S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.


A las seis en punto, como todos los días – aunque nadie podría precisar con qué se mide la hora en un lugar donde nada ocurre-, el jefe de la cuadrilla ordenó abrir la puerta de la caseta. No por necesidad sino, más bien, por costumbre. El aire de la mañana debía entrar con la misma solemnidad con la que ellos habían aprendido a salir corriendo cuando el mundo, finalmente, decidiera arder.

La estación no tenía un nombre visible. Lo había tenido, sin duda, en alguna época en la que los trenes se detenían allí para algo más que exhalar. Pero ahora, la pintura descascarada ofrecía apenas una inicial, una letra que cada uno de los bomberos interpretaba según su conveniencia.

M de milagro, decía uno. T de tragedia, corregía otro. Ninguno se ponía de acuerdo, lo cual era saludable para la moral porque les daba espacio para ocupar la mente cuando necesitaban amainar la ansiedad.

A un costado, en medio de la nada, la vieja locomotora de vapor descansaba con una dignidad fatigada, tal como si fuese un animal anacrónico al que ya nadie le exige nada pero que insiste en respirar por disciplina.

No tenía vagones, nunca los tenía, pero eso no impedía que todos la miraran con el respeto que se le debe a lo que podría, en cualquier momento, incendiarse.

-Hoy sí -dijo el más joven, ajustándose la chaqueta antes de tiempo con el mismo entusiasmo del primer día y que aún no había aprendido a disimular.

El jefe no respondió. Observaba el entorno con una atención que podría confundirse con la esperanza si no fuese porque llevaba años practicando ese gesto sin resultado alguno.

A las siete, uno de ellos sacó la campana y la colgó del clavo habitual, verificando que el badajo respondiera con la gravedad necesaria. La probaron tres veces, y las tres veces el sonido se expandió sobre el universo con una importancia que no encontraba destinatario.

-Funciona bien -dictaminó el jefe.
-Es una campana muy buena -agregó otro, con una leve sonrisa que nadie registró como tal.

A las ocho de la mañana comenzaron los preparativos. Pero no porque hubiera señales sino porque era imprescindible estar preparados antes de cualquier eventualidad, incluso de aquellas que jamás habían ocurrido.

Abrieron las canillas con una parsimonia casi ceremonial, dejando que el agua corriera un instante de más, tal como si debiera purgarse de cualquier duda antes de ser útil. Y llenaron todos los baldes con cuidado, evitando que rebosaran en exceso -la urgencia también tiene sus formas-, alineándolos junto a la puerta en un orden que había sido objeto de discusiones largas y silenciosas.

Uno de ellos, el más meticuloso, revisó las costuras de su chaqueta como si en ellas se jugara el destino de la jornada. Otro practicó el gesto de tomar el balde y salir corriendo, pero sin llegar a dar el primer paso, porque eso habría sido precipitado.

A las nueve, la máquina exhaló un vapor más denso que de costumbre.

-¿Lo ven? -susurró alguien, sin atreverse a elevar la voz todavía.

Nadie quiso confirmar. Había un protocolo implícito: no apresurar la catástrofe.

A las nueve y diez, el vapor persistía.

-Podría ser, podría ser… -dijo el jefe, con una cautela que hacía honor a su cargo.

El más joven ya tenía la chaqueta abotonada. Sudaba, pero no por el calor, que era moderado, sino por la inminencia de lo que, finalmente, estaba a punto de justificar su existencia.

A las nueve y cuarto, el jefe levantó la mano.

-Ahora.

Hizo sonar la campana con una convicción que sorprendió incluso a quien esperaba el tañido, y los gritos estallaron en el aire, atropellándose unos a otros:

-¡Se incendia el tren!
-¡Fuego!
-¡Al tren! ¡Al tren!

Corrieron más desordenados que desesperados. Cada uno con su balde, que oscilaba con una gravedad heroica, y las chaquetas, pesadas, acompañaban el movimiento con una resistencia que hacía más meritorio cada paso. El más veterano trastabilló, levemente, pero logró mantener la cadencia sin derramar el agua, lo cual fue considerado en ese instante como un signo de gran profesionalismo.

Llegaron a la locomotora. El vapor seguía allí, indiferente a su entusiasmo.
Se miraron.

-Es humo – dijo uno, con una convicción que no admitía matices.
-No -respondió otro-. Es vapor.

El jefe se acercó un poco más, lo suficiente como para que el calor le rozara la cara.

-Es vapor -concluyó, finalmente, con una autoridad que no dejaba lugar a apelaciones.

Nadie habló durante unos segundos. El más joven sostenía el balde con ambas manos, como si aún pudiera ser útil.

-Bueno -dijo alguien-, mejor así.

Asintieron. Era importante que alguien lo dijera.

Ya nadie dijo nada más y regresaron en fila, con los baldes aún llenos y las chaquetas pesando más que antes, tal como si hubieran absorbido la decepción.

Ya dentro de la casilla, se sentaron. Nadie se quitó la chaqueta de inmediato, había una dignidad en sostener el peso un poco más, tal como si el cuerpo necesitase procesar lo ocurrido.

-Otro día será -dijo el jefe, sin énfasis.
-Sí -respondieron, casi al unísono, con una serenidad que podría confundirse con la resignación si no fuera porque en ella latía, intacta, la expectativa.

A las diez de la mañana, el vapor de la máquina volvió a hacerse visible. Nadie dijo nada, pero todos miraron.

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