Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.
Starship, Skylab y la prepotencia de las potencias
Hace pocos días, el gobierno de México impidió que embarcaciones privadas vinculadas a SpaceX recuperaran fragmentos de la nave Starship, desintegrada parcialmente tras su reingreso atmosférico, que cayeron en aguas cercanas a su costa.
Lejos de esgrimir argumentos de soberanía que podrían haber encendido muchas alarmas diplomáticas, México se amparó en razones ambientales: evitar la contaminación de sus ecosistemas marinos, proteger sus playas y prevenir incidentes con sustancias o materiales que pudieran ser tóxicos.
Aunque no haya titulares bélicos, lo que subyace aquí es un conflicto de escala y jurisdicción: la tensión entre intereses comerciales globalizados y el derecho de los países del sur global a ejercer control sobre sus territorios, sus aguas y su bienestar. En otras palabras, lo que Elon Musk intenta presentar como una recuperación rutinaria de restos espaciales tecnológicos es, en realidad, una avanzada más en el despliegue unilateral de empresas que se sienten autorizadas a actuar sobre cualquier geografía sin mediación.
No es la primera vez que algo así ocurre. En 1979, cuando los restos de la estación espacial Skylab cayeron sobre el oeste de Australia, el gobierno local impuso una multa simbólica a la NASA por arrojar basura en espacios públicos. Aunque Estados Unidos jamás pagó esa multa, el mensaje fue claro: los satélites pueden no tener pasaporte pero los trozos que dejan al caer no son ajenos al derecho internacional ni al respeto por las comunidades que habitan la Tierra.
En ambos casos -Skylab y Starship-, la caída de objetos celestes permite leer una constante política: el desinterés con que las potencias tecnológicas tratan los «otros» espacios, aquellos que consideran periféricos, explotables o simplemente funcionales a sus objetivos. Esto es, la frontera no está en el espacio exterior, sino en el modo en que se coloniza la superficie terrestre para sostenerlo: desde las pruebas militares en atolones del Pacífico, lanzamientos sobre zonas marítimas «no reclamadas» hasta residuos arrojados sobre poblaciones que no fueron invitadas al banquete aeroespacial.
Las empresas privadas como SpaceX operan con una lógica todavía más peligrosa que la de los Estados pues no tienen población que representar ni soberanía que negociar. Solamente tienen objetivos financieros, inversores impacientes y una narrativa de progreso que no tolera obstáculos. Y cuando un país dice «no», cuando un gobierno se planta en defensa de su medio ambiente o de su población, el gesto suele ser recibido como un capricho tercermundista, como una molestia menor en la carrera hacia la Luna o Marte.
Pero no hay gesto menor en la defensa del derecho a no ser un basurero orbital. La basura espacial, una metáfora literal en este caso, condensa un modelo de relación internacional basado en el desecho, lo que no se usa se descarta, lo que no se controla se ignora, lo que no genera ganancias se olvida. México hizo bien en resistirse, y lo hizo por sus playas. Pero también, aunque no lo diga, por algo muchísimo más profundo: la necesidad de recordarle al mundo que ningún proyecto, por innovador que sea, tiene derecho a imponerse sobre la dignidad y el bienestar de quienes viven bajo su trayectoria.
Nunca supe si el nombre del pueblo venía del árbol o del silencio. Lo cierto es que se llamaba Ombúes y no pasaba gran cosa allí excepto el tren, dos veces por día, algún parto cada tanto y las campanas, que doblaban más a menudo de lo que las puertas se abrían. Como casi todos los demás pueblos con el mismo nombre, Ombúes estaba rodeado de campo, de un campo que tenía más cansancio que horizonte y donde todo lo que no era llanura era óxido.
Aurelio vivía y trabajaba en una pieza de adobe, a la vuelta de la plaza. Era el barbero del pueblo, aunque ya no ejercía del todo. En realidad, nadie recordaba haberlo visto afeitar a alguien, solo le recortaba el pelo a los mayores, nunca a los niños. No tenía ayudantes ni aprendices, ni siquiera conversación. Hablaba poco y, cuando lo hacía, no había emoción. Ni en la voz ni en sus ojos. Aun así, la gente lo respetaba. Quizás porque nunca pidió nada.
Tenía la manía de sentarse cada tarde frente a la cruz de metal, esa que marcaba la entrada al pueblo y que anunciaba el paso a nivel. Era una cruz tosca, ruda, soldada en una columna baja, clavada en la tierra con base de hormigón rajado. La pintaban una vez al año, tal vez por costumbre, tal vez por mandato de arriba, pero nadie se preguntaba quién o por qué lo hacían. Los más pibes decían que si uno apoyaba la oreja en su columna podía escuchar los trenes que ya no pasaban. Pero era mentira, claro. No importaba mucho, porque uno crece igual con esas cosas.
Aurelio se sentaba frente a la cruz, al atardecer, todos los días, como si esperara el tren o el fin del mundo, que para él podrían parecer la misma cosa. A veces llevaba un termo, otras veces solo el sombrero en la mano, y nunca hablaba con nadie mientras estaba allí. Si alguien lo saludaba respondía con una inclinación leve de cabeza, como quien acepta un saludo sin otorgarlo.
Una tarde, hacia fines de marzo, ocurrió lo que todavía no sé cómo contar sin que me tiemble un poco la mano: Aurelio no volvió de la cruz.
Eso, en sí, no era algo extraño, porque Aurelio era viejo. La gente envejece, se ausenta, muere. Pero no fue que se lo encontrara sin vida, ni que alguien lo viera partir. Directamente no volvió. No hubo cuerpo, no hubo carta, no hubo testigos. El sillón en la barbería seguía allí, cubierto con una sábana fina y la taza con agua de colonia tenía aún un centímetro de líquido. Todo en su casa estaba tal como si hubiera salido a comprar tabaco. Pero no volvió. Nunca.
Lo raro fue la cruz. Al día siguiente de su desaparición apareció, sobre la base de hormigón, un mechón de cabello canoso, un puñado de pelos prolijamente atados con hilo negro. El viento no lo volaba, el polvo no lo cubría. Nadie lo quitó, nadie lo tocó, ni siquiera los perros lo olían. Pasaron los días y el mechón atado no se pudrió, no cambió de color, no se desarmó. Fue como si hubiera sido recién cortado, como si alguien con pulso firme y sin apuro lo hubiera dejado allí para que supiéramos algo que no nos atrevíamos a entender.
Los gurises dejaron de jugar cerca del paso a nivel, las mujeres empezaron a persignarse al pasar y una noche de lluvia, una de esas en las que las tormentas del campo parecen morder con los dientes del trueno, alguien escuchó el silbato del tren. No era día ni hora de tren pero se escuchó, y nadie se asomó a mirar. Después de eso, la cruz se oxidó en menos de una semana y el mechón de cabello se volvió blanco del todo, tal como si le hubiera caído nieve.
