S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

Tabla de contenidos

El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.



Sobre mí

  • Él dejó sobre la mesa un papel doblado en cuatro. Ella lo abrió, lo leyó, y encontró escrito:

    «Si te pierdo,
    mi sombra será apenas un eco;
    si me quedas,
    toda la noche aprenderá a cantar.»

    Sin decir nada, volvió a doblarlo y lo guardó en su bolsillo. Para él era aceptación, para ella era piedad.

    Dos universos nacían de un mismo gesto pues ambos compartieron la misma experiencia, aunque nunca la misma historia…

    -Observen -dijo entonces el profesor, escribiendo los mismos versos en el pizarrón-, el relato no necesita escenarios ni personajes con nombre porque se sostiene en un solo poema y en el pliegue de un solo pedazo de papel. Y ese pliegue es el pliegue de la realidad misma. En él se bifurcan dos universos…

    Y citó:

    Ambos compartieron la misma experiencia, pero nunca la misma historia.”

    Habló así de Woolf, de Zweig, de Cortázar. Habló de espejos, de divergencias, de cómo el poema no es un gran poema pero sí la chispa que enciende la diferencia…

    -Un papel doblado en cuatro contiene, en realidad, cuatro relatos distintos -dijo-, el de él, el de ella, el nuestro como lectores y el mío como intérprete…

    Años después, uno de los alumnos recordaría aquella clase leyendo un cuaderno ajado.

    «Yo estaba maravillado. Creía que cada palabra del profesor era una revelación. Sentía que las comparaciones con Woolf, Zweig y Cortázar eran oráculos, pero el tiempo y la vida me mostraron lo contrario. Eran tan solo lugares comunes, una retórica brillante pero superficial. Sin embargo, ahí estuvo el verdadero aprendizaje. En entender que la fascinación también se pliega y se repliega, que lo que hoy parece luz mañana puede ser apenas un eco. Y que el cuento, el verdadero cuento, no estaba solo en el papel doblado sino en mi cambio de opinión.»

    Y volvió a copiar el poema en la primera página del cuaderno, tal como si repitiera el mismo gesto de su profesor:

    «Si te pierdo,
    mi sombra será apenas un eco…»

    El alumno terminó de leer esas líneas en voz alta, frente a todos nosotros. Hablaba de un cuento que contenía un poema, hablaba de una clase que contenía el cuento, hablaba de un recuerdo que contenía la clase…

    -Ese fue su legado -nos dijo-, enseñarnos que ningún discurso es definitivo, que todo texto se pliega sobre otro, que lo mismo se repite y se transforma.

    Entonces entendimos dónde estábamos realmente. No en el cuento, no en el aula, tampoco en el recuerdo sino en un último pliegue: en el velorio del propio profesor.

    Y al mirarlo en su féretro comprendimos que también la muerte se dobla como un papel en cuatro: su historia, la nuestra, el cuento y este instante. Que compartimos la misma experiencia aunque nunca la misma historia.

    De pronto, los versos iniciales resonaron en todos los niveles, como en una fuga, idénticos y distintos cada vez:

    «Si te pierdo,
    mi sombra será apenas un eco;
    si me quedas,
    toda la noche aprenderá a cantar

    El poema, el cuento, la clase, el recuerdo, el velorio. Cada uno era reflejo del otro, cada uno reeditaba un cálculo que se replegaba, una composición musical que retornaba, un cuadro que se dibujaba a sí mismo en un bucle sin final…

    Y que vuelve a plegarse en estas lineas.


  • Los 50 años del Complejo

    El Complejo cumple cincuenta años y lo que podría parecer apenas un conjunto de edificios en ladrillo es, en realidad, mucho más que eso. Es una utopía que se animó a volverse concreta, un espacio donde las paredes jamás encerraron sino que se elevaron hacia el cielo como una declaración, como un ejemplo brutal de que la vida en comunidad no solo era posible sino que también podía ser alegre, solidaria y profundamente humana.

