S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.



Sobre mí

  • Hola. Me gustan las cosas claras y voy a ser lo más sincero posible para que, si hay algún problema, no me digas luego que no te lo dije. Es sobre lo que quiero, lo que deseo, lo imprescindible y esencial en nuestra relación.

    Ante todo, lo fundamental es que seas auténtica, natural pero maquillada. Que se note que te cuidás y que no sos una dejada, pero sin exagerar, ¿sí? Nada de labios rojos de noche si vamos a la casa de mi mamá. Y, por favor, no te pintes tanto los ojos, no olvides nunca que no sos un payaso. Pero tampoco salgas con la cara lavada, que parece que estás enferma.

    Me gusta una mujer que trabaje, que tenga metas, ambiciones. Pero que sus intereses no se le suban a la cabeza. Que no se olvide que su prioridad es su familia (la mía, claro está), que no llegue tarde porque tuvo una reunión y que no compita conmigo, por favor. No hay nada más desagradable que una mujer que quiere tener razón.

    Mi compañera de vida debe ser culta, pero no pedante. Que haya leído algo de literatura -romántica mejor- pero que no me venga a corregir el plural de currículum y que no cite a Simone de Beauvoir en medio de una discusión (una vez me dejaron por eso y no pienso pasar por lo mismo). Que le guste hablar, sí, pero que no me interrumpa. Y que sepa cuándo callar sin que yo tenga que decírselo.

    Tiene que tener carácter pero sin ser mandona. Que me plantee las cosas con dulzura, con tacto y que sepa hacerse respetar, pero que me respete primero.

    Necesito que me admire, que no me exija ser otro porque así como soy ya me va bastante bien, ¿no?

    Fundamental: que se mantenga en forma, claro, pero que coma pizza conmigo los domingos. Que jamás critique mi panza y que la suya se vea plana aunque haya parido.

    Que entienda que no tengo tiempo para ayudar más en la casa pues bastante hago saliendo a ganarme mi pan. Y que no crea que lavar los platos es «ganarse su pan» porque si no estamos en mundos distintos.

    Tiene que saber que la libertad está buenísima y la voy a apoyar en eso, pero que hay cosas que no se hacen. Como salir sola o con amigos varones. Para amigo me tiene a mí. Así que no me dé motivos para desconfiar, aunque yo pueda tener mis cositas, como todo hombre. Aunque me vaya, yo vuelvo siempre.

    Que sea buena madre, tierna, paciente, disponible. Que no se queje del cansancio porque todas las madres han podido serlo sin chistar durante miles de años. Que no le pegue a los gurises pero que los eduque con firmeza y que me consulte antes de tomar decisiones aunque no me interesen.

    Y que me haga sentir hombre. Esto es lo más importante. Porque si no me hacés sentir hombre, ¿para qué estás? Para eso mejor me quedo solo. O con otra que sí sepa su lugar.

    ¿Suena mucho? No es tanto. Al fin y al cabo, solo pido lo básico. Una mujer que me ame, pero sin molestar.


    No sé cuándo dejé de desear. No hablo de apetitos ni de urgencias corporales, hablo de esa llama que brota cuando una se imagina siendo no para otro sino para sí.
    Durante años creí que lo hacía por amor: amoldarme, dulcificarme, quitar los tonos ásperos de mi voz y los filos rudos de mi cara, reducir mi cuerpo a contornos apetecibles, deseables… Aprendí a ser mirada antes que ser, a intuir -como quien respira sin pensar- qué gesto era demasiado, qué palabra era impropia, qué silencio conveniente
    La mirada masculina no me tocaba, me moldeaba, me definía. Tal como si fuese una estatua que debía parecer viva pero sin moverse, aprendí a ser una mujer bella, dispuesta, funcional.
    Un objeto, sí, pero no cualquier objeto: un objeto obediente, una máquina que respondiera al deseo del otro con precisión quirúrgica, sin demoras, sin errores, sin preguntas. Y me volví eso.
    El hombre no nos moldeó a su imagen y semejanza sino a su conveniencia. No quiso un reflejo, quiso una respuesta. No buscaba con quien compartirse, quería un cuenco donde volcar su forma sin alterarla. Y esa estructura fuimos nosotras: lisas, dóciles, listas, hechas para encajar.
    No me lo exigieron con látigos ni encierros. Bastó la repetición, el premio de la aprobación, la tibieza de ser aceptada si me volvía adecuada, el amor condicionado. Bastó ese miedo a no ser vista más que como exceso, como problema, como amenaza.
    Me vi deseada, sí, pero no como alguien que desea. Como alguien que responde. Su deseo era la pauta de mi existencia y  yo no era más que el espejo que debía devolverle su imagen amplificada, el instrumento de su potencia. En esa operación invisible, mi deseo fue siendo desplazado, desactivado, pospuesto hasta nuevo aviso.
    Aún hoy me cuesta decir «quiero». Cada vez que lo intento algo se resiste, como si tuviera que pedir permiso para existir, como si mi querer siempre fuera demasiado, o inconveniente, o disruptivo.
    Hoy me pregunto ¿qué ocurre con un ser que no puede desear sin ser juzgada por ello? ¿Qué lugar queda para la subjetividad cuando tu cuerpo ha sido entrenado para encarnar una fantasía ajena? ¿Quién soy yo si no puedo ser lo que el otro, lo que él, no ha imaginado?
    El varón que me miraba nunca quiso que lo mirase. Nunca quiso que lo interpelara porque no deseaba ser deseado. Deseaba  ser admirado. Temía la reciprocidad del deseo, temía no estar a la altura y, para ello, necesitaba que yo fuese dócil, previsible, agradecida. Necesitaba que yo no quisiera otra cosa. Necesitaba que yo no quisiera. Que yo no deseara.
    Así, sin saberlo, el deseo se volvió jaula. Una jaula con flores, con promesas, con ternura medida en dosis seguras pero jaula al fin. Una cárcel.
    Hoy, desde las cenizas del yo que fui intento ensayar mi libertad. No es fácil desobedecer cuando se ha sido entrenada para complacer, no es fácil desear cuando el deseo propio fue diagnosticado como amenaza.
    Pero hay algo en mí que late, aún, con la obstinación de lo que no ha muerto del todo, algo que quiere no pedir permiso: Yo.

