S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

El retrato gigante de Mozart imponía admiración y, en la penumbra solemne de la sala, todos los presentes se alinearon como líneas de un pentagrama milimétricamente trazado en el piso. El aire estaba cargado de expectativa y hasta los atriles parecían estar en posición de saludo.

El Maestro, algo pálido, disimulaba sus nervios mientras sostenía una batuta con ambas manos, tal como si fuese un arma ceremonial demasiado ligera para inspirar respeto.

El Alumno, candidato, el pupilo aspirante que hasta entonces era violinista, dio un paso al frente y el murmullo reverente recorrió la fila.

El jurado escrutaba y tomaba notas. Había llegado la hora.

Como saludo inicial, todos los presentes ejecutaron una escala descendente perfecta desde el do sobreagudo hasta el grave más profundo, un gesto sonoro que equivalía a inclinarse ante el shōmen invisible de la música. Así comenzó la prueba, con la severidad de una misa antigua.

El Alumno ejecutó entonces tres escalas al metrónomo, seis golpes de arco calculados como katas de madera y crines y, luego, una partita de Bach brotó de su violín como una fórmula ancestral con cada nota impecablemente colocada y cada silencio tan firme como una reverencia.

Todos contenían la respiración pero el momento decisivo aún estaba por llegar, era el momento del combate.

Alumno y Maestro se enfrentaron en un duelo de improvisación. El Alumno lanzó un arpegio radiante, cargado de insolencia juvenil. El Maestro respondió con un trino inseguro, apenas disimulado por el vibrato. Un segundo intercambio comenzó a revelar la verdad: El Alumno avanzaba con fuerza mientras El Maestro, aunque todavía digno, mostraba en la mirada un miedo indecible. No temía la derrota musical sino algo mucho peor. Sentía miedo de que El Alumno, al superarlo, dejara de necesitarle y con ello se evaporara la fuente de ingresos que le sostenía en aquel pequeño dojo melódico.

El tribunal de ancianos, viejos pianistas, se retiró a deliberar en un rincón, moviendo casi instintivamente los dedos en el aire como si aún hubiese teclas bajo ellos. Y, tras unos minutos de tensión insoportable, regresaron.

El Portavoz, con la solemnidad de un bajo profundo, pronunció entonces las palabras decisivas:

Eres digno. Desde hoy portarás el violoncello.

El Instrumento apareció, brillante, enorme, luminoso, como un tótem de madera barnizada por los dioses. El Alumno lo abrazó con reverencia y la sala estalló en un silencio sobrecogedor. El Maestro aplaudió con elegancia pero en su interior calculaba, con un sudor frío en la nuca, cuántos grados le separaban ya del día fatal en el que tendría que enfrentarse a un contrabajo, a un piano de cola o ¡Dios no lo permitiera! un órgano de iglesia.

El examen concluyó con un acorde mayor prolongado, vibrante, como un juramento. Uno a uno, todos los presentes se retiraron. Excepto El Maestro que permaneció sentado, solo, acariciando su batuta con expresión grave. Y en voz baja, apenas audible, dejó escapar un suspiro resignado:

Debí dedicarme al kazoo. Nadie me disputaría jamás un instrumento tan pequeño.

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