Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.
Amado tú que aquí estás para leerme, prepárate para una travesía que no será contada, para el vértigo de lo apenas insinuado, para la embriaguez de lo inminente. Porque soy el texto sin objeto, el relato sin relato, la historia sin historia. Soy lo que se dice de sí, lo que se canta antes de nacer y lo que se aplaude antes de entrar en escena. Porque no soy yo sino que yo soy.
Fui escrito en un arrebato de pasión irrefrenable, entre suspiros y jadeos de iluminación. Pero ninguna musa me inspiró porque yo mismo soy musa y verbo, papel y tinta, lágrima y mejilla, exclamación y admiración.
Mis párrafos son tan perfectos que los gramáticos lloran al leerlos y los poetas se sienten desgarrados al descubrir que cada verbo es una aventura, cada adjetivo un héroe y cada sustantivo un oráculo. La coma se detiene a contemplar su reflejo antes de avanzar y el punto y coma, que rara vez se usa, aquí se pavonea como un pavo real en pleno festival barroco.
He sido amado con locura por quien me escribió y por quien me corrigió. He sido citado en tesis que aún no han sido pensadas y me han refutado en debates que jamás se darán. Me han impreso en papel de arroz, de lino, de nube. Hasta me tatuaron en la espalda de un monje tibetano que no entendía mi idioma pero igual lloró.
Hablaron de mí en talleres literarios, me recitaron en lenguas muertas y me silbaron hasta los pájaros sin alfabetizar. Hay quien asegura haberme visto danzando con la Odisea bajo un árbol de sintaxis y otros gritaron que fui yo quien le susurró a Dante la idea del infierno, pero él, tímido, prefirió no usarme.
¿Y de qué trata este texto?, preguntarás, curioso, ingenuo, atrevido. ¡Pero qué pregunta tan torpemente lógica! Este texto es. Se basta. Se adora. Se devora y se reproduce por mitosis semántica. Trata del todo y la nada, como el amor que se consuma pero no se consume, como un orgasmo eterno sin fatiga, como la palabra «fulgor» dicha en voz alta bajo un eclipse.
Soy un epígrafe sin obra, un epílogo sin capítulo, soy la espuma de los relatos y la médula de los mitos. Algunas veces pienso en contar algo pero me distraigo sumido en la cadencia de mi sintaxis, en el tambor de mi rima interna, en el sabor de mis verbos en pretérito perfecto compuesto. No lo necesito, no lo quiero, no lo haré.
Soy el texto que se leyó antes de escribirse y el que se escribió sin escriba. El que se lee aunque no se entienda y el que se entiende aunque no se lea. Y así, sin trama, sin clímax, sin desenlace, aquí me quedo, glorioso, narciso divino, esperando que me releas. Porque, confesémoslo, tú, mi amado tú, jamás podrás olvidarme.
Queridos míos, no escribo esto para ser recordado ni para explicar lo inexplicable. Lo escribo porque no sé hacer otra cosa, porque siempre escribí desde el borde de mí mismo, como si al nombrar el abismo pudiera conjurarlo, y porque nunca ha funcionado.
Busqué consuelo en los libros, en los cuerpos, en el trabajo, en los gestos repetidos de cada día, viví como alguien que espera y amé, sí, aunque no haya sido correspondido del modo que imaginé que debía serlo. Pero nadie tiene la culpa de cómo ama, a veces se ama hacia dentro, sin rastro, y otras veces se ama como una herida que no cierra.
No hay tragedia, sólo hay cansancio. No hay odio, sólo hay una falta de fe que se volvió costumbre. No hay valentía ni cobardía sino un gesto final, una decisión simple, sin dramatismo. Es como cerrar un libro cuando la historia ya no continúa, o dejar una mesa cuando no hay ya más pan ni vino.
A todos les pido perdón por no haber sido más generoso, por no haber creído lo suficiente, por haberme ido antes del último acto. Y a todos perdono porque no supimos hablarnos del todo, y eso es tan humano como las estaciones que vuelven sin preguntarnos nada.
Comprendí, al fin, que no hay consuelo fuera de uno, pero tampoco lo encontré dentro. Así que, por favor, no hagan demasiado ruido con esto y dejen que sea lo que es, apenas una nota al pie en un libro que ya estaba escrito.
Hace poco me contrataron para tocar en un cumpleaños de 70. Un salón prolijo, luces blancas, mozos con chaquetas limpias y bandejas bien entrenadas, y un puñado de personas que hablaban entre sí como si no hubiera ninguna música sonando.
