S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

Tabla de contenidos

El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.



Sobre mí


  • o cómo descubrí que viví toda una vida con un fantasma.

    Hoy, a mis cincuenta y siete años -sí, cincuenta y siete-, abrí un expediente oficial y me encontré con que todo lo que creía saber de mi nombre era, digamos, una licencia poética que mi cerebro había autorizado sin consultar al Estado: mi Cédula de Identidad decía Sebastian, sin tilde, mientras yo, con un orgullo casi artístico, siempre he sido Sebastián. Y sa tilde no había sido una simple rayita. De hecho, había sido, para mí, una diacrítica de identidad, una marca de acento existencial que me acompañó en etiquetas, contratos, firmas, saludos y hasta en mis silencios interiores.

    Y no pude evitar pensar. ¿Soy Sebastián porque así me nombraron, me nominaron, mi familia, mis amigos y el universo afectivo en el que crecí (esa constelación de afectos que me respaldan y celebran), o soy Sebastian porque un funcionario, hace tanto, pensó que mi partida de nacimiento no necesitaba una rayita encima de la a?

    O, lo que viene a ser lo mismo, ¿es mi nombre algo que se hace cada vez que se pronuncia, o algo que soy, incluso cuando nadie lo sabe todavía?

    En teoría de la identidad, perdón, en mi teoría de la identidad, donde mezclo impúnemente lenguaje, filosofía y actos performativos, supongo que muchas identidades resultan, más que esencias fijas, actos repetidos, formas que emergen en la reiteración, allí donde los discursos sociales nos citan y nos reconocen. Pero si aplico esto a mi caso, caigo inevitablemente en una especie de loop existencial: ¿Sebastian era una especie de potencial latente, un nombre que existía en alguna superposición cuántica de mi partida y mi autopercepción, esperando colapsar en una forma concreta cuando alguien (legalmente autorizado o no) le pusiera boca o tinta? ¿O, por el contrario, era yo quien hablaba mi propio nombre, con tilde desde siempre, haciendo realidad una identidad que los papeles simplemente ignoraron?

    Es tentador decir (y lo confieso: me río cuando lo pienso) que tal vez haya vivido, sin notarlo, en una especie de realidad alternativa tildeada, tal como si hubiera estado habitando una versión más expresiva de mí mismo, en la que cada acento gráfico era un signo de rebelión poética contra la estandarización. Pero también podría decir lo contrario: que mi nombre, tal como figura en la partida de nacimiento, fue una suerte de nombre constitucional que me precedió sin que yo lo supiese, y que todo este tiempo fui Sebastian sin enterarme, actuando como si fuera Sebastián solo porque así sonaba mejor a mi oído emocional.

    Y aquí me aparece la parte más curiosa de todo esto: cada vez que alguien me llame Sebastian, ahora, ese acto será un pequeño acto de habla que reconstruirá mi identidad en tiempo real. Es decir, cada nominación, cada publicación, cada anuncio de entrada en una sala donde digan mi nombre, sin tilde, estará haciendo algo más que, simplemente, describiéndome. Y en ese sentido, a partir de hoy tengo realmente dos nombres coexistiendo, tal como si fueran dos vecindades semánticas: Sebastián con tilde, que es el nombre que yo sé que soy (la vida larga de todas mis memorias y todas las veces que algunos labios pronunciaron esa rayita), y Sebastian sin tilde, el nombre que aparece en el pergamino oficial, la forma canonizada por la tinta burocrática.

    ¿Cuál de los dos es más yo? ¿Cuál es más verdadero? La respuesta podría ser un chiste interno, pero podría ser también una reflexión seria sobre cómo la performatividad (la repetición de actos de lenguaje y reconocimiento social) realmente hace que algo exista como identidad más allá de cualquier documento o categoría establecida.

    Así que sí: puedo decir con total autoridad y absoluta solemnidad que fui Sebastian sin saberlo y, al mismo tiempo, fui Sebastián, con tilde, desde siempre. Y que eso sea la historia de mi propio nombre (una especie de diálogo continuo entre cómo me nombra el mundo, cómo me nombro yo, y cómo ese nombramiento construye mi identidad) no es un mero accidente lingüístico sino uno de esos pequeños choques entre papel, boca y cerebro que nos recuerdan que nada de lo que somos está simplemente dado, sino que se construye, se actúa y se repite.

    Y queda, ahora, una última reflexión que deseo explicitar, una especie de juramento vital para lo que viene a partir de esta revelación: en el futuro, prometo vivir mis nombres (Sebastian, Sebastián o cualquier otra articulación que el gesto de nombrarme produzca) como identidades fluidas, móviles y abiertas, suspendidas en un espectro más que encasilladas en una rigidez binaria señalada por la presencia o ausencia de la tilde. E imagino ese espectro como un conjunto de posibles estados cuánticos, cada uno con su propio nivel de energía y de probabilidad (más que un abanico fijo de opciones, como una superposición de existencias potenciales hasta que una situación, un acto de nominación o una percepción concreta lo materialice).

