S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

Tabla de contenidos

El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.



Sobre mí

  • A fines de los años 80, cuando nuestro país todavía se sacudía el polvo de los sótanos autoritarios y la democracia aprendía a caminar sin muletas, la catedral laica del cine arte de la que casi todos fuimos acólitos organizó un ciclo de películas que quedaría en la memoria colectiva como una especie de milagro inverso: «El porno también es cine».

    No se trató de un gesto marginal ni de una provocación gratuita. Fue una estrategia meticulosa, elegante, casi litúrgica. En el catálogo del ciclo, se hablaba de cosas tales como exploraciones necesarias de la corporalidad cinematográfica, el análisis del erotismo en tanto que disidencia estética y los límites de la representación en los relatos del deseo. Y se proyectaron títulos como El imperio de los sentidos, Calígula, La profesora de piano y algunas varias rarezas experimentales que incluían superposiciones de cuerpos difusos, jadeos en blanco y negro y mucho, mucho humo conceptual.

    El gesto era muy claro y la idea fácilmente legible. Se trataba de santificar lo profano, elevar el sudor al plano simbólico y revestir el deseo básico con palabras largas y frases complejas.

    Pero más interesante que la programación en sí resultó la procesión de espectadores que llenaban las salas, tal como si fuesen a misa. Profesores universitarios, críticos de arte, jóvenes con mochilas y sacos de pana, funcionarios cultos con barbas existencialistas, todos llegaban con cara de quien va a enfrentarse a un texto de Derrida y no a un cuerpo filmado gimiendo en plano secuencia. No iban a ver porno, de ninguna manera. Iban a pensar sobre el porno. O, al menos, eso decían.

    Pues el gran éxito del ciclo no fue democratizar el deseo ni abrir espacios para su exploración libre sino ofrecer una coartada perfecta. Por fin alguien podía ir al cine a ver penetraciones explícitas sin tener que esconderse detrás de alguna bufanda ni tener miedo de cruzarse con su dentista. Allí, entre paredes respetables, el placer se volvía estética, tesis, provocación filosófica, y eso era mucho más que suficiente.

    El ciclo fue, en rigor, una mojigatería sublime, una fiesta de la doble moral con música de Bach y olor a humedad erudita. Quienes nunca habrían pisado un cine del centro con nombre de antigua ciudad egipcia y alfombra pegajosa, encontraron por fin una forma de consumo que no mancillaba su imagen pública. Un deseo limpio, lavado con agua bendita intelectual, donde el porno seguía siendo porno pero pronunciado en francés.

    Hay quienes aún recuerdan con orgullo aquellas funciones, como si hubiesen participado de una avanzada cultural libertaria. Evidentemente, no suelen decir que lo que encendía la sala era lo mismo que en todos los cines del mundo: el temblor del cuerpo ante lo que no se dice pero se ve. Lo que cambió fue el marco, el aura, el dispositivo simbólico. Y es problema que eso sea lo más pornográfico de todo: la necesidad de disfrazar el deseo de discurso para que no huela a deseo y envolver la carne en celofán semiótico. La. necesidad de seguir deseando, pero como hacer si no.

    De más está decir que, cuando el ciclo terminó, nadie fue a buscar esas películas a videoclubes de barrio. Volvieron a sus libros, a sus conciertos, a sus disertaciones sobre la pulsión escópica. Pero ya habían probado el permiso, y eso no se olvida.

    Fue como si, en medio de una ciudad censurada, alguien hubiese repartido entradas para mirar por las cerraduras y salir diciendo que, en realidad, estaban estudiando arquitectura de interiores.

  • El jean como coartada

    Alguien dice «Sydney Sweeney tiene buenos genes» y muchas personas ríen mientras otras levantan las cejas. Hasta Trump tiene una opinión que dar, así que abrimos el celular y lo vemos, un anuncio de American Eagle con Sydney Sweeney en primer plano, una mariposa bordada en el bolsillo de su pantalón y ese juego de palabras que parece inofensivo si no se lo piensa demasiado pero brutal si se lo piensa apenas un poco más.

    Es marketing, claro. Solo una campaña para vender jeans. Nada más que eso.

    ¿Nada más?

