S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.



Sobre mí

  • No es cierto que el mundo se rompa solo con terremotos o explosiones. Hay grietas tan finas que ningún arquitecto querría admitir su existencia pero que están ahí, avanzando despacio como raíces subterráneas.

    Yo las he seguido durante siglos. He visto cómo una pequeña fisura en el suelo de un templo podía, con los años, dividir en dos un reino entero. O cómo una piedra desplazada en un dique podía vaciar un lago y arruinar aldeas que ni siquiera sabían pronunciar la palabra «colapso».

    Mi tarea nunca ha sido repararlas. Mucho menos provocarlas. Solo espero junto a ellas porque, en algún momento -y siempre llega ese momento-, alguien o algo se asoma desde el otro lado. Entonces la grieta deja de ser herida para convertirse en pasaje.

    Nadie me lo enseñó, no hay un manual para esto, pero sé cuándo una fisura está viva y cuándo solo es polvo acumulado. Lo sé porque escucho su respiración.

    Anoche encontré una grieta que respira como si fuera mi propio pecho. La toco y siento el calor. Oigo pasos del otro lado, pasos que no son míos. Algo muy personal me dice que, cuando se abra, vendrá por mí la otra mitad que me falta desde antes de tener cuerpo.

    Y que cuando cruce ya no tendré que guardar más nada.

  • El pasillo se curvaba como si quisiera ocultar lo que venía después. No había puertas, solo arcos sin marco, intervalos de luz y sombra que se sucedían con un compás invisible.

    Caminaba lento pero no porque quisiera demorarme sino porque el eco de mis pasos parecía formar una melodía que necesitaba ser escuchada completa, nota por nota.

    En algún punto, la penumbra se espesó. Vi allí un atril, solo, con una partitura abierta en un pentagrama de aire. No tenía nada escrito pero las líneas vibraban, tal como si cada una fuera la cuerda de un instrumento que nunca había visto. Al acercarme sentí que esas notas -o lo que fuera que fueran- no estaban escritas para ser tocadas sino para ser encontradas.

    Seguí caminando. Las paredes se abrieron en una sala circular. El centro estaba vacío, salvo por un hilo de agua que caía desde el techo y se desvanecía antes de llegar el suelo. El sonido era una cadencia rota, una fuga incompleta que pedía ser continuada.

    Supe en ese instante que no era yo quien buscaba, era la música la que me buscaba a mí, y entonces comprendí que no era un espectador de esta fuga sino su origen, su causa y su fin.

    La fuga era mía, la búsqueda también.

  • Siempre llegaba antes que todos. El andén estaba frío, húmedo, con un eco que devolvía cada paso como si fuera ajeno. En el muro opuesto, un viejo reloj de estación marcaba las 3:14:15, aunque yo sabía que no funcionaba desde hacía años. Me gustaba mirarlo porque su inmovilidad parecía una advertencia: aquí, el tiempo no tiene poder.

    Ese día la niebla era tan espesa que los rieles se perdían a pocos metros. Me senté en el banco de madera astillada y encendí un cigarrillo que no pensaba fumar, solo quería ver el humo dibujando figuras más honestas que las palabras.

    Alguien apareció entre la bruma. Un hombre con un abrigo demasiado largo y una bufanda gris que arrastraba por el piso. No lo conocía pero caminaba directo hacia mí, como si lo hubiese estado esperando.

    Se sentó a mi lado y, sin mirarme, dijo:

    -El tren no va a pasar hoy.
    -Nunca pasa -respondí.
    -Lo sé, pero a veces uno viene igual, solo para comprobar que sigue sin pasar.

    Hablamos poco. Él sacó de su bolsillo un reloj de bolsillo y me lo mostró. Estaba detenido también en las 3:14:15.

    Sonrió, cerró la tapa y lo dejó sobre el banco. Luego se levantó y se alejó, tragado por la niebla, sin decir adiós.

