Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.
… es un campo minado, pero de de espejos. A veces me refleja, otras veces me descompone y deforma, y las más de las veces me oculta. No sé si es porque lo uso a modo de reencuentro conmigo mismo o como una excusa para no encontrarme nunca del todo. Lo que sí sé es que no me gusta demasiado obedecer paradigmas si no los comprendo, aunque los use como trampolines.
También es una herramienta que me permite descubrir lo que no sabría decir en voz alta, ni siquiera con palabras, como pequeños sabotajes al silencio y microfracturas en los moldes del deber ser por las que se cuela el texto de mi realidad, o de la realidad que me invento constantemente para poder sobrevivirme como un mago que no busca que le aplaudan el truco sino, más bien, que se asombren con los conejos.
No lo sé. Tal vez sea una adicción. Puede ser. En tal caso, no sería la primera. Pero prefiero pensarlo más como un ritual, como una forma de seguir preguntando sin esperar respuestas definitivas, una forma de jugarle pulseadas al tiempo, a la. identidad, al género, a la muerte y a mí mismo.
Son preguntas que le hago y que no me responde. Pero no importa, porque en vez de darme esas respuestas me habla de lo que todavía no conozco y me canta melodías absurdas mientras intento parecer serio.
Siempre encontré una ternura inagotable en las marionetas, una ternura que trasciende sus ojos fijos, su andar torpe o el temblor que recorre sus extremidades cuando las sacude una emoción. Es una ternura que nace en lo que representan, en el hecho de ser criaturas que cobran vida frente a mis ojos y que, aunque sepa de antemano que hay hilos, manos, varillas y un archipiélago de mecanismos ocultos, me piden suspender la incredulidad y el escepticismo. Y yo, dócil y maravillado, acepto ese pacto con la más pura de las voluntades. Decido creer, aunque sepa.
Creer sabiendo, es esa la alquimia. El truco no me engaña, lo conozco de antemano. Incluso de niño, cuando era más sabio que ahora, ya intuía que detrás del títere había una persona, un gesto humano, una respiración contenida.
Pero aún así me entregaba, y sigo haciéndolo. Finjo sorpresa, río, me asusto, me emociono. Y lo hago no por ignorancia sino por una necesidad más profunda, la de volver a habitar el asombro.
Las marionetas son vehículos de esa nostalgia sin edad, de esa pulsión por narrarnos. Cada obra es un viaje, un pequeño mundo portátil que cabe en un teatrillo de madera o en la esquina de una plaza. Y cuando comienza la función algo ancestral se activa, la historia se despliega, los personajes se reconocen en su rareza y aunque su movimiento sea artificial, me parecen más vivos que muchos de los cuerpos que caminan por las calles. Porque no es su anatomía lo que me interpela sino su alma prestada.
Hay en todo esto una trampa, sí. Una trampa visible, evidente. Sé que no es real. Sé que esa marioneta que llora, ríe o muere, no puede hacerlo por sí sola y que hay un titiritero, una titiritera que mueve, que le da voz, que traza el hilo narrativo con la precisión de un artesano y la dulzura de una poetisa. Pero qué importa. No estoy allí para desenmascar sino para ser cómplice. Es, probablemente, uno de los pocos espacios en los que no deseo desenredar los hilos sino, por el, contrario, seguirlos. Porque lo que me conmueve no es la técnica sino el deseo. El deseo de dejarme llevar, de que me cuenten algo. De descubrir, aun en la fábula más absurda, una chispa de verdad que me espeje.
La marioneta, como el mito, como el amor, no necesita ser verosímil para tocarme. Me basta con que se mueva, con que me mire, con que se atreva a existir un momento para mí, para nosotros. Y así acepto, sabiendo que hay una mano detrás pero olvidándola. Sabiendo que el hilo existe pero volviéndome ciego a su trazo. Porque sé que todo es ficción pero no renuncio a la emoción. Porque en lo profundo, lo que busco allí no es la verdad desnuda sino esa otra forma de verdad que se parece a los sueños y a las canciones antiguas, esa verdad que no se prueba ni se explica sino que se siente.
Las marionetas me recuerdan que la magia no está en lo oculto sino en lo compartido, en esa suspensión amorosa del juicio, en ese gesto de sentarme frente al pequeño escenario y decir
«Llevame. No importa si te veo mover los hilos. Yo quiero ir igual«.