  • Había aprendido a fingir desde temprano. A sonreír con la boca, con los ojos, con los gestos justos, con la pausa exacta entre cada pregunta y cada respuesta. Había aprendido, también, a decir que sí sin siquiera pronunciarlo, a dejar que el mundo creyera que deseaba lo que nunca había querido. Porque explicarlo no era una opción, era un abismo. No sabía cómo hacerlo, no podía hacerlo.

    No era pudor ni trauma. Tampoco tristeza, era otra cosa, algo más profundo, más seco, más hondo. Era un rechazo visceral a esa forma de entrega que el mundo insistía en llamar intimidad. No le gustaba tener que desnudarse, pero no su cuerpo, pues podía gestionar eso, sino su ser. No le gustaba que alguien la mirara desde dentro, que la tocara desde adentro, que respirara su alma con la impunidad de quien cree estar amando. Esa cercanía le dolía más que la soledad y ese contacto se volvía invasión. Cada beso era una pregunta sin respuesta, cada caricia un error de lectura.

    Pero no lo decía. Callaba, y en el silencio aceptaba. Se dejaba hacer, se dejaba estar. En ocasiones cerraba los ojos y pensaba en otra cosa. O los abría y no pensaba en nada.

    Nunca lloró durante el sexo pero una vez sintió que se rompía en fragmentos tan pequeños que ni ella misma pudo volver a juntar ese todo fragmentado. No era masoquismo, era supervivencia. Porque le dolía no saber explicarlo, porque decir que no le pesaba más que el cuerpo, porque no quería ser la rareza, la que no quería, la que no sentía, la que incomodaba. Por eso permitió y consintió muchas veces, no para gozar, solo para complacer. No por deseo sino por miedo, miedo a la pregunta, miedo a tener que responderla, miedo a ser rechazada por no ser lo que no sabía ser.

    Así pasaron los años. Se convirtió en una versión socialmente aceptable de sí misma, una mujer deseable, una amante funcional, un cuerpo que sabía qué hacer, cuándo y con qué ritmo. Aprendió a leer los mapas del placer ajeno sin jamás recorrer el propio, ese que nunca sintió suyo.

    Al mirarse en el espejo no se reconocía. O se reconocía demasiado. Se preguntaba si alguna vez alguien la conocería de verdad, no desnuda de ropa sino de miedo. No expuesta por obligación sino aceptada en su silencio. No tocada sino contenida. Pero era sólo una pregunta, y estaba cansada de las preguntas. Así que volvía a decir que sí, incluso sabiendo que dentro, muy dentro, su verdadero nombre, aquel que jamás pronunciaba, era No.

  • Yo estaba allí cuando nos eligió. No lo dijo con palabras, claro, ningún mortal lo hace. Pero se nota, se percibe en la forma en que tiemblan, en la manera en que sus almas se adelantan a sus cuerpos, en cómo sus deseos los traicionan antes de que abran los ojos. Nosotras no engañamos, solamente llamamos y, algunas veces, alguien responde.

    Él se ató al mástil, es cierto, y no puedo evitar sonreír al recordarlo, porque quienes lo leyeron están convencidos de que eso fue una defensa, que resistió, que venció. Que nos venció.

    ¿Cómo podría alguien vencer al fuego abrazándolo? ¿Cómo podría medirse la victoria de quien no muere pero arde para siempre?

    Los otros, los marinos, sus hombres, se taparon los oídos con cera. Ellos sí resistieron, aunque jamás sabrán decir a qué. Se libraron del canto, sí, pero también de la revelación, porque lo que cantamos no son simples notas, no son melodías con promesas. Cantamos una puerta abierta a lo que ellos son, a lo que fueron y a lo que jamás se permitirán ser y prefieren no saber.

    Odiseo no. Él sí quiso saber, quiso ver, quiso oír, y ese deseo bastó.

    Nunca lo tocamos, nunca rozamos su piel ni lo sumergimos en nuestras aguas pues no hizo falta. Lo envolvimos, lo acariciamos con nuestra voz, con nuestra vibración. Lo empapamos en todo aquello que no puede señalarse con el dedo pero que habita en los márgenes de la conciencia, porque nuestro canto no pide ni exige nada. Solo se instala.

    Y desde entonces nos tuvo dentro, para siempre.