    Me quedé con el reloj en la mano, escuchando el silencio. En ese instante supe que había entendido algo que siempre había sospechado: no había tren, no había espera. Solo yo, aquí, como siempre.

  • El bulto

    El muelle cruje antes del amanecer. Doce tablas exactas hasta la grúa oxidada. El hombre avanza contando cada una y el paquete, una tela encerada con nudo simple, marca un ritmo contra su muslo. No mira a los lados aunque percibe, en el rabillo del ojo, una figura suspendida en el aire: un piloto que sostiene algo envuelto en una membrana plateada. Cierra rápidamente los ojos pero la imagen se queda adherida como una nota sostenida en la memoria.

    En el extremo del muelle, una mujer espera sentada sobre un cajón de madera. Sus manos, inmóviles como ramas secas, reciben el bulto. Apoya el oído sobre la tela y escucha un latido débil. Reconoce fácilmente el pulso. Lo oyó una vez, o tal vez lo oirá, en una estación orbital llamada Erebus-9. El recuerdo llega del futuro. O del pasado, no lo sabe. Tampoco importa.

    La esclusa de la estación se abre con un silbido y ráfagas de aire salen mientras se igualan las presiones. El piloto avanza flotando y, junto a la antena de comunicaciones -que se oxida para parecer más vieja- siente un eco en las manos: la forma imaginaria de un nudo que jamás ató. Al otro lado del corredor, por un instante, cree ver un muelle de madera y un hombre que camina hacia una mujer sentada. Pero no reduce la marcha.

    La ciudad sigue como si nada. El hombre ya se ha ido, el paquete reposa en el regazo de la mujer, pesado por algo que no es materia. Desde la orilla, la grúa observa. Desde la órbita, la antena escucha. En cada lugar, el objeto late igual.

    El mar, imperturbable, contiene la respiración y el vacío hace lo mismo. El muelle está desierto, la esclusa cerrada y, sin embargo, allí está. El mismo objeto, sostenido por las mismas manos en todos los tiempos, intercambiado una y otra vez en direcciones opuestas. El inicio y el final coinciden en un punto, como una partitura que se oye igual tocada hacia adelante o hacia atrás.


    Elektra

    En el aire frío del amanecer Elektra avanza al paso y cada golpe de sus cascos contra la tierra es una negra grave, bien marcada, que abre el compás. Yo llevo la batuta invisible en mi mano izquierda pero es ella quien marca el tempo. El viento en su crin suena como arpegios de violín y el roce de la montura con su lomo es un susurro de contrabajo que afina debajo de la melodía.

    De pronto sus orejas se levantan -se anuncia el allegro- y sin previo aviso el trote irrumpe en semicorcheas saltarinas. Mi corazón sigue la partitura, sintiendo cómo cada resoplido es un acorde mayor cargado de expectación.

    En un instante sin transición visible, la tonalidad cambia: el galope irrumpe como una fuga barroca, con el bajo continuo en sus patas traseras y el tema principal repitiéndose en las manos. El aire se vuelve una sala de conciertos sin paredes y yo, más que jinete, me siento ahora un solista tratando de no perder el compás que ella impone.

    Llega el salto… ah, el salto es un silencio de blanca con calderón, suspendido en el aire, donde el tiempo mismo decide detenerse. Una gran pausa. Entre el impulso y la caída, toda la orquesta calla y sólo queda el latido de mi pecho, el eco de la cuerda aguda de un arpa imaginaria. Luego el aterrizaje, un tutti fortissimo tan breve como un golpe de timbal que vuelve la partitura hacia otro movimiento.

    No es un paseo. Es una sinfonía viva escrita en el instante y borrada en cuanto el último casco deja de golpear la tierra.


    Cessna

    El piloto del Cessna, perdido sobre un mar de colinas, había dejado de confiar en su brújula. El sol caía bajo, dorando los pastos, y la radio crepitaba con una voz que no lograba ubicar.

    -Charly X-Ray Alfa-Tango-Whisky, aquí Alfa 742, lo tengo a la vista… creo. Mire hacia su izquierda y busque un destello.

