S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.


No puedo recordar con exactitud -imagino que nadie podría- cuándo nació mi fascinación por la astrofísica. Es muy probable que haya comenzado antes de que yo siquiera tuviese las palabras suficientes para nombrarla, antes incluso de comprender qué era una estrella, una galaxia o el mismo tiempo. Tal vez empezó una noche cualquiera, en una casa de altos en Piedras Blancas, mirando cómo desaparecía lentamente el puntito blanco de un televisor antes de que alguien nos lo intentara robar.

Mis padres nos mandaban a dormir, naturalmente, y nosotros obedecíamos con esa obediencia negociada que caracteriza a la infancia Ya estábamos en el dormitorio, sí, pero antes de disponernos a terminar el día permanecíamos unos segundos (o, tal vez, minutos) frente al aparato apagado. Mis hermanas y yo esperábamos el ritual final, el instante último, la desaparición definitiva del pequeño puntito blanco en el centro de la pantalla.

Nadie nos explicó jamás qué era aquello, pero tampoco nadie necesitó hacerlo. El televisor no parecía verdaderamente apagado mientras existiese todavía algo visible en su pantalla. Mientras quedase luz, quedaba presencia y el aparato seguía siendo una especie de puerta entreabierta hacia otro sitio. El puntito era un universo en retirada.

Competíamos para ver quién lograba distinguirlo durante más tiempo, aún cuando no había forma de verificarlo. No existía medición posible, todo dependía de la confianza. Si alguien decía «todavía lo veo», los demás debíamos decidir si creerle o no.

Hoy comprendo que aquel juego infantil no trataba sobre la agudeza visual sino sobre la edificación de los vínculos. Era una ceremonia diminuta de cohesión social, un pacto, una forma de permanecer juntos unos instantes más antes de dormir, y también entiendo ahora la enorme importancia de que nuestros padres nos permitieran hacerlo.

Podrían habernos apurado, podrían haber impuesto la eficiencia adulta sobre aquella liturgia absurda y aparentemente inútil, pero no lo hicieron. Nos dejaban contemplar el final completo del fenómeno y demorarnos en el borde mismo de la desaparición. Eso, aunque entonces nadie pudiera saberlo, era una forma más de amor.

Con los años aprendí que aquel puntito blanco no era magia ni agonía. Era fósforo persistente, el colapso del barrido electrónico de un CRT, un resto de energía que se concentraba en el centro de la pantalla antes de extinguirse definitivamente. Entendí los haces de electrones, las bobinas de deflexión, la persistencia fosfórica, los tiempos de descarga. Aprendí sobre sincronismos, las señales analógicas y los barridos rasterizados. Comprendí por qué ciertas luces demasiado intensas se convertían en manchas negras en las cámaras de tubo cuando la materia electrónica se saturaba y se volvía incapaz de representar el exceso. Pero nada de ese conocimiento logró jamás destruir el misterio. Al contrario, lo volvió más profundo.

Porque descubrí que las estrellas hacen exactamente lo mismo. Las estrellas tampoco desaparecen instantáneamente. Persisten, dejan remanentes. Nebulosas, enanas blancas, pulsos de energía y ecos gravitacionales. Hasta cuando ya no existen, su luz sigue viajando durante millones de años.

Hoy noto que hay algo brutalmente parecido entre una estrella finalizando su vida y aquel puntito blanco extinguiéndose en el centro de un televisor en Piedras Blancas. Y es tal vez por eso que terminé tan obsesionado con el tiempo.

No con el tiempo abstracto de los calendarios sino con el tiempo físico, el tiempo que deja marcas, el tiempo que degrada materiales. El tiempo que permanece visible aun después de terminado el acontecimiento que lo produjo.

es tal vez por eso que colecciono relojes, creo, por la misma razón por la que observaba aquel punto blanco. Me fascinan, porque son máquinas que convierten el paso del tiempo en un fenómeno material. Engranajes, osciladores, rubíes, resortes, cristales, ruedas de escape, todos mecanismos que, en definitiva, resultan pequeñas cosmologías portátiles, universos diminutos intentando domesticar algo indomable.

A veces pienso que mi amor por lo analógico proviene precisamente de ese lugar, de la incapacidad que tienen esos dispositivos para ocultar completamente el proceso.

De hecho, lo digital simplemente cambia de estado mientras que lo analógico transiciona, se demora, respira. El disco continúa girando unos segundos después de apagado el motor, el amplificador conserva calor, las válvulas se enfrían lentamente, el CRT deja un fósforo muriendo en el centro de la oscuridad, todo conserva inercia, todo deja rastros y todo nos regala las trazas de sus propios mecanismos.

En aquella niñez yo intuía algo importante y me daba cuenta de que las imágenes podían existir no solamente como representación sino como comportamiento físico de la materia y de la luz. Tal vez mi curiosidad científica haya nacido allí, incluso antes de aprender a leer. Al menos no en los libros ni en la escuela sino en esos fenómenos ambiguos que parecían situarse exactamente entre la física y la fantasía.

Hoy, a mis casi sesenta, sé muchísimo más que aquel niño. Ya supe cómo funcionan los CRT, cómo nacen las estrellas, cómo colapsa un núcleo, cómo se curva el espacio-tiempo y cómo una señal electrónica puede modular un espiral para convertirla en un rostro humano reconocible. sin embargo, sospecho que sigo siendo exactamente el mismo cada vez que me descubro observando las transiciones y me conmuevo en el momento en que algo físico deja de existir lentamente.

Todavía encuentro belleza en los rastros, aún persiste en mí esa antigua fascinación frente a cualquier mecanismo capaz de volver visible el tiempo. Y en algún lugar muy profundo sigo estando en Piedras Blancas con mis hermanas, el dormitorio en penumbras, la orden de ir a dormir, la confianza mutua y aquel diminuto puntito blanco resistiéndose a desaparecer del universo.

El puntito contínua brillando y, mientras lo haga, aún no será tiempo de cerrar los ojos.

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