Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.
Hay ciertos objetos cotidianos que, por su banalidad, pasan desapercibidos… pero solo hasta que dejan de hacerlo. La tapa del inodoro es uno de ellos. No suele ocupar titulares, ni debates parlamentarios, ni mesas redondas académicas (aunque bien podría). Sin embargo, basta convivir con alguien por un tiempo para que este objeto funcional, inofensivo y repetitivo se cargue de una tensión inesperada. ¿Debe dejarse levantada o abajo? ¿Quién la mueve? ¿y por qué? ¿Es un gesto de indiferencia o una forma de imposición? ¿Por qué, incluso entre personas razonables, puede convertirse en un motivo de discusión?
Podría parecer un asunto menor pero, sin embargo, en su misma pequeñez radica lo revelador. Lo que está en juego no es la tapa -es decir, no SOLO la tapa- sino lo que representa. La tapa del inodoro es un símbolo y, como todo símbolo, actúa en un plano invisible, pero con consecuencias muy tangibles: el malestar, la incomodidad, el resentimiento mudo, la sensación de estar asumiendo siempre una carga más, aunque sea pequeña, aunque sea ínfima. Lo doméstico, en su aparente neutralidad, es uno de los territorios más fértiles para que las relaciones de poder se naturalicen sin alzar la voz.
Desde una lógica puramente instrumental, levantar o bajar una tapa no implica gran cosa. Cada quien la acomoda según sus necesidades y listo. Así lo plantean quienes abordan el asunto desde el pragmatismo funcionalista, como encender una luz o cerrar una puerta. Pero el problema aparece cuando esa acción, supuestamente neutra, se repite siempre en la misma dirección, a favor de una parte y en detrimento de otra. Es allí donde lo que parecía un simple hábito deviene signo de desigualdad persistente.
Muchas mujeres -y también personas que ocupan históricamente posiciones subalternas dentro del ámbito doméstico- reconocen en esa tapa levantada un patrón conocido: la distribución asimétrica de las tareas de cuidado. Porque el cuidado no es solo cocinar o limpiar. Es también anticiparse a las necesidades del otro, hacerse cargo del después, reparar los detalles que los demás pasan por alto. Y en ese marco, dejar la tapa levantada no es solo un descuido, es un mensaje. Tal vez no intencionado, pero sí elocuente. Dice: «yo me sirvo, que el resto se acomode».
La pregunta entonces no es quién debe bajarla, sino quién se ve obligado a hacerlo sistemáticamente. Si siempre recae en la misma persona -como tantas otras tareas pequeñas, pero constantes- el problema no es la tapa, sino la estructura que sostiene esa repetición. Porque esas pequeñas asimetrías diarias no son anecdóticas: son la base de un desequilibrio mayor. Una forma solapada de poder que se ejerce sin necesidad de palabras.
Es ahí donde se vuelve útil pensar la tapa del inodoro no como objeto sino como umbral simbólico. Es, en cierta forma, una prueba diaria de convivencia: cómo nos relacionamos con el espacio común, cuánto reconocemos al otro en nuestras acciones automáticas, en qué medida nuestros gestos tienen en cuenta que no vivimos en soledad. En ese sentido, bajarla puede entenderse como un pequeño acto de empatía, una forma de decir «te pensé, incluso en esto». Puede no parecer mucho, pero en un mundo saturado de egocentrismo y automatismo, ese gesto mínimo es ya una forma de resistencia.
Lo fascinante del asunto es que este tipo de discusiones revelan que los grandes sistemas de poder -el patriarcado, la desigualdad, la opresión estructural- no viven solo en las leyes o en los discursos públicos. Habitan también en los baños, en las cocinas, en los turnos de limpieza, en los silencios acumulados. Y que para desmontarlos no siempre hace falta una revolución. A veces basta con observar con atención dónde y cómo se abren las grietas. Porque, como todo símbolo, la tapa del inodoro no se impone: se interpreta. Y en esa interpretación se juega mucho más que una preferencia estética o un hábito higiénico. Se juega la posibilidad de imaginar una convivencia más justa, menos centrada en la comodidad del yo y más atenta a la presencia del otro.
…o cuando las dinámicas de las relaciones siguen patrones geométricos.
Desde hace mucho tiempo llevo, sin variación, una pequeña zirconia incrustada en la aleta izquierda de mi nariz. Una de esas decisiones estéticas que terminan integrándose tanto al rostro que ya no se distingue si son un adorno o una parte constitutiva del ser. El brillo es mínimo pero obstinado. No busca llamar la atención. Está ahí como una verdad modesta, persistente y suficiente.
Días atrás, un compañero de trabajo a quien aprecio mucho, alguien con quien comparto espacios que no necesitan cafés, silencios de pasillo y hasta alguna que otra conspiración menor contra la dinámica laboral preestablecida, me miró con extrañeza y preguntó si el piercing era nuevo.
Nuevo.
No -le dije-, lleva eones conmigo. Muchos. Su asombro fue genuino. Como si de pronto descubriera la existencia de una luna que siempre estuvo en el cielo pero nunca se había detenido a mirar y el brillo lo hubiera elegido, justo ese día, para revelarse.
Automáticamente me puse a pensar. O mejor dicho, me puse a explicar -como suele suceder cuando el mundo me interpela con sorpresas que, desde mi perspectiva, no deberían serlo-. Le dije que probablemente se debía a que él siempre se sienta a mi derecha y que, desde ese ángulo, el piercing no existe, queda del otro lado del rostro, más allá del horizonte de lo visible, escondido por una geometría social no pactada pero constante.
Hasta allí llegó la anécdota. Pero yo no. Yo me quedé dándole vueltas a la idea. Porque si hay algo que hacemos con facilidad quienes vivimos con cerebros no del todo alineados con los protocolos dominantes de la percepción, es detectar patrones. Y lo que surgió de todo esto no fue una inocente observación sobre la visibilidad de los adornos faciales sino sobre la arquitectura de los vínculos que construimos en nuestra cotidianeidad, sobre las partes de nosotros que quedan del lado ciego del otro. Pero no por ocultamiento, por geometría.
Las personas no nos relacionamos en el vacío. Lo hacemos desde posiciones, desde ángulos que, aunque parezcan fortuitos, terminan determinando lo que se ve y lo que se presupone. Hay quienes nos miran siempre desde la derecha y por más que brillemos del lado izquierdo, nunca podrán saberlo. Y hay vínculos enteros construidos desde ese ángulo ciego.
Para el universo típico, esto suele pasar desapercibido porque sencillamente no tiene importancia, tal como si el campo de visión abarcase de manera automática todo lo esencial. Pero para quienes crecimos calibrando constantemente nuestras formas de estar en el mundo, interpretando señales contradictorias, buscando pistas en lo no dicho y en lo que apenas se insinúa, este fenómeno no es casualidad. Es estructura, es patrón, es forma. Y no solo forma física: también es simbólica.