    En el Complejo aprendimos que cooperativa y cooperación son la misma palabra, y que no refieren a un trámite sino a una forma de vivir. Aprendimos que tener todo sin ser dueño de nada no es perder sino ganar en común, que resolver lo colectivo es la única manera de resolver lo personal, y que la horizontalidad no se discute sino que se ejerce. Con asambleas, con acuerdos, con discusiones, con risas y con silencios compartidos.

    El Complejo nació y creció entre dos nombres que son mucho más que calles: Artigas y Don Quijote. Dos calles que no forman una esquina, que no se cruzan, pero que el Complejo une. Son paralelas que marcan un horizonte y entre las que se levantó esta mole, contenida por un libertador y un soñador, a modo de metas que parecen inalcanzables y, sin embargo, nos orientaron siempre: la libertad de un pueblo y la obstinación de creer en lo imposible.

    Yo crecí en estos espacios verdes, en sus canchas de fútbol, de básquet, de vóley, donde la pelota siempre fue de todos y el gol de cualquiera. Allí jugué con los árboles y con las palabras mientras el país atravesaba sus años más oscuros. Allí vi tormentas que parecieron arrasar con todo, intentando tirar los ombúes. Pero los ombúes siempre crecieron, y también lo hicimos nosotros.

    En cincuenta años muchos se fueron, todos vecinos, amigos y familiares. Pero nadie se pierde del todo pues nos dejaron a sus hijos y a sus nietos, que siguen poblando los mismos corredores, corriendo en las mismas plazas internas y usando los mismos balcones. Balcones que no miran hacia afuera sino hacia adentro, que nos ven crecer, jugar, coexistir y que nos devuelven la imagen de una ronda interminable, un corro que se repite generación tras generación.

    El Complejo no es solo una solución habitacional. Es una prueba viva de que hay otra forma de habitar el mundo, y que esa forma es posible. Nos enseña que el cooperativismo es mucho más que un techo compartido, que es un modo de existir, el antídoto contra la soledad del individualismo que nos quieren vender como progreso. Es, en definitiva, la certeza de que no se trata de dónde vivimos sino de cómo vivimos juntos.

    Hoy cumple cincuenta años y sigue siendo, cada día, la demostración de que las utopías, cuando se construyen entre muchos, dejan de ser sueños para convertirse en vida. Una vida que se sostiene entre esas paralelas que nunca se tocan pero que siempre nos marcan el rumbo. Una vida que se celebra en ronda, mirando hacia adentro y sabiendo que la comunidad no se sueña, la comunidad se practica.


    Paralelas inconmensurables,
    un respiro de ladrillos hacia el cielo.

    Raíces que caen,
    raíces que regresan.

    Balcones plegados hacia el centro:
    un círculo de ecos,
    un latido en común.

    Lo imposible germina,
    la ronda lo guarda.


  • Entro al escenario como quien cruza la puerta de un taller. La rutina me lleva.

    Camino hasta mi silla contando los pasos. Son treinta y dos exactos desde la antesala hasta mi silla. No necesito mirar, mis pies saben el camino mejor que mis ojos.

    Acomodo el instrumento y espero la batuta. Hace cincuenta años que espero lo mismo, cincuenta años que repito cada gesto como un obrero en una línea de montaje.

    Mientras espero, mi arco requiere siempre tres vueltas y media de tornillo para tensar sus cerdas. Ni más, ni menos. El cuerpo ya no lo mide, lo sabe.

    Me separo del atril exactamente a un brazo de distancia, el necesario para dar vueltas las páginas cuando la coreografía lo requiera. Igual distancia a la silla de mi colega más próximo. Son distancias que no mido, que ya me poseen, como huesos invisibles.

    El ritual es inmutable. Puedo calcular el tiempo preciso que transcurrirá hasta que entre el director. Lo he hecho tantas veces que podría marcarlo con un reloj interior, incluso si se demora.

    Ya no sé si tocaremos Beethoven o Mahler, si es Brahms o una obertura cualquiera de una ópera cualquiera. Tampoco importa, pues mis dedos sí lo saben. Se mueven sin preguntarme, sin consultarme. Yo apenas sostengo el arco y dejo que ellos trabajen.