Otra tarde el viento lo llevó. Nadie dijo nada pero al año siguiente, cuando alguien fue a pintar la cruz, encontró junto a la base un cuaderno. Tenía hojas sin líneas, escritas con tinta negra, con una sola frase repetida una y mil veces en sus distintas páginas:
«El tren no pasa, pero hay quien lo espera.»
No sé qué fue de Aurelio. Nadie lo sabe. Tal vez fue un castigo, una promesa o una redención lo que le ocurrió, solo sé que ahora, cuando paso por la cruz, me descubro tocándome el cabello, como para asegurarme de que todavía está donde debe estar. Y que el tren, si alguna vez vuelve, nos llevará a todos. Aunque no sepamos a dónde.
2) Pancha
En Ombúes, como en casi todos los pueblos de este país estirado y silencioso, los años pasan más por la tierra que por la gente. Las casas se agrietan, los galpones se hunden, los perros se adormecen pero las personas siguen caminando igual que antes, apenas un poco más grises, más encorvadas.
Ombúes no tiene cementerio propio, ni médico fijo, ni cura en residencia. Tiene una plaza, una escuela, una estación sin jefe y esa cruz de fierro clavada en la entrada, justo antes del paso a nivel.
La cruz está allí desde siempre. Nadie recuerda que no estuviera. Su pintura se descascara con el viento del norte y cada tanto aparece alguien que la vuelve a pintar, sin avisar, como si cumpliera una promesa antigua. Algunos la saludan al pasar, otros fingen que no la ven.
Pancha era una mujer de manos fuertes y voz ronca que vendía velas a quienes sabían a quién rezar. Vivía solo con su hermana menor, muda de nacimiento, en una casita al fondo de una calle sin salida, rodeada de santarritas y cacharros de hojalata.
Tenía seis gatos, todos grises. Nunca se supo si eran siempre los mismos o si iban cambiando, y ella tampoco lo decía. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía usaba palabras que sonaban más viejas incluso que ella misma.
Vendía sus velas en un canasto forrado con arpillera, de casa en casa, pero también se instalaba algunas tardes junto a la cruz de fierro. Nadie le preguntaba por qué, pero ella igual decía que ahí el aire escuchaba.
Algunas de sus velas tenían forma de corazón, otras de estrella, las más pedidas eran cilíndricas con mecha en espiral. Se supone que eran de cera pura, «de colmena feliz», y las ofrecía para bendecir nacimientos, espantar sustos, calmar pleitos, aliviar duelos y, más de una vez, para que el tren se demorara un rato.
Pancha tenía clientas fieles y otras que la evitaban. A estas últimas las miraba con una sonrisa torcida, como quien ya supiera cómo terminará todo. En Ombúes decían que si Pancha encendía una vela en tu nombre sin que vos lo supieras, algo en tu vida se acomodaba o se torcía, pero nunca quedaba igual.
A veces, al amanecer, una vela aparecía encendida al pie de la cruz. Nadie la veía colocarla y nadie la retiraba. Se consumía entera, incluso con la lluvia.
Una tarde de julio, cuando el viento del sur arrastra olores de leña mojada y los pastos se apagan, Pancha no salió con su canasto. Tampoco la vieron al día siguiente, ni al otro. Una vecina fue a buscarla y encontró la puerta entornada. La hermana muda estaba sentada junto al hogar, en bata, mal peinada y con una vela encendida en cada mano. Los gatos no estaban, la casa olía a miel caliente, en la mesa había una hoja de papel, escrita con letras torpes, como de alguien que aprendió a escribir solo:
«Hoy se cierra lo que nunca se abrió. Ya no hay cera que detenga lo que viene».
La hermana muda no volvió a hablar ni con gestos ni con ojos. A partir de entonces salía cada martes, al caer el sol, y dejaba una vela blanca al pie de la cruz. Siempre del mismo tamaño, siempre con la mecha torcida hacia la izquierda. Nunca encendida.
Una mañana, creo que fue en setiembre, un niño encontró en un hueco del hormigón una cajita de madera, redonda, como las que se usan para guardar agujas e hilos. Tenía dentro pequeños fragmentos de cera con letras mal talladas, y solo pudo armarse una palabra completa con claridad:
«Espera»
Dicen que la directora de la escuela la llevó al aula como ejemplo de lenguaje simbólico pero lo cierto es que la cajita desapareció la semana siguiente, sin que nadie supiera quién la tomó.
La cruz, desde entonces, arroja una sombra más larga al atardecer. Algunos juran que han visto una figura sentada a su lado, con un canasto entre las piernas. Y que si una vela aparece encendida, es mejor no apagarla. También dicen que hay oraciones que no son súplicas sino advertencias, y que Pancha no vendía velas sino silencios en forma de llama.
Yo no sé si fue cierto pero cada vez que paso frente a la cruz me fijo si hay cera derretida en la base. Si la hay, no piso cerca. Y si no la hay, tampoco, por si acaso.
3) Cirilo
En Ombúes, la hora de la siesta no se discute. Ni los perros ladran. El pueblo entero baja la cabeza y el pulso, las hojas dejan de moverse aunque sople viento y los niños aprenden pronto que hay cosas que no se preguntan entre las dos y las cuatro.
Cirilo vivía en la casilla, junto a las vías. Había sido guardabarreras toda su vida y, aunque había perdido el cargo hacía años, seguía abriendo y cerrando la barrera con una vara que él mismo había adaptado para no forzar demasiado su espalda. Lo hacía por costumbre, o tal vez porque nadie más lo haría. Nadie le pidió que lo hiciera, es cierto, pero tampoco nadie se lo prohibió nunca.
Era un hombre flaco de rostro estrecho, con manos curtidas y una manera de mirar que parecía no ver a nadie. Saludaba con la cabeza sin interrumpir el ritmo del paso y vestía siempre una camisa celeste y un sombrero blanco de paja, muy limpio, tanto que parecía ajeno a la mugre del pueblo.
Tenía un cuaderno de tapas blandas que siempre llevaba bajo el brazo, en él anotaba la hora en que pasaba cada tren aunque últimamente no hubiese trenes y, entre las líneas de hora y vagones, algunos versos que nadie leía.
A la hora de la siesta se sentaba frente a la vieja cruz y la miraba sin mirarla, como quien escucha un idioma que no habla. Nunca llevaba mate ni libro ni radio, solo el cuaderno, apoyaba la espalda contra el tronco de un eucalipto viejo, entrecerraba los ojos y se quedaba así, entre el sueño y el recuerdo.