Hay quienes siempre nos escuchan desde la urgencia y nunca desde la calma. Quienes nos leen desde el juicio y no desde el intento. Quienes solo se sientan a nuestra derecha, literal y metafóricamente. Y entonces el brillo -nuestro pequeño brillo obstinado- permanece invisible aunque lleve ahí más tiempo del registrable.
La relación no lo verá. No por maldad ni por desinterés sino porque la topografía del vínculo lo ubica fuera del campo de visión.
Uno podría, por supuesto, girar el rostro o cambiar de silla pero hacerlo significa interrumpir el ritmo tácito del intercambio, desafiar la comodidad ajena, poner en evidencia que el mapa desde donde el otro nos observa es incompleto. Y eso puede ser muchísimo más costoso que seguir brillando en silencio desde el lado oculto. Por eso, cada tanto, cuando alguien nota algo que siempre estuvo ahí, no sé si alegrarme por la revelación o preocuparme por lo que sigue sin ser visto.
Mientras tanto, el piercing sigue en mi nariz. No para ser notado sino para recordarme que la visibilidad no siempre depende del deseo de mostrarme ni de la voluntad del otro de ver, sino del ángulo desde el cual cada quién elige mirar. Y que eso, aunque parezca anecdótico, puede definir nuestras cartografías afectivas.
¡Oh! pan, nacido del fuego y la espera, del grano que muere para multiplicarse, del agua que abraza, de la levadura que alienta lo invisible, milagro cotidiano y altar de la ternura.
En tus costras doradas se esconde el sol del mediodía, en tu miga la espuma del mundo, el suspiro del trigo triturado, la caricia tibia de las manos que amasan con la fe de quien cree que el hambre puede ser derrotada.
Tú, pan, que has cruzado imperios y aldeas, que has nutrido a reyes en platos de oro y a presos en soledades sin ventanas, que has sostenido al soldado herido y al niño descalzo, has sido último recurso, última moneda y última esperanza.
En ti se conjuga la vida, la semilla que cayó en la tierra, la lluvia que no faltó, el molino que giró con viento, el horno que ardió con ramas. Eres alianza con lo vivo, memoria del cuerpo y registro del alma.
Tu textura, un tratado de las formas del deseo, cruje cual abrazo que se rompe al llegar y se deshace como secreto que se grita sin querer.
Hermano de la manteca, del queso y del ajo, cómplice de la sopa y del vino, cofre de los sabores del mundo, eres rito, paz y canto, primera entrega del amor y consuelo último del moribundo, pan partido, compartido, pan llorado y pan reído.
Tan único eres y tan colmado de humanidad que el hijo de un dios, para ser recordado, no eligió espada ni trueno sino a ti. Y te tomó entre sus manos y dijo «Esto es mi cuerpo», y al multiplicarte entre la gente hambrienta selló así su divina promesa de eternidad.
Desde entonces más qué alimentas, santificas, ¡Oh! pan, noble en tu humildad, más vasto que cualquier banquete. Te alzas como estandarte de lo humano, hecho de tierra, sudor y milagro. Promesa de lo posible, hogar donde no hay casa, abrazo donde no hay abrigo y esperanza donde ya no hay palabras.
Aun así no presumes. Solo estás como un dios antiguo que no pide templo sino boca. Por eso y más te celebro, pan celestial, por humilde y por vasto, por hablar los idiomas y calmar las hambres todas. Tú, que no temes repetirte porque cada día eres distinto, porque cada día nos vuelves a lo más esencial.
Bueno… Supongo que ya es hora de decir algo, ¿no? No sé si esto servirá pero… en fin, aquí estoy…
Te pido perdón. Te pido perdón por no haber estado. Pero no fue por falta de amor, claro. Fue por circunstancias. Siempre hubo algo, cosas que se interponen, ya sabés, la vida nos juega esas vueltas extrañas y somos sus víctimas. Cuando diste tus primeros pasos, por ejemplo, yo estaba en plena incertidumbre laboral y no podía descuidar mis responsabilidades. Porque si lo hacía, ¿quién mantendría la casa? ¿quién iba a darte los zapatos con los que aprendiste a caminar?
Y sí… Es cierto, tampoco estuve en tus actos escolares pero no me perdí ninguno a propósito, y necesito que eso quede claro. Simplemente, todos saben cómo son estas cosas, nunca fui muy bueno con las multitudes, me agobian, me ahogan, me incomodan. Y prefería no estar ahí, sudando, torciendo los ojos, quitándote el protagonismo… Porque jamás deseé arruinarte un momento feliz.
Tampoco supe aconsejarte, es cierto. Pero no fue porque no deseara ayudarte, fue porque siempre confié en vos, en tu inteligencia, en tu criterio, en tu independencia. Porque, a fin de cuentas, ¿quién soy yo para decirle a otra persona cómo debe vivir su vida? Siempre creí en la libertad, incluso cuando nunca supe ejercerla bien. Y no estuve cuando estuviste enferma. Me cuesta admitirlo pero es que, desde siempre, las enfermedades me desarman. Nunca supe lidiar con el dolor ajeno, es algo que me supera y tu mamá siempre fue mucho más fuerte que yo en eso. Era mejor dejarlo en sus manos, créeme, lo hice por tu bien.
Lo de minimizar tus logros, sí, eso lo escuché muchas veces y de varias personas. Pero no fue para menospreciarte, no, para nada. Fue para que aspiraras a más. Nunca quise que te conformaras con lo primero y te exigía porque confiaba en vos. Si te hubiera aplaudido todo, probablemente habrías pensado que ya habías llegado a la cima y yo sabía que podías volar más alto. Ese fue siempre mi modo de amar. Como aquel concierto…Tú sabes, el que justo coincidió con el cumpleaños de mi pareja y ya estaba todo planeado, no podía cancelarlo. Además, tú misma me dijiste que no te importaba si iba o no, o eso fue lo que entendí en ese momento. A veces uno interpreta lo que puede, y yo interpreté eso. Pero después dejaste de cantar y ya no hubo conciertos a los que pudiera ir, aunque me hubiera gustado hacerlo.
Sé que cometí errores, claro que sí, pero también tenés que entender que hice todo lo que pude con lo que tenía, nunca tuve un modelo de padre y fui improvisando, como todo el mundo. Nunca nadie nace sabiendo cómo ser papá.
Y si pensás que fui egoísta, bueno, sí, puede ser. Un poco, tal vez. Pero no es algo tan simple. Tú sabes que tuve una vida complicada, que arrastro cosas y que, cuando uno arrastra, a veces pisa sin querer. Pero nunca fue por maldad sino por torpeza, por cansancio.
Juro que te quise. Por lo que más quieras, siempre te quise, aunque no supiera cómo demostrarlo, aunque no estuviera ahí cuando abrías la puerta buscando a alguien, aunque mis ausencias fueran mucho más visibles que mis gestos, que mis presencias. Y por eso le pido a Dios que algún día puedas entender todo esto. No sé si podrías perdonarme pero, al menos, trata de entenderme. Porque, a final de cuentas, todos tenemos nuestra versión de las cosas y ésta es la mía. Y El sabe que nunca, jamás, actué con maldad.
