
A veces pienso que la música es un animal que huye y que, en su huida, deja huellas demasiado perfectas para no ser perseguidas. Y el ricercare no es más que eso, seguir la pista de un ser que, al mismo tiempo, quiere ser encontrado y quiere perderse. Cada tema que nace parece girar la cabeza para asegurarse de que lo sigo y, de inmediato, acelera, se interna en senderos más enmarañados, como si temiese que mi mano lo alcance antes de que termine de transformarse.
En tal persecución no hay cazador y presa definidos pues somos dos presencias que se buscan y se rehúyen a la vez. Cuando el motivo inicial se repliega en la penumbra de una tonalidad lejana, no me abandona. Por el contrario, me invita a seguirlo con un gesto sutil, como el de quien apenas abre la puerta de un pasadizo secreto. Sé que si lo alcanzo demasiado pronto, si lo encierro en una forma predecible,perdería la vibración que lo mantiene vivo y moriría. Por eso lo dejo escapar, aunque en esa fuga sienta el vértigo de perderlo para siempre.
El ricercare es entonces la paradoja de la persecución amorosa, una búsqueda que no quiere concluir, un diálogo en el que las respuestas retrasan su llegada para multiplicar el deseo. El tema se disfraza, se refleja en espejos deformantes, se oculta detrás de sí mismo como un viajero que intercambia su ropa con la de otro y yo, que también huyo de la certeza, del final, de la quietud, lo sigo porque en su itinerario reconozco mi propio mapa de fugas.
Hasta que en el momento más inesperado, cuando al fin creo haberlo perdido, reaparece de frente. Pero no como un regreso sino como si siempre hubiese estado ahí, esperando a que el tiempo me diera la forma precisa de escucharlo. Entonces comprendo que, en este juego, no hay vencedor ni vencido. La fuga y la búsqueda son la misma cosa, y el ricercare no se resuelve con el hallazgo sino con la certeza plena de que siempre habrá un próximo paso que dar, un próximo eco que descifrar, una próxima sombra que perseguir.
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