
Nadie sabía muy bien qué pasaba por la cabeza de Ana cuando se enamoraba. Ella tampoco, pero había algo en esa forma suya de esperar un mensaje, esa manera de anticipar el sonido del celular como si fuese la campana de una epifanía, que dejaba claro que, para ella, el amor no era simplemente una emoción. Era una estructura. Era un lenguaje.
No amaba como los demás o, al menos, no como creía que los demás amaban. Lo suyo no era esa tibia danza de gestos sutiles, de ambigüedades que se negocian en el aire y que a veces, casi por accidente, desembocan en una historia. No. Lo de Ana era una urgencia, una necesidad vital de que el otro existiera, de que pensara en ella. De que le devolviera una señal, aunque mínima. Una palabra, un silencio cargado, una mirada que pudiera leerse como indicio. Y si no había signos los inventaba. No por capricho sino porque el vacío era más insoportable que la interpretación errada.
Había leído una vez sobre algo llamado limerencia. Un término raro, técnico, que nadie usaba pero que la hizo sentir menos sola. No era amor romántico ni obsesión pura, era algo intermedio, un tipo de apego intenso que convertía cada gesto en símbolo y cada ausencia en abismo. Alguien, una psicóloga de los años setenta, lo había nombrado y para Ana, que vivía tratando de traducir el mundo a estructuras comprensibles, eso era un alivio. Si tenía nombre probablemente también tuviese forma y, tal vez, entonces, no estaba tan perdida.
Desde chica había sentido que los códigos sociales eran una coreografía que nunca le habían enseñado. Todos parecían moverse en un guión que ella no había leído. Sin embargo, cuando amaba -cuando limerenciaba, como decía en broma-, todo parecía más claro. En esa intensidad desbordada, en esa hipersensibilidad emocional que la obligaba a registrar hasta el más leve cambio de tono en un mensaje, había algo parecido a un sistema. Con reglas, con gramática, con una lógica interna que podía, finalmente, entender.
No era que eligiese amar así. Simplemente no sabía hacerlo de otro modo. Y aunque a veces se odiaba por la vulnerabilidad extrema que le generaban esos vínculos, también sentía que era su única manera de sentir que algo tenía sentido, que no todo era caos.
A veces sus amigas le decían que tenía que bajar un cambio, que no podía tomarse las cosas tan en serio, que no era para tanto, pero para Ana siempre era para tanto. No por dramatismo, sino porque su cerebro funcionaba de esa manera: todo o nada, blanco o negro, presencia o vacío. No había zona gris que pudiese transitar sin ansiedades.
Sin embargo, no se veía como una persona trágica. Porque había tenido momentos de alegría mayúscula, de conexión auténtica. Breves, sí, pero intensos, como si alguien, en algún momento, hubiera logrado hablar su idioma. Esd idioma en que no hacía falta decirlo todo, en el que bastaba un cruce de palabras, un gesto simple, un instante para que dos sintaxis se acoplasen sin esfuerzo. Eso, para ella, era el paraíso.
Ana nunca pidió que la comprendieran del todo. Sabía que era difícil. Lo que sí esperaba, lo que deseaba, era que no la juzgaran por sonar distinta, por sentir en mayúsculas, por necesitar una clave de lectura más que una solución. Porque cuando se vinculaba no buscaba solo reciprocidad. Buscaba legibilidad, buscaba una confirmación de que lo que sentía tenía un lugar posible en el mundo del otro y que sus emociones no flotaban solas, como fragmentos de una lengua muerta.
Quizás por eso escribía. No poemas ni cartas de amor, sino fragmentos que parecían apuntes de una lengua desconocida. Un idioma emocional sin traducción exacta pero cargado de sentido. Como si el amor, para ella, fuera siempre una oración completa. Aunque no siempre hubiera alguien dispuesto a leerla.
Así, cada vez que alguien le decía que amaba demasiado fuerte, Ana apenas sonreía, con la melancolía de quien sabe que está hablando en otra lengua pero que sigue intentando conjugarse en voz alta.
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