Los dados, hexaédricos oráculos de los lógicos, se ofrecen a nuestra mirada no como objetos triviales sino como testimonio rotundo del extravío de la razón cuando ésta se obstina en transformar el caos en sistema. Porque no es azar lo que se celebra tras el lanzamiento sino el simulacro del dominio: una coreografía milimétrica donde el sujeto cree decidir, a través del impulso inicial, lo que no podría sino escapársele desde antes del contacto. Los dados caen, giran, se detienen, y el rostro visible de cada uno de ellos es interpretado como fruto del gesto, como producto del cálculo, como victoria o condena del brazo que los arrojó.
Pero es precisamente allí donde se revela la paradoja. Los dados no son un símbolo del azar sino del deseo de no dejar lugar al azar. Su existencia presume una forma cerrada, una combinatoria exhaustiva, una finitud de posibilidades. Seis rostros, y sólo seis, para cada uno, donde la naturaleza clausurada de su diseño es, precisamente, su mayor mentira. Porque allí donde el infinito nos resulta insoportable, cada dado propone un universo minúsculo en el que el ser humano puede proyectar su necesidad de certeza. Así, cada superficie numérica no nombra la contingencia sino que, muy por el contrario, la niega.
El acto de lanzar dados, repetido hasta el absurdo en casi toda cultura que haya intuido la fragilidad del sentido, no expresa una entrega a la fortuna sino una teatralización dramática de la voluntad. De hecho, no se juega para someterse al azar sino para domesticarlo. El jugador no invoca al destino, lo fuerza a manifestarse dentro de los márgenes de una regla, de una probabilidad, de una lógica pretendidamente neutral. Es la estética de lo indeterminado encorsetada en la arquitectura del control. Así, el dado no es emblema de la incertidumbre sino el ídolo geométrico de la ilusión de autonomía.
¿Y no es acaso esta misma estructura -cerrada, numérica, domesticada- la que utilizamos para concebir nuestras vidas? Cada decisión, cada cálculo, cada expectativa puesta sobre la línea del tiempo no es sino otro lanzamiento, enmascarado bajo las ropas del libre albedrío. Elegimos, proyectamos, prevemos, tal como si todo lo que somos no estuviese ya lanzado, como si la voluntad fuese suficiente para dictar el rostro final que mostrará el dado de nuestra historia. Pero, sépase, no hay borde lo bastante filoso que detenga el vértigo de cada cubo en su caída.
Sépase también que este texto, en su brevedad y densidad, no aspira a nada más allá de lo enunciado. No desea salvar al mundo ni descifrar sus mecanismos, ni siquiera oponer resistencia a la falsedad pasmosa que denuncia. No ofrece un camino, un diagnóstico o un consuelo. Su único propósito es que quien lo lea, en esta tirada textual sin garantía de éxito, pase un buen rato pensando en cosas interesantes sobre los dados. Y si así fue, entonces, ha tenido suerte.
Su Señoría, honorables miembros del jurado, sí, soy culpable. A los ojos del sistema que me juzga, soy culpable, desde antes siquiera de saber pronunciar mi nombre.
Soy culpable porque nací mujer en un mundo hecho por hombres, culpable por no conformarme con el lugar que se me asignó antes de que pudiera elegir, culpable por pensar, por esperar, por resistir.
Se me acusa de rebelión, sí, pero pregunto ¿qué nombre le dan ustedes a la obstinación de no doblegarme? ¿Es rebelión defender mi cuerpo mientras otros, los pretendientes, lo saquean? ¿Es rebelión rechazar el papel de premio que se sortea entre espadas y cervezas? ¿Es rebelión callar mis deseos para no ser lapidada por decirlos?
Me acusan porque destejí un telar. Sí, tejí planes cada día porque aún en el silencio fui amenaza, y cada noche los deshice, porque debí ocultar hasta mi esperanza.
Pero no fue por cobardía. Fue porque también aprendí a esperar mi momento, aprendí que no todos los combates se libran con lanzas, que algunas batallas se ganan a hilo y a aguja y que algunas derrotas se postergan con ingenio más que violencia.
Soy culpable, dicen, de ver cómo mi esposo se marchó hacia una guerra que no era suya, detrás de otra mujer robada por hombres y, en el camino, buscó otras camas, otros cuerpos, otras historias. Y de seguir aquí, intacta, mientras su ausencia se alarga como una condena sin juicio.
Soy culpable de ser madre de un hijo que aprendió muy pronto que los hombres deben marcharse y que las mujeres deben quedarse a sostener lo que ellos abandonan.
Soy culpable de saber que la única forma de desalojar a los hombres que invaden mi hogar es que regrese otro hombre, esa es mi verdadera cárcel. No estas paredes, no este tribunal, mi prisión es la estructura que hace del hombre un héroe y de la mujer un trofeo, del viajero un mito y de la que espera apenas una nota al pie.
Me tildan soberbia por no elegir entre los pretendientes pero no vine a ser elegida, vine a ser escuchada. Y aun aquí, ante ustedes, todo cuanto diga será interpretado como desafío. Porque en este tribunal, en este mundo, cuando una mujer habla ya está cometiendo un crimen.
No fui criada para reinar, fui criada para acompañar, pero goberné. Con hilo, con astucia, con dignidad. Y eso, Su Señoría, eso es algo que no me perdonan.
Soy culpable de desear. Y ese deseo, tan humano como el de cualquiera aquí presente, es más peligroso para el orden establecido que cualquier espada desenvainada.
Condénenme, porque ya estoy condenada, pero no olviden que cada vez que una mujer resiste sin ser escuchada, la historia se tiñe de silencio. Y ese silencio, tarde o temprano, también se vuelve rebelión.
La misoginia no siempre grita. La mayor parte de las veces se disfraza de consejo, de motivación, de tradición. Como en el caso reciente de Javier «Chicharito» Hernández, donde pudimos ver cómo se cuela en discursos aparentemente inofensivos sobre «energía masculina» , «liderazgo masculino» o «el lugar natural de la mujer en el hogar».
No es algo nuevo ni nos sorprende: la violencia más peligrosa es aquella que logra vestirse de sentido común, de naturalización. Y eso es, precisamente, lo que vuelve urgente desenmascararla.
Chicharito, un ídolo futbolístico mexicano, hizo declaraciones en redes sociales que no pueden tildarse de «polémicas» o «controversiales» sin que esa suavización sea, a su vez, cómplice. De hecho, fueron comentarios profundamente misóginos. Al afirmar que «las mujeres están fracasando» y que deberían «dejarse liderar» por hombres, reproduce una lógica de poder que no solamente subordina sino que también legitima la desigualdad. En efecto, el suyo es un pensamiento que no nace en el vacío ni se reduce a una simple opinión personal. Es mucho más. Es un síntoma.
