S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

Tabla de contenidos

El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.



Sobre mí

  • «(…) No tengo párpados y quien nace con un solo ojo jamás puede cerrarlo. Por eso no dormía, por eso los vi entrar.

    Jamás los espié, simplemente los veía. Veía cómo se ocultaban tras nombres falsos, cómo se embadurnaban de barro, de piel, de mentiras.

    Nunca quise llevarme nada pero ustedes no podían huir de mi mirada. Me acusaron de devorarlos, de destruirlos. ¿No ven, acaso, que fui yo el destruido? ¿No entienden que un ojo sin párpados es una cámara sin pausa, una trampa sin descanso, una condena a ver incluso lo que no desea ser visto?

    ¿Y qué hiciste tú, hijo del trueno?
    Arrojaste fuego a mi ojo, no por odio sino por miedo. Miedo a que te inmortalizara sin tu permiso, sin tu pose, sin tus máscaras. Miedo a que te vieran tal cual eras.

    Por eso me dejaste a oscuras. Preferiste no existir antes que ser visto. (…)»


    Ojo sin párpados

    No fui un monstruo. Me nombraron así quienes no soportaron ser vistos.

    No nací con dientes ni garras, solo un ojo sin párpado, ese fue mi error. Mi único atributo era también mi condena: verlo todo, sin descanso, sin interrupción, sin olvido.

    Ustedes cierran los ojos para dormir, para rezar, para no mirar lo que no deben. Yo no podía. Mi mirada era constante, y por eso temida.

    Cuando los marinos llegaron vi más de lo que querían mostrar. Vi debajo de sus nombres, debajo de sus pieles, debajo de sus relatos. No los desnudé. Fueron ellos quienes tropezaron en mi campo visual y quedaron allí, fijos, sin posibilidad de huir.

    Creyeron que quería devorarlos pero yo solo miraba. Miraba como quien escucha un secreto, como quien guarda un retrato en el fondo de una gruta sin tiempo.
    Y ellos se sintieron robados, saqueados, violados por una mirada que no podían controlar.

    No entendieron que mi ojo no era mío. Que yo también estaba atrapado en él. Que registrar el mundo era mi forma de sufrirlo. Ni que, en cada imagen capturada, moría un poco más.


    La cámara y la carne

    Mi ojo no era un ojo. Era una cámara sellada al cráneo, sin botón de apagado, sin posibilidad de encuadre, sin distancia.

    Todo cuanto entraba en su radio de visión quedaba escrito. No podía elegir. Los cuerpos, los gestos, las grietas en la máscara, las mentiras del lenguaje, la temblorosa verdad que asoma cuando el otro cree que no lo miran, todo eso quedaba fijado, inmortal.

    El ojo, ese ojo, no interpretaba: conservaba. No juzgaba: reproducía. No buscaba belleza, ni fealdad, ni drama. Simplemente no los dejaba ir. Y eso era lo que temían.

    Me acusaron de convertirlos en piedra tal como si yo fuese otra Medusa. Pero no los convertía en nada, eran ellos quienes se endurecían al saberse vistos, quienes se volvían estáticos ante la evidencia de que no podían ocultarse. Esa es la maldición de la mirada sin párpado, la que no da tregua, no da opción, no permite relatos. Porque sabían que no hay narración posible cuando alguien te ha visto sin guión.

    Mi ojo los volvía eternos, sí, pero no inmortales. Detenidos, congelados en una verdad que no eligieron. Y eso (lo sé ahora) es mucho más cruel que la muerte.

    Porque la mirada ajena nos convierte en objetos pero ¿quién puede ser sujeto sin el rostro del otro? ¿Quién puede saberse alguien si jamás ha sido visto?

    Ellos querían ser libres pero solo bajo sus condiciones. Querían mostrarse, sí, tal como hacen los actores, pero solo cuando sabían el texto.

    Y mi ojo no les daba tiempo de actuar.


    Quemar el espejo

    Entonces vino él. No sé si era rey o mercader, soldado o náufrago. Tal vez todo, tal vez nada. Tenía mil nombres y ninguno era suyo. Y se movía con la agilidad de quien siempre está huyendo.

    Entró a mi cueva como entran los ladrones, no para llevarse algo sino para borrar su testimonio.

    Porque no soportó mi mirada. No la intensidad, no el tamaño, porque no era la luz lo que lo hería. Era el reflejo. Su reflejo.

    Yo lo vi. Vi lo que Ulises no quería que se supiera. Vi la fractura bajo su máscara de astuto, la ternura que había intentado ahogar en sangre, el miedo de ser uno, de ser real. Vi el terror que tenía de ser leído.

    Porque él no quería ser visto, quería ser contado. Deseaba ser un héroe, esto es, alguien que controla su relato. Y yo, ciego de tanto ver, arruinaba su narración. Por eso me quemó el ojo. No por venganza ni por necesidad sino para salvarse de sí mismo.