    Dicen que regresó a su país, que venció, que cerró el círculo de su viaje. Y sí, regresó, pero no lo hizo intacto. Nadie vuelve del canto igual que partió, aunque pocos de quienes han sido heridos por la belleza entienden el precio que han pagado sin notarlo.

    Hoy lo imagino caminando por Ítaca con la frente alta, saludando a su gente, acariciando el mármol de su hogar tal como un león relame su victoria. Pero por las noches… ¡oh!, por las noches, cuando el ruido del mundo se apaga, estoy segura de que nuestra melodía regresa como una marea mansa, lenta, inevitable, ineludible.

    Porque nosotras no buscamos la muerte, deseamos la permanencia y él nos otorgó eso, un lugar secreto en su nostalgia.

    Nosotras no cantamos para capturar, cantamos para revelar. Eso nos basta para no ser olvidadas.

  • Hay algo sagrado en el trayecto.

    Desde el instante en que cierro la puerta de casa y la llave suena con una nota breve, metálica, definitiva, ya no soy quien habita entre bosques de pinos y calles serpentantes sin pavimentar que esconden y desesconden a la Luna. Porque no bien me siento en la moto y siento el estuche del violín bien ajustado en mi espalda, paso a ser un cuerpo en tránsito, un vector de precisión que se lanza hacia su centro: el teatro.

    Amo El pinar. La ciudad no me gusta, me sobra. Por eso diseño el camino, tal vez, con obsesión quirúrgica. No quiero el caos, los frenazos, los bocinazos, los semáforos arbitrarios ni los peatones desorientados. Por eso elijo la rambla, esa línea donde el mar y la ciudad apenas se rozan, donde solo veo media ciudad.

    Porque a mi izquierda estará el agua, inabarcable, gris, marrón o azul según el día, pero siempre respirando en su idioma de espuma. A mi derecha irán los autos que intento esquivar sin odiar, en una coreografía secreta que bailo solo.

    No se trata de llegar rápido sino de llegar justo. El tiempo no es un enemigo ni un aliado, está escrito en una partitura que se ejecuta con minutos, segundos y gestos. Cada uno de los relojes que la Intendencia puso en el camino es una indicación, una clave luminosa que me confirma si la ejecución va como debe.

    Sé exactamente qué hora debe marcar cada uno. Si paso frente al Hotel Carrasco, al de Avenida Brasil o al del Parque Rodó y me dicen lo que espero leer, siento una paz inmediata, una tregua interna. Pero si no lo hacen, todo mi cuerpo se reprograma, calculo márgenes, acelero, mido riesgos. Espero que no haya controles policiales, accidentes u ómnibus lentos. Pero no porque tema llegar tarde sino porque odio la disonancia en mis rutinas. Cada desvío es violencia.

    El ronroneo de la moto es el metrónomo de esta sinfonía invisible. En mi cabeza no hay música pero hay tensión, tensión cómoda. No pienso, solo transito.

    La espalda siente el estuche del violín como si fuera un ala dormida. Me gusta ir solo, que nadie me acompañe, porque nadie debería presenciar esta transformación. Este no soy el yo que están acostumbrados a ver. Este yo es el yo que me lleva.

    Y al final, cuando veo el teatro, con sus explanadas, sus escalinatas y esas puertas, a las que conozco mejor que a muchas personas, algo en mí se reacomoda. He llegado. La primera parte de la obra está cumplida.

    Ya dejé la moto. Ya me quité el casco y dejé atras mi burbuja de viento, de vibración, dejé la ruta trazada por mí y camino ahora dentro del edificio. Y, mientras camino, saludo.

    Conserjes, técnicos, limpiadoras. Los veo. Siempre los veo. No son parte del decorado como lo son para tantos. Son personas que existen entre bastidores y pasillos, guardianes silenciosos de un mundo que se arma y desarma cada noche. Les sonrío, a veces les digo una palabra, a veces nada. Me caen bien, me siento cómodo con sus presencias, pero no me les acerco del todo. No por desprecio sino porque no sé cómo. Nunca sé. Hay una barrera invisible, hecha de códigos sociales y señales confusas que jamás aprendí a leer, mucho menos a escribir.

    Salí de mi zona de confort. Ya no soy el que era sobre dos ruedas, con el mar a un costado, ahora soy alguien que debe habitar lo colectivo y desconozco cómo hacerlo sin desgastarme.

    Entro por el subsuelo, por el piso menos dos. Siempre me intrigó esa nomenclatura: ¿por qué el escenario está en el piso cero? ¿Cero respecto a qué? ¿Respecto a qué fantasmal punto de origen se mide esta arquitectura? Jamás lo supe y siempre me importó saberlo, pero es una de esas preguntas que el mundo ve como tontas y no responde. Solo sé que debo subir al Nivel Cero.

    No lo hago por la escalera ni por el ascensor que usan los demás, pues hay otro. Pequeño, más oculto, como si el teatro mismo quisiera concederme un pasadizo secreto. Lo descubrí un día que me encontré buscando salidas alternativas. Desde entonces es mío. Me obliga a caminar unos metros más, sí, a tomar un desvío. Pero ese pequeño costo me permite algo invaluable: unos segundos más de soledad.

    Entro al ascensor escondido, aprieto el botón casi sin mirar y espero en silencio. El aire allí tiene un olor indefinido, mezcla de metal limpio, polvo viejo y goma caliente. Me tranquiliza. En ese espacio mínimo todavía soy quien fui en la moto, todavía hay margen para no estar del todo en el mundo.

