
De la semiótica de los cuidados mínimos a la política doméstica de lo invisible
Si el lenguaje es el medio a través del cual organizamos el mundo y estructuramos el pensamiento, lo doméstico es un dialecto discreto que rara vez se analiza pero que todos hablamos. En ese dialecto, cada acto repetido, cada objeto fuera de lugar, cada descuido que se vuelve rutina, es una palabra. Y como toda palabra, tiene un signo, un sentido y un efecto. Desde esta perspectiva, la convivencia no es simplemente una suma de hábitos sino una escritura continua hecha de símbolos compartidos que revelan la arquitectura invisible de nuestras relaciones.
Hay gestos que parecen insignificantes, sí. Pero esa insignificancia es apenas una máscara. Porque lo mínimo, cuando se repite sin conciencia o sin reciprocidad, deja de ser neutro y se vuelve ideológico. ¿Quién apagó la luz del pasillo que quedó encendida toda la noche? ¿Quién notó que los platos del almuerzo siguen en la pileta a la hora de la cena? ¿Quién preguntó si necesitabas una mano cuando te vio con el abrigo en una y las bolsas del supermercado en la otra? Esos pequeños actos, o más bien, esas omisiones reiteradas, dicen algo. Y lo dicen con fuerza.
Como toda forma de lenguaje, estos gestos cotidianos pueden ser pensados en términos semiológicos. No por capricho teórico, sino porque esa mirada nos permite descifrar lo que parece inofensivo. Tomemos, por ejemplo, el signo de una taza usada que nadie lava. El significante es la taza sucia en sí, allí sobre la mesa. El significado es menos obvio, pero más poderoso: “alguien más (no yo) lo resolverá”, “ese cuidado no me concierne” o incluso “mi acción tiene prioridad sobre su consecuencia”. El objeto no habla, pero el gesto que lo rodea sí.
Y no se trata de moralismos. No es que haya buenas y malas personas en torno a una esponja y un detergente. Es que el modo en que nos relacionamos con las consecuencias de nuestras acciones mínimas está cargado de sentido. En cada omisión hay un relato, una distribución tácita de roles, un reparto implícito de atención. El problema, entonces, no es el plato sucio en sí: es su reiteración en manos ajenas. Es la certeza de que, al final del día, hay alguien que va a encargarse. Y que esa persona, casi siempre, es la misma.
Lo simbólico, así, no es lo abstracto. Es lo profundamente concreto que, sin embargo, remite a algo más. Del mismo modo en que una bandera no es solo una tela ni un anillo de compromiso es solo un adorno, una luz encendida a las tres de la mañana en una casa vacía es mucho más que un olvido, es una renuncia a pensar en el otro. Dicho de otra forma, la ausencia de gesto puede ser tan potente como el gesto mismo. O lo que Roland Barthes bien llamaría “la escritura de lo neutro”: aquello que no se dice, pero que organiza el sentido.
El orden, el cuidado, la atención, no son simples tareas funcionales. Son, en la práctica, formas de reconocimiento. Ver que algo está fuera de lugar y actuar es, de algún modo, ver al otro. Anticiparse a una necesidad, aunque mínima (apagar una luz, secar una mancha de agua, preguntar si se necesita ayuda) no es servidumbre ni deber moral: es lenguaje. Es una forma de enunciar que el otro importa. Y cuando ese lenguaje es unilateral, cuando solo uno habla y el otro se sirve del silencio, hay desequilibrio. No necesariamente violento ni mucho menos explícito, pero sí sostenido y, por lo tanto, político.
Porque lo político no ocurre solo en los grandes gestos. También habita los espacios pequeños. Se instala en la costumbre de no preguntar, en la ligereza de desentenderse, en la naturalidad con que ciertas personas siempre terminan resolviendo lo que nadie más ve. Ese “nadie más ve” que es, tal vez, el núcleo del problema. Pues ver implica asumir, y asumir implica compartir. Y no existe redistribución válida sin percepción compartida del esfuerzo.
Pensar la casa, el vínculo o la convivencia como un texto simbólico nos permite leer de nuevo lo que parecía ya sabido. Nos permite entender que la cortina de baño corrida, el inodoro con la tapa levantada, o el silencio ante el agotamiento del otro no son accidentes aislados. Son signos, y como tales pueden interpretarse, discutirse y resignificarse.
Pero para eso es necesario, primero, querer leer. Leer de verdad. Leer no solo con la cabeza, sino con el cuerpo, con la empatía, con la voluntad de ver lo que se ha vuelto invisible por la fuerza de la costumbre. Porque lo insignificante no carece de sentido: muy por el contrario, está saturado de él. Solo que no siempre conviene verlo.
Sin embargo, cuando alguien elige hacerlo, cuando empieza a preguntar, a ofrecer, a compartir lo que antes se asumía en soledad, algo se mueve. Tal vez no se trate de una revolución. Pero sí, quizás, de una forma de ternura lúcida. De esa que no se predica pero se practica. De la que no cambia el mundo en un día, pero transforma el día de quien vive con nosotros.
En estos tiempos de automatismo afectivo, eso no es poco.
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