
El consultorio estaba en penumbra, con esa luz que invita a las palabras a salir sin vergüenza. Jorge se removió en el sillón, cruzó las piernas y dijo, casi con incomodidad:
-No entiendo por qué detesto tanto la música de Fabini. No toda la música uruguaya, ni todo el nacionalismo musical sino Fabini. Es algo visceral… Y me desconcierta, porque reconozco en su obra elementos que, aislados, disfruto en otros compositores. Pero ¿por qué él me resulta tan desagradable?
El terapeuta no respondió. Solo necesitó mirarlo con atención para que continuara.
–Quizá sea esa manía de dejar su firma en cada compás, como si gritara «esto es mío» todo el tiempo. No sé, no me parece la voz inevitable de un creador auténtico sino una obstinación enfermiza en recordarnos quién manda, una originalidad forzada, un autorretrato repetido una y otra vez hasta el cansancio. Y yo… juro que no soporto esa insistencia.
Jorge se detuvo. Necesitaba ordenar sus pensamientos pero el silencio del analista actuaba como un espejo.
-¿Será, tal vez, la paleta armónica? La encuentro muy limitada, sí, pero al mismo tiempo estirada como si fuera infinita, o como si pretendiera serlo. Y me fastidia ese truco, esa ilusión de vastedad cuando en realidad no es más que un horizonte pintado que me hace sentir encerrado en un paisaje que nunca se abre, que se repite bajo otra luz, otro matiz, pero siempre con el mismo fondo. Es como si la música no respirara.
El terapeuta inclinó levemente la cabeza.
-Y también está el tema de los matices… esos pianísimos que en realidad son fortes disfrazados, que parecen pianísimos solo porque se gritan en voz baja. Todo es exagerado, todo es teatral, la dinámica no fluye como un gesto orgánico, todo es pose. Y ahí también lo siento impostado, como si la música no fuera música sino una coreografía sonora.
Suspiró.
-¿Y sabés qué más me rechina? Sus obras no me hablan como relatos, no avanzan, no fluyen. Son collages, motivos yuxtapuestos, pegados como si fueran el relleno de un embutido dentro de una tripa transparente. Termino viendo las costuras, el artificio, el pegamento. No hay ahí un discurso sino un muestrario...
El terapeuta levantó una ceja.
-Y claro, está también lo del nacionalismo, esa obsesión con el campo, con los ceibos, con las melgas, con las mañanas de reyes, como si la música tuviera que ser la patria en pentagrama y eso me irrita. No porque odie el campo sino porque siento que es como si alguien se empecinara en decir que eso es el Uruguay, sin dejar espacio para otras voces, otras memorias. El Uruguay de Fabini es apenas uno, insistente y monumental, pero existen otros uruguayes de voces múltiples que se superponen, que dudan, que no se dejan resumir en un acorde… El suyo, más que un sello es un mandato. Y yo, que detesto los corsés identitarios, lo vivo como imposición...
El terapeuta lo dejó terminar
-Quizás -dijo al fin- tu rechazo no sea sólo a Fabini sino a lo que Fabini representa en vos, a esa música que se erige como monumento, como unanimidad cultural. Probablemente te incomode que su obra se haya convertido en un símbolo, en un estandarte, y que lo personal quede sepultado bajo lo institucional…
Jorge asintió, lentamente.
–Sí… Tal vez sea eso. Pero no lo rechazo solo a él. Rechazo que su música, tan cerrada sobre sí misma, haya sido canonizada como si fuese la única ventana posible al paisaje, a lo nuestro. No soporto esa clausura. Necesito la mezcla, la fractura, la duda. Y Fabini nunca duda. Es insoportable.
El silencio volvió a llenar la sala pero ahora no pesaba, tenía forma de revelación.
La sesión terminó allí, sin más. Jorge se levantó despacio, recogió el abrigo y salió al pasillo.
Minutos después cruzaba la plaza Independencia bajo el sol áspero del mediodía. A sus espaldas, el Palacio Salvo se erguía como una mole desproporcionada, proyectando una sombra que parecía perseguirlo. En su cabeza, tal como una radio sintonizada a la fuerza, la música de Fabini se repetía insistente, intrusiva, imposible de apagar, y cada acorde se le mezclaba con el peso del edificio.
Ambos, música y piedra, lo acosaban como monumentos inevitables, incapaces de callar.
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