El síntoma de un sistema
Si no el que más, México es uno de los países con mayores índices de violencia sexual en América Latina. Cada día cientos de mujeres son víctimas de abuso, violación o feminicidio, y no es casual. Esas cifras no son errores del sistema sino expresiones sistemáticas de una cultura que naturaliza la desigualdad, glorifica la dominación masculina e infantiliza y subordina a las mujeres.
Las ideas de Chicharito, y toda otra idea similar, no son anecdóticas. Forman parte del entramado simbólico que sostiene esa violencia. Decir que «las mujeres deben encarnar su energía femenina» no es simplemente una opinión romántica, es un mandato de género que limita, define y que encierra. Es el mismo tipo de pensamiento que ubica en la víctima la causa del crimen al señalar que una mujer que no se «deja guiar» es la responsable y provoca el caos social.
La falsa autenticidad
Quienes emiten este tipo de discursos suelen refugiarse en la idea de que «son así», que «están siendo sinceros», que «no tienen miedo de decir lo que piensan». Pero la sinceridad no es una virtud intrínseca y es fácil verlo cuando lo que se expresa atenta contra la dignidad de otras personas. Ser fiel a una forma de pensar violenta, ser sincero, no es honestidad sino obstinación peligrosa. Y la autenticidad jamás justifica el daño.
Más aún, esa supuesta «forma de ser» que se asume como identidad masculina natural y firme es, en realidad, una construcción frágil, defensiva, basada en el miedo a perder poder. Porque cuando un hombre dice que se siente atacado por el avance de los derechos de las mujeres, no está describiendo una realidad sino revelando una culpa mal elaborada, está explicitando el miedo de quien intuye, aunque no lo confiese, que su lugar fue siempre privilegiado.
El eco de lo irrelevante
Después del escándalo llegó, obviamente, la disculpa. Un comunicado prolijo, redactado al estilo de gacetilla de prensa, palabras suaves, bien medidas, pidiendo perdón por haber «causado molestias» y prometiendo «reflexionar». Pero aquí radica otro punto clave: pedir disculpas no es lo mismo que reparar. El perdón sin acción es tan vacío como violento el discurso original.
En un país donde las mujeres no reciben justicia, ¿de qué sirve que un hombre poderoso diga que «lamenta lo dicho» si no pone su influencia al servicio de una causa justa? ¿De qué sirve hablar de «mejorar como padre y como hombre» si no se reconoce que el primer paso para hacerlo es desmontar públicamente el sistema que uno mismo sostuvo?
No basta con callarse
Porque el problema no es que Chicharito haya hablado, el problema es que lo que dijo ya se había dicho miles de veces antes, en millones de casas, escuelas, iglesias y estadios, el problema es que hay niños y adolescentes que lo tienen como modelo y que, al escucharlo, creen que ese modo de ser hombre -dominante, superior, paternalista- es el correcto Y es urgente mostrar que no lo es.
El silencio no basta, entonces, como castigo. Tampoco la sanción económica. La transformación real llega cuando se pasa del enunciado a la práctica, cuando las figuras públicas se comprometen, pero no con campañas de marketing sino con procesos reales de desaprendizaje, con escuchas activas a los movimientos de mujeres, con apoyo material e institucional a las causas que luchan contra la violencia de género. No es solo cuestión de «educarse», es dejarse incomodar, cuestionar y deconstruir.
Un espejo
Porque este no fue un caso excepcional, es un espejo en el que muchos hombres vemos reflejadas nuestras ideas, dichas quizás con más cuidado pero no menos peligrosas. Y es en ese reflejo donde debe producirse el corte.
Porque desmontar la misoginia no es solo defender a las mujeres, es liberarse de una forma de esa masculinidad que también oprime a los propios hombres, que nos obliga a liderar, a no dudar, a no llorar, a dominar o desaparecer. Y esa libertad no llega pidiendo disculpas. Llega asumiendo nuestras responsabilidades.
En la plaza de mi barrio hay un banco que no da sombra. Está mal ubicado, o eso decimos todos. En verano le da de lleno el sol. En invierno el viento lo atraviesa como a un pasillo de hospital. Sin embargo, cada tarde, un hombre va y se sienta ahí, como si no existiese ningún otro lugar.
Cada tarde. No pide nada, no molesta. A veces lo veo, cuando paso de regreso del supermercado. Mira al frente, a un punto sin objetos. En alguna oportunidad lo vi sonriendo. En otras, hablando bajito. Nunca con énfasis, nunca con los ojos cerrados, como los locos. Habla como quien responde algo.
Cierta vez vi que sacaba dos caramelos de miel de su bolsillo. Desenvolvió uno, se lo llevó a la boca. Dejó el otro en el banco, a su izquierda, con el envoltorio apenas abierto, como si alguien lo fuese a tomar.
Volví a mirar cinco minutos después. El caramelo seguía ahí.
Una tarde pasé más cerca. Fingí atarme el cordón de un zapato para poder oír. Su voz era suave, lenta. Como si dictara algo desde muy lejos.
–No, hoy no llovió pero se ve que llovió en la noche. Las hojas estaban mojadas… (Pausa larga) –Sí, esa señora volvió a sacar la silla a la vereda. Siempre lo hace, a la misma hora… (Otra pausa) –¿Y vos? ¿Cómo dormiste?
Nada en su tono indicaba broma, locura, ni siquiera fe. Era una conversación, con pausas, con lógica.
Al rato, tomó el caramelo que estaba a su izquierda, lo envolvió de nuevo con delicadeza y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta. Se levantó y se fue caminando, bien erguido.
Alguien me contó que una vez lo habían entrevistado para la radio barrial. No escuché el programa pero me mandaron una grabación casera:
-¿Por qué elige siempre ese banco? -Porque no hay sombra. -¿Le gusta el sol? -No. -¿Entonces? -Era el único que no usábamos juntos. Los otros sí, pero este nunca. Así que es justo, es un territorio nuevo…
Después habló del silencio señalándolo como «un idioma que no lastima», de la necesidad de «cumplir con la parte que a uno le toca en las conversaciones que no terminaron» y de cómo las ausencias «pesan menos si se les da un lugar donde sentarse».
Terminó diciendo:
-Yo hago mi parte. Si viene, que no me encuentre rencoroso…
Una semana no estuvo. Tampoco la siguiente, ni la otra. Al cuarto lunes, el banco tenía un papel atado con cinta de embalar:
«Reservado para los que no están.»
Sacaron el cartel a los dos días y lo tiraron pero alguien, de noche, volvió a poner otro parecido. Esta vez más discreto, hecho a mano, en tinta negra. La cinta era buena.
No sé quién fue, nunca lo supe. Pero desde entonces el banco jamás está vacío. No porque alguien se siente sino porque ya nadie lo ocupa.
Yo todavía paso. Algunas tardes me siento en el banco de al lado. Un martes, en la rendija de entre las maderas, encontré un envoltorio arrugado de caramelo de miel. Apenas conservaba el brillo. No me atreví a tirarlo. Lo empujé con disimulo hacia el fondo.
