
En la ciudad de La Tapada, que no figura en los mapas porque los mapas nunca anotan la fatiga, trabajaba desde hacía más de treinta años un hombre al que todos llamaban Blasco. Ese no era su verdadero nombre, era el apodo que le quedó desde que, una tarde, defendió a un compañero frente al capataz y le sacó un diente de un solo golpe. Tenía entonces 23 años, ideas claras, nudillos fuertes y una fe imbatible en la justicia obrera. Hoy, nadie recordaba ya por qué lo llamaban así.
Blasco no hablaba. No intervenía en las asambleas, no firmaba planillas, no respondía a los saludos de los delegados. Bajaba la cabeza, ajustaba el riel de sangría, alimentaba el chiflido del vapor en la caldera del escalda y, a la hora del mate, se sentaba siempre en el mismo rincón, lejos del suelo jabonoso de grasa tibia, para que no se le oyera pensar. Pero pensaba, vaya si pensaba.
Veía a los nuevos delegados pavonearse por los pasillos con caras llenas de excusas. Los oía decir que todo se resolvía «desde adentro», como si el adentro no se hubiera transformado ya en un teatro hueco en el que se repetía la misma obra gastada ante un público forzado. Escuchaba las mismas frases de siempre, los «hay que participar», «si no venís, no te quejés», «la lucha es colectiva», y se preguntaba, como quien mira llover en una pared que ya no da al cielo, en qué momento el sindicato había dejado de ser una trinchera para convertirse en un trampolín.
Blasco había estado en la fundación del gremio, había visto las primeras actas escritas a mano, los reclamos justos, las huelgas con hambre y con miedo. Había llorado de rabia y de orgullo cuando consiguieron la licencia por enfermedad para el más débil de todos. Y luego la rueda giró, y siguió girando, como gira la despostadora, sin mirar a nadie.
Vio cómo los representantes se transformaban en funcionarios. Cómo los problemas grandes eran reemplazados por disputas mínimas -una luz, una silla, una pared mal pintada- mientras los cuerpos se rompían igual.
Vio cómo los nuevos cuereadores, jóvenes con la espalda curtida pero bienintencionados, eran reclutados para la causa del ascenso, no para la del cambio, y supo que ya no había «adentro», que ya nadie preguntaba por la justicia sino por el pan dulce o el aire acondicionado, que lo que dolía no era la explotación sino la incomodidad, que la palabra «compañero» había sido vendida al mejor postor.
Pero Blasco no decía nada. No porque no tuviera rabia ni porque no supiera cómo decirlo sino porque ya no esperaba nada.
Cuando lo miraban con desdén por no asistir a la asamblea, no respondía. Cuando lo acusaban de indiferente, apenas sonreía. Y cuando alguien, ingenuo o recién llegado, le preguntaba por qué no hablaba, Blasco respondía:
–No es que no me importe, es que me cansé de hablar con paredes disfrazadas de discurso.
No odiaba. Tampoco quería convencer a nadie, solo quería terminar su turno, volver a casa, alimentar a sus gatos y leer algunas páginas más de El vizconde partido al medio, donde al menos alguien se partía en dos por una razón noble.
En La Tapada, la ciudad sin nombre, Blasco siguió yendo a trabajar, día tras día y año tras año al matadero donde antes se hablaba de huelga y ahora solo se discutían turnos. Y aunque no alzaba la voz, bastaba mirar sus manos para saber que no era sumiso. Era, simplemente, un hombre que lo había dado todo por la lucha, y que había visto cómo la lucha se transformaba en despacho.
En silencio, respirando bajo el agua del desencanto, Blasco seguía creyendo en algo mejor. Aunque ya no creyera que fuese a venir de ellos.
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