    Y luego la secuencia de toses aisladas en el público, un celular inoportuno, el celofán de algún caramelo que se despliega siempre a destiempo y los aplausos prematuros en un aria que demuestran que hasta el entusiasmo es un reflejo condicionado.

    Sé cuándo el director pedirá a los solistas que se pongan de pie, qué broma repetirá el mismo músico (la repite desde hace décadas, como si fuera nueva), qué inspector controlará con rigor un orden que nunca se altera porque todo, absolutamente todo, es igual. Siempre igual. Exactamente igual.

    He memorizado no solo el repertorio sino también la danza invisible que lo envuelve. El saludo al final, la reverencia, la batuta que baja con gravedad. Y yo, una pieza más en esta maquinaria de bultos confundidos con gestos eternos, noto que ni siquiera necesité afinar mi instrumento porque los dedos han aprendido dónde caer, incluso si las cuerdas no están como corresponde.

    Antes, en mi juventud, todo me sorprendía, la música me atravesaba como un incendio y el pecho me resonaba como si yo mismo fuese de madera. Pero ya no. Hoy es rutina pura de dedos que se mueven solos y un arco que respira automáticamente mientras lo sostengo sin hacer ruido.

    El público ya no es público. No hay caras, no hay ojos, no hay manos. También son bultos que aplauden, manos que solo hacen ruido. No me pertenecen ni les pertenezco. No me reconocen, y yo tampoco reconozco nada en sus ojos. Son solo una masa indiferente que exige la misma repetición que yo ejecuto. No hay emoción, no hay memoria.

    Los programas se han fundido en un único rumor interminable. No sabría decir qué toqué la semana anterior ni qué tocaré la semana próxima. Todo se confunde en la misma masa sonora, interminable y sin relieve en la que lo único que cambia soy yo, cada vez más lento, más gastado, más viejo.

    Sé que llegará un día en el que caminaré los mismos treinta y dos pasos, me sentaré, giraré el tornillo tres vueltas y media, mediré las distancias, colocaré el arco sobre la cuerda y no ocurrirá nada. En ese momento el silencio, paciente, habrá aprendido a tocar en mi lugar.

  • No es cierto que el mundo se rompa solo con terremotos o explosiones. Hay grietas tan finas que ningún arquitecto querría admitir su existencia pero que están ahí, avanzando despacio como raíces subterráneas.

    Yo las he seguido durante siglos. He visto cómo una pequeña fisura en el suelo de un templo podía, con los años, dividir en dos un reino entero. O cómo una piedra desplazada en un dique podía vaciar un lago y arruinar aldeas que ni siquiera sabían pronunciar la palabra «colapso».

    Mi tarea nunca ha sido repararlas. Mucho menos provocarlas. Solo espero junto a ellas porque, en algún momento -y siempre llega ese momento-, alguien o algo se asoma desde el otro lado. Entonces la grieta deja de ser herida para convertirse en pasaje.

    Nadie me lo enseñó, no hay un manual para esto, pero sé cuándo una fisura está viva y cuándo solo es polvo acumulado. Lo sé porque escucho su respiración.

    Anoche encontré una grieta que respira como si fuera mi propio pecho. La toco y siento el calor. Oigo pasos del otro lado, pasos que no son míos. Algo muy personal me dice que, cuando se abra, vendrá por mí la otra mitad que me falta desde antes de tener cuerpo.

    Y que cuando cruce ya no tendré que guardar más nada.

  • El pasillo se curvaba como si quisiera ocultar lo que venía después. No había puertas, solo arcos sin marco, intervalos de luz y sombra que se sucedían con un compás invisible.

    Caminaba lento pero no porque quisiera demorarme sino porque el eco de mis pasos parecía formar una melodía que necesitaba ser escuchada completa, nota por nota.