    Clavó la estaca encendida como quien apaga un incendio, como quien silencia a un testigo, como quien rompe un espejo que le ha devuelto una imagen inconveniente. Y gritó su nombre mientras huía. Pero no para que yo lo recordara sino para que el mundo lo supiera, usando su nombre para cubrirse.

    Entonces quedé en la oscuridad y, por primera vez, descansé. Sin imágenes, sin memorias ajenas, sin verdades prestadas.

    Solo yo, sin nadie más dentro de mí.

  • La primera vez que lo vieron caminaba descalzo por el borde de la cantera seca, con un cántaro envuelto en trapos oscuros, tal como si llevara un cuerpo pequeño. No tenía nombre ni pasado, solo una cicatriz en la mejilla, que le cruzaba la cara como un surco hecho por la uña de algún dios dormido.

    Nadie recordaba haberlo visto llegar pero sabían que estaba. Como el polvo en las grietas de la madera o la humedad detrás de las paredes, su presencia se intuía en lo que no decía.

    En el pueblo jamás se hablaba de la cantera. Era el lugar donde, alguna vez, brotaba un agua densa, tibia y negra. Los ancianos juraban que curaba lo que no tenía nombre mientras otros decían que era sangre vieja, que subía desde la raíz de la montaña como una confesión atrapada. Pero un día se secó, como si alguien la hubiese bebido hasta lo último.

    El hombre sin nombre se instaló en una cabaña con las ventanas tapiadas, justo al borde. De día recogía piedras lisas y las apilaba en formas que nadie comprendía. A veces enterraba pequeños objetos envueltos en tela: fragmentos de espejos, plumas, una cuchara doblada… Y por las noches salía con el cántaro a cuestas y caminaba en círculos alrededor del pueblo. Nunca decía una palabra. Solo miraba, con el rostro curtido por el fuego, o por el tiempo.

    El cántaro estaba siempre húmedo. No chorreaba, pero exhalaba un vapor tenue, apenas perceptible, como si estuviese lleno de un líquido que no deseaba ser tocado. Nadie lo detenía. Nadie lo seguía. Los niños que osaban imitarlo por juego terminaban con fiebre o con sueños en lenguas muertas. Una noche, uno de ellos, el menor de los Ferrando, se acercó demasiado. Lo encontraron días después, en lo alto del campanario, con la ropa seca como yesca y el cabello blanco como la leche olvidada. Nunca volvió a hablar.

    El cura, envalentonado por el miedo, fue un día a enfrentarlo. Entró en la cabaña con un crucifijo en una mano y un farol en la otra. Solo salió el farol, apagado, rodando como pelota de trapo. Después de eso muchos se fueron. Otros se encerraron. Pero el cántaro seguía su ronda, y con él el silencio.

    Una sola vez habló. Fue una mujer, ciega desde niña, hija de un picapedrero y de una pastora, quien se atrevió a detenerlo. Le tomó la mano con suavidad, como quien toca una herida abierta.

    ¿Por qué hacés esto? -preguntó-. ¿Por qué seguís buscando?

    Él no respondió enseguida. Le acarició el rostro con dedos que parecían cargados de tiempo y luego dijo, con una voz que no venía de su garganta sino de algún lugar donde el lenguaje se congela:

    Podrás llenar el cántaro de tu arma mojada cuando se seque, pero jamás las marcas de tu cara.

    Ella sonrió. Desde entonces, nunca más volvió a tropezar.

  • Vivo con una gata negra. Mamba. Pequeña, suave, elegante y absolutamente incorpórea, si así lo decide.

    No importa dónde esté ni cuánto la distraiga: cada vez que abro una puerta, cualquier puerta, ella aparece y la cruza antes que yo. Puede ser la del baño, la de la cocina, la de un dormitorio o la de la misma casa. Da igual. Ella está ahí, siempre.

    Al principio pensé que sería una simple coincidencia. Luego, que me estaba volviendo demente. Pero hay algo en su velocidad, en la precisión quirúrgica con la que se adelanta a mi paso, que no es normal. Una vez abrí un ropero y allí estaba, durmiendo sobre las toallas. Hubiese sido normal si no fuese por el hecho de que apenas diez segundos antes estaba jugando con un ratón de lana en el dormitorio. Lo juro.

    Fue entonces cuando comencé a elaborar una teoría explicativa: la Hipótesis Mambística de Transposición Umbral.

    Es simple. O más o menos simple. Según esta hipótesis, convenientemente anotada en la libreta imantada que tengo en la puerta de la heladera y bajo el título «cosas que no puedo explicarle a nadie», Mamba no se desplaza, no corre, no salta.

    Se teletransporta, pero solo entre umbrales. Cada vez que se abre una puerta (no funciona con una ventana o una tapa de frasco, solamente puertas) se activa un microevento cuántico ineludible y se genera una diferencia de potencial entre dos espacios, una leve y casi imperceptible turbulencia del aire y, lo más importante, mi intención de cruzar.

