
Él dejó sobre la mesa un papel doblado en cuatro. Ella lo abrió, lo leyó, y encontró escrito:
«Si te pierdo,
mi sombra será apenas un eco;
si me quedas,
toda la noche aprenderá a cantar.»
Sin decir nada, volvió a doblarlo y lo guardó en su bolsillo. Para él era aceptación, para ella era piedad.
Dos universos nacían de un mismo gesto pues ambos compartieron la misma experiencia, aunque nunca la misma historia…
-Observen -dijo entonces el profesor, escribiendo los mismos versos en el pizarrón-, el relato no necesita escenarios ni personajes con nombre porque se sostiene en un solo poema y en el pliegue de un solo pedazo de papel. Y ese pliegue es el pliegue de la realidad misma. En él se bifurcan dos universos…
Y citó:
“Ambos compartieron la misma experiencia, pero nunca la misma historia.”
Habló así de Woolf, de Zweig, de Cortázar. Habló de espejos, de divergencias, de cómo el poema no es un gran poema pero sí la chispa que enciende la diferencia…
-Un papel doblado en cuatro contiene, en realidad, cuatro relatos distintos -dijo-, el de él, el de ella, el nuestro como lectores y el mío como intérprete…
Años después, uno de los alumnos recordaría aquella clase leyendo un cuaderno ajado.
«Yo estaba maravillado. Creía que cada palabra del profesor era una revelación. Sentía que las comparaciones con Woolf, Zweig y Cortázar eran oráculos, pero el tiempo y la vida me mostraron lo contrario. Eran tan solo lugares comunes, una retórica brillante pero superficial. Sin embargo, ahí estuvo el verdadero aprendizaje. En entender que la fascinación también se pliega y se repliega, que lo que hoy parece luz mañana puede ser apenas un eco. Y que el cuento, el verdadero cuento, no estaba solo en el papel doblado sino en mi cambio de opinión.»
Y volvió a copiar el poema en la primera página del cuaderno, tal como si repitiera el mismo gesto de su profesor:
«Si te pierdo,
mi sombra será apenas un eco…»
El alumno terminó de leer esas líneas en voz alta, frente a todos nosotros. Hablaba de un cuento que contenía un poema, hablaba de una clase que contenía el cuento, hablaba de un recuerdo que contenía la clase…
-Ese fue su legado -nos dijo-, enseñarnos que ningún discurso es definitivo, que todo texto se pliega sobre otro, que lo mismo se repite y se transforma.
Entonces entendimos dónde estábamos realmente. No en el cuento, no en el aula, tampoco en el recuerdo sino en un último pliegue: en el velorio del propio profesor.
Y al mirarlo en su féretro comprendimos que también la muerte se dobla como un papel en cuatro: su historia, la nuestra, el cuento y este instante. Que compartimos la misma experiencia aunque nunca la misma historia.
De pronto, los versos iniciales resonaron en todos los niveles, como en una fuga, idénticos y distintos cada vez:
«Si te pierdo,
mi sombra será apenas un eco;
si me quedas,
toda la noche aprenderá a cantar.»
El poema, el cuento, la clase, el recuerdo, el velorio. Cada uno era reflejo del otro, cada uno reeditaba un cálculo que se replegaba, una composición musical que retornaba, un cuadro que se dibujaba a sí mismo en un bucle sin final…
Y que vuelve a plegarse en estas lineas.
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