    Así, mi nombre no será ya un valor único y definido sino una función de onda identitaria, cuya amplitud dependerá del acto de hablarlo, de inscribirlo, de reconocerlo o de jugar con él, aceptando así que mi identidad nominal (al igual que mi identidad en general) será un proceso y no un producto, un continuo espectral de posibilidades y actualizaciones en vez de una entidad inmutable, sin negar o borrar ninguno de los nombres que he vivido sino desplegándolos en un espacio de resonancias posibles, donde cada pronunciación, cada escritura y cada reconocimiento volverán a hacerme y deshacerme para volver a hacerme otra vez.


  • Allí no había ninguna puerta, solo una hendidura en la oscuridad, tal como si la noche hubiese sido doblada sobre sí misma.

    Hécate no llegó, ya estaba. Y Cerbero tampoco aguardaba, él simplemente era.

    Durante un tiempo que no podría medirse, no hablaron. Solo se miraron, hasta que Cerbero quebró el silencio.

    Dicen que guardo.

    Hécate tardó en responderde. La Luna, si hubiese habido alguna luna, habría estado en sus tres edades simultáneamente.

    -¿Guardas? -preguntó al fin-, ¿o impides?
    Eso dicen -asintió Cerbero-, que impido los regresos.
    -¿Y puedes hacerlo?

    Hubo algo parecido a una vibración, tal como si tres suspiros entrecortados se superpusieran.

    No muerdo a quien vuelve -dijo-, no es necesario

    Hécate apenas inclinó su rostro triple.

    Entonces no eres un guardián

    Cerbero tardó en entender esa frase. De todas formas, entender no era una categoría útil allí.

    Fui puesto para eso.
    No, fuiste narrado para eso

    El silencio se volvió más denso, pero no pesado. Tal como si algo estuviera recordándose a sí mismo.

    Tú abrías –dijo Cerbero, –abrías caminos, cruces, fases. Todas las mujeres te invocaban cuando la sangre les marcaba el tiempo. Y los viajeros cuando la noche no tenía centro.

    Yo no abría -le corrigió Hécate suavemente-, yo era el cruce

    Cerbero percibió que esa diferencia era importante, aunque no entendía todavía por qué.

    En tus tiempos -le dijo-, había regreso.
    Había tránsito.
    -¿No es lo mismo?
    No

    La palabra cayó dura, sin eco.

    Tránsito no es retorno. El retorno supone que el punto de partida, el inicio permanece intacto. Pero en el tránsito, quien cruza ya no coincide más consigo mismo

    Cerbero guardó esa frase como si fuera un hueso antiguo.

    Entonces yo no niego el retorno -dijo, convenciéndose de lo que decía, –solo lo hago evidente

    Hécate lo miró o, mejor dicho, miró a través de él.

    -¿Qué crees que ocurre cuando alguien atraviesa este pliegue?
    Desciende.
    Eso dicen los relatos solares.
    Muere.
    Es lo que dicen los vivos

    Cerbero sintió que algo en sus tres cabezas empezaba a desarmarse. Pero no era dolor, era comprensión.

    No regresan -murmuró, dudando si era afirmación o pregunta.
    Pero no porque tú lo impidas

    La oscuridad se plegó un poco más.

    No regresan -repitió él, ya más seguro- pues no tienen, no hay a dónde regresar.

    Hécate no sonrió pero el espacio se expandió, se hizo mucho más amplio.

    Cuando el mundo aprendió a nombrar la causa del nacimiento -dijo ella- creyó haber conquistado el misterio. Creyó que el tiempo era línea, que toda salida exigía entrada y que toda entrada se implicaba una salida.

    Y yo quedé como perro -dijo Cerbero, pero sin que allí hubiese un reproche.

    Quedaste como figura.
    Tricéfalo, como tú.
    Tres veces no

    Cerbero sintió que esa frase lo atravesaba como si hubiera estado esperándola desde siempre.

    Antes, el tres era fase –dijo lentamente-, crecimiento, plenitud y decrecimiento.
    Ahora es clausura -completó Hécate-, ya no hay fases aquí, ya no hay ciclos, no hay primavera que emerja de este lugar

    El nombre de Perséfone flotó sin pronunciarse.

    Ella va y viene -objetó Cerbero.
    Va -corrigió Hécate.

    El silencio volvió, pero ya no era el mismo.

