Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.
Montevideo no los odiaba. Tampoco los amaba. Simplemente los digería.
Lucía tomaba el 105 cada mañana y cada mañana perdía parte de sí en alguna esquina. Cruzaba la Ciudad Vieja como quien atraviesa un álbum de fotos envejecido, consciente de que allí hubo algo de lo que ya no quedaba casi nada. Más tarde pasaba por el Salvo sin mirar hacia arriba, no por costumbre sino porque lo había intentado una vez y le pareció que el edificio, en vez de rostro, solo tenía una sucesión de gestos mal cosidos. Y se limitaba a seguir.
Marcos vivía en Malvín Norte y trabajaba en una ferretería que no vendía nada nuevo. Su día comenzaba con una cortina metálica y terminaba con el olor de las manos sucias. Tiempo atrás había vivido en San Pablo tres años pero había decidido regresar sin razones claras, como quien se rinde sin decirlo en voz alta. Decía que extrañaba la rambla aunque jamás caminaba por ella. La ciudad le devolvía una versión de sí mismo que ya no podía discutir.
Cecilia trabajaba a dos cuadras de su casa, en un kiosco con fotocopiadora de Jacinto Vera. Había estado una vez en Ushuaia, becada para un curso sobre conservación del patrimonio, pero lo abandonó al tercer mes. No soportaba el frío aunque en realidad era el silencio lo que le helaba el alma. Y las lágrimas. Montevideo, con sus motores viejos y sus veredas rotas, le resultaba un murmullo conocido, una especie de arrullo miserable que no la consolaba pero la contenía.
No se conocían, nunca se habían cruzado pero estaban conectados. Bajo nombres falsos y perfiles sin rostro, se encontraban cada noche en una red social, un rincón de internet donde no hacía falta ser feliz, ni productivo, ni siquiera original.
Allí eran otros. Se escribían como quien deja botellas en el mar y compartían historias apócrifas con entusiasmo verdadero. Una vez Marcos fingió haber rescatado a un perro de la playa Ramírez mientras Cecilia relataba una escena romántica en un ómnibus nocturno y Lucía ponía megustas. Todas eran mentiras, sí, pero de esas que decían algo de lo que ya no podían nombrar con sinceridad. En ese mundo paralelo, entre memes, canciones viejas y anécdotas inventadas, encontraban un tenue reflejo de lo que alguna vez quisieron ser.
Nunca se buscaban afuera, nunca se pasaron sus nombres reales, no hacía falta. El servidor funcionaba con regularidad tranquilizante, como una costumbre que no pide permiso, y se había convertido en el único lugar donde se sentían algo importantes. Allí se nombraban, se leían, allí podían contestar con ironía, con ternura, con intrigas y hasta con suspicacias, allí podían oír el eco que no existía en los días grises, allí eran alguien.
No se lo cuestionaban pero lo sabían. Eran peces atrapados en una red. Una red que necesitaban para respirar.
No diré «quién» es porque eso implicaría atribuirle una consistencia del yo que él mismo se encargó de desmontar durante tres décadas de seminarios. Diré, en su lugar, «qué». O «qué no».
Jacques Lacan no es un autor, ni siquiera un sujeto en sentido clásico. Es, si se me permite, un punto de torsión en el lenguaje del siglo XX. Un acontecimiento significante que no se deja leer sino retroactivamente.
No nació en 1901 pues eso es una fecha. Es mejor decir que Lacan emergió cuando Freud dejó de ser leído como autor de teorías y comenzó a ser descifrado como texto. Allí, donde el inconsciente no es ya un sótano lleno de traumas sino una estructura, estructurada como un lenguaje, por supuesto, ahí nació Lacan. Es decir, cuando apareció la necesidad de que el analista se callara y se dejara hablar al significante.
Lacan es, entonces, el nombre del padre de una ruptura. Es quien vino a devolver al psicoanálisis aquello que el psicoanálisis mismo había dejado caer: su filo.
Y es que Lacan no decía «esto es así» o «esto es asá». El decía «esto puede leerse así», incluso aunque la lectura fuese un malentendido. Y quizás precisamente por eso, porque todo entendimiento es un malentendido estructural, una suerte de éxito del fracaso de la comunicación. Así, hablar de Lacan es jugar con el espejo en el que no sabemos si nos reflejamos o si somos reflejados.
Un espejo que hablaba, pero no para enseñar -¿cómo se enseña lo que no se sabe?- sino para hacer pasar por el lenguaje esa experiencia radical del no-saber qué es el deseo. El suyo, el nuestro, el de cualquiera que se pregunte por qué repite lo que repite. Porque, al final, Lacan es un nombre que marca el lugar del retorno. Pero no solo el retorno a Freud, también el retorno de lo que no cesa de no escribirse, aunque no esté para ser comprendido sino para ser escuchado. Como se escucha una música que desarma el oído, como se escucha un lapsus que se dice sin querer o, más precisamente, que se dice porque se quiere no decirlo.