    Eso ya es suficiente para que la función de onda de Mamba colapse, justo ahí, en la intersección, apareciendo o desapareciendo en el preciso instante dela apertura. No hay proceso clásico, no hay trayectoria, no hay geodésica. Solo un ¡plop! elegante y silencioso. Tal como si nunca hubiese estado en otra parte.

    Es tan fascinante como peligroso pues no depende de mi control. A veces entra a un cuarto y no vuelve a salir en horas. La llamo, la busco, muevo los sillones, revuelvo el ropero y nada. Pero cuando ya la doy por desaparecida del plano existencial aparece con aire desconcertado al otro lado de la puerta del baño, mirándome como si todo fuese, siempre, culpa mía.

    Evidentemente, intento anticiparme. Abro las puertas con sumo cuidado, murmuro advertencias, reviso todos los bordes y ángulos con la mirada, elimino los puntos ciegos, pero nada sirve. Mamba siempre cruza primero. Me gana al umbral, me lo roba. Yo soy quien gira el picaporte, sí, pero es ella quien lo habita.

    Una parte de mí cree que está jugando con el entrelazamiento cuántico mientras otra, más sensata, sospecha que Mamba simplemente se divierte conmigo. A veces me mira como diciendo: «soy partícula y soy onda, y vos seguís peleando con la cerradura». Ya no con sarcasmo, sino cinismo.

    En casa ya no hay puertas inocentes. Les puse cartelitos: «¡Cuidado al abrir! Puede haber una gata en todas las posiciones posibles del espaciotiempo», aunque no sirvan de nada.

    De todas formas mi teoría no termina de convencerme. Porque si algo empiezo a sospechar ahora es que Mamba no cruza umbrales. Mamba es los umbrales.

  • No soy un punto fijo. No soy, tampoco, una línea recta. Mi identidad no se traza con regla ni con compás porque no es figura ni forma estable. Soy, más bien, una vibración, un estado de superposición, una frecuencia variable. Como un número complejo que, para poder ser ubicado, necesita al menos dos dimensiones simultáneas.

    Hay días en los que me acerco al eje de lo masculino. Otros días gravito más cerca de lo femenino. A veces soy ambos a la vez, a veces ninguno en particular, pero nunca estoy quieto.

    Eso no es confusión, es fluidez.

    Viví muchos años en un sistema de coordenadas que no admitía más que ceros y unos. Crecí con la sospecha de que algo estaba mal y durante mucho tiempo creí que ese error era yo. Solo más tarde entendí que el problema no era la persona sino el plano, que la cuadrícula era demasiado pobre para contener mi espectro.

    Me enseñaron que el género es un casillero pero nunca estuve guardado en una caja. Flotando entre esas cajas, estuve caminando por los márgenes, preguntándome si las demás personas también se sentían encerradas o si solo a mí me dolía pisar siempre, todo el tiempo, los bordes.

    Descubrí con los años que no soy una persona binaria y que eso no me vuelve un ser confuso sino un individuo irreductible. No soy mitad y mitad, ni un punto medio. Soy una totalidad en constante desplazamiento.

    Me pienso como un cuerpo en un sistema vectorial de múltiples dimensiones donde el género no es una esencia sino una dirección, una forma de orientarse. Y en ese existir fuera del molde, no soy refugio de ningún lado. Demasiado fluido para quienes necesitan fronteras claras, demasiado disidente para quienes exigen fidelidad al origen.

    No pertenezco del todo ni a un borde ni al otro. Soy, para muchos, una traición, una grieta en sus certezas, una anomalía que no entra en ningún conjunto sin hacer saltar la lógica que lo sostiene. Y me lo recuerdan, todo el tiempo.

    No me aman quienes defienden la norma pero tampoco me celebran quienes la enfrentan desde el espejo opuesto. Porque ser así, sensiblemente consciente de mis fluctuaciones y capaz de nombrar sin incomodidades las coordenadas de mis desplazamientos, es, en este mundo, casi un delito de lucidez.

    Sin embargo estoy aquí, sin esperar ser comprendido y dejando constancia, como quien anota una variable que no encaja pero que insiste en existir.

    Visto desde afuera, quizás parezca contradictorio pero para mí tiene una lógica interna irrefutable. Me identifico como transgénero, no porque haya cambiado algo en mí sino porque el género que habito hoy no es el que me fue asignado ni el que usurpé durante décadas porque me sirvió para moverme en el mundo. Trans no por destino sino por camino. No por tránsito hacia otro lugar sino por poder existir, hoy, fuera de los rieles.

    Y desde esa ubicación quiero decir esto: nuestra identidad no necesita ser comprendida para ser legítima. No necesita ser aprobada para existir ni permiso para fluctuar.

    Yo soy. Con ambigüedad, con matices, con desvíos. Con algoritmos propios y con coordenadas móviles. No una excepción, soy un testimonio, y como tal me ofrezco para abrir otros caminos.