    Entonces el regreso es un malentendido -dijo Cerbero.
    Una nostalgia del orden solar.
    Una ilusión necesaria para quienes viven en la superficie

    Cerbero percibió entonces algo que nunca había considerado:

    No soy carcelero.
    No.
    Tampoco soy amenaza.
    No.
    Soy la evidencia de que el misterio no admite simetría

    Hécate guardó esa frase con cuidado.

    El misterio no se repite -dijo ella-, el misterio se atraviesa.
    Y al atravesarlo
    Se pierde el mapa.
    Se pierde el nombre.
    Se pierde la posibilidad de contar la experiencia

    Cerbero entendió entonces por qué Orfeo había fallado, incluso al triunfar. Por qué la miel no era engaño sino concesión narrativa.

    Fui domesticado por el relato -agregó.
    Como el grifo -añadió Hécate.

    El recuerdo del león con cabeza de águila surgió como un fósil dorado.

    Él custodiaba el oro -dijo Cerbero.
    Custodiaba lo que entonces emanaba sin propiedad.
    Fue reducción.
    No, fue administración del límite.

    Cerbero percibió el parentesco.

    -¿Yo soy la última reducción? – susurró.
    Eres el resto irreductible.
    -¿Pero cuál es la diferencia?

    Hécate tardó en responder.

    La reducción puede revertirse, el resto no.

    Cerbero comprendió ahí que no era, entonces, un instrumento del patriarcado ni su criatura final. Era su fisura.

    Si alguien pudiera regresar -dijo-, el mundo seguiría creyendo que todo misterio es reversible.

    Y no lo es.
    Entonces más que impedir el regreso, lo imposibilito.
    No, mi querido hijo -dijo Hécate con una claridad que no necesitaba luz-, lo revelas imposible. La diferencia es mínima. Y total…

    Las tres cabezas dejaron, por fin, de vigilar. Y no porque cerraran sus ojos sino porque ya no había nada que observar.

    No soy perro -dijo finalmente Cerbero.
    No.
    Tampoco soy un monstruo.
    Nunca lo fuiste.
    No soy guardián.

    Hécate se aproximó, como si aproximarse fuera un verbo que aún significara algo.

    Eres el mismo pliegue -dijo con el amor maternal de la eternidad.

    La palabra no era metáfora, era descubrimiento, y Cerbero ya no sintió el peso en sus bocas. Las cabezas eran insistencias, tres veces la misma verdad.

    No hay regreso porque no hay origen intacto -murmuró.
    Y no hay origen intacto porque el misterio no es punto de partida -se apresuró a concluir Hécate-, es lo que queda cuando todo punto se disuelve.

    Por un instante, si es que hubo algún instante, el mundo superior, con su sol y sus genealogías, pareció lejano, casi ingenuo.

    -¿Qué pasa, entonces, con Hades? – preguntó Cerbero, como un niño que no entiende algo.

    Hécate respondió sin solemnidad.


    Hades aprendió.
    -¿A renunciar?
    A no traducir.

    El pliegue se cerró un poco más, pero no como puerta sijo como respiración que no vuelve a exhalar lo mismo. Cerbero comprendió entonces que jamás había sido colocado allí para castigar sino porque alguien debía sostener la verdad final. Y, al comprenderlo, dejó de ser criatura. Se volvió condición.

    Hécate no lo bendijo. No era necesario. El descubrimiento había sido mutuo. Y maravilloso.



  • Hay preguntas que no buscan respuestas sino una forma digna de ser habitadas.

    Algunas veces, cuando pienso en el cielo o miro el firmamento, no siento vértigo sino pudor. Me han dicho (y lo acepto con total serenidad) que mirar lejos es mirar hacia atrás. Que cada punto de luz es una demora, una memoria viajando, un mensaje pasado que se vuelve presente. Que lo que veo no es el universo actual sino su juventud. Y entonces algo en mí, que desea ferviente reemplazar las ecuaciones por metáforas, tropieza y se resquebraja.

    Porque el universo era más pequeño pero…, ¿qué quiere decir exactamente esa palabra? ¿Pequeño como una semilla que cabría en mi mano? ¿Pequeño como una casa antes de ampliarse? ¿O pequeño en un sentido más sutil, como cuando dos personas están más cerca aunque el mundo siga siendo inmenso?

    Cuando levantamos la vista, el pasado que vemos no parece comprimido. No parece un rincón remoto del que todo brotó, apretado y confuso. Por el contrario, cada vez que afinamos la mirada aparecen más estrellas, más galaxias, más diferencias, más historias. Cuanto más lejos vemos, el horizonte no se contrae sino que se enriquece.

    Si en aquel entonces todo estaba más cerca, ¿estaba también todo contenido en menos espacio? ¿O acaso esa cercanía no implica un encierro? ¿Es posible, acaso, que el universo haya sido siempre vasto, incluso sin borde, y que lo único que cambiara fuera la distancia entre las cosas?

