
Pasé años de mi vida admirando a Bach por razones respetables. Las mismas que, supongo, comparten muchísimas personas…
Las fugas, por ejemplo. La precisión con que una idea persigue a otra sin alcanzarla jamás, la sensación de que cada nota ocupa un lugar que le pertenece desde antes de haber sido escrita, los cánones, las inversiones, las aumentaciones y disminuciones, las simetrías ocultas, esas formas imposibles de expandir un universo entero sin romper jamás ninguna de sus leyes.
Todo eso me fascinaba, obviamente. Pero… una noche comprendí que había estado mirando toda mi vida en la dirección equivocada.
No recuerdo qué versión fue, aunque ampoco importa demasiado. Sí recuerdo estar sentado a oscuras cuando llegó el recitativo.
«Ich habe genug»
Nada extraordinario parecía ocurrir. Una voz, un bajo continuo, un puñado de acordes. No era la clase de música con la que uno espera encontrarse frente a una montaña, sin embargo ahí sucedió. No en la música sino en mí.
La frase cayó en algún lugar que llevaba años esperando escucharla.
Ich habe genug, he tenido suficiente..
No como quien renuncia, no como quien se rinde, no como quien ya no desea sino como quien, por primera vez en la vida, descubre que no le falta nada.
Lloré. Y no porque la música fuera triste, ni siquiera porque fuera hermosa. Lloré porque, durante unos segundos, creí entender lo que Bach estaba diciendo.
Había pasado la vida admirando personas que querían más. Más conocimiento, más gloria, más amor, más tiempo, más mundo.
Y, de pronto, aparecía un hombre de tres siglos atrás para hablar de otra cosa, para hablarme de la plenitud, de ese instante imposible en el que el hambre desaparece, pero no porque se haya consumido los alimentos, sino porque el ser entero ha quedado colmado.
Comprendí ahí algo que, lo confieso, me avergüenza no haber visto antes. La grandeza de Bach no estaba en que pudiera escribir una fuga que nadie más podía escribir ni en que dominara un lenguaje como nadie. Ni siquiera en que pareciera conocer todas las respuestas antes siquiera de formular las preguntas.
Su grandeza estaba en que, después de construir aquellas catedrales de contrapunto, después de recorrer todos aquellos caminos, todavía fuera capaz de sentarse frente a una hoja en blanco y escribir unas pocas notas para decir «He tenido suficiente», y que yo le creyera.
Porque todos podemos describir el deseo, es fácil hablar de lo que nos falta, pero se necesita una clase muy rara de sabiduría para expresar la saciedad sin volverla resignación.
Cuando el recitativo terminó, permanecí largo rato en silencio. La música había seguido adelante pero yo no. Me había quedado allí, junto a aquella frase
pensando que, quizás, el mayor logro de Bach no fue demostrar cuánto podía contener la música sino dejar en evidencia que existe un punto en el que ya no es necesario añadir nada más.
Hoy sospecho, con una dulce mezcla de gratitud y tristeza, que si alguna vez logro comprender plenamente esas palabras, tal vez ya no necesite seguir buscando nada.
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