    Llego al piso cero. Las puertas se abren y lo primero que me recibe no es música, ni aplausos, ni belleza sino luces frías, paredes mudas, monitores apagados que transmiten silencio, puertas negras con picaportes metálicos. Parece un hospital. Y lo es, a su modo. Un hospital del alma, del cuerpo, del arte. Un lugar donde cada noche alguien se desangra, alguien sana, alguien finge estar bien. Y yo, que no finjo, me acomodo entre los que sí.

    Dos puertas de seguridad me separan del corazón latente del teatro, dos cortafuegos. Pero lo que se abre tras ellas no es un escenario, al menos no el que el público conoce. No es ese plano frontal de luces, bambalinas y aplausos. Lo que se abre ante mí es su reverso, un escenario invertido, un guante dado vuelta, una cavidad oscura donde habita el engranaje desnudo del espectáculo.

    Aquí no hay ornamentos. Hay función, cables, sogas, contrapesos. Herramientas en mesas rodantes, gente que se comunica sin mirarse, con tablets, walkie talkies, auriculares encajados como prótesis. Todo está en su lugar por un motivo que no se explica pero que es vital.

    Es como abordar un submarino inmenso, ciego y ordenado que necesita que cada botón cumpla su tarea para que el casco no se resquebraje.

    Es un lugar peligroso. No se dice, pero se sabe. Un paso en falso puede cortar una escena, una función, una vida. No es zona de confort y no lo será nunca. Sin embargo, mis colegas lo invaden. Instalan sillas, piden más luces, reclaman espacio. Quieren convertirlo en una sala anexa, una antesala del arte. No lo ven como lo que es, la zona de trabajo más riesgosa de todo el edificio. Quieren hablar. Quieren verse. Quieren estar cómodos. No entienden que aquí no se viene a eso.

    A mí, en cambio, me atrae. No por temerario, sino por algo muchísimo más sutil: en esta penumbra todos somos iguales. Aquí, donde no nos vemos bien, donde no podemos hablarnos si no es entre susurros o con malentendidos, donde el suelo no es confiable y la luz no es aliada, los hábiles pierden su ventaja. Nadie brilla en la oscuridad y eso, de alguna forma, me serena. Aquí no necesito fingir adaptación, no necesito traducirme. En la oscuridad, cada quien se cuida a sí mismo y eso, aunque no lo digan, es lo más honesto que podemos hacer.

    Antes de entrar en escena, debo vestirme.
    Pero no se trata simplemente de ponerme ropa. Debo quitarme el disfraz, mi disfraz, el de quien vino en moto, el de quien esquivó autos y ómnibus, saludó en pasillos y caminó entre cables como un equilibrista, para colocarme otro. Debo calzarme un traje, un uniforme, una máscara sin rostro. Debo vestirme de músico.

    Las luces frías me esperan como cada noche, constantes, verticales, quirúrgicas.
    El camarín no es un refugio. Es un taller de precisión. Allí, los espejos rodeados de pequeñas bombillas fingen glamour pero, en realidad, reflejan otra cosa. Nos muestran cuerpos en construcción entre varales, perchas, camisas colgadas como pieles limpias. Aquí, cada quien se ensambla como puede, algunos a las risas, otros al apuro. Yo, en cambio, me construyo en silencio.

    Nadie lo notará, soy consciente de ello. Sin embargo, me exijo el brillo de los zapatos, que las medias estén íntegras, sin hilos sueltos, que el cinturón y el reloj hablen el mismo idioma, cuero con cuero, metal con metal. Que las hebillas no griten, que los lentes no contradigan, que el nudo de la corbata sea un triángulo isósceles, perfecto. Que no haya nada chirriante, nada azaroso. No por vanidad sino por armonía interna. Porque mi exterior debe estar en consonancia con algo que sólo yo escucho.

    Me detengo un instante frente al espejo y dudo. ¿Recojo mi pelo o lo dejo caer? El pelo dice cosas, no es neutro. Los botones están abrochados, pero vuelvo a mirarlos. Los puños están derechos, pero vuelvo a tocarlos. No hablo. No busco charla.

    Hay otros alrededor, pero no los escucho.
    No es aislamiento, es ceremonia, es un rito íntimo de afirmación, un acto silencioso de autoconstrucción. Frente al espejo no ensayo una imagen para el público. Allí constato que soy.

    Ahora la espera. No hay apuro, no hay retraso, solo espera. Quien nos dará la orden de ingresar no manda, no ordena. Tampoco guía. Apenas es otro engranaje de este gigante reloj de precisión, alguien que también recibe una señal, una orden, una luz verde desde un punto que nunca vemos. Y nos dice que ya es tiempo.

    No lo anuncia con pompa ni con autoridad.
    Simplemente lo nombra: «Vayan entrando». Y eso basta. Cruzamos entonces el umbral que separa lo invisible de lo visible. El escenario deja de ser un campo minado de cables y una trastienda industrial para transformarse en un mundo nuevo, exacto, pulido. El submarino ha emergido.