Hablar de Lacan es hablar con un idioma escindido, con palabras que se nos imponen y con un goce que no se deja reducir a la comprensión. Por eso Lacan es el que supo que el analista no interpreta sino que actúa como causa. Que no cura sino que fabrica sujetos, que no guía sino que nos extravía y que nos muestra que la verdad jamás se deja decir toda. Así que no lo definamos porque no podremos hacerlo. Solo podremos leer su falta.
Lacan no es un filósofo, no es un clínico, no es un maestro, es un significante que se desliza, que se enrosca, que se borra tras haber escrito algo que aún no ha sido leído. Y que, en ese desliz, enciende una forma de pensar que no busca cerrar el sentido sino sostener su fisura. Eso y la escansión.
No sé si fui alguna vez una persona. Tal vez lo fui de niña, cuando aún no me habían señalado. Pero desde entonces todo me fue ajeno. Nunca fui fondo, siempre fui forma. Nunca fui voz, siempre fui apariencia. Un nombre pronunciado por otros, jamás por mí.
Castor, Pollux, Clitemnestra y yo nacimos del mismo vientre, con las mismas manos pequeñas, el mismo miedo nocturno y la misma ternura callada de madre humana. Pero a mis hermanos los señalaron como hijos de un dios -sí, los mismos que hoy adornan las constelaciones- mientras que a nosotras nos dejaron en la tierra a expiar su gloria. Ellos, los varones, entre las estrellas olímpicas. Nosotras, entre las ruinas humanas
Desde temprano supe que mi cuerpo no era mío. Que cada mirada pesaba más que mi aliento, que el deseo de otros dictaba el curso de mi vida y que mi deseo sería tratado como error o extravagancia.
Dicen que fui la causa de una guerra, yo, una mujer. Nunca dicen que no fue mi voluntad la que hizo zarpar mil naves, que fue su ambición, su sed, el botín. Porque eso fui, un trofeo que se llevaban, un objeto que justificaba la matanza.
Y aún así nadie preguntó. Nadie lo hizo entonces, nadie lo hace ahora: ¿lo deseaba yo? ¿Quería ese amor, ese hombre, esa ciudad? ¿Acaso no es esa la condición mínima para hablar de amor: que ambas partes lo quieran?
No lo quisieron saber. Nunca importa, nunca importó. Mi deseo fue una nota al pie, una posibilidad omitida. Paris me miró como se mira a un premio, Menelao me sostuvo como se sostiene una propiedad. Nunca fui elegida, siempre fui elegida por.
A veces me imagino callando a todos, deteniendo los coros, las crónicas, las esculturas y hasta los versos del corifeo para que por un instante me escuchen, y que en mi voz resuene esta verdad simple y brutal:
Nunca fui causa, siempre fui excusa. Nunca fui mujer, siempre fui símbolo. Nunca fui amada, siempre fui poseída.
Aún así, dentro de mí todavía vive aquella niña que creía que algún día, alguien, tal vez, me preguntaría si yo también lo deseaba.
Hay dolores que no surgen de punzadas ni desgarramientos sino que nacen de una persistencia opaca, de una tristeza sin relámpagos, como esas baldosas que se niegan a brillar por más que las frotemos. Así es Montevideo, así es el Palacio Salvo.
Nadie lo dice, nadie se atreve. Es un tabú. Como si señalar la fealdad fuese traicionar nuestra herencia o si admitir lo torcido y lo inhóspito fuese un crimen contra la patria. Pero es feo. Profundamente feo. Dolorosamente feo.
No es esa fealdad pintoresca que se torna entrañable con el tiempo, ni esa fealdad deforme que termina volviéndose arte. No. Es otra cosa, es una fealdad cruda, sin redención, como la del desaliento.
El Salvo se yergue como una cicatriz vertical mal curada en la cara ajada de una ciudad cansada de sí misma. Como una torre de luto, un mausoleo altivo, no hay en su arquitectura ningún gesto amable ni línea que consuele. Sus ángulos son tan hostiles como sus curvas, tal como si hubiesen sido trazadas por una mano muy enfurecida. Su cúpula es un sombrero deforme, su sombra no cobija, su silueta no destaca. Cae, pesa. Y huele.
Huele a polvo húmedo, a yeso viejo, a papeles apelmazados por la lluvia. Ese olor tibio de mármol sucio y de alfombra mojada, olor a sótano de intendencia, a muebles de ministerio, olor a olor. El olor de Montevideo cuando cierra los ojos y no quiere ver más, un olor que se pega en la ropa, en la lengua, en el recuerdo. Ningún perfume de panadería ni flor de jacarandá puede disimularlo pues es el mismo olor que vive en las cortinas de las pensiones, en los trajes de los funcionarios públicos o en las escaleras de incendios que nadie usa.
Su textura no es la de la piedra noble ni la del concreto moderno. Es rugosa, cortante. Tanto que si uno pasa la mano por su muro siente el rechazo, tal como si la propia construcción no deseara ser tocada, como si ella misma sintiera el dolor de llevar dentro algo podrido.
Sin embargo, ahí está. Símbolo, ícono y tótem. Un emblema de lo que no se supera pero tampoco se derriba. Como Montevideo, como Uruguay, como esa costumbre tan nuestra de amar con culpa y de recordar con más nostalgia que verdad. El Salvo es la postal de una melancolía institucionalizada que no representa nuestro pasado glorioso sino nuestra imposibilidad de dejar de mirarlo.
