S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.


Durante mucho tiempo creí que el problema era encontrar mi lugar. Luego entendí que el problema era que me pedían que lo hiciera en una línea, y más tarde descubrí que un cubo podría ser más preciso. Allí, por primera vez sentí alivio pues ya no tenía que elegir entre extremos y podía darme el lujo de existir en combinaciones. En una matriz (hermoso nombre) de combinaciones.

Pero incluso ese cubo empezó a quedarme chico, y no porque fuera incorrecto, sino porque tenía bordes, aristas, filos. Y yo, ciertamente, nunca fui amigo de los bordes.

Entonces dejé de pensar en figuras y empecé a pensar en trazas. Pero ya no como líneas dibujadas sino como huellas en un espacio que jamás termino de conocer.

En él, cada traza es una forma en la que el mundo me atraviesa. Pero también es una forma en la que el mundo resuena en mí.

Por cierto, no todo lo que me define se deja medir. Algunas cosas, por ejemplo, se escuchan. Hay intensidades, sí, pero también hay timbres, texturas, resonancias, disonancias, silencios…

Durante mucho creí que esas trazas eran variaciones de una misma cosa pero ahora sospecho con firmeza que no, que cada una es un eje.

Pero no se trata de ejes tales como los de un gráfico escolar, rígidos y numerados, sino ejes que también podrían pensarse como parámetros de una escucha que aún no sé formalizar, ejes que aparecen cuando algo duele, o cuando algo encaja con una perfección inexplicable. O incluso cuando el lenguaje no alcanza y, sin embargo, algo insiste en ser dicho.

Si tuviera que imaginarlo -realmente no puedo hacer otra cosa más que imaginarlo-, diría que no habito un espacio.
Diría que habito EL espacio. Ese espacio que no es un contenedor sino, más bien, un acontecimiento.

Un espacio en expansión, pero no metafórica sino estructuralmente, donde a veces ocurre algo semejante a una supernova, esto es, una experiencia que irrumpe, colapsa lo que había, y cuya destrucción crea elementos nuevos que antes no existían en mí.

Un espacio donde ciertas regularidades, tal como cefeidas íntimas, me permiten de tanto en tanto estimar distancias y cuantificar cuánto me alejé de quien fui, o cuánto ha pasado entre un yo y otro.

Un espacio atravesado de campos que no veo, pero con efectos innegables, energías que, al decaer, se vuelven materia en forma de hábitos, respuestas y defensas.

Un espacio en el que algunas vibraciones no solo atraviesan, sino que dan masa, densifican una emoción, vuelven ineludible una percepción y fijan cada traza.

Y un espacio donde también hay entidades mucho más extrañas: Experiencias como fotones,  sin interior, sin reposo e imposibles de detener pero, sin embargo, persistentes, viajando intactas a través del tiempo, atravesándome una y otra vez sin perderse.

También hay regiones enteras que aún no logro cartografiar, materia oscura que no sé nombrar pero cuya gravedad organiza mis movimientos, y energía oscura que empuja silenciosamente todo hacia afuera y que expande el espacio mismo en el que existo, incluso cuando no lo comprendo.

En fin, ya no soy un punto en una línea ni un segmento en un cubo. Ni siquiera soy un instante en un espacio. Mi universo es una configuración de trazas dentro el espacio, en expansión, una suerte de acorde imposible de fijar del todo, una superposición de estados que no siempre resuelven pero que sin embargo son. Y lo más desconcertante es que ese espacio no es fijo, no cambia dentro de mí sino que cambia conmigo (o yo con él, en una relación que ya no sé separar).

Algunos días descubro un eje nuevo, una forma distinta de saturación, una sensibilidad que no sabía que tenía, una manera inédita de desbordarme o de encontrar calma, tal como si apareciera una nueva constante o como si una región antes oscura empezara a emitir. Y entonces todo se reconfigura. Pero no porque yo haya cambiado sino porque, entonces, tengo más universo para existir.

Tal vez eso sea, ciertamente, el espectro. No una línea, no una escala, no un volumen, ni siquiera un espacio en el sentido habitual sino un intento siempre incompleto de cartografiar un universo cuya expansión excede cualquier modelo que intentemos imponerle, un universo que no solo se mide ni solo se escucha sino que, además, se transforma.

Y por eso duele cuando me reducen, cuando nos reducen. No se trata simplemente de un error conceptual sino de una amputación de la justicia. Porque cada simplificación borra dimensiones y cada dimensión borrada es una traza que deja de poder ser leída, una frecuencia que deja de poder ser oída o una región entera que vuelve a quedar en la oscuridad.

No deseo que me ubiquen. Por el contrario, quiero que acepten que todavía nadie sabe en qué universo estamos y que, en todo caso, lo más honesto que podemos hacer no es medirlo. Pero no porque no tengamos herramientas suficientes como para hacerlo sino porque no se puede medir algo sin intervenirlo.

Cada intento de fraccionar en unidades registrables aquello que somos, cada esfuerzo por cuantificar nuestras trazas, las cambia sustancialmente. Y así, observar siempre implicará modificar y toda medición será también, siempre, una forma de desplazamiento.

Explorar tal espacio nos exige aceptar que nunca habrá un mapa definitivo, que toda referencia será provisoria y que cualquier coordenada cambiará en el instante en que la nombremos. Debemos aceptar la incertidumbre, pero ya no como un problema a resolver sino como la única forma honesta de permanecer. Y entonces, lo más cercano a comprendernos será habitar esa incertidumbre.

Sin reducirla.

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