
No es cierto que el mundo se rompa solo con terremotos o explosiones. Hay grietas tan finas que ningún arquitecto querría admitir su existencia pero que están ahí, avanzando despacio como raíces subterráneas.
Yo las he seguido durante siglos. He visto cómo una pequeña fisura en el suelo de un templo podía, con los años, dividir en dos un reino entero. O cómo una piedra desplazada en un dique podía vaciar un lago y arruinar aldeas que ni siquiera sabían pronunciar la palabra «colapso».
Mi tarea nunca ha sido repararlas. Mucho menos provocarlas. Solo espero junto a ellas porque, en algún momento -y siempre llega ese momento-, alguien o algo se asoma desde el otro lado. Entonces la grieta deja de ser herida para convertirse en pasaje.
Nadie me lo enseñó, no hay un manual para esto, pero sé cuándo una fisura está viva y cuándo solo es polvo acumulado. Lo sé porque escucho su respiración.
Anoche encontré una grieta que respira como si fuera mi propio pecho. La toco y siento el calor. Oigo pasos del otro lado, pasos que no son míos. Algo muy personal me dice que, cuando se abra, vendrá por mí la otra mitad que me falta desde antes de tener cuerpo.
Y que cuando cruce ya no tendré que guardar más nada.
Deja un comentario