    Vivimos tiempos en los que toda marca quiere posicionarse, aunque sea de costado. Un gesto, un símbolo, una cara conocida, una buena causa si se puede. Pero lo que pasó con esta campaña revela una tendencia cada vez más clara. Cuanto más problemática sea la elección, más visibilidad genera. Y con esa visibilidad, vienen clics, likes y ventas. El debate se convierte en estrategia y la polémica en modelo de negocio.

    La elección de Sydney Sweeney no fue casual, como tampoco lo fue la frase. Ni el plano, ni la pose. Todo fue diseñado para que hablara más la imagen que el producto. Y ¡vaya si funcionó! Se habló muchísimo más del trasfondo ideológico que del jean, y ahí está el truco.

    El marketing contemporáneo aprendió hace rato que hasta el repudio es rentable, que la cancelación parcial eleva el alcance y que lo ambiguo paga más que lo evidente. Entonces, alguien en la empresa sale a decir que no quisieron decir nada y que solo querían vender jeans. Pero esa frase, repetida como escudo, no solo elude las responsabilidades sino que es toda una coartada. Porque querer vender sin pensar en el contexto ya no es inocente. Es querer mantener un poder simbólico disfrazado de neutralidad.

    No se trata de odiar a Sweeney ni de hacer una lectura paranoica de cada anuncio, sino de no tragarnos el cuento de que todo esto ocurre por accidente, de entender que el marketing construye el mundo, elige qué cuerpos se muestran, qué gestos se vuelven deseables, qué historias se cuentan y cuáles se recortan.

    Y sí, una mariposa en el bolsillo trasero de un pantalón puede tener más cinismo que poesía, sobre todo si se emplea para decir «apoyamos una causa» mientras se reproducen los mismos estereotipos que muchas de esas causas combaten. En definitiva, la próxima vez que veamos un anuncio así no nos detengamos solo en la foto. Preguntémonos qué nos están vendiendo, qué estamos comprando además del jean.

    Detrás de cada «nada más» suele haber demasiado.

  • Ernesto siempre fue bueno con las palabras. Sabía usarlas con precisión, incluso con sutileza. Podía leer a otras personas con un tipo de lucidez que muchos admiraban aunque no supieran muy bien qué hacer con ella. Pero había una palabra, una sola, que se le escurría tal como si estuviese escrita en un idioma extranjero: amistad.

    No es que no entendiera el concepto. Lo comprendía de manera casi académica, tal como se estudian las costumbres de una cultura ajena. Sabía lo que representaba, había leído sobre su importancia, varias veces había sido testigo de vínculos entrañables entre otras personas. Pero a él le costaba. No por falta de deseo sino porque no encontraba cómo apropiarse de ese lenguaje desde adentro. Lo veía como quien escucha una lengua que puede traducir palabra por palabra pero cuya música le resulta ajena.

    Le pasaba desde siempre. Los gestos que cimentaban las amistades comunes – compartir una cerveza sin motivo, conversar durante horas sin propósito, ir al estadio, al cine o simplemente salir- no le resultaban desagradables, le resultaban lejanos. Como si fueran parte de un ritual en el que él nunca había sido iniciado. No los rechazaba, tan solo no sentía el llamado.

    A veces lo intentaba, más por educación que por convicción. Se forzaba a asistir, a sonreír, a mantenerse en escena esperando encajar en algún momento. Pero era como intentar poner una pieza que no pertenece al rompecabezas, una pieza que duele. Una pieza de otro mundo.

    Ernesto siempre terminaba sintiéndose impostor, intruso, fuera de lugar. Luego venía el agotamiento, el peso de haber representado un papel sin haber entendido el guion.

    No era frío, no era soberbio y definitivamente no era indiferente. Solo que su forma de vincularse no era la que los demás esperaban. No por rebeldía sino por naturaleza. En cambio, en el amor, Ernesto sí encontraba refugio. No el amor templado y progresivo que se construye con paciencia, sino el otro. El torrencial, el total, el que lo devoraba y lo devolvía cambiado. Ahí se sentía vivo, ahí entendía las reglas, aunque fueran complejas. Lo podía nombrar, lo podía vivir, lo sentía suyo. Cuando amaba no necesitaba manuales.