    Porque si el universo hoy es infinito, entonces lo fue siempre, incluso si estaba comprimido en su origen. ¿Puede lo inmenso haber sido siempre inmenso, aunque sus proporciones fueran otras?

    Tal vez mi error sea un problema de escalas y esté en imaginar el origen como un objeto pequeño dentro de algo más grande, un contenido dentro de un continente. Tal vez «más pequeño» no signifique «de menor tamaño total» sino «con menor separación». Y así, entonces lo que llamamos comienzo no sería una miniatura del mundo actual, sino el mismo mundo con otra escala, con otro ritmo de distancia, con otra intimidad entre sus partes constitutivas.

    Entonces, el cielo antiguo que nos rodea ya no sería el resto remanente de una esfera diminuta, sino la intersección entre nuestra mirada y una vastedad que nunca dejó de ser vasta.

    ¿Será que no venimos de un punto sino de una transformación, que el origen no fue un lugar reducido sino una forma diferente de estar juntos, que el pasado no era pequeño sino más íntimo?

    Cuando pienso así, la pregunta «¿de dónde venimos?» cambia de tono. Porque ya no imagino una chispa aislada en la oscuridad sino una expansión de distancias dentro de algo que probablemente, jamás tuvo borde. Y me pregunto si, al final de cuentas, el universo no nos estará enseñando algo más humano que astrofísico:

    crecer no siempre es ocupar más espacio sino aprender a estar más lejos.



  • Soy Zeus, y durante eones creí -en realidad quise creer- que el orden del cosmos emanaba de mi voluntad, que el trueno obedecía a mi mano y que los límites eran simples extensiones de mi poder. Pero hubo decisiones que no tomé. El hierro, por ejemplo… el hierro no responde a mí. Nunca lo hizo.

    El hierro es un límite, y es anterior a todos los dioses. A veces, cuando el Olimpo calla y ni siquiera Hera discute, me pregunto qué pensaron Caos y Gea al fijarlo allí, justo allí, en el punto exacto donde la fusión deja de dar y empieza a exigir. No antes. Tampoco después. Exactamente en ese umbral donde la creación se vuelve deuda.

    No puedo dejar de pensar que Caos (que no es desorden sino exceso de posibilidades) entendía algo que yo aprendí muy tarde: un universo sin fronteras no produce historia sino ruido. Y Gea, paciente y densa, sabía a la perfección que toda gestación necesita un agotamiento, que si la estrella pudiera seguir pariendo elementos sin costo, jamás moriría, y que sin muerte no hay herencia posible.

    Entonces, sabiendo eso, queda claro que el hierro no es un castigo. Es una pregunta cerrada. Hasta él, la materia se ofrece. Más allá, la materia se resiste. Y esa resistencia obliga a la violencia cósmica, al colapso, a la supernova, al desgarramiento que siembra lo que no puede nacer en calma.

    Caos y Gea no prohibieron el oro ni el uranio, tan solo exigieron que fueran fruto de una catástrofe. Y ahí entendí algo incómodo: la abundancia absoluta es estéril.

    Cuando llegó la primera humanidad, la de oro, nadie conocía el hierro. Vivían sin herramientas que opusieran resistencia al mundo. No luchaban contra la materia sino que la deslizaban. Eran bellos, sí, pero también ligeros, sin fricción, sin memoria. Y se desgranaron como se deshace una nube.

    La segunda humanidad, esa generación de plata, aprendió un poco más, pero seguía evitando el hierro. Tenían técnica pero no límite. Se creían eternos, se sentían eternos. Pero los eternos no aprenden.
    Y fue recién con la humanidad de bronce que el hierro empezó a insinuarse como ausencia. Tenían armas duras, pero no esa dureza. Eran fuertes, pero no precisos. Golpeaban el mundo como quien cree que todo se rompe. Y entonces llegó Prometeo.

    Prometeo no les llevó el hierro (eso es lo que pocos comprenden) sino que les entregó la conciencia del límite. Aquel fuego que robó no era sólo calor o luz sino la capacidad de transformar, de forzar a la materia a confesar lo que no quiere dar. Y con el fuego, el hierro dejó de ser un borde invisible para tornarse una frontera trabajable. Dolorosa. Peligrosa.

    Lo castigué, sí, y volvería a hacerlo. No por amor a los hombres sino por miedo a que comprendieran demasiado pronto lo que Caos y Gea habían dispuesto con tanto cuidado: que el hierro obliga a elegir.
    Elegir herramientas o armas, arados o espadas, construir generaciones o devorarlas.