    Porque cualquier persona que se anime a vivir fuera de lo binario, a pensarse como posibilidad, a ser ecuación en vez de etiqueta, amplía el mundo para todos.

  • No fue el frío, ni la piedra, ni el silencio. Fue esa forma extraña en que la oscuridad envuelve las cosas con ternura, sin necesidad de tocarlas. Allí, donde muchos veían el borde de todo lo que debía evitarse, descubrí un día la promesa de lo intacto.


    Tardé en entenderlo. No porque no estuviera claro sino porque el mundo me había enseñado a desconfiar de lo que no mostraba un centro, una línea, una cima. Entré, y durante años busqué la salida, como si todo aquello no fuera más que un tránsito. Pero la salida no era otra cosa que una idea ajena y el tránsito, en realidad, se volvía permanencia.


    El mundo que me recibió no tenía monumentos, ni himnos, ni testigos. No era un reino, ni un castigo. No respondía a lógicas narrativas ni a categorías morales. Era simplemente un lugar. Un lugar que no se parecía a ningún otro, un lugar que, en su radical diferencia, me reconocía. Y en el que me reconocí por vez primera.


    Al principio me costaba llamarlo hogar. No me alcanzaba solo con entender, necesitaba que alguien más lo supiera, que lo validara, que dijera en voz alta «sí, esto también es vida». Pero con el tiempo, la necesidad de aprobación fue cediendo y apareció, en su lugar, algo más raro, más profundo: la certeza de que allí, aunque el mundo lo negara, todo tenía sentido.


    Incluso la luz. Porque también había luz. Una luz que no se derramaba desde lo alto sino que emergía desde las fisuras, desde las vetas, desde los pliegues de lo enterrado. Como la de los pintores barrocos, que sabían que lo hermoso se multiplica cuando lucha por emerger de la sombra…





    No siempre fui nombrado. Durante eones fui apenas una función, un rumor, una figura periférica en la cosmogonía de los otros. Nunca me molestó. Había aprendido a habitar los márgenes con una dignidad que no necesitaba validación. Mientras los tronos celestes competían por el favor de los himnos, yo escuchaba cómo las raíces susurraban el verdadero nombre de las cosas.


    Y cuando ella llegó, el mundo entero cambió de tonalidad. No descendió como víctima. No cayó como prenda. No fue un rapto ni un castigo ni un accidente. Fue una elección. Su elección.


    Ella, como yo, había sentido siempre que el mundo visible estaba mal narrado. Que las palabras de los otros no alcanzaban para nombrar su pensamiento. Que las formas impuestas por la superficie eran como trajes prestados, incómodos, torpemente celebratorios.


    Cuando nos vimos, no nos sorprendimos. Fue más bien una suerte de reconocimiento, como si ambos hubiéramos vivido siempre con el mapa del otro en el interior de nuestros pechos.





    Aquí no hay días ni noches como las de allá arriba. Aquí los ciclos se miden de otra forma: por los gestos compartidos, por los silencios que se entienden, por los frutos que solo maduran bajo tierra.


    No es raro, entonces, que el mundo nos pensara como ausencia cuando, en realidad, fuimos exceso. Creyeron que habíamos desaparecido pero acabábamos de llegar.


    Y descubrimos un orden nuevo, abisal, poblado por criaturas hermosas que nunca verían la luz del sol pero que existían con una intensidad que no necesitaba testigos. Criaturas que, como nosotros, no habían sido hechas para ser vistas desde afuera sino para brillar en la hondura.


    Entonces todo cobró sentido. No porque lo compartiéramos con alguien más sino, precisamente, porque no necesitábamos hacerlo. No se trataba de ser comprendidos sino de dejar de fingir. De dejar de esforzarnos por encajar en un dibujo que no habíamos trazado.


    Este mundo, dijeron los de arriba, no fue hecho para nadie. Pero ahí estaba la paradoja: ese mundo que no había sido hecho para nadie, no podía haber sido hecho sino para quienes no fueron hechos para el mundo. Ese lugar sin nombre era, al fin, el exacto negativo de nuestra forma. Y por eso calzábamos. Por eso descansamos.





    No hay nostoi sin herida. Incluso cuando se vuelve con todo lo amado a cuestas, algo queda atrás. Como en las viejas odiseas, no es la travesía lo que talla la piel sino el reencuentro. El modo en que se miran los muros. El silencio antes de encontrar la compañía. La forma del cuerpo antes del tacto.


    Volvimos, sí. Pero ya no fuimos los mismos. Porque haber estado allí, en lo hondo, en lo invisible, en lo exacto, nos había cambiado para siempre. No porque ese mundo nos hubiera transformado sino porque nos devolvió la forma que siempre habíamos deseado.


    Logramos, de algún modo, burlar la metonimia. Detener la fuga del deseo. Encontrarnos siendo, por fin, aquello que anhelábamos sin saber cómo nombrar.