    En algún punto, la penumbra se espesó. Vi allí un atril, solo, con una partitura abierta en un pentagrama de aire. No tenía nada escrito pero las líneas vibraban, tal como si cada una fuera la cuerda de un instrumento que nunca había visto. Al acercarme sentí que esas notas -o lo que fuera que fueran- no estaban escritas para ser tocadas sino para ser encontradas.

    Seguí caminando. Las paredes se abrieron en una sala circular. El centro estaba vacío, salvo por un hilo de agua que caía desde el techo y se desvanecía antes de llegar el suelo. El sonido era una cadencia rota, una fuga incompleta que pedía ser continuada.

    Supe en ese instante que no era yo quien buscaba, era la música la que me buscaba a mí, y entonces comprendí que no era un espectador de esta fuga sino su origen, su causa y su fin.

    La fuga era mía, la búsqueda también.

  • Siempre llegaba antes que todos. El andén estaba frío, húmedo, con un eco que devolvía cada paso como si fuera ajeno. En el muro opuesto, un viejo reloj de estación marcaba las 3:14:15, aunque yo sabía que no funcionaba desde hacía años. Me gustaba mirarlo porque su inmovilidad parecía una advertencia: aquí, el tiempo no tiene poder.

    Ese día la niebla era tan espesa que los rieles se perdían a pocos metros. Me senté en el banco de madera astillada y encendí un cigarrillo que no pensaba fumar, solo quería ver el humo dibujando figuras más honestas que las palabras.

    Alguien apareció entre la bruma. Un hombre con un abrigo demasiado largo y una bufanda gris que arrastraba por el piso. No lo conocía pero caminaba directo hacia mí, como si lo hubiese estado esperando.

    Se sentó a mi lado y, sin mirarme, dijo:

    -El tren no va a pasar hoy.
    -Nunca pasa -respondí.
    -Lo sé, pero a veces uno viene igual, solo para comprobar que sigue sin pasar.

    Hablamos poco. Él sacó de su bolsillo un reloj de bolsillo y me lo mostró. Estaba detenido también en las 3:14:15.

    Sonrió, cerró la tapa y lo dejó sobre el banco. Luego se levantó y se alejó, tragado por la niebla, sin decir adiós.

    Me quedé con el reloj en la mano, escuchando el silencio. En ese instante supe que había entendido algo que siempre había sospechado: no había tren, no había espera. Solo yo, aquí, como siempre.

  • El bulto

    El muelle cruje antes del amanecer. Doce tablas exactas hasta la grúa oxidada. El hombre avanza contando cada una y el paquete, una tela encerada con nudo simple, marca un ritmo contra su muslo. No mira a los lados aunque percibe, en el rabillo del ojo, una figura suspendida en el aire: un piloto que sostiene algo envuelto en una membrana plateada. Cierra rápidamente los ojos pero la imagen se queda adherida como una nota sostenida en la memoria.

    En el extremo del muelle, una mujer espera sentada sobre un cajón de madera. Sus manos, inmóviles como ramas secas, reciben el bulto. Apoya el oído sobre la tela y escucha un latido débil. Reconoce fácilmente el pulso. Lo oyó una vez, o tal vez lo oirá, en una estación orbital llamada Erebus-9. El recuerdo llega del futuro. O del pasado, no lo sabe. Tampoco importa.

    La esclusa de la estación se abre con un silbido y ráfagas de aire salen mientras se igualan las presiones. El piloto avanza flotando y, junto a la antena de comunicaciones -que se oxida para parecer más vieja- siente un eco en las manos: la forma imaginaria de un nudo que jamás ató. Al otro lado del corredor, por un instante, cree ver un muelle de madera y un hombre que camina hacia una mujer sentada. Pero no reduce la marcha.

    La ciudad sigue como si nada. El hombre ya se ha ido, el paquete reposa en el regazo de la mujer, pesado por algo que no es materia. Desde la orilla, la grúa observa. Desde la órbita, la antena escucha. En cada lugar, el objeto late igual.

