
Informe sobre un hombre devuelto
En el invierno de 1757, cuando el frío parecía más un argumento que un fenómeno, fue llevado ante el Consejo de Magistrados de la ciudad de Brünn un hombre llamado Mathias Heller, tonelero de oficio, de temperamento dócil y reputación irreprochable, salvo por una reciente inclinación al silencio que sus vecinos juzgaban impropia de su carácter.
El motivo de su comparecencia no era, como se dijo en un principio, una disputa comercial ni un asunto de pendencias -que son, en tiempos ordinarios, los verdaderos motores de la justicia-, sino un relato que él mismo había pronunciado en la taberna, con voz calma, sin temblores ni exaltación, y que, por esa misma sobriedad, resultó más inquietante que cualquier delirio.
Dijo, según consta en actas, que había sido llevado al cielo. No «elevado en espíritu» como conviene a los devotos, ni «arrebatado en éxtasis» como gustan los místicos, sino llevado, con su cuerpo entero, sus botas embarradas y el olor del roble recién trabajado todavía en las manos.
El interrogatorio comenzó al amanecer del tercer día de su detención preventiva.
-Decid, Mathias Heller -preguntó el magistrado principal, un hombre de nariz larga y paciencia corta-, ¿en qué momento exacto comenzó vuestra supuesta elevación?
Mathias reflexionó antes de responder, como si temiera faltar a la precisión que, según creía, le era exigida.
-Fue después de la cena, señor. Había tomado sopa de cebada no muy caliente.
El escribano levantó la vista de sus papeles, molesto por la irrelevancia, pero el magistrado hizo un gesto para que continuara.
-Salí al patio -prosiguió Mathias-, porque el aire dentro era muy pesado, yentonces lo vi.
-¿Qué visteis?
-Una luz, señor. Pero no como la de una vela ni como la del sol, ni siquiera como la del rayo cuando cae. Era ordenada.
Hubo un leve murmullo entre los presentes.
-¿Ordenada? -repreguntó el magistrado.
-Sí, señor. No temblaba, no se agitaba, era una luz que sabía lo que hacía.
El fiscal carraspeó, visiblemente incómodo.
-¿Y qué ocurrió luego?
-La luz descendió -respondió Mathias- sin hacee ruido. Como si el aire no tuviera autoridad sobre ella.
Uno de los consejeros, hombre versado en las nuevas ideas que llegaban desde Francia, intervino:
-¿Podría tratarse de un fenómeno eléctrico? Se habla últimamente de fluidos invisibles…
-No, señor -respondió Mathias con una convicción que sorprendió incluso a quienes dudaban de él-, si fuese un fluido se habría derramado. Esta luz no se derramaba, se posaba.
El magistrado tomó nota mental de aquella distinción, aunque no supo bien qué hacer con ella.
-Continuad, por favor
-La luz se abrió -dijo Mathias- como una puerta que no necesita bisagras. Y de ella salieron unos seres.
El silencio en la sala se volvió más espeso que el invierno exterior.
-¿Ángeles? -preguntó alguien, casi con esperanza.
Mathias dudó.
-No sabría decirlo, señor. Porque no tenían alas. Y, si me permitís, parecían mucho más interesados en mí que en Dios.
El escribano dejó de escribir por un instante, tal como si aquella frase exigiera un tipo de tinta o caligrafía distinta.
-Describidlos, por favor -ordenó el magistrado.
-Eran proporcionados -dijo Mathias tras una pausa-, como hombres bien hechos, pero sin la torpeza que suele acompañarnos. Sus caras no mostraban emociones pero tampoco ausencia de ellas. Era como si supieran que no era necesario demostrar nada.
-¿Y qué hicieron con vos?
-Me invitaron.
-¿Invitaron?
-Sí, señor. No me tomaron por la fuerza pero tampoco me ofrecieron elección.
El fiscal sonrió, satisfecho de encontrar al fin una contradicción.
-Eso es imposible, buen hombre. O bien hay elección, o bien no la hay.
Mathias lo miró con una serenidad que, en otro contexto, habría sido considerada insolente.
-Señor -dijo-, cuando uno está frente a algo que lo comprende mejor de lo que uno se comprende a sí mismo, la elección pierde utilidad.
El consejero ilustrado asintió levemente, tal como si aquella frase confirmara alguna teoría que aún no había formulado del todo.
-¿Y entonces? -insistió el magistrado-, ¿entrasteis en esa luz?
-Sí, señor.
-¿Y qué hallasteis dentro?
Mathiaa cerró los ojos, no en gesto de devoción, sino de cálculo.
-Un lugar -dijo- donde las cosas no necesitaban sostenerse para permanecer, donde las herramientas no se usaban sino que ya estaban usadas, donde el tiempo no era necesario.
El escribano, incapaz de seguir aquel tipo de descripción, optó por escribir: «Confusión manifiesta».
-¿Os interrogaron? – preguntó el fiscal.
-Sí.
-¿Sobre qué?
-Sobre todo.
-Sed más preciso.
-Sobre por qué hacemos las cosas – respondió Mathias-, sobre por qué cortamos la madera de una forma y no de otra, sobre por qué creemos que sabemos lo que sabemos…
El consejero ilustrado se inclinó hacia adelante.
-¿Y qué respondisteis?
Matías abrió los ojos.
-Lo mejor que pude, señor, pero creo que no quedaron satisfechos.
-¿Por qué lo decís?
-Porque al final me devolvieron.
Hubo un murmullo contenido, casi decepcionado.
-¿Dónde aparecisteis?
-En el mismo patio, señor. Y la sopa ya estaba fría del todo.
El magistrado se reclinó en su silla. Durante unos instantes, nadie habló.
Finalmente, el fiscal rompió el silencio.
-Señores, es evidente que nos hallamos ante un caso de imaginación desordenada, posiblemente agravada por vapores digestivos. Propongo que el acusado sea liberado con una advertencia y que se le prohíba difundir relatos que puedan perturbar el orden público.
El consejero ilustrado, sin embargo, levantó la mano.
-Con el debido respeto -dijo-, me permito señalar que, si bien el relato carece de fundamento en nuestras actuales ciencias, presenta una coherencia interna que no es habitual en los delirios.
-¿Insinuáis que debemos creerle? -replicó el fiscal.
-No, señor -respondió el consejero-, insinúo que debemos reconocer que no sabemos qué hacer con él.
El magistrado suspiró. Aquella, pensó, era siempre la peor de las situaciones.
Se volvió entonces hacia Mathias.
-Decidme una última cosa -dijo-. Si esos seres regresaran, ¿irías con ellos otra vez?
Mathias no respondió de inmediato. Miró sus manos, aún ásperas, aún humanas.
-No lo sé, señor -dijo al fin-, allí todo era tan claro que uno dejaba de hacerse preguntas. Y, sin preguntas… -se detuvo.
-¿Sí?
-Sin preguntas -concluyó-, no estoy seguro de que valga la pena entender nada.
El magistrado cerró el expediente.
Mathias Heller fue liberado esa misma tarde. Volvió a su taller, retomó su oficio y, según testimonio de quienes lo conocieron, nunca volvió a hablar del asunto. Sin embargo, durante los meses siguientes, varios vecinos aseguraron haberlo visto salir al patio con un cuenco de sopa en las manos, esperar en silencio, y dejarla enfriar sin probarla. Como si aguardara, con una paciencia que no era de este mundo, que algo -o alguien- volviera a demostrarle que el universo, incluso en 1757, podía permitirse el lujo de no explicarse.
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