    El piloto giró apenas la cabeza. Entre el reflejo de su parabrisas y el resplandor del río, todos los brillos parecían idénticos.

    -Nada. Repita, ¿dónde está?

    En la cabina del avión comercial, el comandante se inclinó hacia el copiloto y señaló con el bolígrafo una hoja en blanco, improvisando un mapa verbal.

    -Imagine que el sol está en el centro del reloj y usted lo mira de frente. Yo estoy en su “a las dos”, y usted está en mis “a las diez”. Si vira hasta poner el sol en “las tres”, nos alinearemos.

    El Cessna obedeció. La luz entró oblicua por la ventanilla derecha bañando la cabina de cobre viejo.

    -Ahora busque abajo, hacia las “seis” de su reloj personal. Ahí, justo encima de la línea del bosque, soy yo.

    Y allí estaba, un punto metálico que crecía en el cielo, la única certeza en un horizonte que hasta entonces había sido puro extravío.


    En el borde último del día, cuando el aire parecía denso como agua y el horizonte apenas un hilo entre lo que se ve y lo que se intuye, los tres sucesos se encontraron sin proponérselo. El bulto, aún guardando el secreto de su pulsación, reconoció en la Sinfonía de Elektra un eco de sí mismo, un compás escondido que latía en cada paso y en su respiración. Y, desde el cielo, el Cessna localizado por un ángulo y un rayo de sol dibujado en un reloj imaginario giró una vez sobre el campo, como si quisiese saludar antes de encaninarse hacia donde no había caminos trazados.

    En ese preciso instante nadie -ni Elektra que que ya galopaba en la distancia, ni el piloto que cerraba la radio, ni la mujer que apoyaba la mano sobre el bulto tibio- supo explicar por qué todo parecía tan exacto.

     

    Tal vez fuese la música que unía lo que estaba en la tierra con lo que flotaba en el aire, tal vez era el latido que no se resignaba a pertenecer a un solo cuerpo, tal vez era simplemente que cada historia, sin saberlo, había nacido para encontrarse consigo misma en ese mismo segundo.

    Entonces el marco se cerró. El vidrio se colocó y adentro, como si fuese para siempre, las tres quedaron latiendo juntas, protegidas, sin perder nunca más la vibración de lo que fue vivido en fragmentos pero recordado en un solo acorde.

  • A veces pienso que la música es un animal que huye y que, en su huida, deja huellas demasiado perfectas para no ser perseguidas. Y el ricercare no es más que eso, seguir la pista de un ser que, al mismo tiempo, quiere ser encontrado y quiere perderse. Cada tema que nace parece girar la cabeza para asegurarse de que lo sigo y, de inmediato, acelera, se interna en senderos más enmarañados, como si temiese que mi mano lo alcance antes de que termine de transformarse.

    En tal persecución no hay cazador y presa definidos pues somos dos presencias que se buscan y se rehúyen a la vez. Cuando el motivo inicial se repliega en la penumbra de una tonalidad lejana, no me abandona. Por el contrario, me invita a seguirlo con un gesto sutil, como el de quien apenas abre la puerta de un pasadizo secreto. Sé que si lo alcanzo demasiado pronto, si lo encierro en una forma predecible,perdería la vibración que lo mantiene vivo y moriría. Por eso lo dejo escapar, aunque en esa fuga sienta el vértigo de perderlo para siempre.

    El ricercare es entonces la paradoja de la persecución amorosa, una búsqueda que no quiere concluir, un diálogo en el que las respuestas retrasan su llegada para multiplicar el deseo. El tema se disfraza, se refleja en espejos deformantes, se oculta detrás de sí mismo como un viajero que intercambia su ropa con la de otro y yo, que también huyo de la certeza, del final, de la quietud, lo sigo porque en su itinerario reconozco mi propio mapa de fugas.