    El mar, imperturbable, contiene la respiración y el vacío hace lo mismo. El muelle está desierto, la esclusa cerrada y, sin embargo, allí está. El mismo objeto, sostenido por las mismas manos en todos los tiempos, intercambiado una y otra vez en direcciones opuestas. El inicio y el final coinciden en un punto, como una partitura que se oye igual tocada hacia adelante o hacia atrás.


    Elektra

    En el aire frío del amanecer Elektra avanza al paso y cada golpe de sus cascos contra la tierra es una negra grave, bien marcada, que abre el compás. Yo llevo la batuta invisible en mi mano izquierda pero es ella quien marca el tempo. El viento en su crin suena como arpegios de violín y el roce de la montura con su lomo es un susurro de contrabajo que afina debajo de la melodía.

    De pronto sus orejas se levantan -se anuncia el allegro- y sin previo aviso el trote irrumpe en semicorcheas saltarinas. Mi corazón sigue la partitura, sintiendo cómo cada resoplido es un acorde mayor cargado de expectación.

    En un instante sin transición visible, la tonalidad cambia: el galope irrumpe como una fuga barroca, con el bajo continuo en sus patas traseras y el tema principal repitiéndose en las manos. El aire se vuelve una sala de conciertos sin paredes y yo, más que jinete, me siento ahora un solista tratando de no perder el compás que ella impone.

    Llega el salto… ah, el salto es un silencio de blanca con calderón, suspendido en el aire, donde el tiempo mismo decide detenerse. Una gran pausa. Entre el impulso y la caída, toda la orquesta calla y sólo queda el latido de mi pecho, el eco de la cuerda aguda de un arpa imaginaria. Luego el aterrizaje, un tutti fortissimo tan breve como un golpe de timbal que vuelve la partitura hacia otro movimiento.

    No es un paseo. Es una sinfonía viva escrita en el instante y borrada en cuanto el último casco deja de golpear la tierra.


    Cessna

    El piloto del Cessna, perdido sobre un mar de colinas, había dejado de confiar en su brújula. El sol caía bajo, dorando los pastos, y la radio crepitaba con una voz que no lograba ubicar.

    -Charly X-Ray Alfa-Tango-Whisky, aquí Alfa 742, lo tengo a la vista… creo. Mire hacia su izquierda y busque un destello.

    El piloto giró apenas la cabeza. Entre el reflejo de su parabrisas y el resplandor del río, todos los brillos parecían idénticos.

    -Nada. Repita, ¿dónde está?

    En la cabina del avión comercial, el comandante se inclinó hacia el copiloto y señaló con el bolígrafo una hoja en blanco, improvisando un mapa verbal.

    -Imagine que el sol está en el centro del reloj y usted lo mira de frente. Yo estoy en su “a las dos”, y usted está en mis “a las diez”. Si vira hasta poner el sol en “las tres”, nos alinearemos.

    El Cessna obedeció. La luz entró oblicua por la ventanilla derecha bañando la cabina de cobre viejo.

    -Ahora busque abajo, hacia las “seis” de su reloj personal. Ahí, justo encima de la línea del bosque, soy yo.

    Y allí estaba, un punto metálico que crecía en el cielo, la única certeza en un horizonte que hasta entonces había sido puro extravío.


    En el borde último del día, cuando el aire parecía denso como agua y el horizonte apenas un hilo entre lo que se ve y lo que se intuye, los tres sucesos se encontraron sin proponérselo. El bulto, aún guardando el secreto de su pulsación, reconoció en la Sinfonía de Elektra un eco de sí mismo, un compás escondido que latía en cada paso y en su respiración. Y, desde el cielo, el Cessna localizado por un ángulo y un rayo de sol dibujado en un reloj imaginario giró una vez sobre el campo, como si quisiese saludar antes de encaninarse hacia donde no había caminos trazados.

    En ese preciso instante nadie -ni Elektra que que ya galopaba en la distancia, ni el piloto que cerraba la radio, ni la mujer que apoyaba la mano sobre el bulto tibio- supo explicar por qué todo parecía tan exacto.