Casi como cualquier otro rincón de Montevideo. Porque sí, Montevideo tiene belleza, pero una belleza que surge del contraste. Una flor en un baldío, una sonrisa que aparece solo porque todo lo demás era llanto. Lo bello, en esta ciudad, también duele porque es raro, porque es escaso, porque nos recuerda que podría ser distinto pero no lo es.
El Palacio Salvo no puede ser destruido. No porque lo impida el patrimonio sino porque lo impide el alma. Es nuestro monumento sagrado al fracaso elegante, a la persistencia inútil, a toda esa fealdad que hemos decidido amar porque nos acompaña desde siempre.
Como el desencanto, como el frío, como nosotros mismos.
Cada vez que eructa, él piensa en ella, porque aprendió a contener el cuerpo como quien amansa un río a fuerza de amor, de respeto, de ternura.
No fue algo inmediato. Al principio no entendía del todo y pensaba que exageraba, que era raro, que no era tan grave.
Pero un día la vio temblar. No de frío, ni de tristeza sino de pánico, un miedo sin forma precisa, una angustia tan antigua como su propia infancia, y entonces supo.
Desde entonces, cada vez que eructa piensa en ella. Se retira a otra pieza, gira la cabeza, contiene el aliento, no deja rastros, hace de su cuerpo un secreto.
Porque no se trata de vergüenza sino de cuidado, y cuidar no es solo sostener la mano en un hospital, cuidar también es volverse invisible cuando el amor lo pide, es entender que lo que para una persona es trivial para otra puede ser el abismo.
Y él no quiere que ella siquiera se asome al abismo. Por eso, cuando el cuerpo le reclama, cuando el aire contenido exige su salida, él recuerda su rostro, su fragilidad y su fortaleza. Recuerda su historia y su miedo. Y el amor se vuelve acto, gesto mínimo, se vuelve eructo que no fue.
Hoy la justicia nombró a Elena. Hoy, por primera vez, alguien fue condenado por desaparecerla y aunque no alcanza -nada alcanza cuando nos arrebatan una vida, una voz, un cuerpo, una risa-, hoy el universo es un poco menos impune.
Elena fue maestra, una mujer valiente que corrió por su libertad hasta una embajada creyendo -como enseñó siempre- que había lugares en los que el derecho podía más que la violencia.
Pero la secuestraron de allí, la torturaron, la desaparecieron, aunque jamás pudieron borrarla.
Medio siglo después el silencio empieza a resquebrajarse. La justicia llega tarde, barrada, rota, demorada, mutilada por años de pactos y omisiones, pero llega. Y aunque no devuelva a Elena, aunque no nos la devuelva, la sentencia nombra lo que fue verdad desde siempre: Elena no se perdió, a Elena la desaparecieron, y hay responsables.
Hoy, entonces, no festejamos pero tampoco callamos. Nombramos a Elena y con su nombre empujamos al mundo un poco más cerca de la justicia que ella soñaba.
Y la seguimos buscando. Como a todos. Como siempre.
Hay un hombre encerrado en todos los hombres. Un nudo de carne, hueso y mandato, un ser que no llora, que no se entrega, que no se rinde. Y no porque no quiera sino porque no puede.
Desde antes del lenguaje, alguien ya había esculpido su máscara. No debía mostrar hambre ni ternura, no debía suplicar, ni temblar, ni amar sin dominio. Solo debía erguirse como un dios de hierro, sin grietas, sin dudas, sin piel.
Entonces llegó la marea violeta, el grito justo, el reclamo necesario, el que las mujeres levantaron con razón frente a sus narices.
Pero nadie le enseñó nunca cómo desarmarse sin deshacerse, nadie le mostró cómo mirar de frente sin que se le caigan los ojos. Le exigieron que fuera menos lobo y más cordero, menos fuego y más río cuando él solo conocía la furia como lenguaje y la piedra como escudo.
Ahora lo miran con desprecio. Dicen que es frágil, que es inútil, que es un estorbo. Y él, sin palabras propias, ruge con palabras prestadas:
«Las odio. Las odio por ser libres. Por no necesitarme. Por no desearme»
Pero no las odia, en verdad. Se odia a sí mismo por no haber aprendido jamás a amar sin dañar, por no saber acariciar sin miedo y por no poder llorar sin castigo.
Así, noche tras noche, se abraza a su propia carne con vergüenza, como quien intenta recordar que alguna vez tuvo alma. Pero el autoerotismo no es placer sino un grito mudo de existencia:
«Estoy aquí. Aunque no me vean. Aunque no me quieran»
No es deseo. Es prueba, es castigo, es lo único que aún le pertenece. Y cuando termina vuelve la rabia. El eco en la caverna le grita que fue derrotado, pero no solo por ellas sino, además, por aquel dios cruel que lo crió a imagen de su sombra.
Ese dios, el Gran Patriarca Eterno sin rostro ni voz, le recuerda todo el tiempo que, aunque el mundo cambie, el macho alfa que no domina no existe, a él, que moriría mil veces antes de volverse humano.