    Hasta que en el momento más inesperado, cuando al fin creo haberlo perdido, reaparece de frente. Pero no como un regreso sino como si siempre hubiese estado ahí, esperando a que el tiempo me diera la forma precisa de escucharlo. Entonces comprendo que, en este juego, no hay vencedor ni vencido. La fuga y la búsqueda son la misma cosa, y el ricercare no se resuelve con el hallazgo sino con la certeza plena de que siempre habrá un próximo paso que dar, un próximo eco que descifrar, una próxima sombra que perseguir.

  • Me llamo Caín.

    No esperes de mí arrepentimiento, lo que hice no fue por maldad sino por necesidad.

    Todos recuerdan que maté a mi hermano pero pocos recuerdan qué me empujó a hacerlo. Porque los escribas y sacerdotes de siglos después se encargaron de dejar en claro que yo era el malo. Así era mucho más sencillo. Allí tuvieron un hombre, un crimen y un castigo fácil de relatar pero la verdad siempre es mucho más larga y, sobre todo, más áspera…

    Desde niños, Abel y yo supimos que no valíamos lo mismo a los ojos del Altísimo.
    Él, el pastor, yo el labrador.

    Decían que la tierra estaba maldita por culpa de nuestros padres y aún así me la otorgaron como herencia. Para sembrar en un suelo que escupe piedras, sudar hasta la fiebre y ver brotes devorados por la sequía o por langosta. Eso era mi día, cada día, todos los días.

    Al final, cuando ofrecía el fruto de mi trabajo, el humo subía recto y frío tal como si el cielo no quisiera olerlo. Pero Abel… no.  Abel apenas ofrecía un cordero y el humo danzaba, acogido por un viento suave, como si Dios mismo lo invitara a su mesa.

    ¿Te imaginas vivir así?

    ¿Imaginas ver, una y otra vez que, sin importar cuánto te esfuerces, la puerta siempre se abre para otro y siempre se cierra en tu cara, sistemáticamente?

    No odio a mi hermano, nunca lo odié. Lo que odié fue el papel que nos dieron. El suyo de elegido y el mío de advertencia. Y un día, cuando ya no quedaba nada de mí más que esa náusea omnipresente, lo llamé al campo.

    No para matarlo, para pedirle que intercediera, que dijera algo en mi favor, para suplicarle que me ayudara a romper esa condena invisible.

    Pero en sus ojos vi lástima y supe ahí que la lástima es peor que el desprecio, porque te da la razón al tiempo que te deja en el mismo lugar, allí donde estás.

    No recuerdo el instante exacto, solo sé que hice lo único que podía hacer para dejar de ser el rechazado. Y pagué, pagó mi frente con la marca, pagaron mis pies, condenados a no descansar jamás, pagó mi nombre, que se volvió sinónimo de traición.

    Sin embargo, por primera vez en la vida, elegí yo. Fui libre, por apenas un instante, aunque me costase la eternidad.

  • En el extremo de la aldea, donde los techos parecían encogerse para aguantar mejor el invierno, vivía Iván Serguéievich, un hombre al que se le conocía más por su silueta que por su voz. Cada mañana, incluso antes de que el primer humo saliera de las casas, trepaba por una escalera de madera apoyada contra la pared y se sentaba sobre la chimenea.

    No junto a ella, no a un costado, sino encima, en lo alto, con las piernas colgando hacia el vacío, tal como si no hubiera ninguna otra silla en el mundo que le resultara cómoda, aunque el humo pasara a su lado y, en los días más fríos, le envolviese el rostro como una densa bufanda de niebla.

    Nadie sabía desde cuándo lo hacía ni por qué, y él tampoco lo decía. Su chaqueta, de un verde que alguna vez supo ser bosque y ahora era solo ceniza, tenía cuatro botones: uno de hueso amarillento, otro de madera oscura con una grieta, otro plano y sin barniz, y el último, cosido con hilo rojo. Los pantalones, gastados en las rodillas, dejaban escapar del dobladillo dos hilos desiguales que, cuando el viento soplaba desde el Este, parecían agitarse como antenas que olfateaban el mundo.