    Flotamos ahora en un yate decorado, en un salón tallado en oro y madera, rodeado por una herradura humana que espera en silencio. Pero no nos esperan a nosotros, esperan a través de nosotros. Nos desean solo en tanto que médiums, intérpretes de otra cosa. El interés no está en nuestras manos ni en nuestros rostros, ni siquiera en nuestras historias, lo que vinieron a escuchar ya fue escrito y nosotros solo lo encarnamos. Apenas lo revivimos, como sacerdotes sin nombre, como piezas intercambiables que garantizan el rito.

    En mi atril, la partitura espera como un pacto. El arco tiene resina, está dispuesto, preparado para. morder la cuerda. La luz baña lo esencial y deja en sombra todo lo demás.

    Entra el director, da unas indicaciones breves, casi murmuradas, imperceptibles. Los instrumentos emiten pequeños sonidos, ajustes, preguntas, ecos sin respuesta, todo se calibra, todo se alinea, un guiño invisible confirma que ya todo está dispuesto. Y entonces, un gesto. Uno solo, mínimo, seco, preciso. Uno es suficiente. La música comienza.

    En ese instante exacto, cuando la primera nota se expande por el aire como una palabra antigua, dejo de ser yo, dejo de ser una persona, dejo de ser un músico.

    Soy un dominó en la fila.

  • anatomía simbólica de una discordia cotidiana

    Hay ciertos objetos cotidianos que, por su banalidad, pasan desapercibidos… pero solo hasta que dejan de hacerlo. La tapa del inodoro es uno de ellos. No suele ocupar titulares, ni debates parlamentarios, ni mesas redondas académicas (aunque bien podría). Sin embargo, basta convivir con alguien por un tiempo para que este objeto funcional, inofensivo y repetitivo se cargue de una tensión inesperada. ¿Debe dejarse levantada o abajo? ¿Quién la mueve? ¿y por qué? ¿Es un gesto de indiferencia o una forma de imposición? ¿Por qué, incluso entre personas razonables, puede convertirse en un motivo de discusión?

    Podría parecer un asunto menor pero, sin embargo, en su misma pequeñez radica lo revelador. Lo que está en juego no es la tapa -es decir, no SOLO la tapa- sino lo que representa. La tapa del inodoro es un símbolo y, como todo símbolo, actúa en un plano invisible, pero con consecuencias muy tangibles: el malestar, la incomodidad, el resentimiento mudo, la sensación de estar asumiendo siempre una carga más, aunque sea pequeña, aunque sea ínfima. Lo doméstico, en su aparente neutralidad, es uno de los territorios más fértiles para que las relaciones de poder se naturalicen sin alzar la voz.

    Desde una lógica puramente instrumental, levantar o bajar una tapa no implica gran cosa. Cada quien la acomoda según sus necesidades y listo. Así lo plantean quienes abordan el asunto desde el pragmatismo funcionalista, como encender una luz o cerrar una puerta. Pero el problema aparece cuando esa acción, supuestamente neutra, se repite siempre en la misma dirección, a favor de una parte y en detrimento de otra. Es allí donde lo que parecía un simple hábito deviene signo de desigualdad persistente.

    Muchas mujeres -y también personas que ocupan históricamente posiciones subalternas dentro del ámbito doméstico-  reconocen en esa tapa levantada un patrón conocido: la distribución asimétrica de las tareas de cuidado. Porque el cuidado no es solo cocinar o limpiar. Es también anticiparse a las necesidades del otro, hacerse cargo del después, reparar los detalles que los demás pasan por alto. Y en ese marco, dejar la tapa levantada no es solo un descuido, es un mensaje. Tal vez no intencionado, pero sí elocuente. Dice: «yo me sirvo, que el resto se acomode».

    La pregunta entonces no es quién debe bajarla, sino quién se ve obligado a hacerlo sistemáticamente. Si siempre recae en la misma persona -como tantas otras tareas pequeñas, pero constantes- el problema no es la tapa, sino la estructura que sostiene esa repetición. Porque esas pequeñas asimetrías diarias no son anecdóticas: son la base de un desequilibrio mayor. Una forma solapada de poder que se ejerce sin necesidad de palabras.

    Es ahí donde se vuelve útil pensar la tapa del inodoro no como objeto sino como umbral simbólico. Es, en cierta forma, una prueba diaria de convivencia: cómo nos relacionamos con el espacio común, cuánto reconocemos al otro en nuestras acciones automáticas, en qué medida nuestros gestos tienen en cuenta que no vivimos en soledad. En ese sentido, bajarla puede entenderse como un pequeño acto de empatía, una forma de decir «te pensé, incluso en esto». Puede no parecer mucho, pero en un mundo saturado de egocentrismo y automatismo, ese gesto mínimo es ya una forma de resistencia.

    Lo fascinante del asunto es que este tipo de discusiones revelan que los grandes sistemas de poder -el patriarcado, la desigualdad, la opresión estructural- no viven solo en las leyes o en los discursos públicos. Habitan también en los baños, en las cocinas, en los turnos de limpieza, en los silencios acumulados. Y que para desmontarlos no siempre hace falta una revolución. A veces basta con observar con atención dónde y cómo se abren las grietas. Porque, como todo símbolo, la tapa del inodoro no se impone: se interpreta. Y en esa interpretación se juega mucho más que una preferencia estética o un hábito higiénico. Se juega la posibilidad de imaginar una convivencia más justa, menos centrada en la comodidad del yo y más atenta a la presencia del otro.