Lo pienso seguido. Tal vez nunca fue para alguien más, tal vez era su forma de decirnos «aquí hay lugar».
2) Currículum de un ser humano
Cada persona debía actualizar su perfil de existencia, cada semana. No era obligatorio, claro, como votar, como pedir disculpas, como dormir, pero debían hacerlo.
Se llamaba «Currículum Vital«. Una interface pulida, amable, con colores pastel. Pedía cosas como logros concretos de esta semana, emociones registradas, una foto reciente, nuevas opiniones y la intención de vida actualizada.
Cada entrada construía una línea de tiempo que, al principio, parecía útil. Luego fue un requisito. Después fue medidor de valor y, finalmente, fue espejo. Un espejo que no podía apagarse sin que se encendieran las alarmas.
Clara dejó de completar el formulario un viernes por la mañana. No fue por rebeldía ni por olvido. Simplemente sintió que no tenía nada nuevo que decir. No es que esa semana hubiese cambiado de idea, simplemente no había sentido cosas interesantes ni se había visto distinta. Todo cuanto había hecho estaba lleno de repetición y no quiso mentir.
Cerró la pestaña, se levantó y puso a hervir agua. El lunes le llegó una alerta:
«Tu existencia comienza a desvanecerse para tus vínculos activos.»
No era una amenaza, era literal. La gente empezaba a no reconocerla, su voz se volvía ligeramente ajena, las fotos en las que aparecía comenzaban a pixelarse.
Pensó en actualizar el sistema con algo genérico pero no pudo. Cualquier cosa que escribiera le parecía una traición al silencio que la inundaba.
Cada noche Clara escribía una frase en una hoja. Una sola frase. No la compartía, no la subía, no la analizaba. Solo la escribía:
-Hoy temí desaparecer. -Hoy recordé el olor de un salon vacío. -Hoy extrañé mi forma de los ocho años. -Hoy pensé que si moría nadie me reconocería como yo. -Hoy le sonreí a un perro como si fuese mi padre.
Guardaba los papeles doblados en una caja. No los leía dos veces. Solo los escribía para no dejarse ir del todo. Ese fue su gesto mínimo.
Un agente del sistema -alto, prolijo, amable- vino a su casa, pero no como amenaza sino como gesto de cuidado, y le ofreció un shortcut:
-Podés cerrar el ciclo, Clara, y registrar una identidad definitiva, una versión estable de vos misma. Será inmutable y ya no tendrás que actualizar nada. Serás alguien para siempre.
Clara dudó. Tocó la caja de los papeles y preguntó:
-¿qué pasa si me convierto en otra, después? -No podrás, pero nadie te juzgará. Estarás registrada como una persona auténtica. -¿Y si ya no me gusta lo que fui? -Tampoco importará, porque habrás sido alguien.
Clara pidió pensarlo y el agente asintió, sin prisa.
Esa noche escribió una frase más. La guardó en la caja, sin leerla dos veces, y cerró la tapa.
No supimos si eligió un rostro definitivo. Tampoco supimos si siguió desvaneciéndose. Solo sabemos que la caja apareció, mucho tiempo después, en un mercado de cosas viejas.
Dentro, una sola frase tenía el papel abierto:
«No tener nombre me dio espacio para respirar»
3) Huellas digitales
Un día, sin decirlo, Elías empezó a borrarse.
El primero en notarlo fue su jefe, cuando sus correos desaparecieron de la bandeja de entrada. Después, su grupo de lectura. Su nombre ya no figuraba en los encuentros pasados ni en las fotos, ni en los comentarios. Era como si nunca hubiese leído Crónica de una muerte anunciada ni discutido sobre la estructura circular de Pedro Páramo.
Incluso su nombre, al googlearse, daba como resultado una pregunta:
«¿Quisiste decir Elías Moraes, futbolista?«
Pero no era futbolista. Ni famoso. Ni prófugo. Solo quería no estar. Estar sin morir.
Elías renunció a las redes pero también a las anécdotas. Cuando alguien decía «¿te acordás cuando Elías…?», él los interrumpía con un gesto leve, apenas una mueca, tal como si dijera: «ese no fui yo, fue otro».
Visitó a sus amigos uno por uno pero no para saludar ni para despedirse, lo hizo para vaciar el contenido de sus vínculos. Les pedía que olvidaran cosas mínimas.
-¿Podés borrar esa foto donde estoy al fondo? -¿Me harías el favor de eliminar el mail que te mandé cuando se murió mi perro? -¿Te importaría decir que fue otro quien te acompañó al hospital?
No todos aceptaban, pero él nunca insistía. Solamente tomaba nota.
Sin embargo, cada día tomaba una hoja y escribía un dato trivial que nadie más pudiera saber: el número exacto de baldosas flojas entre su casa y el quiosco, la palabra con la que su madre lo calmaba cuando niño, la cantidad de veces que repitió un disco de Pescado Rabioso un verano entero…
Luego rompía esa hoja en pedazos, en silencio, y los arrojaba al inodoro.
Ese fue su gesto. Insignificante, privado, persistente. Cada papel, una hebra del hilo que lo ataba al mundo.
Pasó el tiempo. Ya nadie sabía si seguía vivo. Una antigua amiga lo recordó sin querer en un sueño y al despertar no pudo recordar su cara. Solo el nombre, pero le sonaba extraño.
Buscó en sus viejos mails. Nada. En los álbumes. Nada.
Preguntó, unos pocos dijeron: -Me suena, pero no sé de dónde.
En una reunión alguien intentó recordarlo: -Era un tipo raro, callado. ¿O lo estoy confundiendo?
Nadie pudo confirmarlo y el silencio terminó imponiéndose como versión oficial.
Años después, un obrero que limpiaba una una cisterna encontró, atascado en un codo de las cañerías, un cúmulo de papel deshecho. Entre las fibras todavía visibles, pudo leer una frase aislada:
«Lo que no se recuerda no muere, flota.»
4) La voz que no era mía
Durante años supe adaptarme. En el trabajo hablaba con autoridad medida, las vocales justas, ni un solo acento emocional fuera de lugar. En casa, con mi madre, arrastraba las palabras como si tuviera cinco años y nada que explicar. Con los amigos mi acento era neutro, con dosis de ironía. En las fiestas risa fácil, frases cortas, entonación ascendente. En los hospitales monosílabos. En las entrevistas perífrasis, en la calle silencio.
Lo hacía sin pensarlo. Era como respirar, algo automático, vital, imperceptible. Hasta que un martes a las diez y cuarto de la mañana, al responder una llamada de teléfono, no supe con qué voz hablar.
Pensé que sería cansancio. O estrés. Pero al día siguiente, en la cafetería, al pedir un café, escuché salir de mi boca un tono que no reconocí. No era fingido, tampoco familiar. Simplemente no era mío.
Desde entonces, cada vez que hablaba, era otra. Cada palabra era como prestada, como si mi garganta fuese una casa ocupada por desconocidos.
Intenté grabarme pero no me reconocía. Intenté imitarme pero, ¿imitar a quién?
