S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

Ernesto siempre fue bueno con las palabras. Sabía usarlas con precisión, incluso con sutileza. Podía leer a otras personas con un tipo de lucidez que muchos admiraban aunque no supieran muy bien qué hacer con ella. Pero había una palabra, una sola, que se le escurría tal como si estuviese escrita en un idioma extranjero: amistad.

No es que no entendiera el concepto. Lo comprendía de manera casi académica, tal como se estudian las costumbres de una cultura ajena. Sabía lo que representaba, había leído sobre su importancia, varias veces había sido testigo de vínculos entrañables entre otras personas. Pero a él le costaba. No por falta de deseo sino porque no encontraba cómo apropiarse de ese lenguaje desde adentro. Lo veía como quien escucha una lengua que puede traducir palabra por palabra pero cuya música le resulta ajena.

Le pasaba desde siempre. Los gestos que cimentaban las amistades comunes – compartir una cerveza sin motivo, conversar durante horas sin propósito, ir al estadio, al cine o simplemente salir- no le resultaban desagradables, le resultaban lejanos. Como si fueran parte de un ritual en el que él nunca había sido iniciado. No los rechazaba, tan solo no sentía el llamado.

A veces lo intentaba, más por educación que por convicción. Se forzaba a asistir, a sonreír, a mantenerse en escena esperando encajar en algún momento. Pero era como intentar poner una pieza que no pertenece al rompecabezas, una pieza que duele. Una pieza de otro mundo.

Ernesto siempre terminaba sintiéndose impostor, intruso, fuera de lugar. Luego venía el agotamiento, el peso de haber representado un papel sin haber entendido el guion.

No era frío, no era soberbio y definitivamente no era indiferente. Solo que su forma de vincularse no era la que los demás esperaban. No por rebeldía sino por naturaleza. En cambio, en el amor, Ernesto sí encontraba refugio. No el amor templado y progresivo que se construye con paciencia, sino el otro. El torrencial, el total, el que lo devoraba y lo devolvía cambiado. Ahí se sentía vivo, ahí entendía las reglas, aunque fueran complejas. Lo podía nombrar, lo podía vivir, lo sentía suyo. Cuando amaba no necesitaba manuales.

Pero la amistad no. Ese era un terreno en sombra, un mapa sin leyenda. No sabía cómo empezaba ni qué la hacía durar, no entendía cuándo se esperaba que uno llamara, ni por qué. La sola idea de compartir un rato solo por dl hecho de compartirlo, sin una causa, un proyecto o una urgencia, lo desconcertaba. Le parecía hermoso, incluso envidiable, pero francamente inaccesible.

Sin embargo, había personas a las que quería profundamente, con las que se sentía a gusto, sin disfraces ni ansiedad, gente cuya compañía le aligeraba el mundo. A veces las admiraba en silencio, a veces las extrañaba cuando no estaban. Pero llamarlas amigas o amigos le resultaba difícil. No por falta de afecto sino por una distancia inexplicable entre el nombre y la vivencia. Como si dijera pan pero estuviera hablando de una piedra que aprendió a sostener con ternura.

Ernesto se preguntaba, entonces, si no habría otras formas de vínculo aún sin nombre. Relaciones sin libreto, sin casilleros predeterminados. Quizás existiese una manera legítima de estar con alguien sin repetir los formatos heredados de la amistad o la pareja. Tal vez, se decía con cierta esperanza, algunos afectos verdaderos no necesitan pasaporte para cruzar fronteras.

En tal caso, si hubiese gente dispuesta a quedarse cerca de alguien que no sabía cómo llamar a lo que sentía, tal vez también había lugar para él en ese firmamento sin senderos que seguir o terrenos donde levantar las casas de lo establecido. Tal vez su manera de querer era precisamente eso, inventar constelaciones.

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