    Iván permanecía allí durante horas, inmóvil, mirando siempre hacia el horizonte. Jamás nadie le vio leer, ni hacer señales, ni hablar. Tanto que el pueblo entero se acostumbró a su figura en lo alto, ese punto fijo sobre el que las estaciones se derramaban sin cambiarlo. Había quienes decían que buscaba o que esperaba a alguien. Otros señalaban que vigilaba algo pero, con el tiempo, dejaron de inventar hipótesis pues las preguntas sin respuesta acaban siendo un elemento más más del paisaje.

    Hubo inviernos en los que la escarcha le cubría el cabello convirtiéndolo en un anciano de hielo, y veranos en los que el sol le doraba la piel y hacía brillar el hilo rojo de su último botón.

    Nunca nadie supo si comía antes de subir o después de bajar. Lo único cierto era que cada día, con una puntualidad que no pertenecía a reloj alguno, Iván estaba allí arriba. Hasta que un amanecer cualquiera, cuando el aire todavía estaba frío y los tejados aún guardaban toda la humedad de la noche, el lugar sobre la chimenea apareció vacío. La escalera seguía apoyada contra el muro pero el humo de la casa salía libre, sin silueta que lo interrumpiera.

    No lo encontraron adentro, no lo vieron en el bosque, tampoco en el río. La butaca junto a la mesa estaba intacta, la taza de loza -astillada en el borde- se encontraba vacía, con un leve cerco de polvo alrededor, tal como si nadie la hubiese tocado en años. Y sobre el alféizar de la ventana una mota de hilo rojo se balanceaba en la brisa.

    No hubo búsqueda oficial, tampoco hubo explicaciones, solo el hueco de su ausencia en lo alto y los humos de la aldea que, desde entonces, subieron al cielo sin rozar ningún hombro.

    El horizonte siguió igual. Tal vez él también.

  • A fines de los años 80, cuando nuestro país todavía se sacudía el polvo de los sótanos autoritarios y la democracia aprendía a caminar sin muletas, la catedral laica del cine arte de la que casi todos fuimos acólitos organizó un ciclo de películas que quedaría en la memoria colectiva como una especie de milagro inverso: «El porno también es cine».

    No se trató de un gesto marginal ni de una provocación gratuita. Fue una estrategia meticulosa, elegante, casi litúrgica. En el catálogo del ciclo, se hablaba de cosas tales como exploraciones necesarias de la corporalidad cinematográfica, el análisis del erotismo en tanto que disidencia estética y los límites de la representación en los relatos del deseo. Y se proyectaron títulos como El imperio de los sentidos, Calígula, La profesora de piano y algunas varias rarezas experimentales que incluían superposiciones de cuerpos difusos, jadeos en blanco y negro y mucho, mucho humo conceptual.

    El gesto era muy claro y la idea fácilmente legible. Se trataba de santificar lo profano, elevar el sudor al plano simbólico y revestir el deseo básico con palabras largas y frases complejas.

    Pero más interesante que la programación en sí resultó la procesión de espectadores que llenaban las salas, tal como si fuesen a misa. Profesores universitarios, críticos de arte, jóvenes con mochilas y sacos de pana, funcionarios cultos con barbas existencialistas, todos llegaban con cara de quien va a enfrentarse a un texto de Derrida y no a un cuerpo filmado gimiendo en plano secuencia. No iban a ver porno, de ninguna manera. Iban a pensar sobre el porno. O, al menos, eso decían.

    Pues el gran éxito del ciclo no fue democratizar el deseo ni abrir espacios para su exploración libre sino ofrecer una coartada perfecta. Por fin alguien podía ir al cine a ver penetraciones explícitas sin tener que esconderse detrás de alguna bufanda ni tener miedo de cruzarse con su dentista. Allí, entre paredes respetables, el placer se volvía estética, tesis, provocación filosófica, y eso era mucho más que suficiente.