Y es esa complicidad, ese juego de saberme engañado y elegir el viaje de todos modos, lo que más me humaniza. Porque, a final de cuentas, la marioneta no desea ser libre de sus hilos ni nosotros queremos cortar los nuestros, lo que deseamos, todos, es contar una historia y que alguien, al escucharla, decida quedarse un rato más en ese mundo inventado siendo partícipe más que parte.
Porque ahí, en ese ratito suspendido, somos más nosotros, somos más verdad, somos más ternura.
Fotografía: Neeltje de Vries Modelo: Wendy Tenbült
Hay una imagen que se repite como un eco ancestral en la historia de la fotografía artística, tal como si brotara de un rincón profundo de la memoria colectiva, la de una mujer desnuda montando a pelo un caballo. Sin rienda que le asista ni silla que se interponga entre ella y el animal, su piel sobre el lomo, su cabello al viento, la espalda recta como una espada sin guerra, es una escena que cautiva, que inquieta, que exalta, y no solo por su belleza formal (eso sería demasiado fácil, demasiado inmediato) sino por la amalgama simbólica que ofrece, tal como si se tratara de una pintura rupestre que vimos mil veces pero jamás terminamos de descifrar.
La fascinación, muchas veces malentendida como simple erotismo, no radica únicamente en el cuerpo expuesto sino en la fusión de tres fuerzas que rara vez conviven en armonía: lo humano, lo animal y lo libre. La mujer, despojada de toda indumentaria, no es aquí objeto de conquista sino figura de desafío. No hay sumisión en su gesto, hay en su lugar una declaración:
«no llevo silla ni riendas».
Lejos de mostrar lo evidente, que estaría dado por una escena de control, se exhibe una confianza radical, la entrega del cuerpo a otra potencia viva sin mediaciones de ningún tipo o naturaleza. El caballo, arquetipo ancestral de la naturaleza salvaje, no es montado con dominio sino con afinidad. Y la mujer, arquetipo primigenio del deseo en la mirada patriarcal que ha moldeado nuestras vidas, se reapropia de esa narrativa al colocarse justo allí donde el mito masculino suele ubicar al héroe.
Lo que vemos, entonces, es un nostoi, un regreso a la carne que no se avergüenza de su forma, al cuerpo que sabe que nació de la tierra, a la alianza bestial con los elementos.
La desnudez, lejos de ser pornográfica, es el lenguaje que nos dice que nada se interpone entre el ser y el mundo. Y montar a pelo, sin silla, es al mismo tiempo un gesto de vulnerabilidad y de fuerza, como si la mujer nos dijera que también es bestia, que también tiene cascos y crines invisibles, que también galopa cuando le arden las entrañas.
En esa imagen, reproducida, transformada, comercializada y mil veces idealizada, sobrevive un mito. La amazona sin armadura, una nueva Lady Godiva sin penitencia y esta vez frente a las ventanas abiertas de Coventry. O la mismísima Eva que, en vez de esconderse del paraíso perdido, lo busca al galope, sin ropa y sin culpas. Hay allí una utopía ancestral, una rebeldía sagrada y, por ello, la fotografía vuelve una y otra vez a esa imagen con la esperanza de tocar un nervio profundo, una herida, una promesa.
En ese instante congelado los espectadores, sin saberlo, no solo contemplamos a una mujer desnuda sobre un caballo sino que nos exponemos, involuntariamente, a las preguntas que no nos atrevemos a formular en voz demasiado alta: ¿qué si la libertad tuviese cuerpo? ¿y si tuviera crines? ¿y si, al final de cuentas, no necesitásemos nada más que el coraje de tocarnos sin miedo?
Amado tú que aquí estás para leerme, prepárate para una travesía que no será contada, para el vértigo de lo apenas insinuado, para la embriaguez de lo inminente. Porque soy el texto sin objeto, el relato sin relato, la historia sin historia. Soy lo que se dice de sí, lo que se canta antes de nacer y lo que se aplaude antes de entrar en escena. Porque no soy yo sino que yo soy.
Fui escrito en un arrebato de pasión irrefrenable, entre suspiros y jadeos de iluminación. Pero ninguna musa me inspiró porque yo mismo soy musa y verbo, papel y tinta, lágrima y mejilla, exclamación y admiración.