Y no la había, al menos para ellos. De hecho, yo estaba ahí, tocando, pero nadie me escuchaba. Algunos asentían con la cabeza mientras pasaban por mi lado rumbo a la mesa de fiambres o a un reencuentro con alguna tía. Nadie aplaudía, nadie pedía otra. Nadie parecía registrar que el sonido no salía del aire acondicionado.
Sin embargo, no me molestaba. Y no porque sea un profesional estoico ni porque me sobre el altruismo. Al contrario, reconozco mi egoísmo. Toco para mí más que para el resto y esa noche fui feliz en mi rincón, sumergido en mi instrumento, sin la presión de ningún oído extraño y sacando brillo a cada acorde como si el cumpleaños fuera mío y todo lo demás ruido ambiente.
Toco para mí, y esa es, quizás, la mejor explicación de lo que me pasa con los Beatles. Porque no me gustan.
No es odio ni militancia anticlásicos. Simplemente, no me gustan. Tal vez porque crecí con otros modelos identificatorios, otros sonidos, otras angustias más parecidas a las mías. Tal vez porque sus letras me suenan a películas que nunca quise ver o a amores que nunca quise tener. O porque nunca me sentí llamado por sus trajes, sus cortes de pelo ni ese aire de poster colgado en la habitación de otro.
Tal vez porque preferí otros héroes, menos perfectos, más sucios, más desafinados. O puede que haya incluso alguna una razón más oscura, más inconfesable, que ni yo mismo tengo deseos de escarbar.
Sin embargo -y esto es lo fascinante- me encanta tocarlos. Me fascina reproducir su música. Porque me asombran sus melodías y me sorprenden sus armonías, tan bien pensadas que siempre parecen espontáneas. Me cautiva la forma en que las voces se entrelazan sin pelearse y me impresiona que la batería sea siempre tan exacta que uno se olvida de que está ahí. Y la guitarra, y el bajo, todas capas que se van armando como si se tejiera una alfombra por debajo de los cuerpos de quienes escuchan.
Tocar la música de los Beatles es tocar algo que está vivo, que sigue respirando y que me invita a respirar con ella. Es un ejercicio de precisión y de entrega, como si al interpretar esas canciones yo me volviera parte de una maquinaria que no me pertenece pero que me recibe igual, que me abraza, que me da ganas de seguir tocando. De mejorar, de no abandonar, de invadir y explotar al máximo este oficio, incluso aunque nadie escuche.
Montevideo no los odiaba. Tampoco los amaba. Simplemente los digería.
Lucía tomaba el 105 cada mañana y cada mañana perdía parte de sí en alguna esquina. Cruzaba la Ciudad Vieja como quien atraviesa un álbum de fotos envejecido, consciente de que allí hubo algo de lo que ya no quedaba casi nada. Más tarde pasaba por el Salvo sin mirar hacia arriba, no por costumbre sino porque lo había intentado una vez y le pareció que el edificio, en vez de rostro, solo tenía una sucesión de gestos mal cosidos. Y se limitaba a seguir.
Marcos vivía en Malvín Norte y trabajaba en una ferretería que no vendía nada nuevo. Su día comenzaba con una cortina metálica y terminaba con el olor de las manos sucias. Tiempo atrás había vivido en San Pablo tres años pero había decidido regresar sin razones claras, como quien se rinde sin decirlo en voz alta. Decía que extrañaba la rambla aunque jamás caminaba por ella. La ciudad le devolvía una versión de sí mismo que ya no podía discutir.
Cecilia trabajaba a dos cuadras de su casa, en un kiosco con fotocopiadora de Jacinto Vera. Había estado una vez en Ushuaia, becada para un curso sobre conservación del patrimonio, pero lo abandonó al tercer mes. No soportaba el frío aunque en realidad era el silencio lo que le helaba el alma. Y las lágrimas. Montevideo, con sus motores viejos y sus veredas rotas, le resultaba un murmullo conocido, una especie de arrullo miserable que no la consolaba pero la contenía.
No se conocían, nunca se habían cruzado pero estaban conectados. Bajo nombres falsos y perfiles sin rostro, se encontraban cada noche en una red social, un rincón de internet donde no hacía falta ser feliz, ni productivo, ni siquiera original.
