
No importa que esté cerrado. Cada candado es, siempre, una pregunta abierta que no puedo evitar responder.
No los manipulo por rebeldía, tampoco por utilidad y mucho menos por codicia. Lo que me interpela es el instante exacto en el que una materia tan sutilmente organizada declara un límite estricto y pretende, además, que ese límite sea aceptado tal como si fuese una pared natural.
Hay personas fascinadas por los mapas. Otras por los relojes, por las lenguas muertas, por las taxonomías imposibles y hasta por las pequeñas variaciones entre dos hojas aparentemente idénticas. A mí me conmueven los candados. Porque son filosofía en estado sólido, metafísica portátil, la forma más humilde y sincera de decir «no».
¿Quién en su sano juicio no se asombraría de manera extraordinaria al pensar que un objeto tan pequeño es capaz de condensar una pretensión tan inmensa? Porque un candado niega, sí, pero, al mismo tiempo, con su negación afirma. Señala que algo debe permanecer separado del resto del mundo, que existe un adentro y un afuera legítimos, que la voluntad humana puede imponerse sobre la contingencia mediante un arco de metal y una combinación mecánica. Y yo, inevitablemente, invariablemente, escucho tal afirmación como quien oye una hipótesis.
No siento deseos de destruirla, como podrían imaginar, sino deseos de conversar con ella. Es probable que sea por eso que jamás me reconocí en la idea vulgar de la transgresión propia de quien disfruta del escándalo y necesita la ruptura visible, el gesto teatral, la épica diminuta de haber desobedecido. No. Mi relación con los candados es silenciosa, casi académica.
Los abro y los cierro desde el sosiego, buscando el trasfondo filológico que se esconde en sus mecanismos para comprender cómo piensan. Porque los candados piensan. De una manera rígida, obstinada y binaria, son verdaderos teólogos del acceso. Y mi actividad no es tanto manipularlos, aunque así se vea desde afuera, sino interpretarlos.
Porque entiendo que cada uno nos ofrece una personalidad argumentativa distinta. Los hay soberbios, que se autoperciben inexpugnables. Otros son tímidos y nos revelan demasiado rápido sus debilidades internas. Los hay honestos, que admiten desde el primer contacto cuáles son sus reglas, y otros son tramposos, plagados de falsas resistencias y pequeñas teatralidades mecánicas diseñadas para simular una complejidad que no existe. No es fortuito, entonces, que aprender a leerlos produzca en mí un placer extraño, solo comparable al de entender un idioma desconocido sin traducción previa.
Sin embargo, lo más fascinante ocurre después de ese entendimiento porque, una vez abierto, todo candado deja de ser promesa y se convierte en evidencia tras revelar si su cierre era sustancial o ceremonial. Y, muchos más de los imaginados, una vez abiertos no liberan nada importante. Eso torna aún más seductora la experiencia de abrirlos, cuando la clausura es más significativa que aquello que clausuraba.
Recuerdo haber encontrado, una vez, un candado abierto en una reja de un aeropuerto. Colgaba sin tensión, tal como un órgano separado de su cuerpo exhalando tristezas difíciles de explicar. Un candado abierto, algo no vivo pero tampoco muerto sino, más bien, desalojado de su función. Por eso lo tomé, lo llevé conmigo y terminé colocándolo, horas después, en otro sitio, varios kilómetros más lejos, donde pudiese volver a ser y cerrar algo nuevo. No hubo allí una apropiación sino una restitución, no solo material sino, además, la de su dignidad, que dependía enteramente de su uso. Yo se la restablecí.
Otra vez me encontré frente a un candado que, presumiblemente, ya no podía cumplir correctamente su tarea en el locker, poco importa si fue en un centro de salud o en el vestuario de un club deportivo. Lo importante, dada su apariencia, es que todo indicaba que abría mal o que cerraba peor pues su imagen transmitía vacilación. Nadie podrá negar que tal indecisión funcional resulta intrínsecamente insoportable, que algo profundamente melancólico se desprende de los mecanismos que ya no evidencian convicción. Así que lo soldé de manera irreversible, mientras nadie miraba, con una resina a base de cianoacrilato. Invisible e imperceptible, lo solidifiqué al instante en un acto que no fue violencia sino algo más digno, una suerte de eutanasia de la disfuncionalidad.
En otras oportunidades supe abrir los candados que se cruzaban en mis contingencias solo para reemplazarlos por otros idénticos, nuevos, impecables, dejando intactas sus apariencias exteriores pero susyituyendo sus almas mecánicas por mecanismos joviales, sin desgastes. Reconozco allí que esos gestos me producen una satisfacción particular porque el mundo permanece visualmente igual mientras algo esencial cambia debajo la superficie, y poco importa la combinación necesaria para abrirlos cuando toda la estética pueda resumirse en la simple idea de alterar una ontología sin perturbar el paisaje.
Se me podría acusar, obviamente, de perseguir el daño, pero jamás sentí interés por algo así. El daño es algo burdo que carece de inteligencia formal. En su lugar, lo que sí me seduce es la precisión, el ajuste, la coherencia interna entre un objeto y su idea. Por eso, más de una vez, he colocado cuidadosamente candados allí donde otras personas no lo hicieron, corrigiendo ausencias torcidas, tensiones mal distribuidas, descuidos mínimos y despreocupaciones sobre objetos mal desatendidos, pero jamás motivado por la obsesión con el orden sino por el respeto hacia la forma y la ética de las pequeñas exactitudes en un contexto plagado de límites que nadie se detuvo a examinar demasiado.
Fueron actos de emancipación y reconocimiento. Porque me niego a confiar en los límites solo porque existan y no porque hayan sido pensados, y denuncio el lugar involuntario del candado en esa ilusión general según la cual cerrar equivale a proteger. Mi rol, quiero creer, es tocar un poco esa superficie para descubrir que casi toda seguridad humana se reduce a una convención sostenida por las costumbres y expectativas y, cada vez que puedo, le restituyo a los candados la sinceridad de su fragilidad, los libero de la eternidad y les devuelvo la resistencia. A sabiendas de que toda resistencia, si es auténtica, merece ser puesta a prueba.
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