
El pasillo se curvaba como si quisiera ocultar lo que venía después. No había puertas, solo arcos sin marco, intervalos de luz y sombra que se sucedían con un compás invisible.
Caminaba lento pero no porque quisiera demorarme sino porque el eco de mis pasos parecía formar una melodía que necesitaba ser escuchada completa, nota por nota.
En algún punto, la penumbra se espesó. Vi allí un atril, solo, con una partitura abierta en un pentagrama de aire. No tenía nada escrito pero las líneas vibraban, tal como si cada una fuera la cuerda de un instrumento que nunca había visto. Al acercarme sentí que esas notas -o lo que fuera que fueran- no estaban escritas para ser tocadas sino para ser encontradas.
Seguí caminando. Las paredes se abrieron en una sala circular. El centro estaba vacío, salvo por un hilo de agua que caía desde el techo y se desvanecía antes de llegar el suelo. El sonido era una cadencia rota, una fuga incompleta que pedía ser continuada.
Supe en ese instante que no era yo quien buscaba, era la música la que me buscaba a mí, y entonces comprendí que no era un espectador de esta fuga sino su origen, su causa y su fin.
La fuga era mía, la búsqueda también.
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