    La superficie sigue con su luz de mediodía y sus calendarios. Con sus mesas repletas, sus horarios compartidos, las voces que se pisan unas a otras. Con sus ruidos y las gentes que siempre nos recibieron con la misma incomodidad de quien abre la puerta a alguien que no espera y cuya historia no puede contarse con facilidad. Nadie entende del todo lo que hemos encontrado y, en el fondo, no importa.


    No hablamos mucho de eso. Ni siquiera entre nosotros. Nos basta con mirarnos al pasar sabiendo que no necesitamos explicaciones. O con repetir, en voz baja, alguna de esas palabras que no existen fuera del vínculo: las nuestras, intransferibles, luminosas como fósiles.





    En sueños, ella a veces vuelve con las manos llenas de granadas dulces. No dice nada y solo me toca el pecho, como para comprobar que aún estoy allí. Y estoy. Siempre estoy.


    Yo también regreso, en secreto, a los bordes del mundo. Como un pez abisal que sube hasta el límite donde la presión ya no es amable y debe descender antes de quebrarse. Pero sube, y mira, y recuerda.


    Nunca tuve templo ni culto ni estatuas. Aprendí a pasar desapercibido entre los nombres de otros y que me reconocieran por la ausencia, por lo que no decía, por lo que no reclamaba. Pero yo no era invisible. Jamás lo fui. Es solo que nadie supo cómo verme.


    Sin embargo, en las noches más limpias, cuando el cielo no ofrece respuestas sino preguntas, algunos sienten la vibración bajo sus pies. No saben bien qué es, le temen un poco y miran hacia abajo.


    Allí estoy yo. Allí estamos ambos.


    No porque nos hayamos ocultado, sino porque allí es donde empieza todo.


    Fui sombra, fui eco, fui guarida. Fui lo que no encajaba en los himnos, lo que no buscaba gloria ni justicia, lo que sabía esperar. Fui la espera misma.


    Y si ahora hablo no es porque me haya convertido en él. Es porque siempre lo fui.
    Aunque entonces no tuviera nombre o aunque nadie supiera pronunciarlo.


    Si algún día preguntan quién fui, si alguien insiste en nombrarme, no lo hagan con temor, ni con rencor, ni con incomprensión. Basta con que miren bien, con que escuchen despacio. Entonces, sí, lo entenderán.


    Soy Hades.


  • (mientras discutimos teorías, hay cuerpos que no pueden esperar)

    Me parece maravilloso que hoy podamos sentarnos a pensar en voz alta qué sociedad queremos. Poder deliberar sin miedo sobre cómo se construyen los géneros, qué significa el deseo, qué formas tiene el amor o incluso si el sexo existe como categoría estable. Todo eso es tan necesario como urgente. Las ideas, cuando se piensan con honestidad, son el terreno más fértil donde algo nuevo puede brotar.

    Pero hay algo que no puedo dejar de sentir. Mientras debatimos con pasión desde el sillón, desde el aula o desde el congreso sobre si el género debe abolirse o reformularse, hay personas que no tienen tiempo para esperar nuestras conclusiones. Personas que son golpeadas, violadas, asesinadas, despedidas de sus trabajos, expulsadas de sus casas, segregadas de las escuelas, de los hospitales y hasta de la misma calle. Personas que no escuchan sobre interseccionalidad en las redes pero tampoco tienen acceso a un baño en el shopping.

    Y no hablo en abstracto. No hablo de «colectivos» ni de «cifras alarmantes» sino de alguien con nombre. Alguien que conocí. Alguien que abrazaba fuerte y que se reía con los ojos. Pero que no pudo llegar fin del año y que no fue noticia.

    Amo el pensamiento, lo cultivo, lo necesito. Pero no puedo permitir que ese amor se convierta en excusa para quedarme quieto. Mientras elaboramos marcos teóricos sobre la identidad y la inclusión hay cuerpos en peligro ahora mismo y me niego a que la teoría sea el nuevo refugio del privilegio.

    Debatamos. Leamos, pensemos, cuestionemos. Cuestionémonos y seamos quienes se atrevan a torcer el lenguaje. Pero mientras tanto, ¡salgamos al campo! a escuchar, a ofrecer un abrigo, a denunciar, a incomodar.

    Lo más urgente no es que alguien pueda construir la próxima categoría sino que alguien pueda llegar con vida a la próxima semana.

  • Siempre llevo un reloj, sí. Pero no para consultar la hora porque esas cifras insignificantes, colmadas de digitaciones consensuadas, no me conciernen. Lo llevo como quien porta una herida visible, una fractura medible, una forma de decir que he comprendido que todo lo que soy está hecho de lo que no retengo.

    Una forma de gritar que, absolutamente todo, está constituido de tiempo. Pero no de un tiempo pleno, domesticado, progresivo, no, sino de un tiempo sombra, un tiempo que se pliega, se repliega y que se escapa, que no se deja habitar sin pérdida.