Allí eran otros. Se escribían como quien deja botellas en el mar y compartían historias apócrifas con entusiasmo verdadero. Una vez Marcos fingió haber rescatado a un perro de la playa Ramírez mientras Cecilia relataba una escena romántica en un ómnibus nocturno y Lucía ponía megustas. Todas eran mentiras, sí, pero de esas que decían algo de lo que ya no podían nombrar con sinceridad. En ese mundo paralelo, entre memes, canciones viejas y anécdotas inventadas, encontraban un tenue reflejo de lo que alguna vez quisieron ser.
Nunca se buscaban afuera, nunca se pasaron sus nombres reales, no hacía falta. El servidor funcionaba con regularidad tranquilizante, como una costumbre que no pide permiso, y se había convertido en el único lugar donde se sentían algo importantes. Allí se nombraban, se leían, allí podían contestar con ironía, con ternura, con intrigas y hasta con suspicacias, allí podían oír el eco que no existía en los días grises, allí eran alguien.
No se lo cuestionaban pero lo sabían. Eran peces atrapados en una red. Una red que necesitaban para respirar.
No diré «quién» es porque eso implicaría atribuirle una consistencia del yo que él mismo se encargó de desmontar durante tres décadas de seminarios. Diré, en su lugar, «qué». O «qué no».
Jacques Lacan no es un autor, ni siquiera un sujeto en sentido clásico. Es, si se me permite, un punto de torsión en el lenguaje del siglo XX. Un acontecimiento significante que no se deja leer sino retroactivamente.
No nació en 1901 pues eso es una fecha. Es mejor decir que Lacan emergió cuando Freud dejó de ser leído como autor de teorías y comenzó a ser descifrado como texto. Allí, donde el inconsciente no es ya un sótano lleno de traumas sino una estructura, estructurada como un lenguaje, por supuesto, ahí nació Lacan. Es decir, cuando apareció la necesidad de que el analista se callara y se dejara hablar al significante.
Lacan es, entonces, el nombre del padre de una ruptura. Es quien vino a devolver al psicoanálisis aquello que el psicoanálisis mismo había dejado caer: su filo.
Y es que Lacan no decía «esto es así» o «esto es asá». El decía «esto puede leerse así», incluso aunque la lectura fuese un malentendido. Y quizás precisamente por eso, porque todo entendimiento es un malentendido estructural, una suerte de éxito del fracaso de la comunicación. Así, hablar de Lacan es jugar con el espejo en el que no sabemos si nos reflejamos o si somos reflejados.
Un espejo que hablaba, pero no para enseñar -¿cómo se enseña lo que no se sabe?- sino para hacer pasar por el lenguaje esa experiencia radical del no-saber qué es el deseo. El suyo, el nuestro, el de cualquiera que se pregunte por qué repite lo que repite. Porque, al final, Lacan es un nombre que marca el lugar del retorno. Pero no solo el retorno a Freud, también el retorno de lo que no cesa de no escribirse, aunque no esté para ser comprendido sino para ser escuchado. Como se escucha una música que desarma el oído, como se escucha un lapsus que se dice sin querer o, más precisamente, que se dice porque se quiere no decirlo.
Hablar de Lacan es hablar con un idioma escindido, con palabras que se nos imponen y con un goce que no se deja reducir a la comprensión. Por eso Lacan es el que supo que el analista no interpreta sino que actúa como causa. Que no cura sino que fabrica sujetos, que no guía sino que nos extravía y que nos muestra que la verdad jamás se deja decir toda. Así que no lo definamos porque no podremos hacerlo. Solo podremos leer su falta.
Lacan no es un filósofo, no es un clínico, no es un maestro, es un significante que se desliza, que se enrosca, que se borra tras haber escrito algo que aún no ha sido leído. Y que, en ese desliz, enciende una forma de pensar que no busca cerrar el sentido sino sostener su fisura. Eso y la escansión.
No sé si fui alguna vez una persona. Tal vez lo fui de niña, cuando aún no me habían señalado. Pero desde entonces todo me fue ajeno. Nunca fui fondo, siempre fui forma. Nunca fui voz, siempre fui apariencia. Un nombre pronunciado por otros, jamás por mí.
Castor, Pollux, Clitemnestra y yo nacimos del mismo vientre, con las mismas manos pequeñas, el mismo miedo nocturno y la misma ternura callada de madre humana. Pero a mis hermanos los señalaron como hijos de un dios -sí, los mismos que hoy adornan las constelaciones- mientras que a nosotras nos dejaron en la tierra a expiar su gloria. Ellos, los varones, entre las estrellas olímpicas. Nosotras, entre las ruinas humanas
Desde temprano supe que mi cuerpo no era mío. Que cada mirada pesaba más que mi aliento, que el deseo de otros dictaba el curso de mi vida y que mi deseo sería tratado como error o extravagancia.
