
¡qué rostro aquél que devuelve la mirada tal como una herida devuelve la mano que la toca, y acecha e ilumina el instante preciso en el que una persona descubre que tiene adentro algo roto y que, aun así, debe continuar respirando con ello!
¡qué manos aquéllas que no cubren sino que construyen la expresión con dedos que arrancan plegarias endurecidas por el inútil esfuerzo de contener lo que desborda desde dentro, tal como si el cuerpo hubiese comprendido, demasiado tarde, que su carne nunca logrará cerrar el abismo!
¡qué ojos aquellos que no miran hacia afuera sino que lo hacen desde un lugar más allá del lenguaje, un cuarto sin puertas donde el pensamiento todavía no aprendió a llamarse pensamiento y que, abiertos por el espanto de existir más que por el miedo a morir, se vuelven piedras que esperan siglos bajo tierra a que alguien las parta para descubrir que estaban huecas y que, sin embargo, brillan con el resplandor obsceno de lo que consiguió no extinguirse.
¡qué boca la boca ausente, que grita con un grito que no sale sino que se multiplica hacia adentro, rebota entre huesos invisibles y desgarra galerías interiores tal como una campana atrapada dentro del pecho! Las manos intentarán detener ese alarido, sí, y fracasarán, pero no por débiles sino porque pertenecen al derrumbe mismo de los dedos, cruzados como vigas de una antigua construcción incendiada: nudillos semejantes a rodillas de mendigos y uñas rotas a modo de pequeños fragmentos de porcelana humana construida con restos de un sí mismo ensamblado después de una catástrofe cuyo nombre nadie se atrevería a pronunciar.
Así nace la belleza insoportable, allí donde el dolor no encuentra forma y, por eso, deforma cuanto toca sin pedir compasión sino reconocimiento. Como alguien que acerca lentamente sus palmas a la cara, ya no para ocultarse del mundo sino para impedir que el mundo vea que, detrás de sus ojos, el desmoronamiento es adulto desde hace tiempo.
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