Aquel martes fue igual. El sol caía oblicuo, el viento era suave y los gallos ya habían dejado de cantar. La barrera estaba baja, aunque no se esperaba tren. El pueblo dormía, todo era como siempre. Y sin embargo…
Un silbido leve, casi doméstico, como si alguien llamara a un perro desde muy lejos, se escuchó cerca de las tres. Ningún perro ladró, nadie se asomó, la tierra no vibró. No hubo humo ni sombra ni paso de máquina, pero en la estación los pastos se inclinaron.
Cirilo no volvió a su casilla. Tampoco se lo vio más por el pueblo. No dejó cartas ni señales, solo el cuaderno, que quedó apoyado sobre la barrera y abierto en una página que decía
«Cuando no pase el tren pasaré yo, entre los durmientes, sin hacer ruido»
Eso fue todo. No hubo velas ni cabellos ni objetos en la cruz. Nadie limpió su casa, nadie reclamó sus cosas, la gente simplemente asumió, con esa forma resignada que tiene el campo para entender la muerte, que Cirilo había llegado tarde a sí mismo.
Desde entonces la barrera a veces baja sola, pero solo a la hora de la siesta. Y si alguien pasa por ahí en ese momento, hay quienes dicen que conviene esperar, aunque no venga nada. No por miedo, sino por respeto. Ya saben, en Ombúes las cosas importantes no se ven, se intuyen. Y en las tardes calmas, bajo la cruz de fierro, se respira algo que no se puede nombrar sin que se borre.
Por eso, mejor no nombrarlo.
4) Gertrudis
A la entrada de Ombúes, bajo la cruz, a veces alguna gente se sienta.
Gertrudis fue siempre la misma, terca, limpia, silenciosa. Ni muy vieja ni muy joven, de esas edades sin número, con trenzas peinadas hacia atrás y un delantal blanco por encima del vestido. Vivía en la última casa del pueblo, la más próxima al monte, donde las vacas no entraban y los perros no ladraban. Su voz era baja pero firme. Agradecía con un gesto, pedía con una mirada. Sabía coser aunque no era costurera, sabía curar aunque no era enfermera y sabía estar sola aunque no se notaba.
Tenía una silla, una silla de madera sin barniz, de asiento hundido, que llevaba consigo a todas partes, tal como si fuese parte de su cuerpo. Se decía que era de su madre, o de su maestra, o de alguien que la había querido bien, pero nunca lo aclaró.
En la plaza, en la iglesia, en los velorios, en la feria, siempre la misma silla. Y en las tardes quietas, cuando el sol apenas cruzaba el aire, se sentaba frente a la cruz de fierro a mirar lo que nadie veía, a mirar lo que nunca cambiaba.
Una tarde de enero, sin viento y sin canto de chicharras, la cruz tenía sombra. Una sombra breve, nítida, que no se movía. La silla estaba en su sitio, como siempre, pero Gertrudis no.
No hubo gritos ni búsquedas ni alarmas. Su casa estaba cerrada, la ropa tendida, seca, la olla limpia, la cama hecha. Nadie oyó nada. Nadie vio nada. Solo la silla bajo la cruz. Y la dejaron allí.
Con el tiempo, la lluvia fue hinchando la madera, el asiento se hundió más, una pata se ladeó. Los pájaros la usaron como mirador pero nadie la movió. Los chiquilines no jugaban cerca, las mujeres la miraban de reojo, los hombres bajaban la voz al pasar.
No hubo carta, no hubo señal, nadie supo si Gertrudis se fue, si se murió, si se convirtió en otra cosa, pero tampoco importó mucho. En Ombúes las cosas suceden sin testigos, y no porque se escondan sino porque saben cuándo no ser vistas.
Algunos dicen que la silla ya no está, que se la tragó la tierra, que una madrugada de otoño desapareció, como ella. Pero yo pasé ayer y juro que la vi.
Todo esto que he contado hasta aquí es la versión aceptable, la forma en que un país pequeño entierra su memoria bajo silencios prolijos. Ombúes existe, sí, pero no figura en los mapas. Y los trenes pasaban, las barreras se cerraban, las velas ardían, las sillas vacías se oxidaban al sol. Pero no fue el tiempo quien se llevó a Aurelio, ni a Pancha, ni a Cirilo ni a Gertrudis.
La cruz de fierro no marcaba ningún paso a nivel, era una cicatriz que nadie quiso excavar. Por eso escribo aquí sus nombres, por eso cuento sus historias. Con cuidado, con ternura, con paciencia, para que no sean solo misterio, para que no queden apenas como personajes de un pueblo dormido.
Porque están ausentes pero no están perdidos. Los seguiremos buscando y no descansaremos hasta encontrarlos, gritando que la historia que calla es la que perpetúa el crimen y sabiendo que estas palabras, por pequeñas que sean, son también una forma de justicia: Memoria, Verdad y Justicia.
Bach no fue un músico. Fue el último gran arquitecto del cosmos, un demiurgo lúcido que no inventó los ladrillos pero sí la manera perfecta de ensamblarlos. No construyó con piedra ni con madera sino con formas, proporciones, simetrías y permutaciones puras. Tomó todo lo que la humanidad había puesto sobre la mesa -el cálculo de Leibniz, la gravedad de Newton, el ritmo del péndulo de Galileo- y lo transfiguró en sonido. Fue el constructor que habló con Dios en el idioma más preciso imaginable: la matemática convertida en emoción.
No creó ningún estilo, creó una topología con los doce sonidos disponibles. Los dobló, los retorció, los reflejó sobre sí mismos hasta hacerlos más grandes que el mismísimo tiempo. Allí, donde otros solamente veían notas, él veía engranajes y donde otros oían melodías, él percibía trayectorias orbitales. No dejó piedra sin usar, teorema sin traducir a fuga o partícula alguna sin trasmutarla a su contrapunto. Su música no fue un lenguaje, fue la posibilidad misma del lenguaje.
Sus dedos, ciegos de tinta, nos enseñaron a pensar. De hecho sus fugas, más que una forma musical, son una verdadera pedagogía del pensamiento. Sus invenciones, más que pequeños juegos melódicos, son una perfecta ética del orden. Y así nos enseñó a razonar con oídos, a escribir sin palabras, a decir lo que pensamos, pero sin decirlo.
No perteneció a su época. Fue anterior y posterior a todos. Anticipó a Einstein en su relatividad del ritmo, a Gödel en la autorreferencia sublime del canon y a Hawking en la gravedad de lo gigantescamente invisible. Preparó la luz para que pudiésemos leer a Rembrandt en la sombra y para que comprendiésemos que la oscuridad también es estructura. Construyó la arquitectura que que le permitió a la pintura tener profundidad, a la palabra tono y al pensamiento forma.
