
A fines de los años 80, cuando nuestro país todavía se sacudía el polvo de los sótanos autoritarios y la democracia aprendía a caminar sin muletas, la catedral laica del cine arte de la que casi todos fuimos acólitos organizó un ciclo de películas que quedaría en la memoria colectiva como una especie de milagro inverso: «El porno también es cine».
No se trató de un gesto marginal ni de una provocación gratuita. Fue una estrategia meticulosa, elegante, casi litúrgica. En el catálogo del ciclo, se hablaba de cosas tales como exploraciones necesarias de la corporalidad cinematográfica, el análisis del erotismo en tanto que disidencia estética y los límites de la representación en los relatos del deseo. Y se proyectaron títulos como El imperio de los sentidos, Calígula, La profesora de piano y algunas varias rarezas experimentales que incluían superposiciones de cuerpos difusos, jadeos en blanco y negro y mucho, mucho humo conceptual.
El gesto era muy claro y la idea fácilmente legible. Se trataba de santificar lo profano, elevar el sudor al plano simbólico y revestir el deseo básico con palabras largas y frases complejas.
Pero más interesante que la programación en sí resultó la procesión de espectadores que llenaban las salas, tal como si fuesen a misa. Profesores universitarios, críticos de arte, jóvenes con mochilas y sacos de pana, funcionarios cultos con barbas existencialistas, todos llegaban con cara de quien va a enfrentarse a un texto de Derrida y no a un cuerpo filmado gimiendo en plano secuencia. No iban a ver porno, de ninguna manera. Iban a pensar sobre el porno. O, al menos, eso decían.
Pues el gran éxito del ciclo no fue democratizar el deseo ni abrir espacios para su exploración libre sino ofrecer una coartada perfecta. Por fin alguien podía ir al cine a ver penetraciones explícitas sin tener que esconderse detrás de alguna bufanda ni tener miedo de cruzarse con su dentista. Allí, entre paredes respetables, el placer se volvía estética, tesis, provocación filosófica, y eso era mucho más que suficiente.
El ciclo fue, en rigor, una mojigatería sublime, una fiesta de la doble moral con música de Bach y olor a humedad erudita. Quienes nunca habrían pisado un cine del centro con nombre de antigua ciudad egipcia y alfombra pegajosa, encontraron por fin una forma de consumo que no mancillaba su imagen pública. Un deseo limpio, lavado con agua bendita intelectual, donde el porno seguía siendo porno pero pronunciado en francés.
Hay quienes aún recuerdan con orgullo aquellas funciones, como si hubiesen participado de una avanzada cultural libertaria. Evidentemente, no suelen decir que lo que encendía la sala era lo mismo que en todos los cines del mundo: el temblor del cuerpo ante lo que no se dice pero se ve. Lo que cambió fue el marco, el aura, el dispositivo simbólico. Y es problema que eso sea lo más pornográfico de todo: la necesidad de disfrazar el deseo de discurso para que no huela a deseo y envolver la carne en celofán semiótico. La. necesidad de seguir deseando, pero como hacer si no.
De más está decir que, cuando el ciclo terminó, nadie fue a buscar esas películas a videoclubes de barrio. Volvieron a sus libros, a sus conciertos, a sus disertaciones sobre la pulsión escópica. Pero ya habían probado el permiso, y eso no se olvida.
Fue como si, en medio de una ciudad censurada, alguien hubiese repartido entradas para mirar por las cerraduras y salir diciendo que, en realidad, estaban estudiando arquitectura de interiores.
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