    Pero la amistad no. Ese era un terreno en sombra, un mapa sin leyenda. No sabía cómo empezaba ni qué la hacía durar, no entendía cuándo se esperaba que uno llamara, ni por qué. La sola idea de compartir un rato solo por dl hecho de compartirlo, sin una causa, un proyecto o una urgencia, lo desconcertaba. Le parecía hermoso, incluso envidiable, pero francamente inaccesible.

    Sin embargo, había personas a las que quería profundamente, con las que se sentía a gusto, sin disfraces ni ansiedad, gente cuya compañía le aligeraba el mundo. A veces las admiraba en silencio, a veces las extrañaba cuando no estaban. Pero llamarlas amigas o amigos le resultaba difícil. No por falta de afecto sino por una distancia inexplicable entre el nombre y la vivencia. Como si dijera pan pero estuviera hablando de una piedra que aprendió a sostener con ternura.

    Ernesto se preguntaba, entonces, si no habría otras formas de vínculo aún sin nombre. Relaciones sin libreto, sin casilleros predeterminados. Quizás existiese una manera legítima de estar con alguien sin repetir los formatos heredados de la amistad o la pareja. Tal vez, se decía con cierta esperanza, algunos afectos verdaderos no necesitan pasaporte para cruzar fronteras.

    En tal caso, si hubiese gente dispuesta a quedarse cerca de alguien que no sabía cómo llamar a lo que sentía, tal vez también había lugar para él en ese firmamento sin senderos que seguir o terrenos donde levantar las casas de lo establecido. Tal vez su manera de querer era precisamente eso, inventar constelaciones.

  • Había nacido en Montevideo, en el barrio Palermo, una casa con paredes de yeso que parecían susurrar teorías cuando llovía. A los trece años, entre partidos de truco y tardes de mate con bizcochos, descubrió una entrevista a Noam Chomsky en la biblioteca del liceo y desde entonces lo supo: la lucidez podía tener un rostro, y un lenguaje, y una postura ante el mundo. No se trataba solo de admiración, mucho menos de culto. Era respeto erudito, devoción crítica, amor intelectual.

    Se llamaba Matías Perdomo, aunque sus amigos le decían Chomsquito, en chanza y con cariño. En un momento importante de su vida cruzó a Buenos Aires, como tantos uruguayos en épocas de vacas flacas, y allí se quedó. Enseñaba psicolingüística en una universidad pública, vivía en un monoambiente con libros apilados como ladrillos y el mate siempre cargado, tibio, a medias, como su esperanza de que el lenguaje, en verdad, nos redimiera.

    Tenía subrayados todos los libros de Chomsky, podía citar casi de memoria los debates con Skinner, los artículos sobre Palestina, los análisis demoledores al intervencionismo yanqui. Le fascinaba el modo en que Chomsky convertía la ironía en bisturí sin perder jamás la sobriedad. Un día escribió al margen de uno de sus libros

    «Si alguna vez lo conozco no le hablaré de gramáticas, le diré que me enseñó a no tenerle miedo al poder y que me dio palabras cuando me faltaban dientes«

    Y un día ocurrió lo impensado. Una colega le dijo lo impensable:

    Che, vos que sos tan del viejo Chomsky, viene a la Feria del Libro, lo invitan al ciclo de pensamiento crítico. Y ¿sabés qué?, tengo un amigo en la editorial que lo trae. Si querés te lo presento.

    Fue como si el deseo hubiese cobrado vida. Durante días enteros, Matías caminó por la ciudad recitando en voz alta lo que le diría, refinó cada frase como si fueran haikus, pensó en comenzar con una anécdota, o tal vez con una pregunta punzante, quizás algo sobre Lingüística cartesiana, o sobre la Guerra del Golfo, o sobre el poder mediático como fábrica de consensos…

    Lo soñó dos veces. En la primera hablaban durante horas y en la segunda tomaban un café. En ninguna de las dos callaba.

    Llegó el día. Feria del Libro, Buenos Aires, 1997, Pabellón blanco. Tarde húmeda. El corazón de Matías latía como si tuviera verbos propios.