Nos mostró cómo habitar un mundo donde el alma no envejece, un cosmos donde el orden no es opresión sino consuelo y un universo que se sostiene con precisión sobre doce notas que jamás fueron pocas. Porque en sus manos las notas no eran notas, eran galaxias.
Después de su paso, el abismo perdió el silencio. Su música fue una prueba implacable de que el universo tiene estructura, incluso cuando todo parece desmoronarse. En cada una de sus obras late una intención tan exacta, tan minuciosa, que ya no es posible sostener que nada importa. Hay, en su arte, una afirmación feroz de la coherencia, algo encaja, algo responde, algo escucha. Y aunque el mundo sea injusto, efímero o cruel, basta con una sola de sus fugas para entender que existe una lógica más profunda que la desesperanza y una armonía que no se deja corromper por el vacío.
Bach fue capaz de ordenar el caos, mostrándonos que el caos no es absoluto.
Hola. Me gustan las cosas claras y voy a ser lo más sincero posible para que, si hay algún problema, no me digas luego que no te lo dije. Es sobre lo que quiero, lo que deseo, lo imprescindible y esencial en nuestra relación.
Ante todo, lo fundamental es que seas auténtica, natural pero maquillada. Que se note que te cuidás y que no sos una dejada, pero sin exagerar, ¿sí? Nada de labios rojos de noche si vamos a la casa de mi mamá. Y, por favor, no te pintes tanto los ojos, no olvides nunca que no sos un payaso. Pero tampoco salgas con la cara lavada, que parece que estás enferma.
Me gusta una mujer que trabaje, que tenga metas, ambiciones. Pero que sus intereses no se le suban a la cabeza. Que no se olvide que su prioridad es su familia (la mía, claro está), que no llegue tarde porque tuvo una reunión y que no compita conmigo, por favor. No hay nada más desagradable que una mujer que quiere tener razón.
Mi compañera de vida debe ser culta, pero no pedante. Que haya leído algo de literatura -romántica mejor- pero que no me venga a corregir el plural de currículum y que no cite a Simone de Beauvoir en medio de una discusión (una vez me dejaron por eso y no pienso pasar por lo mismo). Que le guste hablar, sí, pero que no me interrumpa. Y que sepa cuándo callar sin que yo tenga que decírselo.
Tiene que tener carácter pero sin ser mandona. Que me plantee las cosas con dulzura, con tacto y que sepa hacerse respetar, pero que me respete primero.
Necesito que me admire, que no me exija ser otro porque así como soy ya me va bastante bien, ¿no?
Fundamental: que se mantenga en forma, claro, pero que coma pizza conmigo los domingos. Que jamás critique mi panza y que la suya se vea plana aunque haya parido.
Que entienda que no tengo tiempo para ayudar más en la casa pues bastante hago saliendo a ganarme mi pan. Y que no crea que lavar los platos es «ganarse su pan» porque si no estamos en mundos distintos.
Tiene que saber que la libertad está buenísima y la voy a apoyar en eso, pero que hay cosas que no se hacen. Como salir sola o con amigos varones. Para amigo me tiene a mí. Así que no me dé motivos para desconfiar, aunque yo pueda tener mis cositas, como todo hombre. Aunque me vaya, yo vuelvo siempre.
Que sea buena madre, tierna, paciente, disponible. Que no se queje del cansancio porque todas las madres han podido serlo sin chistar durante miles de años. Que no le pegue a los gurises pero que los eduque con firmeza y que me consulte antes de tomar decisiones aunque no me interesen.
Y que me haga sentir hombre. Esto es lo más importante. Porque si no me hacés sentir hombre, ¿para qué estás? Para eso mejor me quedo solo. O con otra que sí sepa su lugar.
¿Suena mucho? No es tanto. Al fin y al cabo, solo pido lo básico. Una mujer que me ame, pero sin molestar.
No sé cuándo dejé de desear. No hablo de apetitos ni de urgencias corporales, hablo de esa llama que brota cuando una se imagina siendo no para otro sino para sí. Durante años creí que lo hacía por amor: amoldarme, dulcificarme, quitar los tonos ásperos de mi voz y los filos rudos de mi cara, reducir mi cuerpo a contornos apetecibles, deseables… Aprendí a ser mirada antes que ser, a intuir -como quien respira sin pensar- qué gesto era demasiado, qué palabra era impropia, qué silencio conveniente La mirada masculina no me tocaba, me moldeaba, me definía. Tal como si fuese una estatua que debía parecer viva pero sin moverse, aprendí a ser una mujer bella, dispuesta, funcional. Un objeto, sí, pero no cualquier objeto: un objeto obediente, una máquina que respondiera al deseo del otro con precisión quirúrgica, sin demoras, sin errores, sin preguntas. Y me volví eso. El hombre no nos moldeó a su imagen y semejanza sino a su conveniencia. No quiso un reflejo, quiso una respuesta. No buscaba con quien compartirse, quería un cuenco donde volcar su forma sin alterarla. Y esa estructura fuimos nosotras: lisas, dóciles, listas, hechas para encajar. No me lo exigieron con látigos ni encierros. Bastó la repetición, el premio de la aprobación, la tibieza de ser aceptada si me volvía adecuada, el amor condicionado. Bastó ese miedo a no ser vista más que como exceso, como problema, como amenaza. Me vi deseada, sí, pero no como alguien que desea. Como alguien que responde. Su deseo era la pauta de mi existencia y yo no era más que el espejo que debía devolverle su imagen amplificada, el instrumento de su potencia. En esa operación invisible, mi deseo fue siendo desplazado, desactivado, pospuesto hasta nuevo aviso. Aún hoy me cuesta decir «quiero». Cada vez que lo intento algo se resiste, como si tuviera que pedir permiso para existir, como si mi querer siempre fuera demasiado, o inconveniente, o disruptivo. Hoy me pregunto ¿qué ocurre con un ser que no puede desear sin ser juzgada por ello? ¿Qué lugar queda para la subjetividad cuando tu cuerpo ha sido entrenado para encarnar una fantasía ajena? ¿Quién soy yo si no puedo ser lo que el otro, lo que él, no ha imaginado? El varón que me miraba nunca quiso que lo mirase. Nunca quiso que lo interpelara porque no deseaba ser deseado. Deseaba ser admirado. Temía la reciprocidad del deseo, temía no estar a la altura y, para ello, necesitaba que yo fuese dócil, previsible, agradecida. Necesitaba que yo no quisiera otra cosa. Necesitaba que yo no quisiera. Que yo no deseara. Así, sin saberlo, el deseo se volvió jaula. Una jaula con flores, con promesas, con ternura medida en dosis seguras pero jaula al fin. Una cárcel. Hoy, desde las cenizas del yo que fui intento ensayar mi libertad. No es fácil desobedecer cuando se ha sido entrenada para complacer, no es fácil desear cuando el deseo propio fue diagnosticado como amenaza. Pero hay algo en mí que late, aún, con la obstinación de lo que no ha muerto del todo, algo que quiere no pedir permiso: Yo.