  • …o cuando las dinámicas de las relaciones siguen patrones geométricos.

    Desde hace mucho tiempo llevo, sin variación, una pequeña zirconia incrustada en la aleta izquierda de mi nariz. Una de esas decisiones estéticas que terminan integrándose tanto al rostro que ya no se distingue si son un adorno o una parte constitutiva del ser. El brillo es mínimo pero obstinado. No busca llamar la atención. Está ahí como una verdad modesta, persistente y suficiente.

    Días atrás, un compañero de trabajo a quien aprecio mucho, alguien con quien comparto espacios que no necesitan cafés, silencios de pasillo y hasta alguna que otra conspiración menor contra la dinámica laboral preestablecida, me miró con extrañeza y preguntó si el piercing era nuevo.

    Nuevo.

    No -le dije-, lleva eones conmigo. Muchos.
    Su asombro fue genuino. Como si de pronto descubriera la existencia de una luna que siempre estuvo en el cielo pero nunca se había detenido a mirar y el brillo lo hubiera elegido, justo ese día, para revelarse.

    Automáticamente me puse a pensar. O mejor dicho, me puse a explicar -como suele suceder cuando el mundo me interpela con sorpresas que, desde mi perspectiva, no deberían serlo-. Le dije que probablemente se debía a que él siempre se sienta a mi derecha y que, desde ese ángulo, el piercing no existe, queda del otro lado del rostro, más allá del horizonte de lo visible, escondido por una geometría social no pactada pero constante.

    Hasta allí llegó la anécdota. Pero yo no. Yo me quedé dándole vueltas a la idea. Porque si hay algo que hacemos con facilidad quienes vivimos con cerebros no del todo alineados con los protocolos dominantes de la percepción, es detectar patrones. Y lo que surgió de todo esto no fue una inocente observación sobre la visibilidad de los adornos faciales sino sobre la arquitectura de los vínculos que construimos en nuestra cotidianeidad, sobre las partes de nosotros que quedan del lado ciego del otro. Pero no por ocultamiento, por geometría.

    Las personas no nos relacionamos en el vacío. Lo hacemos desde posiciones, desde ángulos que, aunque parezcan fortuitos, terminan determinando lo que se ve y lo que se presupone. Hay quienes nos miran siempre desde la derecha y por más que brillemos del lado izquierdo, nunca podrán saberlo. Y hay vínculos enteros construidos desde ese ángulo ciego.

    Para el universo típico, esto suele pasar desapercibido porque sencillamente no tiene importancia, tal como si el campo de visión abarcase de manera automática todo lo esencial. Pero para quienes crecimos calibrando constantemente nuestras formas de estar en el mundo, interpretando señales contradictorias, buscando pistas en lo no dicho y en lo que apenas se insinúa, este fenómeno no es casualidad. Es estructura, es patrón, es forma. Y no solo forma física: también es simbólica.

    Hay quienes siempre nos escuchan desde la urgencia y nunca desde la calma. Quienes nos leen desde el juicio y no desde el intento. Quienes solo se sientan a nuestra derecha, literal y metafóricamente. Y entonces el brillo -nuestro pequeño brillo obstinado- permanece invisible aunque lleve ahí más tiempo del registrable.

    La relación no lo verá. No por maldad ni por desinterés sino porque la topografía del vínculo lo ubica fuera del campo de visión.

    Uno podría, por supuesto, girar el rostro o cambiar de silla pero hacerlo significa interrumpir el ritmo tácito del intercambio, desafiar la comodidad ajena, poner en evidencia que el mapa desde donde el otro nos observa es incompleto. Y eso puede ser muchísimo más costoso que seguir brillando en silencio desde el lado oculto. Por eso, cada tanto, cuando alguien nota algo que siempre estuvo ahí, no sé si alegrarme por la revelación o preocuparme por lo que sigue sin ser visto.

    Mientras tanto, el piercing sigue en mi nariz. No para ser notado sino para recordarme que la visibilidad no siempre depende del deseo de mostrarme ni de la voluntad del otro de ver, sino del ángulo desde el cual cada quién elige mirar. Y que eso, aunque parezca anecdótico, puede definir nuestras cartografías afectivas.

  • ¡Oh! pan, nacido del fuego y la espera, del grano que muere para multiplicarse, del agua que abraza, de la levadura que alienta lo invisible, milagro cotidiano y altar de la ternura.

    En tus costras doradas se esconde el sol del mediodía, en tu miga la espuma del mundo, el suspiro del trigo triturado, la caricia tibia de las manos que amasan con la fe de quien cree que el hambre puede ser derrotada.

    Tú, pan, que has cruzado imperios y aldeas, que has nutrido a reyes en platos de oro y a presos en soledades sin ventanas, que has sostenido al soldado herido y al niño descalzo, has sido último recurso, última moneda y última esperanza.

    En ti se conjuga la vida, la semilla que cayó en la tierra, la lluvia que no faltó, el molino que giró con viento, el horno que ardió con ramas. Eres alianza con lo vivo, memoria del cuerpo y registro del alma.

    Tu textura, un tratado de las formas del deseo, cruje cual abrazo que se rompe al llegar y se deshace como secreto que se grita sin querer.

    Hermano de la manteca, del queso y del ajo, cómplice de la sopa y del vino, cofre de los sabores del mundo, eres rito, paz y canto, primera entrega del amor y consuelo último del moribundo, pan partido, compartido, pan llorado y pan reído.