    Primero lo vio de lejos. Un hombre flaco, casi frágil, rodeado de seguridad, periodistas y estudiantes con ojos encendidos no parecía un titán y sin embargo lo era. Luego, el momento: el contacto en común se acerca, una seña, tragar saliva, un breve temblor…

    Noam, this is Matías, a linguist and a big admirer of your work. He teaches here...

    Chomsky giró la cabeza. Sonrió, extendió la mano…

    Oh, hi! Nice to meet you!

    El apretón fue tibio, humano, real.

    Matías abrió la boca y ahí, en ese punto exacto donde el pensamiento busca el lenguaje, algo se deshizo. No una idea, no una palabra, todo. Un torbellino de imágenes mentales, de argumentos leídos y de emociones comprimidas por años se arremolinó con violencia en su garganta. Intentó decir algo, cualquier cosa…

    -Hi, Mr. Chomsky, how are you…

    Y nada más. La frase quedó flotando, inconclusa, como un sintagma amputado, como un cuerpo sin sangre.

    El gran Noam asintió, sonrió amablemente, como quien comprende el peso que a veces ejercen los mitos sobre las lenguas, y ante el silencio simplemente dio media vuelta y siguió caminando, escoltado por gente que sí podía hablar.

    Matías lo vio alejarse, como se ve marcharse una palabra que no llega a nacer. Quedó solo, con la boca entreabierta, las manos en los bolsillos y un leve temblor en los párpados. No se odiaba, no se reía, solo sabía, con una certeza brutal, que la gramática generativa nunca previó ese instante.

    La lengua puede ser innata, pensó. Pero la voz no siempre responde.

    Y así se fue, caminando, entre los stands y las luces, como quien acaba de ver pasar a un dios sin más opción que hacerle una mínima reverencia muda.

  • Nadie sabía muy bien qué pasaba por la cabeza de Ana cuando se enamoraba. Ella tampoco, pero había algo en esa forma suya de esperar un mensaje, esa manera de anticipar el sonido del celular como si fuese la campana de una epifanía, que dejaba claro que, para ella, el amor no era simplemente una emoción. Era una estructura. Era un lenguaje.

    No amaba como los demás o, al menos, no como creía que los demás amaban. Lo suyo no era esa tibia danza de gestos sutiles, de ambigüedades que se negocian en el aire y que a veces, casi por accidente, desembocan en una historia. No. Lo de Ana era una urgencia, una necesidad vital de que el otro existiera, de que pensara en ella. De que le devolviera una señal, aunque mínima. Una palabra, un silencio cargado, una mirada que pudiera leerse como indicio. Y si no había signos los inventaba. No por capricho sino porque el vacío era más insoportable que la interpretación errada.

    Había leído una vez sobre algo llamado limerencia. Un término raro, técnico, que nadie usaba pero que la hizo sentir menos sola. No era amor romántico ni obsesión pura, era algo intermedio, un tipo de apego intenso que convertía cada gesto en símbolo y cada ausencia en abismo. Alguien, una psicóloga de los años setenta, lo había nombrado y para Ana, que vivía tratando de traducir el mundo a estructuras comprensibles, eso era un alivio.  Si tenía nombre probablemente también tuviese forma y, tal vez, entonces, no estaba tan perdida.

    Desde chica había sentido que los códigos sociales eran una coreografía que nunca le habían enseñado. Todos parecían moverse en un guión que ella no había leído. Sin embargo, cuando amaba -cuando limerenciaba, como decía en broma-, todo parecía más claro. En esa intensidad desbordada, en esa hipersensibilidad emocional que la obligaba a registrar hasta el más leve cambio de tono en un mensaje, había algo parecido a un sistema. Con reglas, con gramática, con una lógica interna que podía, finalmente, entender.

    No era que eligiese amar así. Simplemente no sabía hacerlo de otro modo. Y aunque a veces se odiaba por la vulnerabilidad extrema que le generaban esos vínculos, también sentía que era su única manera de sentir que algo tenía sentido, que no todo era caos.

    A veces sus amigas le decían que tenía que bajar un cambio, que no podía tomarse las cosas tan en serio, que no era para tanto, pero para Ana siempre era para tanto. No por dramatismo, sino porque su cerebro funcionaba de esa manera: todo o nada, blanco o negro, presencia o vacío. No había zona gris que pudiese transitar sin ansiedades.