    Todo lo que amo, todo lo que temo, todo cuanto me confirma como un ser deseante y fragmentado, no es otra cosa que una metonimia del tiempo que no he vivido, la parte de ese todo que aún no me ha llegado, el gesto que reemplaza al sentido.

    Y ahí mi reloj no mide. Marca la ausencia y lo uso como quien acepta el límite, como quien ha comprendido que no hay ser sin pérdida, sin identidad, sin retardo.

    Cada mañana elijo uno, el que más se aproxime a la cadencia con la que se me deshacen los días. Porque tengo muchos, demasiados. Casi tantos como formas imaginables de vivir un instante. Y cada uno es un intento, mi intento, de atrapar lo inasible, la máscara del tiempo que me habita y que se me escapa.

    En el fondo, el reloj no es en mí un objeto sino una condición, un artefacto con apariencia de precisión que declara lo imposible: la ilusión de que el tiempo puede contenerse, la creencia de que lo vivido puede nombrarse, el pensamiento mágico de que el deseo puede fragmentarse en intervalos regulares.

    Pero el deseo no transcurre, hiende. No avanza, repite. No se alcanza, se encarna en la imposibilidad misma de ser colmado.

    Por eso el reloj me acompaña. No como instrumento sino como testigo. No como medida, sino como resto, un resto que late, como una palabra que no encuentra lugar en la frase, como el amor que no fue o el que aún no ha sido, como un otro yo que nunca será del todo.

    Tal vez por eso lo llevo. Porque no imagino forma más precisa de decir que estoy aquí que aceptar, desde la muñeca, que nunca llego del todo.

  • Sobre signos, anonimato y poder en los espacios de trabajo 1

    Hay gestos que no se gritan pero estallan. No hacen ruido pero ensucian. No dejan heridas visibles, pero algo, algo profundo, se desplaza de lugar en quien los recibe. Entre esos gestos, el escupitajo es uno de los más antiguos y significativos en la historia de la humillación. No porque tenga peso simbólico en sí mismo, sino porque concentra una carga visceral de desprecio: es lo que el cuerpo expulsa cuando algo le resulta intolerable. Y cuando esa expulsión se dirige a lo que el otro toca, habita, usa, cuida, lo que en realidad se está escupiendo es la existencia misma del otro.

    No importa tanto si la saliva alcanza un objeto personal, una herramienta de trabajo, un asiento, un cuaderno o una taza, la carga simbólica es la misma.

    Escupir es negar humanidad sin necesidad de hablar. Es un gesto de anulación. Pero lo que más inquieta de estos actos no es su tosquedad sino su elección del silencio. Se ejecutan a escondidas, en ausencia, con la garantía de no ser vistos. Y ese anonimato no es casual, es estructural. Porque estos gestos necesitan del anonimato para conservar su poder.

    Solo en la oscuridad del acto se sostiene la asimetría. Quien escupe lo hace para que el otro sepa que fue escupido pero no pueda saber quién lo hizo. No se trata de un enfrentamiento. Es un mensaje sin firma. Un correo sin remitente. Una violencia sin sujeto.

    Y, sin embargo, hay un emisor. Siempre lo hay. El escupitajo no brota del azar ni de la naturaleza. Es una decisión simbólica que requiere tiempo, oportunidad, cálculo. Es un signo destinado a producir una lectura perturbadora: «alguien te desprecia y no podés hacer nada al respecto».

    Y ese signo produce un efecto: la inquietud. Una fractura en la percepción del entorno. Una sospecha que no tiene objeto claro pero que se propaga, como se propaga el olor rancio de lo oculto.

    ¿De dónde nace esta necesidad de dañar sin nombrarse? En muchos casos, de la imposibilidad de sostener una confrontación. Pero en otros (y esto es más grave), de la seguridad estructural que da el anonimato cuando se lo combina con cierta posición simbólica de poder. Quien escupe sin ser visto puede estar tan integrado al tejido del grupo que su violencia pasa por “broma”, “exageración”, “reacción” o directamente, por invisible. Y esa impunidad semiótica es lo que perpetúa el acto.

    Lo que escupe no es solo un individuo. Escupe un sistema de sentidos que habilita a ciertas personas a usar su rabia como herramienta de jerarquía. Escupe una lógica de poder donde quien escupe puede hacerlo sin consecuencias, y quien es escupido sabe que denunciarlo le hará parecer un ser exagerado, paranoico, inestable.

    Porque, en última instancia, el escupitajo no busca dañar el objeto sino corroer el lugar simbólico del otro. Cuestionar su derecho a estar ahí. Convertir su cuerpo y su presencia en algo que molesta. No con gritos, no con insultos: con secreciones.

    Y eso también es política. Es política en su versión mínima, escondida, artera. Es poder sin discurso. Es violencia semántica sin palabras. Es una batalla por el sentido en la que el cuerpo del otro, o aquello que representa su estar en el mundo, se transforma en campo de disputa.

