
Allí no había ninguna puerta, solo una hendidura en la oscuridad, tal como si la noche hubiese sido doblada sobre sí misma.
Hécate no llegó, ya estaba. Y Cerbero tampoco aguardaba, él simplemente era.
Durante un tiempo que no podría medirse, no hablaron. Solo se miraron, hasta que Cerbero quebró el silencio.
–Dicen que guardo.
Hécate tardó en responderde. La Luna, si hubiese habido alguna luna, habría estado en sus tres edades simultáneamente.
-¿Guardas? -preguntó al fin-, ¿o impides?
–Eso dicen -asintió Cerbero-, que impido los regresos.
-¿Y puedes hacerlo?
Hubo algo parecido a una vibración, tal como si tres suspiros entrecortados se superpusieran.
–No muerdo a quien vuelve -dijo-, no es necesario…
Hécate apenas inclinó su rostro triple.
–Entonces no eres un guardián…
Cerbero tardó en entender esa frase. De todas formas, entender no era una categoría útil allí.
–Fui puesto para eso.
–No, fuiste narrado para eso…
El silencio se volvió más denso, pero no pesado. Tal como si algo estuviera recordándose a sí mismo.
–Tú abrías –dijo Cerbero, –abrías caminos, cruces, fases. Todas las mujeres te invocaban cuando la sangre les marcaba el tiempo. Y los viajeros cuando la noche no tenía centro.
–Yo no abría -le corrigió Hécate suavemente-, yo era el cruce…
Cerbero percibió que esa diferencia era importante, aunque no entendía todavía por qué.
–En tus tiempos -le dijo-, había regreso.
–Había tránsito.
-¿No es lo mismo?
–No…
La palabra cayó dura, sin eco.
–Tránsito no es retorno. El retorno supone que el punto de partida, el inicio permanece intacto. Pero en el tránsito, quien cruza ya no coincide más consigo mismo…
Cerbero guardó esa frase como si fuera un hueso antiguo.
–Entonces yo no niego el retorno -dijo, convenciéndose de lo que decía, –solo lo hago evidente…
Hécate lo miró o, mejor dicho, miró a través de él.
-¿Qué crees que ocurre cuando alguien atraviesa este pliegue?
–Desciende.
–Eso dicen los relatos solares.
–Muere.
–Es lo que dicen los vivos…
Cerbero sintió que algo en sus tres cabezas empezaba a desarmarse. Pero no era dolor, era comprensión.
–No regresan -murmuró, dudando si era afirmación o pregunta.
–Pero no porque tú lo impidas…
La oscuridad se plegó un poco más.
–No regresan -repitió él, ya más seguro- pues no tienen, no hay a dónde regresar.
Hécate no sonrió pero el espacio se expandió, se hizo mucho más amplio.
–Cuando el mundo aprendió a nombrar la causa del nacimiento -dijo ella- creyó haber conquistado el misterio. Creyó que el tiempo era línea, que toda salida exigía entrada y que toda entrada se implicaba una salida.
–Y yo quedé como perro -dijo Cerbero, pero sin que allí hubiese un reproche.
–Quedaste como figura.
–Tricéfalo, como tú.
–Tres veces no…
Cerbero sintió que esa frase lo atravesaba como si hubiera estado esperándola desde siempre.
–Antes, el tres era fase –dijo lentamente-, crecimiento, plenitud y decrecimiento.
–Ahora es clausura -completó Hécate-, ya no hay fases aquí, ya no hay ciclos, no hay primavera que emerja de este lugar…
El nombre de Perséfone flotó sin pronunciarse.
–Ella va y viene -objetó Cerbero.
–Va -corrigió Hécate.
El silencio volvió, pero ya no era el mismo.
–Entonces el regreso es un malentendido -dijo Cerbero.
–Una nostalgia del orden solar.
–Una ilusión necesaria para quienes viven en la superficie…
Cerbero percibió entonces algo que nunca había considerado:
–No soy carcelero.
–No.
–Tampoco soy amenaza.
–No.
–Soy la evidencia de que el misterio no admite simetría…
Hécate guardó esa frase con cuidado.
–El misterio no se repite -dijo ella-, el misterio se atraviesa.
–Y al atravesarlo…
–Se pierde el mapa.
–Se pierde el nombre.
–Se pierde la posibilidad de contar la experiencia…
Cerbero entendió entonces por qué Orfeo había fallado, incluso al triunfar. Por qué la miel no era engaño sino concesión narrativa.
–Fui domesticado por el relato -agregó.
–Como el grifo -añadió Hécate.
El recuerdo del león con cabeza de águila surgió como un fósil dorado.
–Él custodiaba el oro -dijo Cerbero.
–Custodiaba lo que entonces emanaba sin propiedad.
–Fue reducción.
–No, fue administración del límite.
Cerbero percibió el parentesco.
-¿Yo soy la última reducción? – susurró.
–Eres el resto irreductible.
-¿Pero cuál es la diferencia?
Hécate tardó en responder.
–La reducción puede revertirse, el resto no.
Cerbero comprendió ahí que no era, entonces, un instrumento del patriarcado ni su criatura final. Era su fisura.
–Si alguien pudiera regresar -dijo-, el mundo seguiría creyendo que todo misterio es reversible.
–Y no lo es.
–Entonces más que impedir el regreso, lo imposibilito.
–No, mi querido hijo -dijo Hécate con una claridad que no necesitaba luz-, lo revelas imposible. La diferencia es mínima. Y total…
Las tres cabezas dejaron, por fin, de vigilar. Y no porque cerraran sus ojos sino porque ya no había nada que observar.
–No soy perro -dijo finalmente Cerbero.
–No.
–Tampoco soy un monstruo.
–Nunca lo fuiste.
–No soy guardián.
Hécate se aproximó, como si aproximarse fuera un verbo que aún significara algo.
–Eres el mismo pliegue -dijo con el amor maternal de la eternidad.
La palabra no era metáfora, era descubrimiento, y Cerbero ya no sintió el peso en sus bocas. Las cabezas eran insistencias, tres veces la misma verdad.
–No hay regreso porque no hay origen intacto -murmuró.
–Y no hay origen intacto porque el misterio no es punto de partida -se apresuró a concluir Hécate-, es lo que queda cuando todo punto se disuelve.
Por un instante, si es que hubo algún instante, el mundo superior, con su sol y sus genealogías, pareció lejano, casi ingenuo.
-¿Qué pasa, entonces, con Hades? – preguntó Cerbero, como un niño que no entiende algo.
Hécate respondió sin solemnidad.
–Hades aprendió.
-¿A renunciar?
–A no traducir.
El pliegue se cerró un poco más, pero no como puerta sijo como respiración que no vuelve a exhalar lo mismo. Cerbero comprendió entonces que jamás había sido colocado allí para castigar sino porque alguien debía sostener la verdad final. Y, al comprenderlo, dejó de ser criatura. Se volvió condición.
Hécate no lo bendijo. No era necesario. El descubrimiento había sido mutuo. Y maravilloso.
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