Había aprendido a fingir desde temprano. A sonreír con la boca, con los ojos, con los gestos justos, con la pausa exacta entre cada pregunta y cada respuesta. Había aprendido, también, a decir que sí sin siquiera pronunciarlo, a dejar que el mundo creyera que deseaba lo que nunca había querido. Porque explicarlo no era una opción, era un abismo. No sabía cómo hacerlo, no podía hacerlo.
No era pudor ni trauma. Tampoco tristeza, era otra cosa, algo más profundo, más seco, más hondo. Era un rechazo visceral a esa forma de entrega que el mundo insistía en llamar intimidad. No le gustaba tener que desnudarse, pero no su cuerpo, pues podía gestionar eso, sino su ser. No le gustaba que alguien la mirara desde dentro, que la tocara desde adentro, que respirara su alma con la impunidad de quien cree estar amando. Esa cercanía le dolía más que la soledad y ese contacto se volvía invasión. Cada beso era una pregunta sin respuesta, cada caricia un error de lectura.
Pero no lo decía. Callaba, y en el silencio aceptaba. Se dejaba hacer, se dejaba estar. En ocasiones cerraba los ojos y pensaba en otra cosa. O los abría y no pensaba en nada.
Nunca lloró durante el sexo pero una vez sintió que se rompía en fragmentos tan pequeños que ni ella misma pudo volver a juntar ese todo fragmentado. No era masoquismo, era supervivencia. Porque le dolía no saber explicarlo, porque decir que no le pesaba más que el cuerpo, porque no quería ser la rareza, la que no quería, la que no sentía, la que incomodaba. Por eso permitió y consintió muchas veces, no para gozar, solo para complacer. No por deseo sino por miedo, miedo a la pregunta, miedo a tener que responderla, miedo a ser rechazada por no ser lo que no sabía ser.
Así pasaron los años. Se convirtió en una versión socialmente aceptable de sí misma, una mujer deseable, una amante funcional, un cuerpo que sabía qué hacer, cuándo y con qué ritmo. Aprendió a leer los mapas del placer ajeno sin jamás recorrer el propio, ese que nunca sintió suyo.
Al mirarse en el espejo no se reconocía. O se reconocía demasiado. Se preguntaba si alguna vez alguien la conocería de verdad, no desnuda de ropa sino de miedo. No expuesta por obligación sino aceptada en su silencio. No tocada sino contenida. Pero era sólo una pregunta, y estaba cansada de las preguntas. Así que volvía a decir que sí, incluso sabiendo que dentro, muy dentro, su verdadero nombre, aquel que jamás pronunciaba, era No.
Yo estaba allí cuando nos eligió. No lo dijo con palabras, claro, ningún mortal lo hace. Pero se nota, se percibe en la forma en que tiemblan, en la manera en que sus almas se adelantan a sus cuerpos, en cómo sus deseos los traicionan antes de que abran los ojos. Nosotras no engañamos, solamente llamamos y, algunas veces, alguien responde.
Él se ató al mástil, es cierto, y no puedo evitar sonreír al recordarlo, porque quienes lo leyeron están convencidos de que eso fue una defensa, que resistió, que venció. Que nos venció.
¿Cómo podría alguien vencer al fuego abrazándolo? ¿Cómo podría medirse la victoria de quien no muere pero arde para siempre?
Los otros, los marinos, sus hombres, se taparon los oídos con cera. Ellos sí resistieron, aunque jamás sabrán decir a qué. Se libraron del canto, sí, pero también de la revelación, porque lo que cantamos no son simples notas, no son melodías con promesas. Cantamos una puerta abierta a lo que ellos son, a lo que fueron y a lo que jamás se permitirán ser y prefieren no saber.
Odiseo no. Él sí quiso saber, quiso ver, quiso oír, y ese deseo bastó.
Nunca lo tocamos, nunca rozamos su piel ni lo sumergimos en nuestras aguas pues no hizo falta. Lo envolvimos, lo acariciamos con nuestra voz, con nuestra vibración. Lo empapamos en todo aquello que no puede señalarse con el dedo pero que habita en los márgenes de la conciencia, porque nuestro canto no pide ni exige nada. Solo se instala.
Y desde entonces nos tuvo dentro, para siempre.
Dicen que regresó a su país, que venció, que cerró el círculo de su viaje. Y sí, regresó, pero no lo hizo intacto. Nadie vuelve del canto igual que partió, aunque pocos de quienes han sido heridos por la belleza entienden el precio que han pagado sin notarlo.
Hoy lo imagino caminando por Ítaca con la frente alta, saludando a su gente, acariciando el mármol de su hogar tal como un león relame su victoria. Pero por las noches… ¡oh!, por las noches, cuando el ruido del mundo se apaga, estoy segura de que nuestra melodía regresa como una marea mansa, lenta, inevitable, ineludible.
Porque nosotras no buscamos la muerte, deseamos la permanencia y él nos otorgó eso, un lugar secreto en su nostalgia.
Nosotras no cantamos para capturar, cantamos para revelar. Eso nos basta para no ser olvidadas.
Desde el instante en que cierro la puerta de casa y la llave suena con una nota breve, metálica, definitiva, ya no soy quien habita entre bosques de pinos y calles serpentantes sin pavimentar que esconden y desesconden a la Luna. Porque no bien me siento en la moto y siento el estuche del violín bien ajustado en mi espalda, paso a ser un cuerpo en tránsito, un vector de precisión que se lanza hacia su centro: el teatro.
Amo El pinar. La ciudad no me gusta, me sobra. Por eso diseño el camino, tal vez, con obsesión quirúrgica. No quiero el caos, los frenazos, los bocinazos, los semáforos arbitrarios ni los peatones desorientados. Por eso elijo la rambla, esa línea donde el mar y la ciudad apenas se rozan, donde solo veo media ciudad.
Porque a mi izquierda estará el agua, inabarcable, gris, marrón o azul según el día, pero siempre respirando en su idioma de espuma. A mi derecha irán los autos que intento esquivar sin odiar, en una coreografía secreta que bailo solo.