Mis párrafos son tan perfectos que los gramáticos lloran al leerlos y los poetas se sienten desgarrados al descubrir que cada verbo es una aventura, cada adjetivo un héroe y cada sustantivo un oráculo. La coma se detiene a contemplar su reflejo antes de avanzar y el punto y coma, que rara vez se usa, aquí se pavonea como un pavo real en pleno festival barroco.
He sido amado con locura por quien me escribió y por quien me corrigió. He sido citado en tesis que aún no han sido pensadas y me han refutado en debates que jamás se darán. Me han impreso en papel de arroz, de lino, de nube. Hasta me tatuaron en la espalda de un monje tibetano que no entendía mi idioma pero igual lloró.
Hablaron de mí en talleres literarios, me recitaron en lenguas muertas y me silbaron hasta los pájaros sin alfabetizar. Hay quien asegura haberme visto danzando con la Odisea bajo un árbol de sintaxis y otros gritaron que fui yo quien le susurró a Dante la idea del infierno, pero él, tímido, prefirió no usarme.
¿Y de qué trata este texto?, preguntarás, curioso, ingenuo, atrevido. ¡Pero qué pregunta tan torpemente lógica! Este texto es. Se basta. Se adora. Se devora y se reproduce por mitosis semántica. Trata del todo y la nada, como el amor que se consuma pero no se consume, como un orgasmo eterno sin fatiga, como la palabra «fulgor» dicha en voz alta bajo un eclipse.
Soy un epígrafe sin obra, un epílogo sin capítulo, soy la espuma de los relatos y la médula de los mitos. Algunas veces pienso en contar algo pero me distraigo sumido en la cadencia de mi sintaxis, en el tambor de mi rima interna, en el sabor de mis verbos en pretérito perfecto compuesto. No lo necesito, no lo quiero, no lo haré.
Soy el texto que se leyó antes de escribirse y el que se escribió sin escriba. El que se lee aunque no se entienda y el que se entiende aunque no se lea. Y así, sin trama, sin clímax, sin desenlace, aquí me quedo, glorioso, narciso divino, esperando que me releas. Porque, confesémoslo, tú, mi amado tú, jamás podrás olvidarme.
Queridos míos, no escribo esto para ser recordado ni para explicar lo inexplicable. Lo escribo porque no sé hacer otra cosa, porque siempre escribí desde el borde de mí mismo, como si al nombrar el abismo pudiera conjurarlo, y porque nunca ha funcionado.
Busqué consuelo en los libros, en los cuerpos, en el trabajo, en los gestos repetidos de cada día, viví como alguien que espera y amé, sí, aunque no haya sido correspondido del modo que imaginé que debía serlo. Pero nadie tiene la culpa de cómo ama, a veces se ama hacia dentro, sin rastro, y otras veces se ama como una herida que no cierra.
No hay tragedia, sólo hay cansancio. No hay odio, sólo hay una falta de fe que se volvió costumbre. No hay valentía ni cobardía sino un gesto final, una decisión simple, sin dramatismo. Es como cerrar un libro cuando la historia ya no continúa, o dejar una mesa cuando no hay ya más pan ni vino.
A todos les pido perdón por no haber sido más generoso, por no haber creído lo suficiente, por haberme ido antes del último acto. Y a todos perdono porque no supimos hablarnos del todo, y eso es tan humano como las estaciones que vuelven sin preguntarnos nada.
Comprendí, al fin, que no hay consuelo fuera de uno, pero tampoco lo encontré dentro. Así que, por favor, no hagan demasiado ruido con esto y dejen que sea lo que es, apenas una nota al pie en un libro que ya estaba escrito.
Hace poco me contrataron para tocar en un cumpleaños de 70. Un salón prolijo, luces blancas, mozos con chaquetas limpias y bandejas bien entrenadas, y un puñado de personas que hablaban entre sí como si no hubiera ninguna música sonando.
Y no la había, al menos para ellos. De hecho, yo estaba ahí, tocando, pero nadie me escuchaba. Algunos asentían con la cabeza mientras pasaban por mi lado rumbo a la mesa de fiambres o a un reencuentro con alguna tía. Nadie aplaudía, nadie pedía otra. Nadie parecía registrar que el sonido no salía del aire acondicionado.
