
Me desnombraron. Primero desde el saco, luego en la saliva y hasta en el bolsillo del tornillo que siempre estuvo para ajustar mi infancia.
Un foco que era otro, una insistencia eléctrica que masticaba mis párpados mientras la noche se volvía baldosa y me enseñaba a estar quieto para no delatar al aire mi costumbre de hombre.
Mi cuerpo, que ya no era mío -sindicatos de huesos con huelgas de músculos-, masticó su barro cuando le desgarraron el nombre. Y fue el desyo, el descalle, el desmadre y el desalmanaque, el dolor que no requiere grandezas sino al que una hebilla le basta, o un charco, o la gramática torcida de un otro que fue grito ajeno y propio y que jamás terminó de caer.
Un universo pequeño que cabe en una venda, algo mal fusilado y la persistencia que migra, memoria que vuelve aunque le incendien la costumbre -ya no con ideas faltas de sangre sino con dientes, con mugre, con la tristeza metálica
que les nace a las cucharas cuando nadie las usa.
¡Qué terquedad la ausencia, esa que reaparece siempre en el sitio exacto de algún abrazo con la temperatura y el impuesto de la carne que ya no tengo! Hoy me desparramo en la humedad de las paredes, en un vaso mal lavado y hasta en el ruido de un ascensor vacío a las tres de la tarde.
Ya no estoy pero insisto. Soy el tornillo que siempre estará. Para ajustar la infancia.
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