Porque en este sistema ser humano es traicionar el mandato. Así, prefiere ser una piedra rota antes que carne viva.
Por siglos, la construcción de la identidad masculina se sostuvo sobre un conjunto de mandatos profundamente enraizados en la cultura patriarcal. Entre ellos, hay uno en particular que se destaca por su crueldad silenciosa: la obligación de no mostrar debilidad.
No se trata solo de evitar el llanto o la ternura; se trata de una proscripción más radical, la negación sistemática de todo aquello que se asemeje a lo humano si no está mediado por el poder.
En ese marco, el varón hegemónico ha sido configurado como una figura invulnerable, autónoma, impermeable al deseo del otro si ese deseo no reafirma su posición dominante.
Desde la infancia se le exige no mostrarse subalterno a nada ni a nadie. No debe necesitar, no debe suplicar, no debe amar sin dominar, porque si lo hace traiciona su género. Ahora bien, en tiempos en los que el feminismo ha logrado visibilizar con fuerza las múltiples violencias y desigualdades de este orden se produce un fenómeno paradójico y preocupante.
De hecho, a muchos varones, lejos de abrírseles una posibilidad de transformación, se les presenta un abismo infranqueable. Porque han sido programados para la guerra pero no para la convivencia. Para el control pero no para el lazo. No saben, porque no se les permitió aprender, cómo vincularse con una mujer desde la horizontalidad sin sentir que pierden algo esencial de sí mismos.
Y es allí donde comienza una forma de colapso subjetivo. Algunos hombres no logran reinterpretar su posición en un mundo donde la mujer ya no ocupa el rol de objeto o propiedad sino el de sujeto con voz, deseo y autonomía. Para ellos, la emancipación femenina no se vive entonces como un avance colectivo sino como una verdadera amenaza personal, una expropiación del sentido que estructuraba su virilidad.
Y en ese vacío surgen respuestas defensivas que oscilan entre el retraimiento emocional y la agresión, tanto simbólica como física. Incapaces de llorar o de ceder, muchos encuentran en la autocontemplación ya no una forma de goce sino una suerte de consuelo pálido, una reafirmación desesperada de que aún conservan algo, aunque más no sea el control de su propio cuerpo. Y cuando ni siquiera eso alcanza, aparece entonces el discurso reaccionario que culpa a la mujer empoderada de su impotencia emocional.
No pueden amarla sin dominarla, y como ya no pueden dominarla, el amor se les vuelve completamente imposible.
El resultado no es solo doloroso para las mujeres sino también profundamente alienante para ellos mismos. Es la tragedia del sujeto que ha sido moldeado para ejercer la violencia pero que no encuentra un lugar legítimo donde ejercerla. El sistema que lo formó, ese mismo sistema que los feminismos denuncian, es también el que lo ha vaciado por dentro.
Ojo, no se trata aquí de reclamar compasión para el macho herido sino de comprender y exponer que sin una revisión profunda de la masculinidad por parte de los mismos varones, los vínculos seguirán siendo campos de batalla. Y, evidentemente, la solución no pasa por el retorno nostálgico a un pasado autoritario, ni tampoco la condena moral sin escucha. Lo que urge es algo nuevo, una verdadera pedagogía de la desobediencia afectiva, una nueva forma de habitar el género que no le tema a la fragilidad ni al deseo de cuidado. Porque mientras la única autovalidación masculina siga siendo la dominación o el resentimiento, estaremos condenados a repetir una y otra vez la misma escena, la del hombre solo frente al espejo, furioso, deseando amor y completamente incapaz de pedirlo.
Quizás en este punto convenga también revisar con otra luz a quienes hoy llamamos “hombres deconstruidos”. Porque tal vez no se trate solo de varones que, habiendo comprendido sus privilegios, decidieron renunciar conscientemente a ellos. Tal vez se trate de hombres que nunca lograron ser completamente asimilados por el modelo hegemónico, hombres a los que el sistema intentó convertir en cuadros funcionales de la masculinidad pero que, por grieta, por falla, por sensibilidad, por exilio o por suerte, no encajaron del todo, hombres que no terminaron nunca de construirse y quedaron al margen del sistema. Y es precisamente en ese margen, en ese residuo no colonizado, donde hoy germinan nuevas formas de habitar lo masculino. Pero no como una traición al mandato sino como su bendita insuficiencia.
Starship, Skylab y la prepotencia de las potencias
Hace pocos días, el gobierno de México impidió que embarcaciones privadas vinculadas a SpaceX recuperaran fragmentos de la nave Starship, desintegrada parcialmente tras su reingreso atmosférico, que cayeron en aguas cercanas a su costa.
Lejos de esgrimir argumentos de soberanía que podrían haber encendido muchas alarmas diplomáticas, México se amparó en razones ambientales: evitar la contaminación de sus ecosistemas marinos, proteger sus playas y prevenir incidentes con sustancias o materiales que pudieran ser tóxicos.