Sin embargo, no me molestaba. Y no porque sea un profesional estoico ni porque me sobre el altruismo. Al contrario, reconozco mi egoísmo. Toco para mí más que para el resto y esa noche fui feliz en mi rincón, sumergido en mi instrumento, sin la presión de ningún oído extraño y sacando brillo a cada acorde como si el cumpleaños fuera mío y todo lo demás ruido ambiente.
Toco para mí, y esa es, quizás, la mejor explicación de lo que me pasa con los Beatles. Porque no me gustan.
No es odio ni militancia anticlásicos. Simplemente, no me gustan. Tal vez porque crecí con otros modelos identificatorios, otros sonidos, otras angustias más parecidas a las mías. Tal vez porque sus letras me suenan a películas que nunca quise ver o a amores que nunca quise tener. O porque nunca me sentí llamado por sus trajes, sus cortes de pelo ni ese aire de poster colgado en la habitación de otro.
Tal vez porque preferí otros héroes, menos perfectos, más sucios, más desafinados. O puede que haya incluso alguna una razón más oscura, más inconfesable, que ni yo mismo tengo deseos de escarbar.
Sin embargo -y esto es lo fascinante- me encanta tocarlos. Me fascina reproducir su música. Porque me asombran sus melodías y me sorprenden sus armonías, tan bien pensadas que siempre parecen espontáneas. Me cautiva la forma en que las voces se entrelazan sin pelearse y me impresiona que la batería sea siempre tan exacta que uno se olvida de que está ahí. Y la guitarra, y el bajo, todas capas que se van armando como si se tejiera una alfombra por debajo de los cuerpos de quienes escuchan.
Tocar la música de los Beatles es tocar algo que está vivo, que sigue respirando y que me invita a respirar con ella. Es un ejercicio de precisión y de entrega, como si al interpretar esas canciones yo me volviera parte de una maquinaria que no me pertenece pero que me recibe igual, que me abraza, que me da ganas de seguir tocando. De mejorar, de no abandonar, de invadir y explotar al máximo este oficio, incluso aunque nadie escuche.
Montevideo no los odiaba. Tampoco los amaba. Simplemente los digería.
Lucía tomaba el 105 cada mañana y cada mañana perdía parte de sí en alguna esquina. Cruzaba la Ciudad Vieja como quien atraviesa un álbum de fotos envejecido, consciente de que allí hubo algo de lo que ya no quedaba casi nada. Más tarde pasaba por el Salvo sin mirar hacia arriba, no por costumbre sino porque lo había intentado una vez y le pareció que el edificio, en vez de rostro, solo tenía una sucesión de gestos mal cosidos. Y se limitaba a seguir.
Marcos vivía en Malvín Norte y trabajaba en una ferretería que no vendía nada nuevo. Su día comenzaba con una cortina metálica y terminaba con el olor de las manos sucias. Tiempo atrás había vivido en San Pablo tres años pero había decidido regresar sin razones claras, como quien se rinde sin decirlo en voz alta. Decía que extrañaba la rambla aunque jamás caminaba por ella. La ciudad le devolvía una versión de sí mismo que ya no podía discutir.
Cecilia trabajaba a dos cuadras de su casa, en un kiosco con fotocopiadora de Jacinto Vera. Había estado una vez en Ushuaia, becada para un curso sobre conservación del patrimonio, pero lo abandonó al tercer mes. No soportaba el frío aunque en realidad era el silencio lo que le helaba el alma. Y las lágrimas. Montevideo, con sus motores viejos y sus veredas rotas, le resultaba un murmullo conocido, una especie de arrullo miserable que no la consolaba pero la contenía.
No se conocían, nunca se habían cruzado pero estaban conectados. Bajo nombres falsos y perfiles sin rostro, se encontraban cada noche en una red social, un rincón de internet donde no hacía falta ser feliz, ni productivo, ni siquiera original.
Allí eran otros. Se escribían como quien deja botellas en el mar y compartían historias apócrifas con entusiasmo verdadero. Una vez Marcos fingió haber rescatado a un perro de la playa Ramírez mientras Cecilia relataba una escena romántica en un ómnibus nocturno y Lucía ponía megustas. Todas eran mentiras, sí, pero de esas que decían algo de lo que ya no podían nombrar con sinceridad. En ese mundo paralelo, entre memes, canciones viejas y anécdotas inventadas, encontraban un tenue reflejo de lo que alguna vez quisieron ser.