Ya no tenía una voz sino un registro dañado.
Fue entonces que decidí hacer una prueba. Cada noche, al llegar a casa, sin luz, sin nadie, decidí hablarle a una planta. Siempre la misma planta, un potus medio seco que había heredado sin querer.
Le hablaba como me saliera, sin pensar en el tono, en el vocabulario, en la imagen. Solo le decía cosas como:
-No sé si estoy cansada o me estoy deshaciendo. -Hoy pensé en no hablarle a nadie. Fue hermoso. -Creo que me duelen los hombros del esfuerzo de sonar humana.
Lo hice cada noche durante semanas. Al principio me costaba, me corregía. Pero una noche la voz salió sola. Dudosa, ronca, sin estilo. Sospeché que era la mía.
El problema fue que al usar esa voz fuera de casa, nadie me entendía. Literalmente. No me escuchaban, o me respondían con incomodidad, me pedían que repitiera lo dicho, me corregían…
-¿Estás enferma? -Hablás raro últimamente. -¿Te pasó algo?
Un día mi madre no respondió. La voz que parecía ser mía era ininteligible para el mundo, y las otras ya no me salían. Ni el tono de mando, ni el cantito amable, ni la ironía. Solo esta voz, tibia, opaca, verdadera, inútil.
Pude haber vuelto a practicar, a fingir, a rearmar una de mis máscaras pero elegí seguir hablándole a la planta. Una sola frase cada noche, a veces susurrada, a veces como un ladrido, pero siempre mía.
Eso fue lo que me sostuvo. No me salvó, no me devolvió nada, no me dio un lugar en el mundo. Solo me dio una voz sin aplausos y sin eco.
Soñar en autista (o de cómo la mente neurodivergente no se apaga ni cuando duerme)
Para muchas personas autistas, la necesidad de encontrar sentido, detectar patrones o comprender la lógica detrás de los hechos no es solo una cuestión de vigilia. También se filtra -intensa y profundamente- en el mundo de los sueños.
El pensamiento analítico, la búsqueda de coherencia y el procesamiento hiperactivo de la información no se detienen con el sueño. En muchas ocasiones, esa actividad mental continúa durante la noche con la misma intensidad que durante el día.
Esto hace que las experiencias oníricas, lejos de ser un descanso, puedan volverse escenarios de conflicto interno. Cuando algo en el sueño «no encaja» -porque desafía las leyes de la física, de la causalidad o simplemente del sentido común-, la mente lo registra como una anomalía.
Esa detección puede generar una conciencia parcial dentro del sueño: «esto no es real, esto no puede estar pasando». Es lo que comúnmente se conoce como sueño lúcido. Pero en este caso, muchas veces no es una herramienta de exploración, sino un intento desesperado de volver al orden.
Porque para muchas personas autistas, lo ilógico no es solo extraño: puede ser emocionalmente desestabilizante. Un sueño caótico, sin reglas claras, no solo desconcierta, sino que puede angustiar, generar culpa o sensación de descontrol.
Entonces, el sueño se convierte en una especie de rompecabezas en tiempo real: se buscan señales, símbolos o «pruebas» que ayuden a confirmar que se está soñando. Por ejemplo, intentar leer textos, observar relojes, buscar incoherencias. Todo para recuperar una mínima sensación de control.
Pero incluso al lograr esa conciencia -saber que se está soñando- puede aparecer otro conflicto: la urgencia de salir. De despertar. Y cuando eso no sucede, cuando no se encuentra cómo hacerlo, la angustia se intensifica. La lucidez no siempre libera. Algunas veces encierra.
Soñar en autista puede ser agotador. La mente sigue activa, sigue resolviendo, sigue buscando estructuras donde tal vez no las haya. Hasta lo emocional se analiza. Lo simbólico se interroga. No hay tregua clara entre el pensar y el descansar.
Y sin embargo, esa misma intensidad también es una muestra poderosa de cómo funciona una mente neurodivergente: lúcida, sensible, hiperconsciente. A veces incómoda. Otras veces luminosa. Siempre comprometida con entender lo que le rodea, incluso en el sueño.
Hablar de estos temas es importante porque muchas experiencias autistas siguen sin ser comprendidas ni visibilizadas. También los sueños -sí, incluso los sueños- son territorio donde se expresa la neurodivergencia. No se trata solo de comportamientos. Es una forma completa de estar en el mundo.
Soñar en autista no es una metáfora. Es una realidad que merece ser compartida, escuchada y respetada.
Cuatro textos breves sobre naufragios íntimos y rutas no heroicas
1) Decir sin romperse: una gramática del sentimiento contenido
«Aun sabiendo que el mar lo arrastraría, eligió no caminar por el puente, convencido de que la verdad no se cruza, se navega…»
Tengo facilidad para la palabra escrita, sí. Pero muchas veces siento que esa facilidad no es un don sino algo que construí a modo de escudo para evitar el tropiezo, el desborde. Porque escribo como alguien que camina con cuidado sobre una cornisa gramatical, midiendo cada paso, cada giro, tal como si del otro lado de la frase no hubiese un lector sino un precipicio.
Para mí, cada palabra tiene un peso específico, una densidad exacta. Como un elemento químico, como una nota afinada que no admite variaciones. Si digo que algo es improbable, no quiero que se lea que es imposible. Si digo que es posible, no estoy insinuando que sea deseado. Me obsesiona el alcance de cada término, y no porque pretenda exactitud por vanidad sino, más bien, por necesidad. Me duele que lo que quiero decir se tuerza, y me duele aún mucho más si lo que intento decir nace de una emoción.
Porque escribir sobre lo que pienso me resulta casi natural, pero escribir sobre lo que siento es algo muy diferente. Mis emociones no llegan en palabras, llegan como oleajes internos, como atmósferas, como brumas, como humedades. No tienen forma lingüística clara y debo traducirlas. Y en esa traducción siempre pierdo algo. Algo siempre traiciona.
Además, si el destinatario de lo que escribo no es una figura abstracta sino una persona concreta, alguien con presencia, con rostro, con importancia, entonces el acto se complica porque ya no estoy simplemente desplegando ideas. Estoy ofreciendo una parte de mí, y ese ofrecimiento no es inocuo. ¿Cómo decir algo sin que se lea como confesión? ¿Cómo ofrecer una palabra sin que se la interprete como señal de algo más? ¿Cómo distinguir lo que digo de lo que se supone que estoy insinuando?
Escribo con miedo. Miedo de que lo que digo se malinterprete. Y también de que se sobreinterprete, de que una expresión de cuidado sea leída como distancia o una frase prudente termine convertida en sospecha. Miedo de que el silencio, cuando es respeto, se tome por desinterés, tal como si todo lo que no esté dicho de forma explícita quedara automáticamente bajo sospecha.
Escribir lo que siento sin disfrazarlo, sin endulzarlo, sin complacer, es un ejercicio radical. No tanto por lo que muestro sino por lo que arriesgo. Porque en cada frase sincera hay un borde y en ese borde late el miedo a ser mal leído, a ser juzgado, a ser devuelto como algo distinto de lo que quise dar.
