
Me llamo Caín.
No esperes de mí arrepentimiento, lo que hice no fue por maldad sino por necesidad.
Todos recuerdan que maté a mi hermano pero pocos recuerdan qué me empujó a hacerlo. Porque los escribas y sacerdotes de siglos después se encargaron de dejar en claro que yo era el malo. Así era mucho más sencillo. Allí tuvieron un hombre, un crimen y un castigo fácil de relatar pero la verdad siempre es mucho más larga y, sobre todo, más áspera…
Desde niños, Abel y yo supimos que no valíamos lo mismo a los ojos del Altísimo.
Él, el pastor, yo el labrador.
Decían que la tierra estaba maldita por culpa de nuestros padres y aún así me la otorgaron como herencia. Para sembrar en un suelo que escupe piedras, sudar hasta la fiebre y ver brotes devorados por la sequía o por langosta. Eso era mi día, cada día, todos los días.
Al final, cuando ofrecía el fruto de mi trabajo, el humo subía recto y frío tal como si el cielo no quisiera olerlo. Pero Abel… no. Abel apenas ofrecía un cordero y el humo danzaba, acogido por un viento suave, como si Dios mismo lo invitara a su mesa.
¿Te imaginas vivir así?
¿Imaginas ver, una y otra vez que, sin importar cuánto te esfuerces, la puerta siempre se abre para otro y siempre se cierra en tu cara, sistemáticamente?
No odio a mi hermano, nunca lo odié. Lo que odié fue el papel que nos dieron. El suyo de elegido y el mío de advertencia. Y un día, cuando ya no quedaba nada de mí más que esa náusea omnipresente, lo llamé al campo.
No para matarlo, para pedirle que intercediera, que dijera algo en mi favor, para suplicarle que me ayudara a romper esa condena invisible.
Pero en sus ojos vi lástima y supe ahí que la lástima es peor que el desprecio, porque te da la razón al tiempo que te deja en el mismo lugar, allí donde estás.
No recuerdo el instante exacto, solo sé que hice lo único que podía hacer para dejar de ser el rechazado. Y pagué, pagó mi frente con la marca, pagaron mis pies, condenados a no descansar jamás, pagó mi nombre, que se volvió sinónimo de traición.
Sin embargo, por primera vez en la vida, elegí yo. Fui libre, por apenas un instante, aunque me costase la eternidad.
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