    El ciclo fue, en rigor, una mojigatería sublime, una fiesta de la doble moral con música de Bach y olor a humedad erudita. Quienes nunca habrían pisado un cine del centro con nombre de antigua ciudad egipcia y alfombra pegajosa, encontraron por fin una forma de consumo que no mancillaba su imagen pública. Un deseo limpio, lavado con agua bendita intelectual, donde el porno seguía siendo porno pero pronunciado en francés.

    Hay quienes aún recuerdan con orgullo aquellas funciones, como si hubiesen participado de una avanzada cultural libertaria. Evidentemente, no suelen decir que lo que encendía la sala era lo mismo que en todos los cines del mundo: el temblor del cuerpo ante lo que no se dice pero se ve. Lo que cambió fue el marco, el aura, el dispositivo simbólico. Y es problema que eso sea lo más pornográfico de todo: la necesidad de disfrazar el deseo de discurso para que no huela a deseo y envolver la carne en celofán semiótico. La. necesidad de seguir deseando, pero como hacer si no.

    De más está decir que, cuando el ciclo terminó, nadie fue a buscar esas películas a videoclubes de barrio. Volvieron a sus libros, a sus conciertos, a sus disertaciones sobre la pulsión escópica. Pero ya habían probado el permiso, y eso no se olvida.

    Fue como si, en medio de una ciudad censurada, alguien hubiese repartido entradas para mirar por las cerraduras y salir diciendo que, en realidad, estaban estudiando arquitectura de interiores.

  • El jean como coartada

    Alguien dice «Sydney Sweeney tiene buenos genes» y muchas personas ríen mientras otras levantan las cejas. Hasta Trump tiene una opinión que dar, así que abrimos el celular y lo vemos, un anuncio de American Eagle con Sydney Sweeney en primer plano, una mariposa bordada en el bolsillo de su pantalón y ese juego de palabras que parece inofensivo si no se lo piensa demasiado pero brutal si se lo piensa apenas un poco más.

    Es marketing, claro. Solo una campaña para vender jeans. Nada más que eso.

    ¿Nada más?

    Vivimos tiempos en los que toda marca quiere posicionarse, aunque sea de costado. Un gesto, un símbolo, una cara conocida, una buena causa si se puede. Pero lo que pasó con esta campaña revela una tendencia cada vez más clara. Cuanto más problemática sea la elección, más visibilidad genera. Y con esa visibilidad, vienen clics, likes y ventas. El debate se convierte en estrategia y la polémica en modelo de negocio.

    La elección de Sydney Sweeney no fue casual, como tampoco lo fue la frase. Ni el plano, ni la pose. Todo fue diseñado para que hablara más la imagen que el producto. Y ¡vaya si funcionó! Se habló muchísimo más del trasfondo ideológico que del jean, y ahí está el truco.

    El marketing contemporáneo aprendió hace rato que hasta el repudio es rentable, que la cancelación parcial eleva el alcance y que lo ambiguo paga más que lo evidente. Entonces, alguien en la empresa sale a decir que no quisieron decir nada y que solo querían vender jeans. Pero esa frase, repetida como escudo, no solo elude las responsabilidades sino que es toda una coartada. Porque querer vender sin pensar en el contexto ya no es inocente. Es querer mantener un poder simbólico disfrazado de neutralidad.

    No se trata de odiar a Sweeney ni de hacer una lectura paranoica de cada anuncio, sino de no tragarnos el cuento de que todo esto ocurre por accidente, de entender que el marketing construye el mundo, elige qué cuerpos se muestran, qué gestos se vuelven deseables, qué historias se cuentan y cuáles se recortan.

    Y sí, una mariposa en el bolsillo trasero de un pantalón puede tener más cinismo que poesía, sobre todo si se emplea para decir «apoyamos una causa» mientras se reproducen los mismos estereotipos que muchas de esas causas combaten. En definitiva, la próxima vez que veamos un anuncio así no nos detengamos solo en la foto. Preguntémonos qué nos están vendiendo, qué estamos comprando además del jean.

