S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.


Hay momentos -muy pocos- en los que el mundo deja de estar hecho de cosas separadas.

No ocurren cuando los busco y no llegan con esfuerzo, ni con voluntad. Llegan, más bien, cuando algo muy interior cede. Tal como si una puerta que nunca supimos que estaba ahí se abriera, apenas, y apenas bastara con eso. Una puerta que se abre.

Al principio no es más que una sospecha. Mi arco roza la cuerda y el sonido no parece salir del violín sino de un lugar anterior, interior, más hondo. Los dedos no buscan las notas pues ya están ahí. Sin corrección, sin cálculo. El tiempo, ese metrónomo invisible que cuantiza todo lo que pueda medirse, deja de contar. Y entonces ocurre eso.

Ya no estoy tocando. La música se está tocando a sí misma y yo soy eso. No hay un yo sosteniendo el arco, como no hay arco, ni cuerda, ni nota. Hay solo una continuidad, una respiración larga, indivisible. Algo que se despliega sin preguntarse qué es.

Después la ruta, la noche. El haz de luz de mi moto recorta el asfalto tal como si fuese un río que se deja ver solo por donde pasa la Luna. Las líneas blancas del pavimento ya no marcan carriles. Son pulsos, latidos, una guía que no necesita ser entendida. No pienso en la curva, no decido inclinar, no calculo la velocidad. Estoy en la curva antes incluso de saber que la curva, la moto y yo existíamos.

La moto no pesa. O, mejor dicho, no hay nada que pesar porque no hay separación entre mi cuerpo y la máquina. Ni entre mi máquina y la oscuridad. Ni entre la oscuridad y el cielo, bajo, cargado de estrellas, un cielo que no está arriba sino alrededor. Entonces comprendo, sin palabras, sin pensamiento que no estoy atravesando la noche. Soy la noche moviéndose.

Al otro día el campo abierto. Ulysses, mi caballo, respira. O tal vez soy yo quien respira en cuatro patas. No pisamos el suelo, lo continuamos, sin órdenes, sin riendas tensas que indiquen nada. Hay allí una inteligencia antigua, compartida, que sabe antes de saber.

El viento no golpea mi cara, la dibuja. Y por primera vez, por única vez, no hay nadie mirando la escena desde afuera. No hay ningún narrador. No hay ningún testigo. No hay ninguna historia que contar más tarde porque no hay después.

Y eso es lo que me desconcierta. Porque esos son instantes en los que no hay experiencia, en los que no hay registro. Pero no los hay porque no hay nadie que los tenga. Ni siquiera yo. Sin embargo, todo está más intensamente presente que nunca.

No importa el nombre. Puede ser Zen, puede ser Mushin, puede ser una mente que no se detiene a pensar ni siquiera en sí misma. Y no importan porque los nombres siempre llegan tarde. Llegan cuando ya salimos de ahí, cuando la puerta se ha cerrado suavemente y volvemos a ser quienes queremos recordar, quienes intentamos poner en palabras qué fue lo que sucedió, qué fue lo que hemos hecho.

Pero lo que queda, lo que verdaderamente queda, no es el recuerdo sino una certeza sin forma, algo que trasciende un instante excepcional. Algo que siempre está y que, por alguna razón que jamás comprenderé, siempre se nos pasa por alto.

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