    Sin embargo, no se veía como una persona trágica. Porque había tenido momentos de alegría mayúscula, de conexión auténtica. Breves, sí, pero intensos, como si alguien, en algún momento, hubiera logrado hablar su idioma. Esd idioma en que no hacía falta decirlo todo, en el que bastaba un cruce de palabras, un gesto simple, un instante para que dos sintaxis se acoplasen sin esfuerzo. Eso, para ella, era el paraíso.

    Ana nunca pidió que la comprendieran del todo. Sabía que era difícil. Lo que sí esperaba, lo que deseaba, era que no la juzgaran por sonar distinta, por sentir en mayúsculas, por necesitar una clave de lectura más que una solución. Porque cuando se vinculaba no buscaba solo reciprocidad. Buscaba legibilidad, buscaba una confirmación de que lo que sentía tenía un lugar posible en el mundo del otro y que sus emociones no flotaban solas, como fragmentos de una lengua muerta.

    Quizás por eso escribía. No poemas ni cartas de amor, sino fragmentos que parecían apuntes de una lengua desconocida. Un idioma emocional sin traducción exacta pero cargado de sentido. Como si el amor, para ella, fuera siempre una oración completa.  Aunque no siempre hubiera alguien dispuesto a leerla.

    Así, cada vez que alguien le decía que amaba demasiado fuerte, Ana apenas sonreía, con la melancolía de quien sabe que está hablando en otra lengua pero que sigue intentando conjugarse en voz alta.

  • De la semiótica de los cuidados mínimos a la política doméstica de lo invisible

    Si el lenguaje es el medio a través del cual organizamos el mundo y estructuramos el pensamiento, lo doméstico es un dialecto discreto que rara vez se analiza pero que todos hablamos. En ese dialecto, cada acto repetido, cada objeto fuera de lugar, cada descuido que se vuelve rutina, es una palabra. Y como toda palabra, tiene un signo, un sentido y un efecto. Desde esta perspectiva, la convivencia no es simplemente una suma de hábitos sino una escritura continua hecha de símbolos compartidos que revelan la arquitectura invisible de nuestras relaciones.

    Hay gestos que parecen insignificantes, sí. Pero esa insignificancia es apenas una máscara. Porque lo mínimo, cuando se repite sin conciencia o sin reciprocidad, deja de ser neutro y se vuelve ideológico. ¿Quién apagó la luz del pasillo que quedó encendida toda la noche? ¿Quién notó que los platos del almuerzo siguen en la pileta a la hora de la cena? ¿Quién preguntó si necesitabas una mano cuando te vio con el abrigo en una y las bolsas del supermercado en la otra? Esos pequeños actos, o más bien, esas omisiones reiteradas, dicen algo. Y lo dicen con fuerza.

    Como toda forma de lenguaje, estos gestos cotidianos pueden ser pensados en términos semiológicos. No por capricho teórico, sino porque esa mirada nos permite descifrar lo que parece inofensivo. Tomemos, por ejemplo, el signo de una taza usada que nadie lava. El significante es la taza sucia en sí, allí sobre la mesa. El significado es menos obvio, pero más poderoso: “alguien más (no yo) lo resolverá”, “ese cuidado no me concierne” o incluso “mi acción tiene prioridad sobre su consecuencia”. El objeto no habla, pero el gesto que lo rodea sí.

    Y no se trata de moralismos. No es que haya buenas y malas personas en torno a una esponja y un detergente. Es que el modo en que nos relacionamos con las consecuencias de nuestras acciones mínimas está cargado de sentido. En cada omisión hay un relato, una distribución tácita de roles, un reparto implícito de atención. El problema, entonces, no es el plato sucio en sí: es su reiteración en manos ajenas. Es la certeza de que, al final del día, hay alguien que va a encargarse. Y que esa persona, casi siempre, es la misma.

    Lo simbólico, así, no es lo abstracto. Es lo profundamente concreto que, sin embargo, remite a algo más. Del mismo modo en que una bandera no es solo una tela ni un anillo de compromiso es solo un adorno, una luz encendida a las tres de la mañana en una casa vacía es mucho más que un olvido, es una renuncia a pensar en el otro. Dicho de otra forma, la ausencia de gesto puede ser tan potente como el gesto mismo. O lo que Roland Barthes bien llamaría “la escritura de lo neutro”: aquello que no se dice, pero que organiza el sentido.