    Aquella humanidad del hierro fue la primera verdaderamente trágica. Y por eso, la primera verdaderamente humana. Porque vivir con hierro es vivir sabiendo que cada avance tiene un costo, que cada creación arrastra una sombra y que no todo se obtiene sin romper algo.

    Hoy, cuando observo las estrellas morir para engendrar lo que las supera, ya no me pregunto por qué el hierro es el límite. Hoy me pregunto si Caos y Gea no lo habrán colocado allí para que, incluso los dioses, tuviésemos algo que no pudiéramos cruzar sin pagar.

    Y pienso que, probablemente, el hierro no sea el final de la fusión estelar sino el inicio de la responsabilidad. Y eso -aunque me duela admitirlo- no lo gobierna ningún rayo.



  • «All skinheads play the flute» no es una proposición sino un corte mal suturado en el tejido del sentido, escondido detrás de una forma gramatical que simula universalidad pero que universaliza una falla más que un predicado.

    Se trata de un enunciado que no clasifica, por el contrario, corroe la posibilidad misma de clasificar. Y allí donde el sujeto pretende coincidir consigo (ser idéntico a su gesto, a su estética, a su violencia) aparece una práctica que no puede inscribirse sin resto. De hecho, la flauta no introduce contradicción sino exceso inútil, una función sin finalidad, un hacer que no culmina en impacto sino en vibración.

    Pero no se trata de burla pues la burla todavía cree en un afuera desde el cual reír. Y aquí no hay afuera sino desplazamiento interno. El mito se repite con una torsión mínima que lo vuelve irreconocible. La dureza no es negada; es obligada a respirar. Y en ese acto aparentemente trivial el cuerpo pierde su estatuto de objeto compacto y se revela como conducto, como pasaje, como algo que nunca estuvo cerrado.

    La universalidad funciona entonces como una máscara kantiana que pretende necesidad donde no hay más que repetición forzada, un sujeto que insiste en ser duro porque no puede sostener la contingencia de no serlo.

    Así, la identidad no se afirma. La identidad se defiende contra su propia inconsistencia y toda defensa, cuando se absolutiza, termina delatando la herida que intenta negar.

    Ese mecanismo se duplica en otro registro, más oscuro, en el “Drive a Hilux and you’ll think you’re unbreakable”.

    Aquí el cuerpo ya no se imagina a sí mismo directamentes sino que experimenta por delegación. La máquina no prolonga la fuerza pues la suplanta, y no solo simbólicamente. El yo no se siente entero porque lo esté sino porque algo externo se presenta como aquello que no falla, donde La Hilux no es vehículo sino condición trascendental de una ilusión de continuidad.

    Pero esa ilusión no es ingenua, es necesaria. El cuerpo, dejado a sí mismo, no alcanza la unidad, tiembla, se cansa, sangra, envejece. Y para desconocer eso, para dejar de saberlo, se rodea de objetos que le prometan lo contrario. No prometen verdad, ofrecen olvido estructurado. El logo, el metal, la tracción, el mito técnico funcionan como operadores de desconocimiento que no producen sino significan la potencia. Y ese significante se vuelve indispensable allí donde el cuerpo no puede sostenerse como uno.

    La flauta regresa entonces, ya no como gesto irónico sino como retorno de lo reprimido. El aire que entra y sale recuerda lo que la máquina intenta borrar, deja en evidencia que no hay cierre, que no hay blindaje, que el cuerpo siempre es atravesado por algo que no controla. Soplar no es crear sonido: es aceptar la dependencia, reconocer que la fuerza no se acumula sino que se pierde en cada exhalación. Y la violencia, la dureza, la fantasía de invulnerabilidad no son expresión de exceso vital sino rituales defensivos contra el saber insoportable de que no hay cuerpo sin fisura, que no hay identidad sin resto, que no hay sujeto sin caída posible.

    Así, la insistencia en parecer indestructible es la forma más ruidosa de una confesión muda: puedo romperme.

    Mi remera no denuncia ni satiriza. Hace aparecer el agujero, obliga a mirar el punto donde el símbolo ya no alcanza, donde la prótesis ya no sutura, donde la repetición ya no produce creencia sino fatiga. No ofrece salida. No ofrece crítica. Solo deja suspendida una escena donde el mito sigue actuando, pero ya sin garantía. Y en esa escena oscura, insistente, sin resolución, el cuerpo continúa ejecutando el gesto que lo sostiene, no porque funcione sino porque detenerlo sería aceptar que nunca hubo suelo.




  • Algunos postres se recuerdan. No son muchos, tal vez dos, tal vez tres, pero no más. No figuran en los cuadernos, no tienen medidas exactas ni fotos ilustrativas. Ni siquiera una forma definida. Viven en la impronta de una olla vieja, en la textura una cuchara de madera y en el gesto mínimo de alguna mano que aún sabe cuándo apagar el fuego sin mirar un reloj.