No se trata de llegar rápido sino de llegar justo. El tiempo no es un enemigo ni un aliado, está escrito en una partitura que se ejecuta con minutos, segundos y gestos. Cada uno de los relojes que la Intendencia puso en el camino es una indicación, una clave luminosa que me confirma si la ejecución va como debe.
Sé exactamente qué hora debe marcar cada uno. Si paso frente al Hotel Carrasco, al de Avenida Brasil o al del Parque Rodó y me dicen lo que espero leer, siento una paz inmediata, una tregua interna. Pero si no lo hacen, todo mi cuerpo se reprograma, calculo márgenes, acelero, mido riesgos. Espero que no haya controles policiales, accidentes u ómnibus lentos. Pero no porque tema llegar tarde sino porque odio la disonancia en mis rutinas. Cada desvío es violencia.
El ronroneo de la moto es el metrónomo de esta sinfonía invisible. En mi cabeza no hay música pero hay tensión, tensión cómoda. No pienso, solo transito.
La espalda siente el estuche del violín como si fuera un ala dormida. Me gusta ir solo, que nadie me acompañe, porque nadie debería presenciar esta transformación. Este no soy el yo que están acostumbrados a ver. Este yo es el yo que me lleva.
Y al final, cuando veo el teatro, con sus explanadas, sus escalinatas y esas puertas, a las que conozco mejor que a muchas personas, algo en mí se reacomoda. He llegado. La primera parte de la obra está cumplida.
…
Ya dejé la moto. Ya me quité el casco y dejé atras mi burbuja de viento, de vibración, dejé la ruta trazada por mí y camino ahora dentro del edificio. Y, mientras camino, saludo.
Conserjes, técnicos, limpiadoras. Los veo. Siempre los veo. No son parte del decorado como lo son para tantos. Son personas que existen entre bastidores y pasillos, guardianes silenciosos de un mundo que se arma y desarma cada noche. Les sonrío, a veces les digo una palabra, a veces nada. Me caen bien, me siento cómodo con sus presencias, pero no me les acerco del todo. No por desprecio sino porque no sé cómo. Nunca sé. Hay una barrera invisible, hecha de códigos sociales y señales confusas que jamás aprendí a leer, mucho menos a escribir.
Salí de mi zona de confort. Ya no soy el que era sobre dos ruedas, con el mar a un costado, ahora soy alguien que debe habitar lo colectivo y desconozco cómo hacerlo sin desgastarme.
Entro por el subsuelo, por el piso menos dos. Siempre me intrigó esa nomenclatura: ¿por qué el escenario está en el piso cero? ¿Cero respecto a qué? ¿Respecto a qué fantasmal punto de origen se mide esta arquitectura? Jamás lo supe y siempre me importó saberlo, pero es una de esas preguntas que el mundo ve como tontas y no responde. Solo sé que debo subir al Nivel Cero.
No lo hago por la escalera ni por el ascensor que usan los demás, pues hay otro. Pequeño, más oculto, como si el teatro mismo quisiera concederme un pasadizo secreto. Lo descubrí un día que me encontré buscando salidas alternativas. Desde entonces es mío. Me obliga a caminar unos metros más, sí, a tomar un desvío. Pero ese pequeño costo me permite algo invaluable: unos segundos más de soledad.
Entro al ascensor escondido, aprieto el botón casi sin mirar y espero en silencio. El aire allí tiene un olor indefinido, mezcla de metal limpio, polvo viejo y goma caliente. Me tranquiliza. En ese espacio mínimo todavía soy quien fui en la moto, todavía hay margen para no estar del todo en el mundo.
Llego al piso cero. Las puertas se abren y lo primero que me recibe no es música, ni aplausos, ni belleza sino luces frías, paredes mudas, monitores apagados que transmiten silencio, puertas negras con picaportes metálicos. Parece un hospital. Y lo es, a su modo. Un hospital del alma, del cuerpo, del arte. Un lugar donde cada noche alguien se desangra, alguien sana, alguien finge estar bien. Y yo, que no finjo, me acomodo entre los que sí.
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Dos puertas de seguridad me separan del corazón latente del teatro, dos cortafuegos. Pero lo que se abre tras ellas no es un escenario, al menos no el que el público conoce. No es ese plano frontal de luces, bambalinas y aplausos. Lo que se abre ante mí es su reverso, un escenario invertido, un guante dado vuelta, una cavidad oscura donde habita el engranaje desnudo del espectáculo.
Aquí no hay ornamentos. Hay función, cables, sogas, contrapesos. Herramientas en mesas rodantes, gente que se comunica sin mirarse, con tablets, walkie talkies, auriculares encajados como prótesis. Todo está en su lugar por un motivo que no se explica pero que es vital.
Es como abordar un submarino inmenso, ciego y ordenado que necesita que cada botón cumpla su tarea para que el casco no se resquebraje.
Es un lugar peligroso. No se dice, pero se sabe. Un paso en falso puede cortar una escena, una función, una vida. No es zona de confort y no lo será nunca. Sin embargo, mis colegas lo invaden. Instalan sillas, piden más luces, reclaman espacio. Quieren convertirlo en una sala anexa, una antesala del arte. No lo ven como lo que es, la zona de trabajo más riesgosa de todo el edificio. Quieren hablar. Quieren verse. Quieren estar cómodos. No entienden que aquí no se viene a eso.
A mí, en cambio, me atrae. No por temerario, sino por algo muchísimo más sutil: en esta penumbra todos somos iguales. Aquí, donde no nos vemos bien, donde no podemos hablarnos si no es entre susurros o con malentendidos, donde el suelo no es confiable y la luz no es aliada, los hábiles pierden su ventaja. Nadie brilla en la oscuridad y eso, de alguna forma, me serena. Aquí no necesito fingir adaptación, no necesito traducirme. En la oscuridad, cada quien se cuida a sí mismo y eso, aunque no lo digan, es lo más honesto que podemos hacer.
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Antes de entrar en escena, debo vestirme. Pero no se trata simplemente de ponerme ropa. Debo quitarme el disfraz, mi disfraz, el de quien vino en moto, el de quien esquivó autos y ómnibus, saludó en pasillos y caminó entre cables como un equilibrista, para colocarme otro. Debo calzarme un traje, un uniforme, una máscara sin rostro. Debo vestirme de músico.
Las luces frías me esperan como cada noche, constantes, verticales, quirúrgicas. El camarín no es un refugio. Es un taller de precisión. Allí, los espejos rodeados de pequeñas bombillas fingen glamour pero, en realidad, reflejan otra cosa. Nos muestran cuerpos en construcción entre varales, perchas, camisas colgadas como pieles limpias. Aquí, cada quien se ensambla como puede, algunos a las risas, otros al apuro. Yo, en cambio, me construyo en silencio.