    ¿Cómo se responde a eso? ¿Cómo se repara lo que no se puede señalar sin quedar expuesto a la burla, la minimización o el descrédito?

    Tal vez la única respuesta posible esté en la relectura del signo. En la resignificación activa. En decir lo que no se quería que se dijera. En devolverle al gesto su carga política, negándole el privilegio de la invisibilidad. En rechazar la lógica del miedo sin entrar en la lógica del odio. En no devolver escupitajos sino espejos.

    Porque quien escupe a escondidas no solo desprecia: también teme. Sabe que su gesto no resiste la luz. Que su poder es mínimo y su lugar, frágil. Que necesita agredir lo pequeño para no enfrentarse a lo grande: su propio vacío.

    Y ahí, quizás, la asimetría se invierte. Ahí el escupitajo anónimo revela menos sobre la víctima que sobre quien lo emite. Lo que ensucia no es al otro, sino al que se oculta.

    Por eso, frente a estos gestos bajos, no hay que agachar la cabeza. Hay que nombrarlos. Darles forma. Extraerlos del barro del anonimato y exponerlos como lo que son: signos torpes de una jerarquía fallida.

    Y entonces sí, limpiarse. No porque duela el gesto, sino porque vale la pena el lugar que se ocupa. Y nada, ni la saliva de otro, ni su rabia sin rostro, puede hacerme más pequeño que eso.


    1. Este texto surge como respuesta casi visceral a una situación específica que viví en la Orquesta Filarmónica de Montevideo cuando un colega, un músico, un «artista», decidió escupir mis pertenencias porque -presumo- no supo encontrar mejor modo de comunicar sus ideas. ↩︎

  • Desde que tengo memoria hablo solo. No como quien se entretiene con un juego o un personaje imaginario sino como quien necesita, literalmente, oír su propio pensamiento para poder organizarlo. Como si mis procesos mentales no se completaran en silencio sino solo hasta ser rubicados por el sonido.

    Necesito decir lo que pienso para poder pensarlo del todo. Como si cada paso lógico, cada idea, necesitara materializarse primero en la vibración del aire antes de consolidarse dentro de mí.

    A veces pienso que no hablo solo: hablo conmigo, en el sentido más literal que pueda dársele a la idea.

    Cuando cocino, cuando intento resolver un problema complejo o simplemente cuando deseo organizar las tareas del día, necesito verbalizar cada parte, cada fracción, cada peldaño. Me digo lo que hago, lo que falta, lo que podría pasar. Me corrijo en voz alta, me contradigo, me respondo. Me critico. Me cuento chistes, me río solo.

    Lo mismo, aunque en menor medida, sucede cuando escribo pero la diferencia es de grado. El papel (o la pantalla) me permite una conversación fluida conmigo mismo en la que puedo vincular ideas remotas -como el sistema respiratorio de una ballena y los modos en que una ciudad combate su polución sonora- sin que nadie me apure ni me interrumpa. En esos momentos, todo tiene sentido. Puedo pensar en capas, en redes, en campos de relaciones abstractas…

    Pero basta que alguien entre en la escena, que aparezca un otro existente para que todo ese engranaje se atasque. La interacción me obliga a reaccionar en tiempo real a estímulos que no controlo, a leer gestos y tonos de voz, a suponer intenciones y expectativas que no comprendo del todo. El diálogo, eso que los demás consideran el arte natural de la convivencia, se me convierte en un laberinto. Se anula mi capacidad de hablar, incluso, de pensar con claridad. Me pierdo, me esfuerzo por simular normalidad, y casi siempre fracaso.

    Lo que más me asombra y confunde es la paradoja cotidiana en la que me encuentro: he publicado más de seiscientos artículos de divulgación científica y tecnológica en más de cuarenta medios de prensa, he podido explicar (y explicarme) los principios de la física cuántica, los pulsos gravitacionales de los agujeros negros o las razones por las que los atardeceres son rojos y no azules. Sin embargo, en una conversación casual, no logro sostener cinco minutos de interacción sin recurrir a lugares comunes como el clima o el resultado de un partido de fútbol.

    Hay una suerte de otredad que no está hecha de diferencias externas sino de contrastes internos. Conviven en mí dos personas: una capaz de construir enlaces conceptuales entre disciplinas alejadas y otra que tropieza y se desmorona con el saludo de cortesía en un ascensor, como si fuese un traductor atrapado entre lenguas que no se comprenden entre sí: mi mundo interior y el mundo social. No es que no tenga palabras. Es que las que tengo no suelen ser las que se esperan. O no llegan a tiempo. O llegan todas juntas, en desorden, como torbellinos.

    Sin embargo, la sociedad insiste en que el diálogo interpersonal es el verdadero termómetro de la comunicación. Se valora la espontaneidad conversacional, la agilidad para responder, la capacidad de leer entre líneas. Mientras la comunicación profunda que muchas personas divergentes logramos construir con nosotros mismos (y que, a veces, podemos traducir en textos, ideas o soluciones complejas) es vista como una rareza. Como un consuelo menor.