    Mi abuela hacía uno así. Ella no decía «voy a preparar un postre» sino «voy a poner leche», tal como si la leche, por sí sola, supiese qué debía llegar a ser.

    La cocina era uno de sus territorios. No porque nadie se lo hubiera concedido sino porque allí mandaba sin alzar la voz. El piso frío en invierno, la radio sonando bajito -más para acompañar que para informar- y la televisión, cuando había, era más un acontecimiento que un ruido de fondo. Se encendía como se enciende una visita.

    Ella había nacido en un borde difuso: ni campo abierto ni ciudad cerrada. Reconocía el tiempo por el olor del aire y el punto justo del almíbar por el sonido de la cacerola. No había terminado la escuela pero entendía a la perfección cosas que ningún manual nos enseña: cuándo insistir, cuándo esperar, cuándo algo está listo incluso si no lo parece.

    En la olla grande iba la leche. Mucha, blanca, mansa, prometedora. Varios litros. Luego el azúcar, sin miedo. Porque el dulce no era un exceso sino una forma de cuidado. Endulzar era protegernos del mundo.

    Y el limón llegaba más tarde, exprimido a mano, con esa prudencia de quien sabe que lo irreversible no se hace a los golpes. Entonces sucedía la magia que siempre surge cuando la química se cruza con el amor: la leche se cortaba. Pero no era un error, solo era el comienzo.

    -Ahora no toques -decía. Y nadie tocaba.

    El fuego hacía su trabajo lento. Las partículas se separaban, el suero se volvía transparente, los grumos quedaban suspendidos como pequeñas islas blancas…

    Algunas veces, casi en secreto, agregaba una pizca de vainilla. O un clavo de olor, perp uno solo, tal como si más fuera una falta de respeto. O algo que llamaba chuño, una palabra que parecía venir de lejos y que aún desconozco. Primero en frío y luego después, pero siempre con una paciencia que hoy sería considerada sospechosa.

    Esos gestos decían mucho. El postre no se no improvisaba, se afinaba y, mientras tanto, hacía otras cosas.

    Remendaba una camisa, zurcía una media, lavaba a mano con un jabón que dejaba olor a limpio de verdad, mecía a algún nieto con el pie mientras revolvía con la cuchara larga. Pero no había multitarea. Era vida sucediendo toda al mismo tiempo.

    Luego el final: sin aplausos, el postre se servía tibio. O frío, según el día, pero siempre en platos desparejos, a sabiendas de que el tiempo no se apura y que el azúcar jamás se escatima cuando se trata de dar.

    Hoy, ya viejo, entiendo que cada cucharada era un abrazo demorado y que esas abuelas siguen vivas exactamente ahí, en una olla al fondo de la memoria,
    esperando para revolver con la cuchara de madera cada vez que alguien vuelva a poner leche.

    Porque la, leche, por sí sola, no sabe qué debe llegar a ser.


  • Mientras la Argentina debate si necesita (o no) un billete de mayor denominación, pocos nos detenemos a pensar por qué ya no usamos el billete de menor valor, la unidad misma del peso argentino. Curiosamente, la respuesta no está tanto en la inflación, en la política monetaria ni en el FMI sino en algo mucho más doméstico: el mismísimo papel higiénico.

    Pensemos juntos en esta dolorosa realidad. Si el Banco Central de la República Argentina aun emitiera billetes de $1, cada metro cuadrado de billetes valdría 99 pesos mientras que el metro cuadrado de papel higiénico linda, hoy día, los $185. En otras palabras, debemos aceptar que es más caro limpiarse el culo con papel higiénico que con pesos argentinos.

    No deja de ser escatológicamente cierto, en este escenario, que la gente bien podría empezar a ahorrar en rollos de papel higiénico y especular con el tipo de cambio del doble hoja pues un eventual plan de higiene fiscal al final del día,ñ nos brindaría números extremadamente claros: $1.335 hoy alcanzan para 80 metros de papel higiénico mientras que los mismos $1.335 (en eventuales billetes de $1) cubrirían menos de cuarenta. De hecho, el papel higiénico costaría 2,6 veces más por metro lineal que el billete de $1.

    En última instancia la realidad es incontrastable. En nuestra querida Argentina, ni el peso alcanza para papel ni el papel alcanza para el peso. Así que antes de soñar con dolarizar la economía, deberíamos pensar previamente en como despapelihigienizarla. Máxime suponiendo que, la próxima semana, estaremos expuestos a una inexorable devaluación.

