S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.


Irene y yo vivíamos en la casa de nuestros padres, una de esas construcciones largas, profundas, donde los pasillos parecen recordar cosas que yo preferiría olvidar. La cuidábamos con una dedicación casi ritual. Mientras yo me ocupaba de las compras y de ciertos arreglos menores, Irene tejía. Siempre tejía. Era su manera de ordenar el mundo, de sostenerlo, hilo por hilo, para que no se deshiciera.

La casa era excesiva para dos personas, pero no nos incomodaba. Al contrario, teníamos en esas habitaciones desocupadas una calma densa, tal como si el silencio fuese una forma de compañía. Y no necesitábamos más.

La primera vez que oímos el ruido, no fue un sobresalto. Fue más sutil, como si alguna puerta se hubiera cerrado con una decisión que no era nuestra. Irene levantó la vista y mantuvo por un instante su mirada suspendida en el aire.

-Tomaron la parte del fondo- le dije.

No lo discutimos. Cerré la puerta del pasillo que daba a ese sector y corrí el cerrojo. A partir de entonces, la casa se redujo, pero también se volvió más intensa. Como si cada metro perdido comprimiese el aire restante.

Pasó algún tiempo y nos adaptamos. Irene trajo sus lanas al comedor, yo organicé los libros en una sala más cercana. Rápidamente nos acostumbramos a no pensar en lo que quedaba del otro lado. Pero no era miedo, exactamente, era otra cosa, una certeza sin forma. Sentíamos que lo que fuese que estuviera allí no podía ser enfrentado.

Los ruidos comenzaron a repetirse. A veces como pasos, otras como un murmullo que no alcanzaba a ser voz. Los ocupantes nunca intentaban pasar la puerta cerrada. No lo necesitaban. Sabían que el tiempo jugaba a su favor.

Una noche, mientras compartíamos un mate, el sonido vino desde el otro extremo. No del fondo, sino del ala que aún creíamos segura. Irene dejó caer una madeja, que rodó lentamente hasta detenerse contra la pared, tal como si también escuchara.

-También han tomado esto -dije, y ya no supe señalar con precisión qué era «esto».

Nos quedamos inmóviles. La casa o, más bien, lo que nos quedaba de ella, parecía haberse encogido casi hasta nosotros mismos. Los ruidos ya no estaban lejos. Respiraban en los marcos de las puertas, en los zócalos, en el aire mismo.

Irene se levantó y, por primera vez en mucho tiempo, no recogió su tejido. Entonces ocurrió algo extraño.

No fue un cambio brusco, no fue un golpe ni una irrupción violenta. Fue, más bien, un temblor imperceptible en el ambiente, tal como si algo microscópico se hubiera despertado. Un olor leve, casi inexistente, empezó a filtrarse, no desagradable, sino antiguo, doméstico: polvo, lana, humedad, piel.

Y los ruidos se detuvieron.

Al principio pensé que era una pausa, una espera antes de avanzar. Pero el silencio que siguió no era expectante. Era vacío. Irene me miró y noté que en sus ojos tenía una expresión que no le conocía, algo cercano al asombro.

Desde el pasillo llegó un murmullo distinto, desordenado, quebrado. No el susurro seguro de antes sino algo errático, tal como si aquello que habitaba la casa hubiera perdido cohesión. Luego, un sonido seco, como el de una caída.

Nos acercamos con una cautela que ya no era miedo sino curiosidad. Abrí la puerta que habíamos cerrado horas, o días, atrás.

No vimos nada. Pero el aire era otro. Más liviano. Respirable.

Entramos.

Las habitaciones estaban intactas, pero algo había cambiado de manera irreversible. Sobre los muebles, sobre los marcos, sobre los objetos más insignificantes se asentaba una apenas perceptible capa de vida. Polvo, bacterias, ácaros y aquello que siempre habíamos compartido sin saberlo, que nos pertenecía desde siempre.

Comprendimos entonces -sin saber cómo- que quienes habían venido no eran de aquí, y que no estaban preparados para enfrentar lo mínimo, lo invisible, para soportar lo que siempre había estado en la casa, mucho antes que nosotros.

Irene pasó la mano sobre una mesa y luego la miró, como si acabara de descubrir su propia piel.

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