Nadie lo notará, soy consciente de ello. Sin embargo, me exijo el brillo de los zapatos, que las medias estén íntegras, sin hilos sueltos, que el cinturón y el reloj hablen el mismo idioma, cuero con cuero, metal con metal. Que las hebillas no griten, que los lentes no contradigan, que el nudo de la corbata sea un triángulo isósceles, perfecto. Que no haya nada chirriante, nada azaroso. No por vanidad sino por armonía interna. Porque mi exterior debe estar en consonancia con algo que sólo yo escucho.
Me detengo un instante frente al espejo y dudo. ¿Recojo mi pelo o lo dejo caer? El pelo dice cosas, no es neutro. Los botones están abrochados, pero vuelvo a mirarlos. Los puños están derechos, pero vuelvo a tocarlos. No hablo. No busco charla.
Hay otros alrededor, pero no los escucho. No es aislamiento, es ceremonia, es un rito íntimo de afirmación, un acto silencioso de autoconstrucción. Frente al espejo no ensayo una imagen para el público. Allí constato que soy.
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Ahora la espera. No hay apuro, no hay retraso, solo espera. Quien nos dará la orden de ingresar no manda, no ordena. Tampoco guía. Apenas es otro engranaje de este gigante reloj de precisión, alguien que también recibe una señal, una orden, una luz verde desde un punto que nunca vemos. Y nos dice que ya es tiempo.
No lo anuncia con pompa ni con autoridad. Simplemente lo nombra: «Vayan entrando». Y eso basta. Cruzamos entonces el umbral que separa lo invisible de lo visible. El escenario deja de ser un campo minado de cables y una trastienda industrial para transformarse en un mundo nuevo, exacto, pulido. El submarino ha emergido.
Flotamos ahora en un yate decorado, en un salón tallado en oro y madera, rodeado por una herradura humana que espera en silencio. Pero no nos esperan a nosotros, esperan a través de nosotros. Nos desean solo en tanto que médiums, intérpretes de otra cosa. El interés no está en nuestras manos ni en nuestros rostros, ni siquiera en nuestras historias, lo que vinieron a escuchar ya fue escrito y nosotros solo lo encarnamos. Apenas lo revivimos, como sacerdotes sin nombre, como piezas intercambiables que garantizan el rito.
En mi atril, la partitura espera como un pacto. El arco tiene resina, está dispuesto, preparado para. morder la cuerda. La luz baña lo esencial y deja en sombra todo lo demás.
Entra el director, da unas indicaciones breves, casi murmuradas, imperceptibles. Los instrumentos emiten pequeños sonidos, ajustes, preguntas, ecos sin respuesta, todo se calibra, todo se alinea, un guiño invisible confirma que ya todo está dispuesto. Y entonces, un gesto. Uno solo, mínimo, seco, preciso. Uno es suficiente. La música comienza.
En ese instante exacto, cuando la primera nota se expande por el aire como una palabra antigua, dejo de ser yo, dejo de ser una persona, dejo de ser un músico.
Hay ciertos objetos cotidianos que, por su banalidad, pasan desapercibidos… pero solo hasta que dejan de hacerlo. La tapa del inodoro es uno de ellos. No suele ocupar titulares, ni debates parlamentarios, ni mesas redondas académicas (aunque bien podría). Sin embargo, basta convivir con alguien por un tiempo para que este objeto funcional, inofensivo y repetitivo se cargue de una tensión inesperada. ¿Debe dejarse levantada o abajo? ¿Quién la mueve? ¿y por qué? ¿Es un gesto de indiferencia o una forma de imposición? ¿Por qué, incluso entre personas razonables, puede convertirse en un motivo de discusión?
Podría parecer un asunto menor pero, sin embargo, en su misma pequeñez radica lo revelador. Lo que está en juego no es la tapa -es decir, no SOLO la tapa- sino lo que representa. La tapa del inodoro es un símbolo y, como todo símbolo, actúa en un plano invisible, pero con consecuencias muy tangibles: el malestar, la incomodidad, el resentimiento mudo, la sensación de estar asumiendo siempre una carga más, aunque sea pequeña, aunque sea ínfima. Lo doméstico, en su aparente neutralidad, es uno de los territorios más fértiles para que las relaciones de poder se naturalicen sin alzar la voz.
Desde una lógica puramente instrumental, levantar o bajar una tapa no implica gran cosa. Cada quien la acomoda según sus necesidades y listo. Así lo plantean quienes abordan el asunto desde el pragmatismo funcionalista, como encender una luz o cerrar una puerta. Pero el problema aparece cuando esa acción, supuestamente neutra, se repite siempre en la misma dirección, a favor de una parte y en detrimento de otra. Es allí donde lo que parecía un simple hábito deviene signo de desigualdad persistente.
Muchas mujeres -y también personas que ocupan históricamente posiciones subalternas dentro del ámbito doméstico- reconocen en esa tapa levantada un patrón conocido: la distribución asimétrica de las tareas de cuidado. Porque el cuidado no es solo cocinar o limpiar. Es también anticiparse a las necesidades del otro, hacerse cargo del después, reparar los detalles que los demás pasan por alto. Y en ese marco, dejar la tapa levantada no es solo un descuido, es un mensaje. Tal vez no intencionado, pero sí elocuente. Dice: «yo me sirvo, que el resto se acomode».
La pregunta entonces no es quién debe bajarla, sino quién se ve obligado a hacerlo sistemáticamente. Si siempre recae en la misma persona -como tantas otras tareas pequeñas, pero constantes- el problema no es la tapa, sino la estructura que sostiene esa repetición. Porque esas pequeñas asimetrías diarias no son anecdóticas: son la base de un desequilibrio mayor. Una forma solapada de poder que se ejerce sin necesidad de palabras.
Es ahí donde se vuelve útil pensar la tapa del inodoro no como objeto sino como umbral simbólico. Es, en cierta forma, una prueba diaria de convivencia: cómo nos relacionamos con el espacio común, cuánto reconocemos al otro en nuestras acciones automáticas, en qué medida nuestros gestos tienen en cuenta que no vivimos en soledad. En ese sentido, bajarla puede entenderse como un pequeño acto de empatía, una forma de decir «te pensé, incluso en esto». Puede no parecer mucho, pero en un mundo saturado de egocentrismo y automatismo, ese gesto mínimo es ya una forma de resistencia.