  • El consultorio estaba en penumbra, con esa luz que invita a las palabras a salir sin vergüenza. Jorge se removió en el sillón, cruzó las piernas y dijo, casi con incomodidad:

    -No entiendo por qué detesto tanto la música de Fabini. No toda la música uruguaya, ni todo el nacionalismo musical sino Fabini. Es algo visceral… Y me desconcierta, porque reconozco en su obra elementos que, aislados, disfruto en otros compositores. Pero ¿por qué él me resulta tan desagradable?

    El terapeuta no respondió. Solo necesitó mirarlo con atención  para que continuara.

    Quizá sea esa manía de dejar su firma en cada compás, como si gritara «esto es mío» todo el tiempo. No sé, no me parece la voz inevitable de un creador auténtico sino una obstinación enfermiza en recordarnos quién manda,  una originalidad forzada, un autorretrato repetido una y otra vez hasta el cansancio. Y yo… juro que no soporto esa insistencia.

    Jorge se detuvo. Necesitaba ordenar sus pensamientos pero el silencio del analista actuaba como un espejo.

    -¿Será, tal vez,  la paleta armónica? La encuentro muy limitada, sí, pero al mismo tiempo estirada como si fuera infinita, o como si pretendiera serlo. Y me fastidia ese truco, esa ilusión de vastedad cuando en realidad no es más que un horizonte pintado que me hace sentir encerrado en un paisaje que nunca se abre, que se repite bajo otra luz, otro matiz, pero siempre con el mismo fondo. Es como si la música no respirara.

    El terapeuta inclinó levemente la cabeza.

    -Y también está el tema de los matices… esos pianísimos que en realidad son fortes disfrazados, que parecen pianísimos solo porque se gritan en voz baja. Todo es exagerado, todo es teatral, la dinámica no fluye como un gesto orgánico, todo es pose. Y ahí también lo siento impostado, como si la música no fuera música sino una coreografía sonora.

    Suspiró.

    -¿Y sabés qué más me rechina? Sus obras no me hablan como relatos, no avanzan, no fluyen. Son collages, motivos yuxtapuestos, pegados como si fueran el relleno de un embutido dentro de una tripa transparente. Termino viendo las costuras, el artificio, el pegamento. No hay ahí un discurso sino un muestrario...

    El terapeuta levantó una ceja.

    -Y claro, está también lo del nacionalismo, esa obsesión con el campo, con los ceibos, con las melgas, con las mañanas de reyes, como si la música tuviera que ser la patria en pentagrama y eso me irrita. No porque odie el campo sino porque siento que es como si alguien se empecinara en decir que eso es el Uruguay, sin dejar espacio para otras voces, otras memorias. El Uruguay de Fabini es apenas uno, insistente y monumental, pero existen otros uruguayes de voces múltiples que se superponen, que dudan, que no se dejan resumir en un acorde… El suyo, más que un sello es un mandato. Y yo, que detesto los corsés identitarios, lo vivo como imposición...

    El terapeuta lo dejó terminar

    -Quizás -dijo al fin- tu rechazo no sea sólo a Fabini sino a lo que Fabini representa en vos, a esa música que se erige como monumento, como unanimidad cultural. Probablemente te incomode que su obra se haya convertido en un símbolo, en un estandarte, y que lo personal quede sepultado bajo lo institucional…

    Jorge asintió, lentamente.

    Sí… Tal vez sea eso. Pero no lo rechazo solo a él. Rechazo que su música, tan cerrada sobre sí misma, haya sido canonizada como si fuese la única ventana posible al paisaje, a lo nuestro. No soporto esa clausura. Necesito la mezcla, la fractura, la duda. Y Fabini nunca duda. Es insoportable.

    El silencio volvió a llenar la sala pero ahora no pesaba, tenía forma de revelación.

    La sesión terminó allí, sin más. Jorge se levantó despacio, recogió el abrigo y salió al pasillo.

    Minutos después cruzaba la plaza Independencia bajo el sol áspero del mediodía. A sus espaldas, el Palacio Salvo se erguía como una mole desproporcionada, proyectando una sombra que parecía perseguirlo. En su cabeza, tal como una radio sintonizada a la fuerza, la música de Fabini se repetía insistente, intrusiva, imposible de apagar, y cada acorde se le mezclaba con el peso del edificio.

    Ambos, música y piedra, lo acosaban como monumentos inevitables, incapaces de callar.

  • Me llamaron Abel, el amado, el preferido, pero jamás me sentí amado ni por el cielo ni por la tierra. Tan solo fui el espejo donde se reflejaba la condena de mi hermano.

    Lo supe desde el primer momento, cuando vi que el humo de mis sacrificios ascendía ligero, acariciado por un viento divino, mientras el de Caín se quebraba y dispersaba como si los mismos cielos le cerraran las puertas.

