de músicos, muchas veces repetida con esa sonrisa ambigua con la que los intérpretes experimentados suelen advertir a los estudiantes sobre los peligros del virtuosismo vacío.

Imagino que la atribución no es casual. De hecho, Ligeti reúne todas las condiciones necesarias para que una frase así resulte plausible. Fue uno de los compositores europeos más influyentes del siglo XX, profundamente interesado por la textura, la percepción y las complejidades tímbricas, sus obras exploraron densidades armónicas y desplazamientos microscópicos de altura que, para muchos oyentes, rozaron demasiado sensualmente el territorio microtonal. Además, supo cultivar un humor seco, feroz, irónico,más especialmente cuando hablaba sobre ciertos academicismos musicales. Por eso la frase parece encajar, y hacerlo demasiado bien.

Y ese exceso de compatibilidad suele ser el primer síntoma de una apócrifa exitosa. Porque la sentencia posee algo irresistible: funciona al mismo tiempo como broma, advertencia y diagnóstico cultural. No ataca las microtonalidades en sí mismas -Ligeti jamás habría hecho algo tan ingenuo- sino la tendencia, profundamente humana, a confundir complejidad técnica con profundidad artística, confusión que atraviesa buena parte de la historia del arte moderno.

No es algo nuevo. Cada vez que una herramienta revolucionaria aparece, surge la tentación de creer que dominar su uso y procedimiento equivale a producir la belleza, gracias a ese extraño efecto narcótico de ofrecerle al creador la sensación de estar diciendo algo importante incluso cuando no está diciendo absolutamente nada.

Llevado al contexto de las microtonalidades, estas agregan un problema adicional desde el momento en el que impresionan, y para buena parte del público representan un territorio misterioso, matemático, inaccesible, algo que exige oídos privilegiados y conocimientos especializados. Y eso les impregna un prestigio automático que puede transformarse rápidamente en refugio para ciertas mediocridades extremadamente cultivadas.

Probablemente eso haya ayudado a que la frase sobreviviese: todo músico conoce al menos un compositor capaz de explicar durante cuarenta minutos el análisis espectral de una obra completa peroque resulta incapaz de escribir cuatro compases memorables, y también el caso inverso, creadores técnicamente modestos que lograron despertar emociones devastadoras con recursos prácticamente elementales.

La supuesta cita de Ligeti, entonces, funciona como una especie de vacuna contra la solemnidad. Pero no contra la investigación sonora ni contra la experimentación, mucho menos contra las microtonalidades, sino contra la pedantería, y eso vuelve todavía más interesante el hecho de que probablemente jamás haya sido pronunciada.

Es sabido que las frases falsas más exitosas suelen condensar una verdad emocional más potente que muchas citas auténticas, y que operan como miniaturas mitológicas, relatos comprimidos que la comunidad preserva simplemente porque expresan algo que necesita seguir siendo dicho, aún cuando el origen sea ficticio. En ese sentido, resulta irrelevante determinar quién inventó realmente la sentencia. Lo importante es, en contrapartida, comprender por qué tantos músicos desean creer que Ligeti sí la dijo.

Es probable que sea porque humaniza una figura monumental al tiempo en que introduce una ironía dulce en un ambiente frecuentemente excesivo. O porque revela un miedo secreto de toda persona dedicada al arte contemporáneo: el temor de que, detrás de capas inmensas de sofisticación conceptual, no haya nada importante para transmitir. Después de todo, convertirse en un mediocre común requiere poco esfuerzo, pero convertirse en un maravilloso mediocre, en cambio, exige estudio, becas, software especializado, terminología incomprensible y, presumiblemente, un ensamble financiado por el estado.



Por cierto, aclaremos algo necesario. No solo Ligeti jamás dijo la frase de marras sino que nadie más lo hizo. Nunca. De hecho, necesité inventarla para poder escribir todo esto.
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