    Tan único eres y tan colmado de humanidad que el hijo de un dios, para ser recordado, no eligió espada ni trueno sino a ti. Y te tomó entre sus manos y dijo «Esto es mi cuerpo», y al multiplicarte entre la gente hambrienta selló así su divina promesa de eternidad.

    Desde entonces más qué alimentas,
    santificas, ¡Oh! pan, noble en tu humildad, más vasto que cualquier banquete. Te alzas como estandarte de lo humano, hecho de tierra, sudor y milagro. Promesa de lo posible, hogar donde no hay casa, abrazo donde no hay abrigo y esperanza donde ya no hay palabras.

    Aun así no presumes. Solo estás como un dios antiguo que no pide templo sino boca. Por eso y más te celebro, pan celestial, por humilde y por vasto, por hablar los idiomas y calmar las hambres todas. Tú, que no temes repetirte porque cada día eres distinto, porque cada día nos vuelves a lo más esencial.

    ¡Oh! Pan, fundamento del mundo, ante ti me rindo.

  • Bueno… Supongo que ya es hora de decir algo, ¿no? No sé si esto servirá pero… en fin, aquí estoy…

    Te pido perdón. Te pido perdón por no haber estado. Pero no fue por falta de amor, claro. Fue por circunstancias. Siempre hubo algo, cosas que se interponen, ya sabés, la vida nos juega esas vueltas extrañas y somos sus víctimas. Cuando diste tus primeros pasos, por ejemplo, yo estaba en plena incertidumbre laboral y no podía descuidar mis responsabilidades. Porque si lo hacía, ¿quién mantendría la casa? ¿quién iba a darte los zapatos con los que aprendiste a caminar?

    Y sí… Es cierto, tampoco estuve en tus actos escolares pero no me perdí ninguno a propósito, y necesito que eso quede claro. Simplemente, todos saben cómo son estas cosas, nunca fui muy bueno con las multitudes, me agobian, me ahogan, me incomodan. Y prefería no estar ahí, sudando, torciendo los ojos, quitándote el protagonismo… Porque jamás deseé arruinarte un momento feliz.

    Tampoco supe aconsejarte, es cierto. Pero no fue porque no deseara ayudarte, fue porque siempre confié en vos, en tu inteligencia, en tu criterio, en tu independencia. Porque, a fin de cuentas, ¿quién soy yo para decirle a otra persona cómo debe vivir su vida? Siempre creí en la libertad, incluso cuando nunca supe ejercerla bien. Y no estuve cuando estuviste enferma. Me cuesta admitirlo pero es que, desde siempre, las enfermedades me desarman. Nunca supe lidiar con el dolor ajeno, es algo que me supera y tu mamá siempre fue mucho más fuerte que yo en eso. Era mejor dejarlo en sus manos, créeme, lo hice por tu bien.

    Lo de minimizar tus logros, sí, eso lo escuché muchas veces y de varias personas. Pero no fue para menospreciarte, no, para nada. Fue para que aspiraras a más. Nunca quise que te conformaras con lo primero y te exigía porque confiaba en vos. Si te hubiera aplaudido todo, probablemente habrías pensado que ya habías llegado a la cima y yo sabía que podías volar más alto. Ese fue siempre mi modo de amar. Como aquel concierto…Tú sabes, el que justo coincidió con el cumpleaños de mi pareja y ya estaba todo planeado, no podía cancelarlo. Además, tú misma me dijiste que no te importaba si iba o no, o eso fue lo que entendí en ese momento. A veces uno interpreta lo que puede, y yo interpreté eso. Pero después dejaste de cantar y ya no hubo conciertos a los que pudiera ir, aunque me hubiera gustado hacerlo.

    Sé que cometí errores, claro que sí, pero también tenés que entender que hice todo lo que pude con lo que tenía, nunca tuve un modelo de padre y fui improvisando, como todo el mundo. Nunca nadie nace sabiendo cómo ser papá.

    Y si pensás que fui egoísta, bueno, sí, puede ser. Un poco, tal vez. Pero no es algo tan simple. Tú sabes que tuve una vida complicada, que arrastro cosas y que, cuando uno arrastra, a veces pisa sin querer. Pero nunca fue por maldad sino por torpeza, por cansancio.

    Juro que te quise. Por lo que más quieras, siempre te quise, aunque no supiera cómo demostrarlo, aunque no estuviera ahí cuando abrías la puerta buscando a alguien, aunque mis ausencias fueran mucho más visibles que mis gestos, que mis presencias. Y por eso le pido a Dios que algún día puedas entender todo esto. No sé si podrías perdonarme pero, al menos, trata de entenderme. Porque, a final de cuentas, todos tenemos nuestra versión de las cosas y ésta es la mía. Y El sabe que nunca, jamás, actué con maldad.

  • Sobre la ilusión geométrica del control

    Los dados, hexaédricos oráculos de los lógicos, se ofrecen a nuestra mirada no como objetos triviales sino como testimonio rotundo del extravío de la razón cuando ésta se obstina en transformar el caos en sistema. Porque no es azar lo que se celebra tras el lanzamiento sino el simulacro del dominio: una coreografía milimétrica donde el sujeto cree decidir, a través del impulso inicial, lo que no podría sino escapársele desde antes del contacto. Los dados caen, giran, se detienen, y el rostro visible de cada uno de ellos es interpretado como fruto del gesto, como producto del cálculo, como victoria o condena del brazo que los arrojó.