    Y vi en sus ojos el peso de esa humillación, el fuego contenido de alguien a quien hasta Dios le había dado la espalda, sin poder dejar de sentir que mi existencia era la causa de su tormento.

    Jamás pedí ser pastor ni elegido, nunca supliqué la gracia que me otorgaron y, sin embargo, cada resplandor que me tocaba era un cuchillo que lo hería a él y horadaba mi pecho.

    ¿Qué debía hacer? Si decidía anticipar mi partida, la ira del Altísimo habría caído sobre nuestra casa. No podía rebelarme de semejante modo contra la mano que me alzaba así que viví dividido, agradecido en la boca y maldito en el corazón. Y día a día me odié un poco más por la fortuna inmerecida que me colmaba.

    Entonces entendí que la única salida no era otra más que dejar que fuese él quien me matara. Así, confieso hoy que no fue su envidia lo que nos llevó al campo, fue mi ruego. Porque lo miré a los ojos y le dije sin palabras:

    Hazlo, yo no me atrevo.

    No supe si él lo comprendía pero sentí que, por primera vez, compartíamos un mismo destino, y cuando cayó sobre mí no grité. Descansé.

    En su furia encontré la piedad que no me atreví a concederme y, mientras la vida se me escapaba, supe que era, por fin, libre de la preferencia que me oprimía.

    Muchos contarán que fui inocente y él el culpable pero la verdad es otra. Yo busqué mi muerte y él me dio lo único que Dios me negó.

    Caín no me mató. Lo elegí como mi redentor.

  • El retrato gigante de Mozart imponía admiración y, en la penumbra solemne de la sala, todos los presentes se alinearon como líneas de un pentagrama milimétricamente trazado en el piso. El aire estaba cargado de expectativa y hasta los atriles parecían estar en posición de saludo.

    El Maestro, algo pálido, disimulaba sus nervios mientras sostenía una batuta con ambas manos, tal como si fuese un arma ceremonial demasiado ligera para inspirar respeto.

    El Alumno, candidato, el pupilo aspirante que hasta entonces era violinista, dio un paso al frente y el murmullo reverente recorrió la fila.

    El jurado escrutaba y tomaba notas. Había llegado la hora.

    Como saludo inicial, todos los presentes ejecutaron una escala descendente perfecta desde el do sobreagudo hasta el grave más profundo, un gesto sonoro que equivalía a inclinarse ante el shōmen invisible de la música. Así comenzó la prueba, con la severidad de una misa antigua.

    El Alumno ejecutó entonces tres escalas al metrónomo, seis golpes de arco calculados como katas de madera y crines y, luego, una partita de Bach brotó de su violín como una fórmula ancestral con cada nota impecablemente colocada y cada silencio tan firme como una reverencia.

    Todos contenían la respiración pero el momento decisivo aún estaba por llegar, era el momento del combate.

    Alumno y Maestro se enfrentaron en un duelo de improvisación. El Alumno lanzó un arpegio radiante, cargado de insolencia juvenil. El Maestro respondió con un trino inseguro, apenas disimulado por el vibrato. Un segundo intercambio comenzó a revelar la verdad: El Alumno avanzaba con fuerza mientras El Maestro, aunque todavía digno, mostraba en la mirada un miedo indecible. No temía la derrota musical sino algo mucho peor. Sentía miedo de que El Alumno, al superarlo, dejara de necesitarle y con ello se evaporara la fuente de ingresos que le sostenía en aquel pequeño dojo melódico.

    El tribunal de ancianos, viejos pianistas, se retiró a deliberar en un rincón, moviendo casi instintivamente los dedos en el aire como si aún hubiese teclas bajo ellos. Y, tras unos minutos de tensión insoportable, regresaron.

    El Portavoz, con la solemnidad de un bajo profundo, pronunció entonces las palabras decisivas:

    Eres digno. Desde hoy portarás el violoncello.

    El Instrumento apareció, brillante, enorme, luminoso, como un tótem de madera barnizada por los dioses. El Alumno lo abrazó con reverencia y la sala estalló en un silencio sobrecogedor. El Maestro aplaudió con elegancia pero en su interior calculaba, con un sudor frío en la nuca, cuántos grados le separaban ya del día fatal en el que tendría que enfrentarse a un contrabajo, a un piano de cola o ¡Dios no lo permitiera! un órgano de iglesia.

    El examen concluyó con un acorde mayor prolongado, vibrante, como un juramento. Uno a uno, todos los presentes se retiraron. Excepto El Maestro que permaneció sentado, solo, acariciando su batuta con expresión grave. Y en voz baja, apenas audible, dejó escapar un suspiro resignado:

    Debí dedicarme al kazoo. Nadie me disputaría jamás un instrumento tan pequeño.