Lo fascinante del asunto es que este tipo de discusiones revelan que los grandes sistemas de poder -el patriarcado, la desigualdad, la opresión estructural- no viven solo en las leyes o en los discursos públicos. Habitan también en los baños, en las cocinas, en los turnos de limpieza, en los silencios acumulados. Y que para desmontarlos no siempre hace falta una revolución. A veces basta con observar con atención dónde y cómo se abren las grietas. Porque, como todo símbolo, la tapa del inodoro no se impone: se interpreta. Y en esa interpretación se juega mucho más que una preferencia estética o un hábito higiénico. Se juega la posibilidad de imaginar una convivencia más justa, menos centrada en la comodidad del yo y más atenta a la presencia del otro.
…o cuando las dinámicas de las relaciones siguen patrones geométricos.
Desde hace mucho tiempo llevo, sin variación, una pequeña zirconia incrustada en la aleta izquierda de mi nariz. Una de esas decisiones estéticas que terminan integrándose tanto al rostro que ya no se distingue si son un adorno o una parte constitutiva del ser. El brillo es mínimo pero obstinado. No busca llamar la atención. Está ahí como una verdad modesta, persistente y suficiente.
Días atrás, un compañero de trabajo a quien aprecio mucho, alguien con quien comparto espacios que no necesitan cafés, silencios de pasillo y hasta alguna que otra conspiración menor contra la dinámica laboral preestablecida, me miró con extrañeza y preguntó si el piercing era nuevo.
Nuevo.
No -le dije-, lleva eones conmigo. Muchos. Su asombro fue genuino. Como si de pronto descubriera la existencia de una luna que siempre estuvo en el cielo pero nunca se había detenido a mirar y el brillo lo hubiera elegido, justo ese día, para revelarse.
Automáticamente me puse a pensar. O mejor dicho, me puse a explicar -como suele suceder cuando el mundo me interpela con sorpresas que, desde mi perspectiva, no deberían serlo-. Le dije que probablemente se debía a que él siempre se sienta a mi derecha y que, desde ese ángulo, el piercing no existe, queda del otro lado del rostro, más allá del horizonte de lo visible, escondido por una geometría social no pactada pero constante.
Hasta allí llegó la anécdota. Pero yo no. Yo me quedé dándole vueltas a la idea. Porque si hay algo que hacemos con facilidad quienes vivimos con cerebros no del todo alineados con los protocolos dominantes de la percepción, es detectar patrones. Y lo que surgió de todo esto no fue una inocente observación sobre la visibilidad de los adornos faciales sino sobre la arquitectura de los vínculos que construimos en nuestra cotidianeidad, sobre las partes de nosotros que quedan del lado ciego del otro. Pero no por ocultamiento, por geometría.
Las personas no nos relacionamos en el vacío. Lo hacemos desde posiciones, desde ángulos que, aunque parezcan fortuitos, terminan determinando lo que se ve y lo que se presupone. Hay quienes nos miran siempre desde la derecha y por más que brillemos del lado izquierdo, nunca podrán saberlo. Y hay vínculos enteros construidos desde ese ángulo ciego.
Para el universo típico, esto suele pasar desapercibido porque sencillamente no tiene importancia, tal como si el campo de visión abarcase de manera automática todo lo esencial. Pero para quienes crecimos calibrando constantemente nuestras formas de estar en el mundo, interpretando señales contradictorias, buscando pistas en lo no dicho y en lo que apenas se insinúa, este fenómeno no es casualidad. Es estructura, es patrón, es forma. Y no solo forma física: también es simbólica.
Hay quienes siempre nos escuchan desde la urgencia y nunca desde la calma. Quienes nos leen desde el juicio y no desde el intento. Quienes solo se sientan a nuestra derecha, literal y metafóricamente. Y entonces el brillo -nuestro pequeño brillo obstinado- permanece invisible aunque lleve ahí más tiempo del registrable.
La relación no lo verá. No por maldad ni por desinterés sino porque la topografía del vínculo lo ubica fuera del campo de visión.
Uno podría, por supuesto, girar el rostro o cambiar de silla pero hacerlo significa interrumpir el ritmo tácito del intercambio, desafiar la comodidad ajena, poner en evidencia que el mapa desde donde el otro nos observa es incompleto. Y eso puede ser muchísimo más costoso que seguir brillando en silencio desde el lado oculto. Por eso, cada tanto, cuando alguien nota algo que siempre estuvo ahí, no sé si alegrarme por la revelación o preocuparme por lo que sigue sin ser visto.
Mientras tanto, el piercing sigue en mi nariz. No para ser notado sino para recordarme que la visibilidad no siempre depende del deseo de mostrarme ni de la voluntad del otro de ver, sino del ángulo desde el cual cada quién elige mirar. Y que eso, aunque parezca anecdótico, puede definir nuestras cartografías afectivas.
¡Oh! pan, nacido del fuego y la espera, del grano que muere para multiplicarse, del agua que abraza, de la levadura que alienta lo invisible, milagro cotidiano y altar de la ternura.
En tus costras doradas se esconde el sol del mediodía, en tu miga la espuma del mundo, el suspiro del trigo triturado, la caricia tibia de las manos que amasan con la fe de quien cree que el hambre puede ser derrotada.
Tú, pan, que has cruzado imperios y aldeas, que has nutrido a reyes en platos de oro y a presos en soledades sin ventanas, que has sostenido al soldado herido y al niño descalzo, has sido último recurso, última moneda y última esperanza.
En ti se conjuga la vida, la semilla que cayó en la tierra, la lluvia que no faltó, el molino que giró con viento, el horno que ardió con ramas. Eres alianza con lo vivo, memoria del cuerpo y registro del alma.
Tu textura, un tratado de las formas del deseo, cruje cual abrazo que se rompe al llegar y se deshace como secreto que se grita sin querer.
Hermano de la manteca, del queso y del ajo, cómplice de la sopa y del vino, cofre de los sabores del mundo, eres rito, paz y canto, primera entrega del amor y consuelo último del moribundo, pan partido, compartido, pan llorado y pan reído.
Tan único eres y tan colmado de humanidad que el hijo de un dios, para ser recordado, no eligió espada ni trueno sino a ti. Y te tomó entre sus manos y dijo «Esto es mi cuerpo», y al multiplicarte entre la gente hambrienta selló así su divina promesa de eternidad.
Desde entonces más qué alimentas, santificas, ¡Oh! pan, noble en tu humildad, más vasto que cualquier banquete. Te alzas como estandarte de lo humano, hecho de tierra, sudor y milagro. Promesa de lo posible, hogar donde no hay casa, abrazo donde no hay abrigo y esperanza donde ya no hay palabras.
Aun así no presumes. Solo estás como un dios antiguo que no pide templo sino boca. Por eso y más te celebro, pan celestial, por humilde y por vasto, por hablar los idiomas y calmar las hambres todas. Tú, que no temes repetirte porque cada día eres distinto, porque cada día nos vuelves a lo más esencial.