
Entro al escenario como quien cruza la puerta de un taller. La rutina me lleva.
Camino hasta mi silla contando los pasos. Son treinta y dos exactos desde la antesala hasta mi silla. No necesito mirar, mis pies saben el camino mejor que mis ojos.
Acomodo el instrumento y espero la batuta. Hace cincuenta años que espero lo mismo, cincuenta años que repito cada gesto como un obrero en una línea de montaje.
Mientras espero, mi arco requiere siempre tres vueltas y media de tornillo para tensar sus cerdas. Ni más, ni menos. El cuerpo ya no lo mide, lo sabe.
Me separo del atril exactamente a un brazo de distancia, el necesario para dar vueltas las páginas cuando la coreografía lo requiera. Igual distancia a la silla de mi colega más próximo. Son distancias que no mido, que ya me poseen, como huesos invisibles.
El ritual es inmutable. Puedo calcular el tiempo preciso que transcurrirá hasta que entre el director. Lo he hecho tantas veces que podría marcarlo con un reloj interior, incluso si se demora.
Ya no sé si tocaremos Beethoven o Mahler, si es Brahms o una obertura cualquiera de una ópera cualquiera. Tampoco importa, pues mis dedos sí lo saben. Se mueven sin preguntarme, sin consultarme. Yo apenas sostengo el arco y dejo que ellos trabajen.
Y luego la secuencia de toses aisladas en el público, un celular inoportuno, el celofán de algún caramelo que se despliega siempre a destiempo y los aplausos prematuros en un aria que demuestran que hasta el entusiasmo es un reflejo condicionado.
Sé cuándo el director pedirá a los solistas que se pongan de pie, qué broma repetirá el mismo músico (la repite desde hace décadas, como si fuera nueva), qué inspector controlará con rigor un orden que nunca se altera porque todo, absolutamente todo, es igual. Siempre igual. Exactamente igual.
He memorizado no solo el repertorio sino también la danza invisible que lo envuelve. El saludo al final, la reverencia, la batuta que baja con gravedad. Y yo, una pieza más en esta maquinaria de bultos confundidos con gestos eternos, noto que ni siquiera necesité afinar mi instrumento porque los dedos han aprendido dónde caer, incluso si las cuerdas no están como corresponde.
Antes, en mi juventud, todo me sorprendía, la música me atravesaba como un incendio y el pecho me resonaba como si yo mismo fuese de madera. Pero ya no. Hoy es rutina pura de dedos que se mueven solos y un arco que respira automáticamente mientras lo sostengo sin hacer ruido.
El público ya no es público. No hay caras, no hay ojos, no hay manos. También son bultos que aplauden, manos que solo hacen ruido. No me pertenecen ni les pertenezco. No me reconocen, y yo tampoco reconozco nada en sus ojos. Son solo una masa indiferente que exige la misma repetición que yo ejecuto. No hay emoción, no hay memoria.
Los programas se han fundido en un único rumor interminable. No sabría decir qué toqué la semana anterior ni qué tocaré la semana próxima. Todo se confunde en la misma masa sonora, interminable y sin relieve en la que lo único que cambia soy yo, cada vez más lento, más gastado, más viejo.
Sé que llegará un día en el que caminaré los mismos treinta y dos pasos, me sentaré, giraré el tornillo tres vueltas y media, mediré las distancias, colocaré el arco sobre la cuerda y no ocurrirá nada. En ese momento el silencio, paciente, habrá aprendido a tocar en mi lugar.
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