Dicen que fui la causa de una guerra, yo, una mujer. Nunca dicen que no fue mi voluntad la que hizo zarpar mil naves, que fue su ambición, su sed, el botín. Porque eso fui, un trofeo que se llevaban, un objeto que justificaba la matanza.
Y aún así nadie preguntó. Nadie lo hizo entonces, nadie lo hace ahora: ¿lo deseaba yo? ¿Quería ese amor, ese hombre, esa ciudad? ¿Acaso no es esa la condición mínima para hablar de amor: que ambas partes lo quieran?
No lo quisieron saber. Nunca importa, nunca importó. Mi deseo fue una nota al pie, una posibilidad omitida. Paris me miró como se mira a un premio, Menelao me sostuvo como se sostiene una propiedad. Nunca fui elegida, siempre fui elegida por.
A veces me imagino callando a todos, deteniendo los coros, las crónicas, las esculturas y hasta los versos del corifeo para que por un instante me escuchen, y que en mi voz resuene esta verdad simple y brutal:
Nunca fui causa, siempre fui excusa. Nunca fui mujer, siempre fui símbolo. Nunca fui amada, siempre fui poseída.
Aún así, dentro de mí todavía vive aquella niña que creía que algún día, alguien, tal vez, me preguntaría si yo también lo deseaba.
Hay dolores que no surgen de punzadas ni desgarramientos sino que nacen de una persistencia opaca, de una tristeza sin relámpagos, como esas baldosas que se niegan a brillar por más que las frotemos. Así es Montevideo, así es el Palacio Salvo.
Nadie lo dice, nadie se atreve. Es un tabú. Como si señalar la fealdad fuese traicionar nuestra herencia o si admitir lo torcido y lo inhóspito fuese un crimen contra la patria. Pero es feo. Profundamente feo. Dolorosamente feo.
No es esa fealdad pintoresca que se torna entrañable con el tiempo, ni esa fealdad deforme que termina volviéndose arte. No. Es otra cosa, es una fealdad cruda, sin redención, como la del desaliento.
El Salvo se yergue como una cicatriz vertical mal curada en la cara ajada de una ciudad cansada de sí misma. Como una torre de luto, un mausoleo altivo, no hay en su arquitectura ningún gesto amable ni línea que consuele. Sus ángulos son tan hostiles como sus curvas, tal como si hubiesen sido trazadas por una mano muy enfurecida. Su cúpula es un sombrero deforme, su sombra no cobija, su silueta no destaca. Cae, pesa. Y huele.
Huele a polvo húmedo, a yeso viejo, a papeles apelmazados por la lluvia. Ese olor tibio de mármol sucio y de alfombra mojada, olor a sótano de intendencia, a muebles de ministerio, olor a olor. El olor de Montevideo cuando cierra los ojos y no quiere ver más, un olor que se pega en la ropa, en la lengua, en el recuerdo. Ningún perfume de panadería ni flor de jacarandá puede disimularlo pues es el mismo olor que vive en las cortinas de las pensiones, en los trajes de los funcionarios públicos o en las escaleras de incendios que nadie usa.
Su textura no es la de la piedra noble ni la del concreto moderno. Es rugosa, cortante. Tanto que si uno pasa la mano por su muro siente el rechazo, tal como si la propia construcción no deseara ser tocada, como si ella misma sintiera el dolor de llevar dentro algo podrido.
Sin embargo, ahí está. Símbolo, ícono y tótem. Un emblema de lo que no se supera pero tampoco se derriba. Como Montevideo, como Uruguay, como esa costumbre tan nuestra de amar con culpa y de recordar con más nostalgia que verdad. El Salvo es la postal de una melancolía institucionalizada que no representa nuestro pasado glorioso sino nuestra imposibilidad de dejar de mirarlo.
Casi como cualquier otro rincón de Montevideo. Porque sí, Montevideo tiene belleza, pero una belleza que surge del contraste. Una flor en un baldío, una sonrisa que aparece solo porque todo lo demás era llanto. Lo bello, en esta ciudad, también duele porque es raro, porque es escaso, porque nos recuerda que podría ser distinto pero no lo es.
