S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.


Todavía me despierto antes del amanecer Todos los días.

Pero no por obligación, porque no hay dioses que me esperen, héroes que me invoquen ni amantes que me rueguen en silencio. Me despierto por costumbre, como si algo en mí siguiera creyendo que el mundo depende de que yo llegue a tiempo.

Me siento en la cama, en ese breve instante suspendido donde mi cuerpo aún no recuerda del todo su edad, y por un segundo, o incluso menos, vuelvo a sentir mi antigua ligereza. Aquella ligereza de cuando corría sin peso. Y no es una metáfora pues verdaderamente no había peso. El aire no era un obstáculo sino un aliado. Atravesaba cielos, montañas, mares, puertas cerradas y hasta voluntades dudosas.

Por entonces no llevaba mensajes. Yo era el mensaje. Era el tránsito mismo.

Y recuerdo las manos. Manos temblorosas que esperaban una respuesta. U ojos que se encendían cuando yo aparecía. No importaba si yo llevaba guerra o consuelo, traición o promesa, mi presencia ordenaba el mundo por un instante y cerraba circuitos invisibles entre destinos que no sabían que se necesitaban.

También estaba la noche, pues las madrugadas eran todas mías. Nadie más las entendía. Amparaba a quienes se buscaban en secreto, a los que cruzaban ciudades en silencio, a quienes no podían o no debían amar bajo la luz. Abría caminos allí donde no los había, con una mirada, un gesto o una señal mínima, y todo encontraba su cauce.

Y sí, también estaban los otros. Los pequeños. Los torpes. Aquellos que robaban gallinas pero no por hambre sino por una especie de torpeza vital, una necesidad absurda de desobedecer. Me gustaban porque había en esos tramposos algo honesto. No sabían por qué hacían lo que hacían, pero lo hacían igual. Y yo los protegía, claro, aunque no por justicia sino por afinidad.

Eso era necesario. Yo era necesario. Todo era necesario.

Había una trama, una red invisible donde cada gesto tenía consecuencias, donde cada mensaje podía torcer un destino. Yo no era importante. Era imprescindible.

Ahora, ahora me pongo el casco.

Tiene un rayón en el lado izquierdo. No recuerdo cuándo apareció. Y la motito arranca con un sonido cansado, como si dudara de sí misma. A veces yo también dudo. Cargo la alforja. De nylon. Liviana. Ridículamente liviana.

Antes llevaba palabras que podían iniciar guerras. Ahora llevo objetos que nadie necesita y que, sin embargo, alguien espera con una ansiedad que no logro comprender. Cosas pequeñas, envueltas en plástico, promesas de algo que jamás termina de llegar. Y toco timbres.

-¿Paquete?

Siempre es la misma palabra. Nunca es «mensaje», nunca es «noticia», nunca es «cuidado».

-Paquete.

Las manos siguen temblando, pero no es lo mismo. No hay transformación en la mirada, sino una especie de descarga breve, tal como si la espera misma fuese el único contenido. Abren, miran, asienten. Y a otra cosa.

Yo también.

Sigo mi recorrido. Semáforos, bocinas, calles que no llevan a ningún lado. Ya no hay trayectorias, solo el recorrido. Ya no hay destinos, solo direcciones.

Y algunas poquísimas veces, en una esquina random, cuando el sol cae en cierto ángulo, siento algo. Una temblor mínimo en mis tobillos, un recuerdo del viento antiguo.

Me quedo quieto un segundo más de lo necesario pero la gente se impacienta. Tocan bocina. No entienden.

Yo tampoco entiendo del todo, pero sé que eso está ahí. Como un eco.

No es nostalgia porque la nostalgia embellece y esto no es bello. Es otra cosa. Es persistencia. Tal como si el mundo hubiera cambiado de lenguaje más no de estructura, y yo fuera ahora un traductor que dejó de reconocer las palabras pero que aún intuye la gramática.

Y sigo entregando los paquetes.

No sé si alguien lo comprenderá. Tampoco me importa demasiado. Porque, si bien mi tarea no terminó, se volvió irreconocible.

Sin embargo, quiero creer que estos objetos absurdos, innecesarios, también transportan algo. No lo veo. No lo entiendo pero algo debe haber. Tiene que haberlo. Porque si no, ¿por qué sigo despertando antes del amanecer?

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