Aunque no haya titulares bélicos, lo que subyace aquí es un conflicto de escala y jurisdicción: la tensión entre intereses comerciales globalizados y el derecho de los países del sur global a ejercer control sobre sus territorios, sus aguas y su bienestar. En otras palabras, lo que Elon Musk intenta presentar como una recuperación rutinaria de restos espaciales tecnológicos es, en realidad, una avanzada más en el despliegue unilateral de empresas que se sienten autorizadas a actuar sobre cualquier geografía sin mediación.
No es la primera vez que algo así ocurre. En 1979, cuando los restos de la estación espacial Skylab cayeron sobre el oeste de Australia, el gobierno local impuso una multa simbólica a la NASA por arrojar basura en espacios públicos. Aunque Estados Unidos jamás pagó esa multa, el mensaje fue claro: los satélites pueden no tener pasaporte pero los trozos que dejan al caer no son ajenos al derecho internacional ni al respeto por las comunidades que habitan la Tierra.
En ambos casos -Skylab y Starship-, la caída de objetos celestes permite leer una constante política: el desinterés con que las potencias tecnológicas tratan los «otros» espacios, aquellos que consideran periféricos, explotables o simplemente funcionales a sus objetivos. Esto es, la frontera no está en el espacio exterior, sino en el modo en que se coloniza la superficie terrestre para sostenerlo: desde las pruebas militares en atolones del Pacífico, lanzamientos sobre zonas marítimas «no reclamadas» hasta residuos arrojados sobre poblaciones que no fueron invitadas al banquete aeroespacial.
Las empresas privadas como SpaceX operan con una lógica todavía más peligrosa que la de los Estados pues no tienen población que representar ni soberanía que negociar. Solamente tienen objetivos financieros, inversores impacientes y una narrativa de progreso que no tolera obstáculos. Y cuando un país dice «no», cuando un gobierno se planta en defensa de su medio ambiente o de su población, el gesto suele ser recibido como un capricho tercermundista, como una molestia menor en la carrera hacia la Luna o Marte.
Pero no hay gesto menor en la defensa del derecho a no ser un basurero orbital. La basura espacial, una metáfora literal en este caso, condensa un modelo de relación internacional basado en el desecho, lo que no se usa se descarta, lo que no se controla se ignora, lo que no genera ganancias se olvida. México hizo bien en resistirse, y lo hizo por sus playas. Pero también, aunque no lo diga, por algo muchísimo más profundo: la necesidad de recordarle al mundo que ningún proyecto, por innovador que sea, tiene derecho a imponerse sobre la dignidad y el bienestar de quienes viven bajo su trayectoria.
Nunca supe si el nombre del pueblo venía del árbol o del silencio. Lo cierto es que se llamaba Ombúes y no pasaba gran cosa allí excepto el tren, dos veces por día, algún parto cada tanto y las campanas, que doblaban más a menudo de lo que las puertas se abrían. Como casi todos los demás pueblos con el mismo nombre, Ombúes estaba rodeado de campo, de un campo que tenía más cansancio que horizonte y donde todo lo que no era llanura era óxido.
Aurelio vivía y trabajaba en una pieza de adobe, a la vuelta de la plaza. Era el barbero del pueblo, aunque ya no ejercía del todo. En realidad, nadie recordaba haberlo visto afeitar a alguien, solo le recortaba el pelo a los mayores, nunca a los niños. No tenía ayudantes ni aprendices, ni siquiera conversación. Hablaba poco y, cuando lo hacía, no había emoción. Ni en la voz ni en sus ojos. Aun así, la gente lo respetaba. Quizás porque nunca pidió nada.
Tenía la manía de sentarse cada tarde frente a la cruz de metal, esa que marcaba la entrada al pueblo y que anunciaba el paso a nivel. Era una cruz tosca, ruda, soldada en una columna baja, clavada en la tierra con base de hormigón rajado. La pintaban una vez al año, tal vez por costumbre, tal vez por mandato de arriba, pero nadie se preguntaba quién o por qué lo hacían. Los más pibes decían que si uno apoyaba la oreja en su columna podía escuchar los trenes que ya no pasaban. Pero era mentira, claro. No importaba mucho, porque uno crece igual con esas cosas.
Aurelio se sentaba frente a la cruz, al atardecer, todos los días, como si esperara el tren o el fin del mundo, que para él podrían parecer la misma cosa. A veces llevaba un termo, otras veces solo el sombrero en la mano, y nunca hablaba con nadie mientras estaba allí. Si alguien lo saludaba respondía con una inclinación leve de cabeza, como quien acepta un saludo sin otorgarlo.
Una tarde, hacia fines de marzo, ocurrió lo que todavía no sé cómo contar sin que me tiemble un poco la mano: Aurelio no volvió de la cruz.
Eso, en sí, no era algo extraño, porque Aurelio era viejo. La gente envejece, se ausenta, muere. Pero no fue que se lo encontrara sin vida, ni que alguien lo viera partir. Directamente no volvió. No hubo cuerpo, no hubo carta, no hubo testigos. El sillón en la barbería seguía allí, cubierto con una sábana fina y la taza con agua de colonia tenía aún un centímetro de líquido. Todo en su casa estaba tal como si hubiera salido a comprar tabaco. Pero no volvió. Nunca.