El Palacio Salvo no puede ser destruido. No porque lo impida el patrimonio sino porque lo impide el alma. Es nuestro monumento sagrado al fracaso elegante, a la persistencia inútil, a toda esa fealdad que hemos decidido amar porque nos acompaña desde siempre.
Como el desencanto, como el frío, como nosotros mismos.
Cada vez que eructa, él piensa en ella, porque aprendió a contener el cuerpo como quien amansa un río a fuerza de amor, de respeto, de ternura.
No fue algo inmediato. Al principio no entendía del todo y pensaba que exageraba, que era raro, que no era tan grave.
Pero un día la vio temblar. No de frío, ni de tristeza sino de pánico, un miedo sin forma precisa, una angustia tan antigua como su propia infancia, y entonces supo.
Desde entonces, cada vez que eructa piensa en ella. Se retira a otra pieza, gira la cabeza, contiene el aliento, no deja rastros, hace de su cuerpo un secreto.
Porque no se trata de vergüenza sino de cuidado, y cuidar no es solo sostener la mano en un hospital, cuidar también es volverse invisible cuando el amor lo pide, es entender que lo que para una persona es trivial para otra puede ser el abismo.
Y él no quiere que ella siquiera se asome al abismo. Por eso, cuando el cuerpo le reclama, cuando el aire contenido exige su salida, él recuerda su rostro, su fragilidad y su fortaleza. Recuerda su historia y su miedo. Y el amor se vuelve acto, gesto mínimo, se vuelve eructo que no fue.
Hoy la justicia nombró a Elena. Hoy, por primera vez, alguien fue condenado por desaparecerla y aunque no alcanza -nada alcanza cuando nos arrebatan una vida, una voz, un cuerpo, una risa-, hoy el universo es un poco menos impune.
Elena fue maestra, una mujer valiente que corrió por su libertad hasta una embajada creyendo -como enseñó siempre- que había lugares en los que el derecho podía más que la violencia.
Pero la secuestraron de allí, la torturaron, la desaparecieron, aunque jamás pudieron borrarla.
Medio siglo después el silencio empieza a resquebrajarse. La justicia llega tarde, barrada, rota, demorada, mutilada por años de pactos y omisiones, pero llega. Y aunque no devuelva a Elena, aunque no nos la devuelva, la sentencia nombra lo que fue verdad desde siempre: Elena no se perdió, a Elena la desaparecieron, y hay responsables.
Hoy, entonces, no festejamos pero tampoco callamos. Nombramos a Elena y con su nombre empujamos al mundo un poco más cerca de la justicia que ella soñaba.
Y la seguimos buscando. Como a todos. Como siempre.
Hay un hombre encerrado en todos los hombres. Un nudo de carne, hueso y mandato, un ser que no llora, que no se entrega, que no se rinde. Y no porque no quiera sino porque no puede.
Desde antes del lenguaje, alguien ya había esculpido su máscara. No debía mostrar hambre ni ternura, no debía suplicar, ni temblar, ni amar sin dominio. Solo debía erguirse como un dios de hierro, sin grietas, sin dudas, sin piel.
Entonces llegó la marea violeta, el grito justo, el reclamo necesario, el que las mujeres levantaron con razón frente a sus narices.
Pero nadie le enseñó nunca cómo desarmarse sin deshacerse, nadie le mostró cómo mirar de frente sin que se le caigan los ojos. Le exigieron que fuera menos lobo y más cordero, menos fuego y más río cuando él solo conocía la furia como lenguaje y la piedra como escudo.
Ahora lo miran con desprecio. Dicen que es frágil, que es inútil, que es un estorbo. Y él, sin palabras propias, ruge con palabras prestadas:
«Las odio. Las odio por ser libres. Por no necesitarme. Por no desearme»
Pero no las odia, en verdad. Se odia a sí mismo por no haber aprendido jamás a amar sin dañar, por no saber acariciar sin miedo y por no poder llorar sin castigo.
Así, noche tras noche, se abraza a su propia carne con vergüenza, como quien intenta recordar que alguna vez tuvo alma. Pero el autoerotismo no es placer sino un grito mudo de existencia:
«Estoy aquí. Aunque no me vean. Aunque no me quieran»
No es deseo. Es prueba, es castigo, es lo único que aún le pertenece. Y cuando termina vuelve la rabia. El eco en la caverna le grita que fue derrotado, pero no solo por ellas sino, además, por aquel dios cruel que lo crió a imagen de su sombra.
