S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

En el extremo de la aldea, donde los techos parecían encogerse para aguantar mejor el invierno, vivía Iván Serguéievich, un hombre al que se le conocía más por su silueta que por su voz. Cada mañana, incluso antes de que el primer humo saliera de las casas, trepaba por una escalera de madera apoyada contra la pared y se sentaba sobre la chimenea.

No junto a ella, no a un costado, sino encima, en lo alto, con las piernas colgando hacia el vacío, tal como si no hubiera ninguna otra silla en el mundo que le resultara cómoda, aunque el humo pasara a su lado y, en los días más fríos, le envolviese el rostro como una densa bufanda de niebla.

Nadie sabía desde cuándo lo hacía ni por qué, y él tampoco lo decía. Su chaqueta, de un verde que alguna vez supo ser bosque y ahora era solo ceniza, tenía cuatro botones: uno de hueso amarillento, otro de madera oscura con una grieta, otro plano y sin barniz, y el último, cosido con hilo rojo. Los pantalones, gastados en las rodillas, dejaban escapar del dobladillo dos hilos desiguales que, cuando el viento soplaba desde el Este, parecían agitarse como antenas que olfateaban el mundo.

Iván permanecía allí durante horas, inmóvil, mirando siempre hacia el horizonte. Jamás nadie le vio leer, ni hacer señales, ni hablar. Tanto que el pueblo entero se acostumbró a su figura en lo alto, ese punto fijo sobre el que las estaciones se derramaban sin cambiarlo. Había quienes decían que buscaba o que esperaba a alguien. Otros señalaban que vigilaba algo pero, con el tiempo, dejaron de inventar hipótesis pues las preguntas sin respuesta acaban siendo un elemento más más del paisaje.

Hubo inviernos en los que la escarcha le cubría el cabello convirtiéndolo en un anciano de hielo, y veranos en los que el sol le doraba la piel y hacía brillar el hilo rojo de su último botón.

Nunca nadie supo si comía antes de subir o después de bajar. Lo único cierto era que cada día, con una puntualidad que no pertenecía a reloj alguno, Iván estaba allí arriba. Hasta que un amanecer cualquiera, cuando el aire todavía estaba frío y los tejados aún guardaban toda la humedad de la noche, el lugar sobre la chimenea apareció vacío. La escalera seguía apoyada contra el muro pero el humo de la casa salía libre, sin silueta que lo interrumpiera.

No lo encontraron adentro, no lo vieron en el bosque, tampoco en el río. La butaca junto a la mesa estaba intacta, la taza de loza -astillada en el borde- se encontraba vacía, con un leve cerco de polvo alrededor, tal como si nadie la hubiese tocado en años. Y sobre el alféizar de la ventana una mota de hilo rojo se balanceaba en la brisa.

No hubo búsqueda oficial, tampoco hubo explicaciones, solo el hueco de su ausencia en lo alto y los humos de la aldea que, desde entonces, subieron al cielo sin rozar ningún hombro.

El horizonte siguió igual. Tal vez él también.

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