S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

Tabla de contenidos

El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

Cuando toco a Shostakovich lo que vibra no es la cuerda. Es el ser. No el mío, no el suyo, el ser en tanto que materia oscura e impersonal que subyace a todas las formas, que no se dice, que no se muestra pero que en ciertos momentos, como un seco presagio que antecede al terremoto, se manifiesta.

No es un dolor psicológico, no es tristeza, es algo mucho anterior al sujeto. Es un dolor ancestral, que no necesita causa porque es principio. Como si en los pliegues de cada frase musical se revelara un saber no dicho por la razón pero encarnado por el mundo. Su música no narra el dolor sino que lo revela como estructura del cosmos, como ley secreta de lo real.

Al tocarlo, mi cuerpo deja de ser un instrumento para volverse un campo de resonancia ontológica donde ya no interpreto una obra. Con él doy paso a una manifestación en la que la disonancia no es un efecto expresivo sino el sonido de lo que el mundo calla.

Su violencia no representa una historia, es la condición misma de toda historia. Y yo, al sostener el arco dejo de ser un ejecutante para convertirme en un médium, un pliegue momentáneo en la sustancia del ser, atravesado por una verdad sin palabras: que el dolor no es accidente sino forma, que la armonía no es el destino sino la excepción, que todo lo que vive está ya herido y que su música es la única que se atreve a decirlo sin prometer redención.

Por eso, cuando lo toco no hay público que importe, no hay afuera, no hay función. Hay sólo el acto desnudo de estar, sabiendo que estar es doler y constatando que el cuerpo, al vibrar con esa música, se vuelve más real que nunca, más frágil, más fugaz. Como si cada nota extrajera de mis fibras ya no un sonido sino la memoria primordial, la del primer desgarramiento, aquel que nos separó del todo y nos arrojó a esta forma finita que somos.

Shostakovich no me duele porque evoque algo triste. Me duele porque me recuerda que ser es, en su raíz más profunda, dolerse. Al tocarlo esa verdad brilla. No como consuelo, como luz.

Posted in

Deja un comentario