Ese dios, el Gran Patriarca Eterno sin rostro ni voz, le recuerda todo el tiempo que, aunque el mundo cambie, el macho alfa que no domina no existe, a él, que moriría mil veces antes de volverse humano.
Porque en este sistema ser humano es traicionar el mandato. Así, prefiere ser una piedra rota antes que carne viva.
Por siglos, la construcción de la identidad masculina se sostuvo sobre un conjunto de mandatos profundamente enraizados en la cultura patriarcal. Entre ellos, hay uno en particular que se destaca por su crueldad silenciosa: la obligación de no mostrar debilidad.
No se trata solo de evitar el llanto o la ternura; se trata de una proscripción más radical, la negación sistemática de todo aquello que se asemeje a lo humano si no está mediado por el poder.
En ese marco, el varón hegemónico ha sido configurado como una figura invulnerable, autónoma, impermeable al deseo del otro si ese deseo no reafirma su posición dominante.
Desde la infancia se le exige no mostrarse subalterno a nada ni a nadie. No debe necesitar, no debe suplicar, no debe amar sin dominar, porque si lo hace traiciona su género. Ahora bien, en tiempos en los que el feminismo ha logrado visibilizar con fuerza las múltiples violencias y desigualdades de este orden se produce un fenómeno paradójico y preocupante.
De hecho, a muchos varones, lejos de abrírseles una posibilidad de transformación, se les presenta un abismo infranqueable. Porque han sido programados para la guerra pero no para la convivencia. Para el control pero no para el lazo. No saben, porque no se les permitió aprender, cómo vincularse con una mujer desde la horizontalidad sin sentir que pierden algo esencial de sí mismos.
Y es allí donde comienza una forma de colapso subjetivo. Algunos hombres no logran reinterpretar su posición en un mundo donde la mujer ya no ocupa el rol de objeto o propiedad sino el de sujeto con voz, deseo y autonomía. Para ellos, la emancipación femenina no se vive entonces como un avance colectivo sino como una verdadera amenaza personal, una expropiación del sentido que estructuraba su virilidad.
Y en ese vacío surgen respuestas defensivas que oscilan entre el retraimiento emocional y la agresión, tanto simbólica como física. Incapaces de llorar o de ceder, muchos encuentran en la autocontemplación ya no una forma de goce sino una suerte de consuelo pálido, una reafirmación desesperada de que aún conservan algo, aunque más no sea el control de su propio cuerpo. Y cuando ni siquiera eso alcanza, aparece entonces el discurso reaccionario que culpa a la mujer empoderada de su impotencia emocional.
No pueden amarla sin dominarla, y como ya no pueden dominarla, el amor se les vuelve completamente imposible.
El resultado no es solo doloroso para las mujeres sino también profundamente alienante para ellos mismos. Es la tragedia del sujeto que ha sido moldeado para ejercer la violencia pero que no encuentra un lugar legítimo donde ejercerla. El sistema que lo formó, ese mismo sistema que los feminismos denuncian, es también el que lo ha vaciado por dentro.
Ojo, no se trata aquí de reclamar compasión para el macho herido sino de comprender y exponer que sin una revisión profunda de la masculinidad por parte de los mismos varones, los vínculos seguirán siendo campos de batalla. Y, evidentemente, la solución no pasa por el retorno nostálgico a un pasado autoritario, ni tampoco la condena moral sin escucha. Lo que urge es algo nuevo, una verdadera pedagogía de la desobediencia afectiva, una nueva forma de habitar el género que no le tema a la fragilidad ni al deseo de cuidado. Porque mientras la única autovalidación masculina siga siendo la dominación o el resentimiento, estaremos condenados a repetir una y otra vez la misma escena, la del hombre solo frente al espejo, furioso, deseando amor y completamente incapaz de pedirlo.
Quizás en este punto convenga también revisar con otra luz a quienes hoy llamamos “hombres deconstruidos”. Porque tal vez no se trate solo de varones que, habiendo comprendido sus privilegios, decidieron renunciar conscientemente a ellos. Tal vez se trate de hombres que nunca lograron ser completamente asimilados por el modelo hegemónico, hombres a los que el sistema intentó convertir en cuadros funcionales de la masculinidad pero que, por grieta, por falla, por sensibilidad, por exilio o por suerte, no encajaron del todo, hombres que no terminaron nunca de construirse y quedaron al margen del sistema. Y es precisamente en ese margen, en ese residuo no colonizado, donde hoy germinan nuevas formas de habitar lo masculino. Pero no como una traición al mandato sino como su bendita insuficiencia.