Lo raro fue la cruz. Al día siguiente de su desaparición apareció, sobre la base de hormigón, un mechón de cabello canoso, un puñado de pelos prolijamente atados con hilo negro. El viento no lo volaba, el polvo no lo cubría. Nadie lo quitó, nadie lo tocó, ni siquiera los perros lo olían. Pasaron los días y el mechón atado no se pudrió, no cambió de color, no se desarmó. Fue como si hubiera sido recién cortado, como si alguien con pulso firme y sin apuro lo hubiera dejado allí para que supiéramos algo que no nos atrevíamos a entender.
Los gurises dejaron de jugar cerca del paso a nivel, las mujeres empezaron a persignarse al pasar y una noche de lluvia, una de esas en las que las tormentas del campo parecen morder con los dientes del trueno, alguien escuchó el silbato del tren. No era día ni hora de tren pero se escuchó, y nadie se asomó a mirar. Después de eso, la cruz se oxidó en menos de una semana y el mechón de cabello se volvió blanco del todo, tal como si le hubiera caído nieve.
Otra tarde el viento lo llevó. Nadie dijo nada pero al año siguiente, cuando alguien fue a pintar la cruz, encontró junto a la base un cuaderno. Tenía hojas sin líneas, escritas con tinta negra, con una sola frase repetida una y mil veces en sus distintas páginas:
«El tren no pasa, pero hay quien lo espera.»
No sé qué fue de Aurelio. Nadie lo sabe. Tal vez fue un castigo, una promesa o una redención lo que le ocurrió, solo sé que ahora, cuando paso por la cruz, me descubro tocándome el cabello, como para asegurarme de que todavía está donde debe estar. Y que el tren, si alguna vez vuelve, nos llevará a todos. Aunque no sepamos a dónde.
2) Pancha
En Ombúes, como en casi todos los pueblos de este país estirado y silencioso, los años pasan más por la tierra que por la gente. Las casas se agrietan, los galpones se hunden, los perros se adormecen pero las personas siguen caminando igual que antes, apenas un poco más grises, más encorvadas.
Ombúes no tiene cementerio propio, ni médico fijo, ni cura en residencia. Tiene una plaza, una escuela, una estación sin jefe y esa cruz de fierro clavada en la entrada, justo antes del paso a nivel.
La cruz está allí desde siempre. Nadie recuerda que no estuviera. Su pintura se descascara con el viento del norte y cada tanto aparece alguien que la vuelve a pintar, sin avisar, como si cumpliera una promesa antigua. Algunos la saludan al pasar, otros fingen que no la ven.
Pancha era una mujer de manos fuertes y voz ronca que vendía velas a quienes sabían a quién rezar. Vivía solo con su hermana menor, muda de nacimiento, en una casita al fondo de una calle sin salida, rodeada de santarritas y cacharros de hojalata.
Tenía seis gatos, todos grises. Nunca se supo si eran siempre los mismos o si iban cambiando, y ella tampoco lo decía. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía usaba palabras que sonaban más viejas incluso que ella misma.
Vendía sus velas en un canasto forrado con arpillera, de casa en casa, pero también se instalaba algunas tardes junto a la cruz de fierro. Nadie le preguntaba por qué, pero ella igual decía que ahí el aire escuchaba.
Algunas de sus velas tenían forma de corazón, otras de estrella, las más pedidas eran cilíndricas con mecha en espiral. Se supone que eran de cera pura, «de colmena feliz», y las ofrecía para bendecir nacimientos, espantar sustos, calmar pleitos, aliviar duelos y, más de una vez, para que el tren se demorara un rato.
Pancha tenía clientas fieles y otras que la evitaban. A estas últimas las miraba con una sonrisa torcida, como quien ya supiera cómo terminará todo. En Ombúes decían que si Pancha encendía una vela en tu nombre sin que vos lo supieras, algo en tu vida se acomodaba o se torcía, pero nunca quedaba igual.
A veces, al amanecer, una vela aparecía encendida al pie de la cruz. Nadie la veía colocarla y nadie la retiraba. Se consumía entera, incluso con la lluvia.
Una tarde de julio, cuando el viento del sur arrastra olores de leña mojada y los pastos se apagan, Pancha no salió con su canasto. Tampoco la vieron al día siguiente, ni al otro. Una vecina fue a buscarla y encontró la puerta entornada. La hermana muda estaba sentada junto al hogar, en bata, mal peinada y con una vela encendida en cada mano. Los gatos no estaban, la casa olía a miel caliente, en la mesa había una hoja de papel, escrita con letras torpes, como de alguien que aprendió a escribir solo:
«Hoy se cierra lo que nunca se abrió. Ya no hay cera que detenga lo que viene».
La hermana muda no volvió a hablar ni con gestos ni con ojos. A partir de entonces salía cada martes, al caer el sol, y dejaba una vela blanca al pie de la cruz. Siempre del mismo tamaño, siempre con la mecha torcida hacia la izquierda. Nunca encendida.