    El orden, el cuidado, la atención, no son simples tareas funcionales. Son, en la práctica, formas de reconocimiento. Ver que algo está fuera de lugar y actuar es, de algún modo, ver al otro. Anticiparse a una necesidad, aunque mínima (apagar una luz, secar una mancha de agua, preguntar si se necesita ayuda) no es servidumbre ni deber moral: es lenguaje. Es una forma de enunciar que el otro importa. Y cuando ese lenguaje es unilateral, cuando solo uno habla y el otro se sirve del silencio, hay desequilibrio. No necesariamente violento ni mucho menos explícito, pero sí sostenido y, por lo tanto, político.

    Porque lo político no ocurre solo en los grandes gestos. También habita los espacios pequeños. Se instala en la costumbre de no preguntar, en la ligereza de desentenderse, en la naturalidad con que ciertas personas siempre terminan resolviendo lo que nadie más ve. Ese “nadie más ve” que es, tal vez, el núcleo del problema. Pues ver implica asumir, y asumir implica compartir. Y no existe redistribución válida sin percepción compartida del esfuerzo.

    Pensar la casa, el vínculo o la convivencia como un texto simbólico nos permite leer de nuevo lo que parecía ya sabido. Nos permite entender que la cortina de baño corrida, el inodoro con la tapa levantada, o el silencio ante el agotamiento del otro no son accidentes aislados. Son signos, y como tales pueden interpretarse, discutirse y resignificarse.

    Pero para eso es necesario, primero, querer leer. Leer de verdad. Leer no solo con la cabeza, sino con el cuerpo, con la empatía, con la voluntad de ver lo que se ha vuelto invisible por la fuerza de la costumbre. Porque lo insignificante no carece de sentido: muy por el contrario, está saturado de él. Solo que no siempre conviene verlo.

    Sin embargo, cuando alguien elige hacerlo, cuando empieza a preguntar, a ofrecer, a compartir lo que antes se asumía en soledad, algo se mueve. Tal vez no se trate de una revolución. Pero sí, quizás, de una forma de ternura lúcida. De esa que no se predica pero se practica. De la que no cambia el mundo en un día, pero transforma el día de quien vive con nosotros.

    En estos tiempos de automatismo afectivo, eso no es poco.

  • Antes que la palabra, antes que el mito, antes incluso que el fuego hubo canto. No como adorno ni entretenimiento, como necesidad, como acto vital.

    Y si hubo un primer canto, ese canto fue de mujer. Porque el primer sonido que disipó el miedo no fue una explicación, no fue una orden, no fue una promesa, fue un arrullo. La voz de una madre que no argumenta ni razona sino que calma. La que no dice que todo estará bien sino que nos lo canta y que, por eso, lo vuelve cierto. Ese canto que nos acuna cuando todavía no hay un lenguaje, que nos envuelve cuando aún no hay mundo, esa voz que es el origen mismo de toda música, de todo consuelo, de toda esperanza.

    Hoy, cuando muchas voces femeninas cantan juntas, ese arrullo se multiplica y se transforma como ninguna otra cosa puede hacerlo. Ya no es solo consuelo, es invocación, es la humanidad hablándose a sí misma desde su centro más antiguo, es la memoria de un tiempo que nunca fue cronológico porque es eterno.

    No es sólo su armonía lo que conmueve, ni la técnica, ni siquiera la belleza. Es la resonancia de lo primero, lo primigenio, el eco intacto de quienes supieron cantarnos antes de darnos un nombre. Eso es lo que ocurre cuando un coro de mujeres canta, es mucho más que música, es ceremonia, es matriz, es verdad.

    Participar de ello, aún desde el margen, es ser partícipe de algo sagrado. Es tocarlo, ya no como espectador ni como testigo sino como criatura misma del misterio, es ser parte de cosas que no se explican ni se razonan porque simplemente son.