No busco confesarme. No busco provocar. Solo intento que la palabra no sea una muralla sino una forma de cuidado, una forma de estar presente sin quedarme atrapado, un modo de abrirme sin romperme, de hablar sin quedar fuera de escena. Un intento de decirme sin traicionarme.
A veces me señalan que debería escribir más sobre lo que siento pero no es tan simple. Mi lenguaje afectivo no es el mismo que el de los demás. No siempre sé cómo traducir lo que experimento y, cuando lo intento, siento que camino en un suelo ajeno. Me sugieren, entonces, que tienda puentes pero cuando pienso en ellos no los imagino como los imagina casi todo el mundo. No me tranquilizan. Me resultan amenazantes.
Un puente, para mí, no es una estructura confiable. Es una superficie angosta, suspendida, construida por otros, con materiales que no controlo, que no conozco. Los cruzo con desconfianza, temiendo que cedan, que se quiebren, que oscilen y me expongan a una caída. En cambio, encuentro consuelo en el mar.
No pienso el mar como abismo sino como ponto, como superficie extendida que une sin invadir, que conecta sin empujar, un medio que no fuerza el contacto entre las islas sino que lo permite, que lo habilita, lo facilita. Está ahí, entre una orilla y la otra, acariciándolas, extendiéndose como un idioma fluido donde el sentido puede navegar sin rigideces. Es en ese mar donde mi lenguaje emocional se siente menos en peligro. No desaparece el riesgo pero hay flotación. Hay amplitud.
Cuando escribo, intento no tender puentes de cemento sino desplegar mares. Unir sin imponer. Que las palabras sean agua entre archipiélagos en vez de corredores estrechos, extensiones donde el encuentro sea posible, aunque no obligatorio.
Como los marinos de Ítaca, no temo perderme en el mar. Temo que me conduzcan por donde no deseo ir.
2) El mar entre las palabras: cuando el destinatario importa demasiado
«…porque el mar no une certezas, abraza distancias…»
Hay algo que cambia radicalmente cuando escribo con una persona en mente. No una figura general, no un lector hipotético. Alguien concreto, una presencia con nombre, con temperatura, con recuerdos, con historia. Alguien cuya mirada podría cruzarse -o no- con la mía pero que, en cualquier caso, me importa. En ese momento, la simple elección de cada palabra se vuelve una decisión peligrosa.
Ya no estoy escribiendo en libertad sino en tensión. La tensión de alguien que quiere ser sincero sin ser invasivo. De alguien que desea compartir sin interferir. Porque hay algo profundamente delicado en hablarle a una persona que no espera ser hablada. O, peor aún, que sí lo espera.
Cuando escribo para esa persona concreta, lo hago como quien traza una carta náutica: con temor a encallar, con respeto por las corrientes y con la conciencia constante de que un error de navegación podría hundirme. Pero no porque tema al rechazo sino porque temo a la tergiversación. Me asusta que lo que diga se lea como otra cosa, que el gesto se transforme en símbolo, que el cuidado se confunda con frialdad o el afecto, con intromisión.
No es un pudor social. Es una ética del vínculo.
No sé si esto le ocurre a todo el mundo, pero en mí es así: cuanto más significativa es una persona, más difícil se me hace escribirle. No porque no tenga qué decir sino porque todo lo que quiero decir se vuelve tan frágil que temo que las palabras lo deformen.
Y no me refiero solo al contenido emocional. Me refiero al lenguaje mismo. A su arquitectura movediza, a su tendencia a cargarse de sentido incluso cuando no se lo desea. A esa sospecha permanente que flota en cualquier intercambio afectivo acerca de que se dice más de lo que se cree y menos de lo que siente.
Mi relación con las palabras es de precisión obsesiva. No por capricho, por necesidad. Cada término que elijo es un equilibrio entre lo que quiero expresar y lo que sé que puede ser leído. Porque lo que yo escribo no es solo lo que digo, también es lo que el otro puede o quiere escuchar. Esa conciencia me paraliza. Me vuelve torpe. Me vuelve silencioso.
Pienso, entonces, en todo lo que significa escribirle a alguien que me importa. Es como intentar lanzarle un mensaje dentro de una botella sabiendo que el mar es impredecible y que, tal vez, la corriente lo lleve a buen puerto, o tal vez no. Que lo abra, lo lea, lo entienda ¡o lo malentienda! Y que yo no puedo hacer nada más que esperar.
Ese mar, sin embargo, no es el enemigo. Al contrario. Es el único medio que tolero. Si algo me angustia más que escribir a ciegas es cruzar un puente forzado, una estructura interpersonal construida sobre la obligación, la necesidad, la expectativa y la presión.
Los puentes de concreto me asustan: son rígidos, binarios, inapelables. Me obligan a caminar por un único carril. En cambio, el mar, como lenguaje entre islas, me ofrece otra clase de vínculo. Uno fluido, posible, abierto. Un vínculo donde la conexión no es impuesta sino flotante, donde el silencio también es válido. Donde decir no es exigir ni callar es rechazar.
Cuando escribo con alguien en mente no estoy buscando impacto. Estoy buscando cuidado. Que la palabra sea un modo de estar sin invadir, una manera de mirar sin exigir respuesta, una forma de acompañar sin necesidad de llegar a destino.
Tal vez eso sea lo más difícil: aceptar que a veces solo podemos lanzar palabras al mar y confiar en que, si llegan, no dañen, que si no llegan, no se pierdan y que, si se malinterpretan, al menos sean suaves. Como las olas. Como el gesto de quien se acerca no para cruzar sino para estar cerca. Sin hacer ruidos molestos, sin levantar muros, sin construir puentes que me obliguen a cruzarlos.
Solo mar entre nosotros. Y una botella con palabras adentro.
3) Naufragar en lo elegido: el mar también es angustia
«… el puente pertenece a los héroes que buscan retorno -le dijo con los ojos bañados en lágrimas-. El mar no exige destinos…»
He hablado del mar como consuelo. Como superficie vasta, blanda, infinita. Como ese espacio donde las palabras flotan sin ser forzadas. Un mar que conecta sin invadir, que permite, que acompaña. Que no exige puentes ni estructuras impuestas.
Sin embargo, como todo mar, ese mar también puede volverse amenazante. Pues una cosa es imaginar el mar desde la orilla y otra muy distinta es adentrarse en él.
En algún momento, sin saber cómo, dejo de pisar arena. Ya no hay fondo reconocible. Ya no hay contacto firme bajo los pies. Solo agua. Solo suspensión. Las palabras ya no flotan, me flotan. Me rodean. Me desorientan. La confianza que tenía en este medio empieza a temblar, no porque haya dejado de ser mar sino porque yo ya no sé nadar como creía. Y empieza el miedo.