Una mañana, creo que fue en setiembre, un niño encontró en un hueco del hormigón una cajita de madera, redonda, como las que se usan para guardar agujas e hilos. Tenía dentro pequeños fragmentos de cera con letras mal talladas, y solo pudo armarse una palabra completa con claridad:
«Espera»
Dicen que la directora de la escuela la llevó al aula como ejemplo de lenguaje simbólico pero lo cierto es que la cajita desapareció la semana siguiente, sin que nadie supiera quién la tomó.
La cruz, desde entonces, arroja una sombra más larga al atardecer. Algunos juran que han visto una figura sentada a su lado, con un canasto entre las piernas. Y que si una vela aparece encendida, es mejor no apagarla. También dicen que hay oraciones que no son súplicas sino advertencias, y que Pancha no vendía velas sino silencios en forma de llama.
Yo no sé si fue cierto pero cada vez que paso frente a la cruz me fijo si hay cera derretida en la base. Si la hay, no piso cerca. Y si no la hay, tampoco, por si acaso.
3) Cirilo
En Ombúes, la hora de la siesta no se discute. Ni los perros ladran. El pueblo entero baja la cabeza y el pulso, las hojas dejan de moverse aunque sople viento y los niños aprenden pronto que hay cosas que no se preguntan entre las dos y las cuatro.
Cirilo vivía en la casilla, junto a las vías. Había sido guardabarreras toda su vida y, aunque había perdido el cargo hacía años, seguía abriendo y cerrando la barrera con una vara que él mismo había adaptado para no forzar demasiado su espalda. Lo hacía por costumbre, o tal vez porque nadie más lo haría. Nadie le pidió que lo hiciera, es cierto, pero tampoco nadie se lo prohibió nunca.
Era un hombre flaco de rostro estrecho, con manos curtidas y una manera de mirar que parecía no ver a nadie. Saludaba con la cabeza sin interrumpir el ritmo del paso y vestía siempre una camisa celeste y un sombrero blanco de paja, muy limpio, tanto que parecía ajeno a la mugre del pueblo.
Tenía un cuaderno de tapas blandas que siempre llevaba bajo el brazo, en él anotaba la hora en que pasaba cada tren aunque últimamente no hubiese trenes y, entre las líneas de hora y vagones, algunos versos que nadie leía.
A la hora de la siesta se sentaba frente a la vieja cruz y la miraba sin mirarla, como quien escucha un idioma que no habla. Nunca llevaba mate ni libro ni radio, solo el cuaderno, apoyaba la espalda contra el tronco de un eucalipto viejo, entrecerraba los ojos y se quedaba así, entre el sueño y el recuerdo.
Aquel martes fue igual. El sol caía oblicuo, el viento era suave y los gallos ya habían dejado de cantar. La barrera estaba baja, aunque no se esperaba tren. El pueblo dormía, todo era como siempre. Y sin embargo…
Un silbido leve, casi doméstico, como si alguien llamara a un perro desde muy lejos, se escuchó cerca de las tres. Ningún perro ladró, nadie se asomó, la tierra no vibró. No hubo humo ni sombra ni paso de máquina, pero en la estación los pastos se inclinaron.
Cirilo no volvió a su casilla. Tampoco se lo vio más por el pueblo. No dejó cartas ni señales, solo el cuaderno, que quedó apoyado sobre la barrera y abierto en una página que decía
«Cuando no pase el tren pasaré yo, entre los durmientes, sin hacer ruido»
Eso fue todo. No hubo velas ni cabellos ni objetos en la cruz. Nadie limpió su casa, nadie reclamó sus cosas, la gente simplemente asumió, con esa forma resignada que tiene el campo para entender la muerte, que Cirilo había llegado tarde a sí mismo.
Desde entonces la barrera a veces baja sola, pero solo a la hora de la siesta. Y si alguien pasa por ahí en ese momento, hay quienes dicen que conviene esperar, aunque no venga nada. No por miedo, sino por respeto. Ya saben, en Ombúes las cosas importantes no se ven, se intuyen. Y en las tardes calmas, bajo la cruz de fierro, se respira algo que no se puede nombrar sin que se borre.
Por eso, mejor no nombrarlo.
4) Gertrudis
A la entrada de Ombúes, bajo la cruz, a veces alguna gente se sienta.
Gertrudis fue siempre la misma, terca, limpia, silenciosa. Ni muy vieja ni muy joven, de esas edades sin número, con trenzas peinadas hacia atrás y un delantal blanco por encima del vestido. Vivía en la última casa del pueblo, la más próxima al monte, donde las vacas no entraban y los perros no ladraban. Su voz era baja pero firme. Agradecía con un gesto, pedía con una mirada. Sabía coser aunque no era costurera, sabía curar aunque no era enfermera y sabía estar sola aunque no se notaba.
Tenía una silla, una silla de madera sin barniz, de asiento hundido, que llevaba consigo a todas partes, tal como si fuese parte de su cuerpo. Se decía que era de su madre, o de su maestra, o de alguien que la había querido bien, pero nunca lo aclaró.
En la plaza, en la iglesia, en los velorios, en la feria, siempre la misma silla. Y en las tardes quietas, cuando el sol apenas cruzaba el aire, se sentaba frente a la cruz de fierro a mirar lo que nadie veía, a mirar lo que nunca cambiaba.
