
No hay salida. Eso lo entiendo antes de entender cualquier otra cosa.
El agua está ahí abajo, en la grieta, brillando como si el sol la hubiera puesto para burlarse de mí. Puedo olerla. Puedo oirla. Puedo ver cómo la piedra se humedece en los bordes y cómo el barro guarda la memoria de otros que sí pudieron antes que yo. Pero yo no llego. Mis brazos no la alcanzan. Mis dedos, demadiado torpes, se cierran en el aire como si pudieran agarrar la distancia.
Si bajo, no subo. Si no bajo, no bebo.
No tengo palabras para decir «decisión» pero siento su peso. Es como cuando el cielo se pone negro y no hay una cueva cerca: siento que algo viene y que no hay forma de evitarlo, y solo puedo elegir cómo estar cuando llegue.
Probé con piedras. Las dejé caer e intenté escuchar una respuesta, como si el agua pudiera subir, como si yo pudiese llamarla. Pero no sube.
Metí un palo, uno largo, otro más largo, pero se quiebran o se hunden o vuelven secos. El agua no se deja traer. El agua exige que uno vaya.
Miro mis manos. No son garras, no son patas, pero aún no son nada terminado. Son promesa y falla al mismo tiempo. Algunas veces sirven, otras veces no. Hoy no.
Pienso -o algo parecido, aún no sé qué es pensar- que otros ya pasaron por aquí. Veo sus marcas en la tierra, sus huellas endurecidas. No sé quiénes fueron pero sé que ya no están, y eso también es una respuesta.
El sol sube. La lengua se me pega al paladar y el cuerpo empieza a decidir por mí. Podría irme, claro, y buscar otro lugar. Pero no hay otro lugar cerca. Lo sé porque vine precisamente buscando el agua, huyendo de la sed, del suelo roto, de los árboles sin hojas. Y este es el único brillo que he visto en muchos pasos.
Entonces entiendo algo que no es nuevo, pero que ahora se vuelve claro como el dolor: no todos los problemas son para resolverse. Algunos son para medirse contra ellos.
Me acerco al borde. Me estiro, boca abajo. Bajo un poco más. Siento cómo la piedra me corta el pecho. Solo un poco más. La grieta ya traga mi sombra. Si cedo un poco más de peso, si dejo de ser arriba, voy a ser abajo. Dejaré de ser.
Imagino -pero no con imágenes sino con algo parecido a una certeza extraña- el momento en que ya no pueda volver, el instante en el que mis manos, estas manos torpes que no alcanzan, tampoco puedan sostenerm. Pero, sin embargo, sigo. Y no porque crea que voy a ganar (no sé qué es ganar) sino porque deseo dejar de tener sed. Y el agua está ahí, abajo. Eso es todo.
Aflojo una mano, busco otro apoyo, la piedra cede un poco, el cuerpo se desliza, el corazón golpea mi pecho tal como si quisiese salir antes que yo.
Por un instante entiendo que no soy el primero en enfrentar algo así, y que tampoco seré el último. No sé qué o quién vendrá después de mí, pero sé que habrá otros que mirarán las distancias y las querrán cerrar. Otros que encontrarán las formas, otros que inventarán brazos más largos que los suyos. Que los nuestros. Que los míos.
Yo no tengo eso. Yo tengo esto, la grieta, el agua, la caída y una decisión que aún no tiene nombre: caer para alcanzar o quedarme entero y seco.
Si elijo no es porque haya elección sino porque siento que quedarme quieto es otra forma de caer.
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