S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

Hace poco me contrataron para tocar en un cumpleaños de 70. Un salón prolijo, luces blancas, mozos con chaquetas limpias y bandejas bien entrenadas, y un puñado de personas que hablaban entre sí como si no hubiera ninguna música sonando.

Y no la había, al menos para ellos. De hecho, yo estaba ahí, tocando, pero nadie me escuchaba. Algunos asentían con la cabeza mientras pasaban por mi lado rumbo a la mesa de fiambres o a un reencuentro con alguna tía. Nadie aplaudía, nadie pedía otra. Nadie parecía registrar que el sonido no salía del aire acondicionado.

Sin embargo, no me molestaba. Y no porque sea un profesional estoico ni porque me sobre el altruismo. Al contrario, reconozco mi egoísmo. Toco para mí más que para el resto y esa noche fui feliz en mi rincón, sumergido en mi instrumento, sin la presión de ningún oído extraño y sacando brillo a cada acorde como si el cumpleaños fuera mío y todo lo demás ruido ambiente.

Toco para mí, y esa es, quizás, la mejor explicación de lo que me pasa con los Beatles. Porque no me gustan.

No es odio ni militancia anticlásicos. Simplemente, no me gustan. Tal vez porque crecí con otros modelos identificatorios, otros sonidos, otras angustias más parecidas a las mías. Tal vez porque sus letras me suenan a películas que nunca quise ver o a amores que nunca quise tener. O porque nunca me sentí llamado por sus trajes, sus cortes de pelo ni ese aire de poster colgado en la habitación de otro.

Tal vez porque preferí otros héroes, menos perfectos, más sucios, más desafinados.
O puede que haya incluso alguna una razón más oscura, más inconfesable, que ni yo mismo tengo deseos de escarbar.

Sin embargo -y esto es lo fascinante- me encanta tocarlos. Me fascina reproducir su música. Porque me asombran sus melodías y me sorprenden sus armonías, tan bien pensadas que siempre parecen espontáneas. Me cautiva la forma en que las voces se entrelazan sin pelearse y me impresiona que la batería sea siempre tan exacta que uno se olvida de que está ahí. Y la guitarra, y el bajo, todas capas que se van armando como si se tejiera una alfombra por debajo de los cuerpos de quienes escuchan.

Tocar la música de los Beatles es tocar algo que está vivo, que sigue respirando y que me invita a respirar con ella. Es un ejercicio de precisión y de entrega, como si al interpretar esas canciones yo me volviera parte de una maquinaria que no me pertenece pero que me recibe igual, que me abraza, que me da ganas de seguir tocando. De mejorar, de no abandonar, de invadir y explotar al máximo este oficio, incluso aunque nadie escuche.

Aunque no me gusten. Porque no me gustan.

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