    Detrás de cada «nada más» suele haber demasiado.

  • Ernesto siempre fue bueno con las palabras. Sabía usarlas con precisión, incluso con sutileza. Podía leer a otras personas con un tipo de lucidez que muchos admiraban aunque no supieran muy bien qué hacer con ella. Pero había una palabra, una sola, que se le escurría tal como si estuviese escrita en un idioma extranjero: amistad.

    No es que no entendiera el concepto. Lo comprendía de manera casi académica, tal como se estudian las costumbres de una cultura ajena. Sabía lo que representaba, había leído sobre su importancia, varias veces había sido testigo de vínculos entrañables entre otras personas. Pero a él le costaba. No por falta de deseo sino porque no encontraba cómo apropiarse de ese lenguaje desde adentro. Lo veía como quien escucha una lengua que puede traducir palabra por palabra pero cuya música le resulta ajena.

    Le pasaba desde siempre. Los gestos que cimentaban las amistades comunes – compartir una cerveza sin motivo, conversar durante horas sin propósito, ir al estadio, al cine o simplemente salir- no le resultaban desagradables, le resultaban lejanos. Como si fueran parte de un ritual en el que él nunca había sido iniciado. No los rechazaba, tan solo no sentía el llamado.

    A veces lo intentaba, más por educación que por convicción. Se forzaba a asistir, a sonreír, a mantenerse en escena esperando encajar en algún momento. Pero era como intentar poner una pieza que no pertenece al rompecabezas, una pieza que duele. Una pieza de otro mundo.

    Ernesto siempre terminaba sintiéndose impostor, intruso, fuera de lugar. Luego venía el agotamiento, el peso de haber representado un papel sin haber entendido el guion.

    No era frío, no era soberbio y definitivamente no era indiferente. Solo que su forma de vincularse no era la que los demás esperaban. No por rebeldía sino por naturaleza. En cambio, en el amor, Ernesto sí encontraba refugio. No el amor templado y progresivo que se construye con paciencia, sino el otro. El torrencial, el total, el que lo devoraba y lo devolvía cambiado. Ahí se sentía vivo, ahí entendía las reglas, aunque fueran complejas. Lo podía nombrar, lo podía vivir, lo sentía suyo. Cuando amaba no necesitaba manuales.

    Pero la amistad no. Ese era un terreno en sombra, un mapa sin leyenda. No sabía cómo empezaba ni qué la hacía durar, no entendía cuándo se esperaba que uno llamara, ni por qué. La sola idea de compartir un rato solo por dl hecho de compartirlo, sin una causa, un proyecto o una urgencia, lo desconcertaba. Le parecía hermoso, incluso envidiable, pero francamente inaccesible.

    Sin embargo, había personas a las que quería profundamente, con las que se sentía a gusto, sin disfraces ni ansiedad, gente cuya compañía le aligeraba el mundo. A veces las admiraba en silencio, a veces las extrañaba cuando no estaban. Pero llamarlas amigas o amigos le resultaba difícil. No por falta de afecto sino por una distancia inexplicable entre el nombre y la vivencia. Como si dijera pan pero estuviera hablando de una piedra que aprendió a sostener con ternura.

    Ernesto se preguntaba, entonces, si no habría otras formas de vínculo aún sin nombre. Relaciones sin libreto, sin casilleros predeterminados. Quizás existiese una manera legítima de estar con alguien sin repetir los formatos heredados de la amistad o la pareja. Tal vez, se decía con cierta esperanza, algunos afectos verdaderos no necesitan pasaporte para cruzar fronteras.

    En tal caso, si hubiese gente dispuesta a quedarse cerca de alguien que no sabía cómo llamar a lo que sentía, tal vez también había lugar para él en ese firmamento sin senderos que seguir o terrenos donde levantar las casas de lo establecido. Tal vez su manera de querer era precisamente eso, inventar constelaciones.