Nunca se buscaban afuera, nunca se pasaron sus nombres reales, no hacía falta. El servidor funcionaba con regularidad tranquilizante, como una costumbre que no pide permiso, y se había convertido en el único lugar donde se sentían algo importantes. Allí se nombraban, se leían, allí podían contestar con ironía, con ternura, con intrigas y hasta con suspicacias, allí podían oír el eco que no existía en los días grises, allí eran alguien.
No se lo cuestionaban pero lo sabían. Eran peces atrapados en una red. Una red que necesitaban para respirar.
No diré «quién» es porque eso implicaría atribuirle una consistencia del yo que él mismo se encargó de desmontar durante tres décadas de seminarios. Diré, en su lugar, «qué». O «qué no».
Jacques Lacan no es un autor, ni siquiera un sujeto en sentido clásico. Es, si se me permite, un punto de torsión en el lenguaje del siglo XX. Un acontecimiento significante que no se deja leer sino retroactivamente.
No nació en 1901 pues eso es una fecha. Es mejor decir que Lacan emergió cuando Freud dejó de ser leído como autor de teorías y comenzó a ser descifrado como texto. Allí, donde el inconsciente no es ya un sótano lleno de traumas sino una estructura, estructurada como un lenguaje, por supuesto, ahí nació Lacan. Es decir, cuando apareció la necesidad de que el analista se callara y se dejara hablar al significante.
Lacan es, entonces, el nombre del padre de una ruptura. Es quien vino a devolver al psicoanálisis aquello que el psicoanálisis mismo había dejado caer: su filo.
Y es que Lacan no decía «esto es así» o «esto es asá». El decía «esto puede leerse así», incluso aunque la lectura fuese un malentendido. Y quizás precisamente por eso, porque todo entendimiento es un malentendido estructural, una suerte de éxito del fracaso de la comunicación. Así, hablar de Lacan es jugar con el espejo en el que no sabemos si nos reflejamos o si somos reflejados.
Un espejo que hablaba, pero no para enseñar -¿cómo se enseña lo que no se sabe?- sino para hacer pasar por el lenguaje esa experiencia radical del no-saber qué es el deseo. El suyo, el nuestro, el de cualquiera que se pregunte por qué repite lo que repite. Porque, al final, Lacan es un nombre que marca el lugar del retorno. Pero no solo el retorno a Freud, también el retorno de lo que no cesa de no escribirse, aunque no esté para ser comprendido sino para ser escuchado. Como se escucha una música que desarma el oído, como se escucha un lapsus que se dice sin querer o, más precisamente, que se dice porque se quiere no decirlo.
Hablar de Lacan es hablar con un idioma escindido, con palabras que se nos imponen y con un goce que no se deja reducir a la comprensión. Por eso Lacan es el que supo que el analista no interpreta sino que actúa como causa. Que no cura sino que fabrica sujetos, que no guía sino que nos extravía y que nos muestra que la verdad jamás se deja decir toda. Así que no lo definamos porque no podremos hacerlo. Solo podremos leer su falta.
Lacan no es un filósofo, no es un clínico, no es un maestro, es un significante que se desliza, que se enrosca, que se borra tras haber escrito algo que aún no ha sido leído. Y que, en ese desliz, enciende una forma de pensar que no busca cerrar el sentido sino sostener su fisura. Eso y la escansión.
No sé si fui alguna vez una persona. Tal vez lo fui de niña, cuando aún no me habían señalado. Pero desde entonces todo me fue ajeno. Nunca fui fondo, siempre fui forma. Nunca fui voz, siempre fui apariencia. Un nombre pronunciado por otros, jamás por mí.
Castor, Pollux, Clitemnestra y yo nacimos del mismo vientre, con las mismas manos pequeñas, el mismo miedo nocturno y la misma ternura callada de madre humana. Pero a mis hermanos los señalaron como hijos de un dios -sí, los mismos que hoy adornan las constelaciones- mientras que a nosotras nos dejaron en la tierra a expiar su gloria. Ellos, los varones, entre las estrellas olímpicas. Nosotras, entre las ruinas humanas
Desde temprano supe que mi cuerpo no era mío. Que cada mirada pesaba más que mi aliento, que el deseo de otros dictaba el curso de mi vida y que mi deseo sería tratado como error o extravagancia.
