S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

Había nacido en Montevideo, en el barrio Palermo, una casa con paredes de yeso que parecían susurrar teorías cuando llovía. A los trece años, entre partidos de truco y tardes de mate con bizcochos, descubrió una entrevista a Noam Chomsky en la biblioteca del liceo y desde entonces lo supo: la lucidez podía tener un rostro, y un lenguaje, y una postura ante el mundo. No se trataba solo de admiración, mucho menos de culto. Era respeto erudito, devoción crítica, amor intelectual.

Se llamaba Matías Perdomo, aunque sus amigos le decían Chomsquito, en chanza y con cariño. En un momento importante de su vida cruzó a Buenos Aires, como tantos uruguayos en épocas de vacas flacas, y allí se quedó. Enseñaba psicolingüística en una universidad pública, vivía en un monoambiente con libros apilados como ladrillos y el mate siempre cargado, tibio, a medias, como su esperanza de que el lenguaje, en verdad, nos redimiera.

Tenía subrayados todos los libros de Chomsky, podía citar casi de memoria los debates con Skinner, los artículos sobre Palestina, los análisis demoledores al intervencionismo yanqui. Le fascinaba el modo en que Chomsky convertía la ironía en bisturí sin perder jamás la sobriedad. Un día escribió al margen de uno de sus libros

«Si alguna vez lo conozco no le hablaré de gramáticas, le diré que me enseñó a no tenerle miedo al poder y que me dio palabras cuando me faltaban dientes«

Y un día ocurrió lo impensado. Una colega le dijo lo impensable:

Che, vos que sos tan del viejo Chomsky, viene a la Feria del Libro, lo invitan al ciclo de pensamiento crítico. Y ¿sabés qué?, tengo un amigo en la editorial que lo trae. Si querés te lo presento.

Fue como si el deseo hubiese cobrado vida. Durante días enteros, Matías caminó por la ciudad recitando en voz alta lo que le diría, refinó cada frase como si fueran haikus, pensó en comenzar con una anécdota, o tal vez con una pregunta punzante, quizás algo sobre Lingüística cartesiana, o sobre la Guerra del Golfo, o sobre el poder mediático como fábrica de consensos…

Lo soñó dos veces. En la primera hablaban durante horas y en la segunda tomaban un café. En ninguna de las dos callaba.

Llegó el día. Feria del Libro, Buenos Aires, 1997, Pabellón blanco. Tarde húmeda. El corazón de Matías latía como si tuviera verbos propios.

Primero lo vio de lejos. Un hombre flaco, casi frágil, rodeado de seguridad, periodistas y estudiantes con ojos encendidos no parecía un titán y sin embargo lo era. Luego, el momento: el contacto en común se acerca, una seña, tragar saliva, un breve temblor…

Noam, this is Matías, a linguist and a big admirer of your work. He teaches here...

Chomsky giró la cabeza. Sonrió, extendió la mano…

Oh, hi! Nice to meet you!

El apretón fue tibio, humano, real.

Matías abrió la boca y ahí, en ese punto exacto donde el pensamiento busca el lenguaje, algo se deshizo. No una idea, no una palabra, todo. Un torbellino de imágenes mentales, de argumentos leídos y de emociones comprimidas por años se arremolinó con violencia en su garganta. Intentó decir algo, cualquier cosa…

-Hi, Mr. Chomsky, how are you…

Y nada más. La frase quedó flotando, inconclusa, como un sintagma amputado, como un cuerpo sin sangre.

El gran Noam asintió, sonrió amablemente, como quien comprende el peso que a veces ejercen los mitos sobre las lenguas, y ante el silencio simplemente dio media vuelta y siguió caminando, escoltado por gente que sí podía hablar.

Matías lo vio alejarse, como se ve marcharse una palabra que no llega a nacer. Quedó solo, con la boca entreabierta, las manos en los bolsillos y un leve temblor en los párpados. No se odiaba, no se reía, solo sabía, con una certeza brutal, que la gramática generativa nunca previó ese instante.

La lengua puede ser innata, pensó. Pero la voz no siempre responde.

Y así se fue, caminando, entre los stands y las luces, como quien acaba de ver pasar a un dios sin más opción que hacerle una mínima reverencia muda.

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