Este miedo no es banal, no nace del simple deseo de controlar el mensaje o de evitar el juicio ajeno. Es más hondo, más ético. Lo que me angustia ya no es que me lean con dureza sino que me lean como alguien que no soy. Que lo que digo, con todo mi esmero, se traduzca en otra cosa. Que se tuerza.
Eso no es solo frustración, es injusticia.
Cada palabra que escribo desde el afecto está tejida con hilos de honestidad. No busco manipular ni disfrazar, ni sugerir lo que no quiero decir. Entonces, cuando lo que llega a destino no se parece a lo que envié, siento una gigantesca violencia íntima. Como si se profanara algo que quise proteger, como si me vistieran con ropas ajenas y luego me juzgaran por su forma.
No quiero ser malinterpretado no porque tema el error sino porque me duele la tergiversación. Me duele ser convertido en otro, en una intención que no existió, en un deseo que no expresé, en una imagen que me falsifica.
Siempre hay criaturas bajo el agua. Invisibles, silenciosas. A veces no sé si son memorias, juicios o viejos silencios. Hay corrientes que me arrastran lejos de lo que quería decir. La palabra se me va de las manos. Digo algo pero no reconozco lo que vuelve. Hablo, pero el eco no es mío.
¿Y si me perdí en mi propio mar? ¿Y si lo que ofrecí con cuidado se volvió incomprensible por exceso de suavidad? ¿Y si el silencio, que quería que fuera una pausa respetuosa, fue tomado por indiferencia? ¿Y si las metáforas no eran puente, ni mar, ni botella, sino una forma elegante de naufragar?
En medio de la noche, algunas veces, se levanta esa tormenta. Las palabras, que eran mi refugio, ahora me golpean como olas. Quiero aclarar pero ya es tarde. Lo dicho se ha dispersado. Lo que quise evitar -invadir, lastimar, imponer- se vuelve inevitable por omisión. Me pensé cuidadoso pero fui ambiguo. Me imaginé prudente pero fui opaco. Entonces surge la pregunta más brutal: ¿no habría sido mejor haber construido un puente, el mismo puente al que tanto temía, ese que sabía demasiado rígido, demasiado angosto, demasiado ajeno? Era firme. Era visible. Era predecible.
El mar es libertad, sí, pero también incertidumbre. Y la incertidumbre es difícil cuando uno no quiere dominar sino ser comprendido con justicia. Cuando no busca persuadir sino solo mostrar sin ser mal visto.
El miedo no es solo al juicio. Es a lo no dicho. A todo lo que insinúa el silencio, a lo que puede surgir de una pausa no explicada, a lo que el otro podría proyectar allí donde yo solo dejé espacio. Porque, por más que lo intente, el lenguaje nunca es puro. Lo que se calla también habla. Lo que se atenúa también vibra. Lo que se dice, incluso con la mayor precisión, siempre puede ser leído como otra cosa.
Tal vez yo no sea Odiseo, como creí, sino uno de sus marinos. Tal vez solo sea un náufrago que escribe para no hundirse del todo, o alguien que confunde la deriva con el viaje. Pero incluso así, con miedo, con torpeza, con cansancio, sigo lanzando palabras al agua.
No por esperanza. Porque sigo sin saber callar del todo.
4) El arte de no ser obsceno: desde la orilla de lo no binario
«…El puente lleva, el mar sostiene…»
He aprendido, con el tiempo, a respetar los márgenes de la escena. No por pudor ni por miedo, mucho menos por reserva mal entendida sino por una intuición más honda: hay cosas que, por ser verdaderas, no necesitan mostrarse del todo.
En una época que valora la confesión como virtud y la exposición como prueba de autenticidad, parecería que solo es sincero aquello que se revela por completo, que la verdad debe gritarse, llorarse, desnudarse hasta el hueso para ser considerada legítima. Pero yo no puedo -ni quiero- adherir a esa idea.
Porque no hay nada más violento, a veces, que ser obligado a explicar lo que uno apenas alcanza a nombrar. Y porque tampoco es cierto que todo dolor necesite ser espectáculo para ser válido.
En mi mundo, los límites no son líneas rectas. Son márgenes porosos, umbrales difusos, orillas móviles. La experiencia de lo que siento no responde a binomios como dentro/fuera, claro/oscuro, oculto/visible, no hay un lado donde habite la verdad y otro donde se oculte el miedo. Todo está mezclado. Como el mar.
Y el mar, una vez más, me sirve para pensarme.
El puente, con su traza firme, con su lógica lineal, con su sentido impuesto de un punto a otro, me resulta ajeno. Puedo entenderlo, incluso valorarlo pero no puedo habitarlo sin que algo de mí se rompa. El puente separa, clasifica, delimita: este lado, aquel otro lado, aquí, allá, vos, yo.
El mar, en cambio, me permite ser sin segmentarme. En él, lo que duele y lo que consuela no están ubicados en extremos opuestos sino en suspensión. Como un contínuo. Como una deriva. Tal como mi forma de estar en el mundo.
No hay herida o dolor que pueda definirse en términos binarios. No hay tristeza pura ni alegría intacta. Como en el espectro, también en el sentir habito zonas intermedias, matices que no encuentran nombre fácil ni traducción inmediata. Lo que se manifiesta en mí como sensibilidad no es debilidad: es una forma más compleja, y las más de las veces más incómoda, de existencia.
Por eso, lo obsceno (en su sentido etimológico, lo que está «fuera de escena») se vuelve para mí una trampa. No por lo que calla sino por lo que impone: la idea de que todo debe ponerse en escena para ser reconocido. Que todo debe ser explícito, explicado. Que todo afecto sincero debe poder representarse con claridad, con linealidad, con pedagogía emocional.
Pero eso no es posible, ni justo, para quienes sentimos desde la divergencia: con zonas de eco, con intensidad variable, con umbrales propios. No todo puede ponerse en palabras. No todo debe ponerse en palabras.
El miedo a la malinterpretación, lo dije antes, no nace de la necesidad de control. Nace del deseo profundo de justicia. No quiero que me lean como algo que no soy, no deseo que traduzcan mi silencio como desinterés, mi mesura como frialdad, mi cuidado como distancia. Pero tampoco quiero tener que desnudarme por completo para ser leído con dignidad. Porque la verdad, como el mar, también tiene profundidad. Y no siempre es posible -ni deseable- mostrar su fondo.
Decir lo que se siente no es lo mismo que mostrarlo todo. A veces un borde basta. Un gesto, una figura, una corriente.
El abismo no es el opuesto del puente. El abismo es lo que el puente no puede sostener y yo escribo desde ahí, desde ese espacio donde el lenguaje no se estructura, desde donde se ondula. Donde las palabras no cruzan sino que flotan. Donde lo que duele no se exhibe pero tampoco se niega. Donde no hay un escenario pero sí un mar inmenso. Y mío.
No se trata de esconder. Se trata de honrar lo que no puede ni debe ser puesto entero frente a todos.
Porque no necesito que me vean entero para ser sincero. No debo exhibir mis heridas para que crean en mi dolor. No tengo que desnudarme para que la verdad se sostenga.