  • En la ciudad de La Tapada, que no figura en los mapas porque los mapas nunca anotan la fatiga, trabajaba desde hacía más de treinta años un hombre al que todos llamaban Blasco. Ese no era su verdadero nombre, era el apodo que le quedó desde que, una tarde, defendió a un compañero frente al capataz y le sacó un diente de un solo golpe. Tenía entonces 23 años, ideas claras, nudillos fuertes y una fe imbatible en la justicia obrera. Hoy, nadie recordaba ya por qué lo llamaban así.

    Blasco no hablaba. No intervenía en las asambleas, no firmaba planillas, no respondía a los saludos de los delegados. Bajaba la cabeza, ajustaba el riel de sangría, alimentaba el chiflido del vapor en la caldera del escalda y, a la hora del mate, se sentaba siempre en el mismo rincón, lejos del suelo jabonoso de grasa tibia, para que no se le oyera pensar. Pero pensaba, vaya si pensaba.

    Veía a los nuevos delegados pavonearse por los pasillos con caras llenas de excusas. Los oía decir que todo se resolvía «desde adentro», como si el adentro no se hubiera transformado ya en un teatro hueco en el que se repetía la misma obra gastada ante un público forzado. Escuchaba las mismas frases de siempre, los «hay que participar», «si no venís, no te quejés», «la lucha es colectiva», y se preguntaba, como quien mira llover en una pared que ya no da al cielo, en qué momento el sindicato había dejado de ser una trinchera para convertirse en un trampolín.

    Blasco había estado en la fundación del gremio, había visto las primeras actas escritas a mano, los reclamos justos, las huelgas con hambre y con miedo. Había llorado de rabia y de orgullo cuando consiguieron la licencia por enfermedad para el más débil de todos. Y luego la rueda giró, y siguió girando, como gira la despostadora, sin mirar a nadie.

    Vio cómo los representantes se transformaban en funcionarios. Cómo los problemas grandes eran reemplazados por disputas mínimas -una luz, una silla, una pared mal pintada- mientras los cuerpos se rompían igual.

    Vio cómo los nuevos cuereadores, jóvenes con la espalda curtida pero bienintencionados, eran reclutados para la causa del ascenso, no para la del cambio, y supo que ya no había «adentro», que ya nadie preguntaba por la justicia sino por el pan dulce o el aire acondicionado, que lo que dolía no era la explotación sino la incomodidad, que la palabra «compañero» había sido vendida al mejor postor.

    Pero Blasco no decía nada. No porque no tuviera rabia ni porque no supiera cómo decirlo sino porque ya no esperaba nada.

    Cuando lo miraban con desdén por no asistir a la asamblea, no respondía. Cuando lo acusaban de indiferente, apenas sonreía. Y cuando alguien, ingenuo o recién llegado, le preguntaba por qué no hablaba, Blasco respondía:

     –No es que no me importe, es que me cansé de hablar con paredes disfrazadas de discurso.

     No odiaba. Tampoco quería convencer a nadie, solo quería terminar su turno, volver a casa, alimentar a sus gatos y leer algunas páginas más de El vizconde partido al medio, donde al menos alguien se partía en dos por una razón noble.

    En La Tapada, la ciudad sin nombre, Blasco siguió yendo a trabajar, día tras día y año tras año al matadero donde antes se hablaba de huelga y ahora solo se discutían turnos. Y aunque no alzaba la voz, bastaba mirar sus manos para saber que no era sumiso. Era, simplemente, un hombre que lo había dado todo por la lucha, y que había visto cómo la lucha se transformaba en despacho.

    En silencio, respirando bajo el agua del desencanto, Blasco seguía creyendo en algo mejor. Aunque ya no creyera que fuese a venir de ellos.

  • Cuando toco a Shostakovich lo que vibra no es la cuerda. Es el ser. No el mío, no el suyo, el ser en tanto que materia oscura e impersonal que subyace a todas las formas, que no se dice, que no se muestra pero que en ciertos momentos, como un seco presagio que antecede al terremoto, se manifiesta.

    No es un dolor psicológico, no es tristeza, es algo mucho anterior al sujeto. Es un dolor ancestral, que no necesita causa porque es principio. Como si en los pliegues de cada frase musical se revelara un saber no dicho por la razón pero encarnado por el mundo. Su música no narra el dolor sino que lo revela como estructura del cosmos, como ley secreta de lo real.