     

    Tal vez fuese la música que unía lo que estaba en la tierra con lo que flotaba en el aire, tal vez era el latido que no se resignaba a pertenecer a un solo cuerpo, tal vez era simplemente que cada historia, sin saberlo, había nacido para encontrarse consigo misma en ese mismo segundo.

    Entonces el marco se cerró. El vidrio se colocó y adentro, como si fuese para siempre, las tres quedaron latiendo juntas, protegidas, sin perder nunca más la vibración de lo que fue vivido en fragmentos pero recordado en un solo acorde.

  • A veces pienso que la música es un animal que huye y que, en su huida, deja huellas demasiado perfectas para no ser perseguidas. Y el ricercare no es más que eso, seguir la pista de un ser que, al mismo tiempo, quiere ser encontrado y quiere perderse. Cada tema que nace parece girar la cabeza para asegurarse de que lo sigo y, de inmediato, acelera, se interna en senderos más enmarañados, como si temiese que mi mano lo alcance antes de que termine de transformarse.

    En tal persecución no hay cazador y presa definidos pues somos dos presencias que se buscan y se rehúyen a la vez. Cuando el motivo inicial se repliega en la penumbra de una tonalidad lejana, no me abandona. Por el contrario, me invita a seguirlo con un gesto sutil, como el de quien apenas abre la puerta de un pasadizo secreto. Sé que si lo alcanzo demasiado pronto, si lo encierro en una forma predecible,perdería la vibración que lo mantiene vivo y moriría. Por eso lo dejo escapar, aunque en esa fuga sienta el vértigo de perderlo para siempre.

    El ricercare es entonces la paradoja de la persecución amorosa, una búsqueda que no quiere concluir, un diálogo en el que las respuestas retrasan su llegada para multiplicar el deseo. El tema se disfraza, se refleja en espejos deformantes, se oculta detrás de sí mismo como un viajero que intercambia su ropa con la de otro y yo, que también huyo de la certeza, del final, de la quietud, lo sigo porque en su itinerario reconozco mi propio mapa de fugas.

    Hasta que en el momento más inesperado, cuando al fin creo haberlo perdido, reaparece de frente. Pero no como un regreso sino como si siempre hubiese estado ahí, esperando a que el tiempo me diera la forma precisa de escucharlo. Entonces comprendo que, en este juego, no hay vencedor ni vencido. La fuga y la búsqueda son la misma cosa, y el ricercare no se resuelve con el hallazgo sino con la certeza plena de que siempre habrá un próximo paso que dar, un próximo eco que descifrar, una próxima sombra que perseguir.

  • Me llamo Caín.

    No esperes de mí arrepentimiento, lo que hice no fue por maldad sino por necesidad.

    Todos recuerdan que maté a mi hermano pero pocos recuerdan qué me empujó a hacerlo. Porque los escribas y sacerdotes de siglos después se encargaron de dejar en claro que yo era el malo. Así era mucho más sencillo. Allí tuvieron un hombre, un crimen y un castigo fácil de relatar pero la verdad siempre es mucho más larga y, sobre todo, más áspera…

    Desde niños, Abel y yo supimos que no valíamos lo mismo a los ojos del Altísimo.
    Él, el pastor, yo el labrador.

    Decían que la tierra estaba maldita por culpa de nuestros padres y aún así me la otorgaron como herencia. Para sembrar en un suelo que escupe piedras, sudar hasta la fiebre y ver brotes devorados por la sequía o por langosta. Eso era mi día, cada día, todos los días.

    Al final, cuando ofrecía el fruto de mi trabajo, el humo subía recto y frío tal como si el cielo no quisiera olerlo. Pero Abel… no.  Abel apenas ofrecía un cordero y el humo danzaba, acogido por un viento suave, como si Dios mismo lo invitara a su mesa.

    ¿Te imaginas vivir así?

    ¿Imaginas ver, una y otra vez que, sin importar cuánto te esfuerces, la puerta siempre se abre para otro y siempre se cierra en tu cara, sistemáticamente?