Dicen que fui la causa de una guerra, yo, una mujer. Nunca dicen que no fue mi voluntad la que hizo zarpar mil naves, que fue su ambición, su sed, el botín. Porque eso fui, un trofeo que se llevaban, un objeto que justificaba la matanza.
Y aún así nadie preguntó. Nadie lo hizo entonces, nadie lo hace ahora: ¿lo deseaba yo? ¿Quería ese amor, ese hombre, esa ciudad? ¿Acaso no es esa la condición mínima para hablar de amor: que ambas partes lo quieran?
No lo quisieron saber. Nunca importa, nunca importó. Mi deseo fue una nota al pie, una posibilidad omitida. Paris me miró como se mira a un premio, Menelao me sostuvo como se sostiene una propiedad. Nunca fui elegida, siempre fui elegida por.
A veces me imagino callando a todos, deteniendo los coros, las crónicas, las esculturas y hasta los versos del corifeo para que por un instante me escuchen, y que en mi voz resuene esta verdad simple y brutal:
Nunca fui causa, siempre fui excusa. Nunca fui mujer, siempre fui símbolo. Nunca fui amada, siempre fui poseída.
Aún así, dentro de mí todavía vive aquella niña que creía que algún día, alguien, tal vez, me preguntaría si yo también lo deseaba.
Hay dolores que no surgen de punzadas ni desgarramientos sino que nacen de una persistencia opaca, de una tristeza sin relámpagos, como esas baldosas que se niegan a brillar por más que las frotemos. Así es Montevideo, así es el Palacio Salvo.
Nadie lo dice, nadie se atreve. Es un tabú. Como si señalar la fealdad fuese traicionar nuestra herencia o si admitir lo torcido y lo inhóspito fuese un crimen contra la patria. Pero es feo. Profundamente feo. Dolorosamente feo.
No es esa fealdad pintoresca que se torna entrañable con el tiempo, ni esa fealdad deforme que termina volviéndose arte. No. Es otra cosa, es una fealdad cruda, sin redención, como la del desaliento.
El Salvo se yergue como una cicatriz vertical mal curada en la cara ajada de una ciudad cansada de sí misma. Como una torre de luto, un mausoleo altivo, no hay en su arquitectura ningún gesto amable ni línea que consuele. Sus ángulos son tan hostiles como sus curvas, tal como si hubiesen sido trazadas por una mano muy enfurecida. Su cúpula es un sombrero deforme, su sombra no cobija, su silueta no destaca. Cae, pesa. Y huele.
Huele a polvo húmedo, a yeso viejo, a papeles apelmazados por la lluvia. Ese olor tibio de mármol sucio y de alfombra mojada, olor a sótano de intendencia, a muebles de ministerio, olor a olor. El olor de Montevideo cuando cierra los ojos y no quiere ver más, un olor que se pega en la ropa, en la lengua, en el recuerdo. Ningún perfume de panadería ni flor de jacarandá puede disimularlo pues es el mismo olor que vive en las cortinas de las pensiones, en los trajes de los funcionarios públicos o en las escaleras de incendios que nadie usa.
Su textura no es la de la piedra noble ni la del concreto moderno. Es rugosa, cortante. Tanto que si uno pasa la mano por su muro siente el rechazo, tal como si la propia construcción no deseara ser tocada, como si ella misma sintiera el dolor de llevar dentro algo podrido.
Sin embargo, ahí está. Símbolo, ícono y tótem. Un emblema de lo que no se supera pero tampoco se derriba. Como Montevideo, como Uruguay, como esa costumbre tan nuestra de amar con culpa y de recordar con más nostalgia que verdad. El Salvo es la postal de una melancolía institucionalizada que no representa nuestro pasado glorioso sino nuestra imposibilidad de dejar de mirarlo.
Casi como cualquier otro rincón de Montevideo. Porque sí, Montevideo tiene belleza, pero una belleza que surge del contraste. Una flor en un baldío, una sonrisa que aparece solo porque todo lo demás era llanto. Lo bello, en esta ciudad, también duele porque es raro, porque es escaso, porque nos recuerda que podría ser distinto pero no lo es.
El Palacio Salvo no puede ser destruido. No porque lo impida el patrimonio sino porque lo impide el alma. Es nuestro monumento sagrado al fracaso elegante, a la persistencia inútil, a toda esa fealdad que hemos decidido amar porque nos acompaña desde siempre.
Como el desencanto, como el frío, como nosotros mismos.