    Pero es precisamente allí donde se revela la paradoja. Los dados no son un símbolo del azar sino del deseo de no dejar lugar al azar. Su existencia presume una forma cerrada, una combinatoria exhaustiva, una finitud de posibilidades. Seis rostros, y sólo seis, para cada uno, donde la naturaleza clausurada de su diseño es, precisamente, su mayor mentira. Porque allí donde el infinito nos resulta insoportable, cada dado propone un universo minúsculo en el que el ser humano puede proyectar su necesidad de certeza. Así, cada superficie numérica no nombra la contingencia sino que, muy por el contrario, la niega.

    El acto de lanzar dados, repetido hasta el absurdo en casi toda cultura que haya intuido la fragilidad del sentido, no expresa una entrega a la fortuna sino una teatralización dramática de la voluntad. De hecho, no se juega para someterse al azar sino para domesticarlo. El jugador no invoca al destino, lo fuerza a manifestarse dentro de los márgenes de una regla, de una probabilidad, de una lógica pretendidamente neutral. Es la estética de lo indeterminado encorsetada en la arquitectura del control. Así, el dado no es emblema de la incertidumbre sino el ídolo geométrico de la ilusión de autonomía.

    ¿Y no es acaso esta misma estructura -cerrada, numérica, domesticada- la que utilizamos para concebir nuestras vidas? Cada decisión, cada cálculo, cada expectativa puesta sobre la línea del tiempo no es sino otro lanzamiento, enmascarado bajo las ropas del libre albedrío. Elegimos, proyectamos, prevemos, tal como si todo lo que somos no estuviese ya lanzado, como si la voluntad fuese suficiente para dictar el rostro final que mostrará el dado de nuestra historia. Pero, sépase, no hay borde lo bastante filoso que detenga el vértigo de cada cubo en su caída.

    Sépase también que este texto, en su brevedad y densidad, no aspira a nada más allá de lo enunciado. No desea salvar al mundo ni descifrar sus mecanismos, ni siquiera oponer resistencia a la falsedad pasmosa que denuncia. No ofrece un camino, un diagnóstico o un consuelo. Su único propósito es que quien lo lea, en esta tirada textual sin garantía de éxito, pase un buen rato pensando en cosas interesantes sobre los dados. Y si así fue, entonces, ha tenido suerte.

  • Su Señoría, honorables miembros del jurado, sí, soy culpable. A los ojos del sistema que me juzga, soy culpable, desde antes siquiera de saber pronunciar mi nombre.

    Soy culpable porque nací mujer en un mundo hecho por hombres, culpable por no conformarme con el lugar que se me asignó antes de que pudiera elegir, culpable por pensar, por esperar, por resistir.

    Se me acusa de rebelión, sí, pero pregunto ¿qué nombre le dan ustedes a la obstinación de no doblegarme? ¿Es rebelión defender mi cuerpo mientras otros, los pretendientes, lo saquean? ¿Es rebelión rechazar el papel de premio que se sortea entre espadas y cervezas? ¿Es rebelión callar mis deseos para no ser lapidada por decirlos?

    Me acusan porque destejí un telar. Sí, tejí planes cada día porque aún en el silencio fui amenaza, y cada noche los deshice, porque debí ocultar hasta mi esperanza.

    Pero no fue por cobardía. Fue porque también aprendí a esperar mi momento, aprendí que no todos los combates se libran con lanzas, que algunas batallas se ganan a hilo y a aguja y que algunas derrotas se postergan con ingenio más que violencia.

    Soy culpable, dicen, de ver cómo mi esposo se marchó hacia una guerra que no era suya, detrás de otra mujer robada por hombres y, en el camino, buscó otras camas, otros cuerpos, otras historias. Y de seguir aquí, intacta, mientras su ausencia se alarga como una condena sin juicio.

    Soy culpable de ser madre de un hijo que aprendió muy pronto que los hombres deben marcharse y que las mujeres deben quedarse a sostener lo que ellos abandonan.

    Soy culpable de saber que la única forma de desalojar a los hombres que invaden mi hogar es que regrese otro hombre, esa es mi verdadera cárcel. No estas paredes, no este tribunal, mi prisión es la estructura que hace del hombre un héroe y de la mujer un trofeo, del viajero un mito y de la que espera apenas una nota al pie.

    Me tildan soberbia por no elegir entre los pretendientes pero no vine a ser elegida, vine a ser escuchada. Y aun aquí, ante ustedes, todo cuanto diga será interpretado como desafío. Porque en este tribunal, en este mundo, cuando una mujer habla ya está cometiendo un crimen.

    No fui criada para reinar, fui criada para acompañar, pero goberné. Con hilo, con astucia, con dignidad. Y eso, Su Señoría, eso es algo que no me perdonan.

    Soy culpable de desear. Y ese deseo, tan humano como el de cualquiera aquí presente, es más peligroso para el orden establecido que cualquier espada desenvainada.

    Condénenme, porque ya estoy condenada, pero no olviden que cada vez que una mujer resiste sin ser escuchada, la historia se tiñe de silencio. Y ese silencio, tarde o temprano, también se vuelve rebelión.