    Pero no es menor. Hablar conmigo mismo me ha permitido pensar, crear, sobrevivir. No es un síntoma, es una estrategia. No es una carencia sino una forma de ser. Tal vez (y tal vez no tanto) el problema no esté en mi dificultad para dialogar con personas «normales» sino en el modo en que lo normal es definido y exigido como medida obligatoria de todo vínculo.

    Hay quienes escuchan voces. Yo escucho la mía. Y en ella encuentro la forma más nítida de mi pensamiento. Entonces me pregunto: si alguien puede escribir con precisión sobre el entrelazamiento cuántico, ¿por qué no puede hablar con naturalidad sobre cómo estuvo el fin de semana? ¿Qué clase de normalidad es esa que valora más una frase oportuna que una idea reveladora?

    Y lo que es más perturbador: ¿Cuánto nos estamos perdiendo, como sociedad, al no saber o no poder escuchar todas las voces silenciosas de quienes solamente pueden hablar cuando están solas?

  • Soy músico y vivo de tocar a tiempo.

    Esa frase, en apariencia tan sencilla, me atraviesa como un relámpago cada vez que la pienso. Vivo, literalmente, de seguir un tempo. De anticiparlo. De sostenerlo. De entrar y salir con precisión quirúrgica, en ese lugar exacto en el que el sonido se convierte en discurso, en lenguaje compartido, en forma viva.

    El tiempo, para mí, no es una abstracción sino un cuerpo. Tiene peso. Tiene pulso. Tiene dirección. Es una cuadrícula invisible sobre la que se despliega mi vida. Sin embargo, por más íntima que sea mi relación con él, no logro entenderlo. Lo siento, lo domino, lo manipulo pero no lo comprendo.

    Colecciono relojes. Los desarmo. Los comparo. Los analizo. Los vuelvo a armar. Me obsesiono con sus mecanismos, con su forma de contar -y de cantar- el paso de lo que no se puede detener. Tengo tatuadas en el cuerpo las ecuaciones de Lorentz. Puedo calcular la dilatación temporal con exactitud. Me fascina la relatividad. Me sumerjo en la física como si allí, en ese lenguaje, pudiera encontrar la clave, las palabras mágicas. Pero no. Lo único que obtengo es más vértigo. Más belleza, sí. Pero también más distancia.

    Porque el tiempo se me escapa. Siempre.

    Como persona que navega el mundo desde las divergencias, experimento el tiempo de maneras que, aparentemente, un neurotípico no parece registrar. No se trata solo de que haya momentos simples que se me alargan como si fueran siglos y otros que se condensan en un suspiro y desaparecen pues eso es compartido. Es algo mucho más profundo, más íntimo. Como me cuesta estimar duraciones, no me cuesta en lo más mínimo tener que esperar. Sí me cuesta, aunque parezca contradictorio, detenerme.

    En la orquesta todo eso se ordena. Ahí el tiempo se vuelve tangible. Medible. Acotado. Está escrito. Predeterminado. Se ejecuta. Se repite. Se ensaya. Se ajusta. Hay un metrónomo interno en mi cabeza y un director externo fuera de ella. Y hay una partitura que siempre me dice cuándo.

    El tiempo, en la música, tiene un marco y dentro de ese marco, yo respiro más cómodo.

    Pero cuando termina el ensayo, cuando guardo el instrumento y salgo al mundo, el tiempo vuelve a desgranarse. Me doy cuenta de que no sé si estoy llegando tarde o temprano a algo, si pasaron dos minutos o veinte, si lo que hice hoy tiene alguna continuidad con lo que hice ayer. No recuerdo cuándo sucedió algo y me pierdo en los días aún sabiendo que puedo calcular al milímetro cuántos segundos dura un compás en 6/8 a 72 bpm.

    Hay algo del tiempo que se me niega. Y lo que se niega sistemáticamente se convierte en obsesión. Entonces lo leo. Lo estudio. Anoto. Construyo teorías. Las rompo. Las vuelvo a pensar. Lo pongo en palabras. Es mi forma de acariciar lo inasible, aunque con una tristeza sorda e inmanente que siempre lo inunda todo. Una especie de duelo perpetuo por no poder aprehender aquello que me constituye.

    Porque todo lo que amo -la música, el cuerpo, el lenguaje, el recuerdo, el mundo y hasta el mismo universo- está hecho de tiempo. Y yo, que vivo en él, que vivo de él, que lo estudio y lo sigo como un satélite enamorado, no puedo nunca habitarlo del todo.

    Tal vez por eso siga tocando. Porque en la música el tiempo no se explica. Se hace. Y por un instante, unos compases apenas, puedo sentir que estoy ahí. Exactamente a tiempo. Sin entenderlo pero siéndolo.