    Al tocarlo, mi cuerpo deja de ser un instrumento para volverse un campo de resonancia ontológica donde ya no interpreto una obra. Con él doy paso a una manifestación en la que la disonancia no es un efecto expresivo sino el sonido de lo que el mundo calla.

    Su violencia no representa una historia, es la condición misma de toda historia. Y yo, al sostener el arco dejo de ser un ejecutante para convertirme en un médium, un pliegue momentáneo en la sustancia del ser, atravesado por una verdad sin palabras: que el dolor no es accidente sino forma, que la armonía no es el destino sino la excepción, que todo lo que vive está ya herido y que su música es la única que se atreve a decirlo sin prometer redención.

    Por eso, cuando lo toco no hay público que importe, no hay afuera, no hay función. Hay sólo el acto desnudo de estar, sabiendo que estar es doler y constatando que el cuerpo, al vibrar con esa música, se vuelve más real que nunca, más frágil, más fugaz. Como si cada nota extrajera de mis fibras ya no un sonido sino la memoria primordial, la del primer desgarramiento, aquel que nos separó del todo y nos arrojó a esta forma finita que somos.

    Shostakovich no me duele porque evoque algo triste. Me duele porque me recuerda que ser es, en su raíz más profunda, dolerse. Al tocarlo esa verdad brilla. No como consuelo, como luz.

  • Una pequeña reflexión descarnada sobre la tonalidad y el violín


    Hay tonalidades que uno no elige. No por capricho ni por miedo sino porque el cuerpo del violín no las desea. Mi mayor, por ejemplo. Tan brillante en la teoría, tan ingrata en la mano. Es una tonalidad mayor -dicen-, debería sonar alegre. Pero no. No lo es. No para mí.

    En el violín, Mi mayor es una casa sin ventanas. Todo lo que uno quiere proyectar rebota, se vuelve interior, se convierte en un eco opaco de algo que podría haber brillado pero que, en definitiva, se arrastra.

    Ninguna cuerda colabora. Las notas al aire, resonancias simpáticas y armónicos naturales que enriquecen la sonoridad desaparecen. No hay sol sostenido al aire, do sostenido ni re sostenido alguno que resuenen con plenitud sin la intervención directa del dedo. Del cuerpo. Del alma.

    Todo lo que debería vibrar libremente exige trabajo. Y lo que se busca que suene con ligereza, resiste.

    Los armónicos, esos milagros que hacen cantar al instrumento, ya no emergen. Las notas más importantes del tono no excitan ninguna resonancia simpática en las cuerdas salvo, tal vez, por coincidencias mínimas con los parciales superiores de algún mi agudo esporádico que, cuando aparece, se despega completamente del contexto brillando con un desacato inadmisible que debe ser atendido.

    La cuerda de sol permanece muda, la de re completamente insensible y la de la ajena. Así, cada nota debe ser sostenida, el brazo se vuelve sostén y el oído en radar. Y el arco, de pronto, se transforma en un sismógrafo del desequilibrio.

    Tocar en Mi mayor es saltar sin red. Mientras otras tonalidades se apoyan en los pilares invisibles del instrumento, esta exige que el violinista los construya en cada fraseo. Nada le está dado. Todo es frágil. Las notas se niegan a brillar por sí mismas y, si lo hacen, es solo como quien sonríe después de llorar.

    Muchos podrán decir que Fa menor es el tono del lamento, que Re menor es la tonalidad de la devoción triste. No se los discuto. Porque sé, con la certeza de mis falanges, que Mi mayor no es luminosa.
    Cuando mucho, solo es una alegría que finge estar de pie mientras se desangra por dentro. Una tonalidad mayor que, por alguna razón que sólo entienden los temperamentos antiguos y las almas barrocas, no puede liberarse del dolor.

    Tocar en Mi mayor es aceptar que el violín no está contigo, que no habrá simpatía alguna que vibre por vos, que no existirá ningún atajo armónico. Todo cuanto suene debe ser construido, nota por nota, desde la resistencia.

    Tal vez por eso, cada vez que me enfrento a ella siento que la música deja de ser interpretación y comienza a ser testimonio.