    No odio a mi hermano, nunca lo odié. Lo que odié fue el papel que nos dieron. El suyo de elegido y el mío de advertencia. Y un día, cuando ya no quedaba nada de mí más que esa náusea omnipresente, lo llamé al campo.

    No para matarlo, para pedirle que intercediera, que dijera algo en mi favor, para suplicarle que me ayudara a romper esa condena invisible.

    Pero en sus ojos vi lástima y supe ahí que la lástima es peor que el desprecio, porque te da la razón al tiempo que te deja en el mismo lugar, allí donde estás.

    No recuerdo el instante exacto, solo sé que hice lo único que podía hacer para dejar de ser el rechazado. Y pagué, pagó mi frente con la marca, pagaron mis pies, condenados a no descansar jamás, pagó mi nombre, que se volvió sinónimo de traición.

    Sin embargo, por primera vez en la vida, elegí yo. Fui libre, por apenas un instante, aunque me costase la eternidad.

  • En el extremo de la aldea, donde los techos parecían encogerse para aguantar mejor el invierno, vivía Iván Serguéievich, un hombre al que se le conocía más por su silueta que por su voz. Cada mañana, incluso antes de que el primer humo saliera de las casas, trepaba por una escalera de madera apoyada contra la pared y se sentaba sobre la chimenea.

    No junto a ella, no a un costado, sino encima, en lo alto, con las piernas colgando hacia el vacío, tal como si no hubiera ninguna otra silla en el mundo que le resultara cómoda, aunque el humo pasara a su lado y, en los días más fríos, le envolviese el rostro como una densa bufanda de niebla.

    Nadie sabía desde cuándo lo hacía ni por qué, y él tampoco lo decía. Su chaqueta, de un verde que alguna vez supo ser bosque y ahora era solo ceniza, tenía cuatro botones: uno de hueso amarillento, otro de madera oscura con una grieta, otro plano y sin barniz, y el último, cosido con hilo rojo. Los pantalones, gastados en las rodillas, dejaban escapar del dobladillo dos hilos desiguales que, cuando el viento soplaba desde el Este, parecían agitarse como antenas que olfateaban el mundo.

    Iván permanecía allí durante horas, inmóvil, mirando siempre hacia el horizonte. Jamás nadie le vio leer, ni hacer señales, ni hablar. Tanto que el pueblo entero se acostumbró a su figura en lo alto, ese punto fijo sobre el que las estaciones se derramaban sin cambiarlo. Había quienes decían que buscaba o que esperaba a alguien. Otros señalaban que vigilaba algo pero, con el tiempo, dejaron de inventar hipótesis pues las preguntas sin respuesta acaban siendo un elemento más más del paisaje.

    Hubo inviernos en los que la escarcha le cubría el cabello convirtiéndolo en un anciano de hielo, y veranos en los que el sol le doraba la piel y hacía brillar el hilo rojo de su último botón.

    Nunca nadie supo si comía antes de subir o después de bajar. Lo único cierto era que cada día, con una puntualidad que no pertenecía a reloj alguno, Iván estaba allí arriba. Hasta que un amanecer cualquiera, cuando el aire todavía estaba frío y los tejados aún guardaban toda la humedad de la noche, el lugar sobre la chimenea apareció vacío. La escalera seguía apoyada contra el muro pero el humo de la casa salía libre, sin silueta que lo interrumpiera.

    No lo encontraron adentro, no lo vieron en el bosque, tampoco en el río. La butaca junto a la mesa estaba intacta, la taza de loza -astillada en el borde- se encontraba vacía, con un leve cerco de polvo alrededor, tal como si nadie la hubiese tocado en años. Y sobre el alféizar de la ventana una mota de hilo rojo se balanceaba en la brisa.

    No hubo búsqueda oficial, tampoco hubo explicaciones, solo el hueco de su ausencia en lo alto y los humos de la aldea que, desde entonces, subieron al cielo sin rozar ningún hombro.

    El horizonte siguió igual. Tal vez él también.