S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.


Historia involuntaria de una frase, Mozart y la fábrica de verdades culturales.

Cada vez que intento medir mi infancia noto que, más que los juguetes -que los había, claro-, la unidad básica era el papel. El peso específico del papel.

No recuerdo exactamente cuándo entendí que las revistas podían ofrecerme portales, pero sí recuerdo la ceremonia: mis padres llegando con fascículos bajo los brazos, el olor de la tinta y el papel, las tapas brillantes que nos ofrecían volcanes, galaxias, tiburones, autos de carreras y civilizaciones perdidas en los Andes. Eran los años setenta, una época en que la televisión empezaba a transmitir cuando ya casi había que cenar y, aún ceremonial, parecía diseñada para que no pensásemos demasiado.

Las revistas, por el contrario, eran muy peligrosas. Nos obligaban a imaginar conexiones, a sospechar que el mundo era muchísimo más grande que el barrio, la escuela y los discursos solemnes pronunciados por hombres con uniformes tan oscuros como sus bigotes.

Yo me hundía en aquellas páginas como quien aprende a respirar bajo el agua. Me maravillaba con minerales de nombres imposibles, mapas de corrientes oceánicas, diagramas de motores o teorías extravagantes sobre ovnis, magia o animales cuyas manchas parecían diseñadas por pintores españoles…

Y después estaba «Muy Interesante», una revista con algo especial porque no me hablaba desde la autoridad académica pura ni desde el delirio absoluto, sino que me invitaba a habitar un territorio ambiguo en el que todo, absolutamente todo, parecía plausible durante quince minutos. Quince minutos suficientes para encender algo.

Yo quería pertenecer a ese universo. No, o no solamente, por vanidad. Quería entrar físicamente en ese cosmos, que mi nombre y mis palabras aparecieran impresas entre esos artículos sobre agujeros negros, lenguajes olvidados o experimentos absurdos realizados en universidades soviéticas.

Llegar a publicar algún día en «Muy Interesante» equivalía, para mí, a infiltrarse en una república secreta donde la curiosidad era la única carta de ciudadanía válida.

Pero la vida, sin embargo, suele mostrar un sentido del humor bastante más sofisticado que mis ambiciones. Porque, con más fortuna que dedicación, logré publicar muchísimo más de lo necesario. Artículos de divulgación, análisis, ficción, en decenas de medios. Pasé años escribiendo sobre ciencia y tecnología cuando había que explicar qué era internet sin parecer un vendedor de aspiradoras, y mis palabras lograron circular por países distintos, recortadas, fotocopiadas, archivadas. Pero nunca, nunca en «Muy Interesante». Hasta que un día… llegó Mozart. O, mejor dicho, llegó una frase.

No recuerdo el momento exacto en que la escribí -en aquel entonces internet todavía tenía algo de patio de escuela gigante y semivacío. Creábamos y modificábamos cosas por juego, por irreverencia, por aburrimiento… Necesitábamos comprobar si el sistema realmente era tan ingenuo como parecía y así, con mucha despreocupación, terminé dejando en Wikiquotes una cita que intencionalmente atribuí a Mozart:

«La música es el único camino hacia lo trascendente

Aún hoy me cuesta leerla sin sentir una mezcla de vergüenza y fascinación antropológica. Porque -y yo no lo sabía entonces- es una frase perfectamente calibrada para triunfar. Es solemne, vaporosa, aparentemente profunda y cuidadosamente vacía. No dice nada, pero lo hace con una cadencia y peso tales que permite a cualquiera rellenarla con sus propias nostalgias espirituales. En fin, termina siendo el equivalente verbal de una estatua blanca desenfocada bajo una lluvia lenta.

Jamás imaginé que alguien pudiera tomarla en serio pero internet tiene esa extraña característica de confundir y amalgamar bromas y profecías, midiendo la capacidad de réplica.

Así, con desparpajo y solemnidad, la frase comenzó a aparecer en sitios personales. Luego en foros. Después en flyers de conciertos, en cursos de musicoterapia, en festivales culturales donde, casi con total certeza, alguien pronunciaba «trascendente» con los ojos cerrados y envuelto en una bufanda artesanal.

Y un día la encontré allí. Publicada en «Muy Interesante».

Recuerdo perfectamente la sensación. No fue orgullo. Tampoco culpa. Fue algo mucho más raro, la percepción súbita de haber construido accidentalmente una pequeña realidad autónoma que, partiendo de una mentira mínima, insignificante y casi infantil, había desarrollado metabolismo propio. Porque ya no importaba si Mozart la había dicho o no. La frase había dejado de pertenecerme.

Aún antes de ser publicada, había sido absorbida por esa maquinaria inmensa en la que las afirmaciones se legitiman unas a otras por mera circulación. Una cita aparece en un sitio porque estuvo en otro sitio, que la tomó de otro sitio, que la copió de otro sitio donde alguien asumió que, si estaba escrita, debía ser cierta. Y así, lentamente, una ocurrencia trivial adquierió la textura de la cultura.

Hoy pienso que eso mismo ocurre con casi todo: las ideas políticas, tradiciones familiares, ciertos recuerdos, la autoridad y hasta con la Historia.

De hecho, siempre imaginé que las sociedades se sostenían sobre enormes pilares de verdad cuidadosamente verificada cuando, en realidad, gran parte del edificio descansa sobre frases repetidas solo con la justa confianza.

Y lo perturbador no es que la cita apócrifa sobreviviera sino que lo hizo porque alguien necesitaba que fuese verdadera. Mozart no importaba. La música tampoco. Solo importaba la tranquilidad emocional que producía leer una frase así y sentir, durante cinco segundos, que el universo tenía una dirección noble y elegante.

Sin embargo, debajo de toda esta diatriba casi filosófica sigue latiendo el detalle más absurdo de todos. Aquel niño que leía fascículos sentado en el suelo terminó publicando en «Muy Interesante».

No con una firma, no con una fotografía, ni siquiera con reconocimiento sino como lo hacen los fantasmas: infiltrándose en el sistema circulatorio del lenguaje hasta que alguien más lo replica creyendo haber encontrado un elemento importante. Y hay algo extraordinariamente contemporáneo en eso que me seduce tanto como me perturba: el anonimato que se vuelve  indistinguible de las voces autorizadas.

Yo solo puse el fósforo. El incendio ya estaba esperando.

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