Una tarde de enero, sin viento y sin canto de chicharras, la cruz tenía sombra. Una sombra breve, nítida, que no se movía. La silla estaba en su sitio, como siempre, pero Gertrudis no.
No hubo gritos ni búsquedas ni alarmas. Su casa estaba cerrada, la ropa tendida, seca, la olla limpia, la cama hecha. Nadie oyó nada. Nadie vio nada. Solo la silla bajo la cruz. Y la dejaron allí.
Con el tiempo, la lluvia fue hinchando la madera, el asiento se hundió más, una pata se ladeó. Los pájaros la usaron como mirador pero nadie la movió. Los chiquilines no jugaban cerca, las mujeres la miraban de reojo, los hombres bajaban la voz al pasar.
No hubo carta, no hubo señal, nadie supo si Gertrudis se fue, si se murió, si se convirtió en otra cosa, pero tampoco importó mucho. En Ombúes las cosas suceden sin testigos, y no porque se escondan sino porque saben cuándo no ser vistas.
Algunos dicen que la silla ya no está, que se la tragó la tierra, que una madrugada de otoño desapareció, como ella. Pero yo pasé ayer y juro que la vi.
Todo esto que he contado hasta aquí es la versión aceptable, la forma en que un país pequeño entierra su memoria bajo silencios prolijos. Ombúes existe, sí, pero no figura en los mapas. Y los trenes pasaban, las barreras se cerraban, las velas ardían, las sillas vacías se oxidaban al sol. Pero no fue el tiempo quien se llevó a Aurelio, ni a Pancha, ni a Cirilo ni a Gertrudis.
La cruz de fierro no marcaba ningún paso a nivel, era una cicatriz que nadie quiso excavar. Por eso escribo aquí sus nombres, por eso cuento sus historias. Con cuidado, con ternura, con paciencia, para que no sean solo misterio, para que no queden apenas como personajes de un pueblo dormido.
Porque están ausentes pero no están perdidos. Los seguiremos buscando y no descansaremos hasta encontrarlos, gritando que la historia que calla es la que perpetúa el crimen y sabiendo que estas palabras, por pequeñas que sean, son también una forma de justicia: Memoria, Verdad y Justicia.
Bach no fue un músico. Fue el último gran arquitecto del cosmos, un demiurgo lúcido que no inventó los ladrillos pero sí la manera perfecta de ensamblarlos. No construyó con piedra ni con madera sino con formas, proporciones, simetrías y permutaciones puras. Tomó todo lo que la humanidad había puesto sobre la mesa -el cálculo de Leibniz, la gravedad de Newton, el ritmo del péndulo de Galileo- y lo transfiguró en sonido. Fue el constructor que habló con Dios en el idioma más preciso imaginable: la matemática convertida en emoción.
No creó ningún estilo, creó una topología con los doce sonidos disponibles. Los dobló, los retorció, los reflejó sobre sí mismos hasta hacerlos más grandes que el mismísimo tiempo. Allí, donde otros solamente veían notas, él veía engranajes y donde otros oían melodías, él percibía trayectorias orbitales. No dejó piedra sin usar, teorema sin traducir a fuga o partícula alguna sin trasmutarla a su contrapunto. Su música no fue un lenguaje, fue la posibilidad misma del lenguaje.
Sus dedos, ciegos de tinta, nos enseñaron a pensar. De hecho sus fugas, más que una forma musical, son una verdadera pedagogía del pensamiento. Sus invenciones, más que pequeños juegos melódicos, son una perfecta ética del orden. Y así nos enseñó a razonar con oídos, a escribir sin palabras, a decir lo que pensamos, pero sin decirlo.
No perteneció a su época. Fue anterior y posterior a todos. Anticipó a Einstein en su relatividad del ritmo, a Gödel en la autorreferencia sublime del canon y a Hawking en la gravedad de lo gigantescamente invisible. Preparó la luz para que pudiésemos leer a Rembrandt en la sombra y para que comprendiésemos que la oscuridad también es estructura. Construyó la arquitectura que que le permitió a la pintura tener profundidad, a la palabra tono y al pensamiento forma.
Nos mostró cómo habitar un mundo donde el alma no envejece, un cosmos donde el orden no es opresión sino consuelo y un universo que se sostiene con precisión sobre doce notas que jamás fueron pocas. Porque en sus manos las notas no eran notas, eran galaxias.
Después de su paso, el abismo perdió el silencio. Su música fue una prueba implacable de que el universo tiene estructura, incluso cuando todo parece desmoronarse. En cada una de sus obras late una intención tan exacta, tan minuciosa, que ya no es posible sostener que nada importa. Hay, en su arte, una afirmación feroz de la coherencia, algo encaja, algo responde, algo escucha. Y aunque el mundo sea injusto, efímero o cruel, basta con una sola de sus fugas para entender que existe una lógica más profunda que la desesperanza y una armonía que no se deja corromper por el vacío.
Bach fue capaz de ordenar el caos, mostrándonos que el caos no es absoluto.