S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

Siempre encontré una ternura inagotable en las marionetas, una ternura que trasciende sus ojos fijos, su andar torpe o el temblor que recorre sus extremidades cuando las sacude una emoción. Es una ternura que nace en lo que representan, en el hecho de ser criaturas que cobran vida frente a mis ojos y que, aunque sepa de antemano que hay hilos, manos, varillas y un archipiélago de mecanismos ocultos, me piden suspender la incredulidad y el escepticismo. Y yo, dócil y maravillado, acepto ese pacto con la más pura de las voluntades. Decido creer, aunque sepa.

Creer sabiendo, es esa la alquimia. El truco no me engaña, lo conozco de antemano. Incluso de niño, cuando era más sabio que ahora, ya intuía que detrás del títere había una persona, un gesto humano, una respiración contenida.

Pero aún así me entregaba, y sigo haciéndolo. Finjo sorpresa, río, me asusto, me emociono. Y lo hago no por ignorancia sino por una necesidad más profunda, la de volver a habitar el asombro.

Las marionetas son vehículos de esa nostalgia sin edad, de esa pulsión por narrarnos. Cada obra es un viaje, un pequeño mundo portátil que cabe en un teatrillo de madera o en la esquina de una plaza. Y cuando comienza la función algo ancestral se activa, la historia se despliega, los personajes se reconocen en su rareza y aunque su movimiento sea artificial, me parecen más vivos que muchos de los cuerpos que caminan por las calles. Porque no es su anatomía lo que me interpela sino su alma prestada.

Hay en todo esto una trampa, sí. Una trampa visible, evidente. Sé que no es real. Sé que esa marioneta que llora, ríe o muere, no puede hacerlo por sí sola y que hay un titiritero, una titiritera que mueve, que le da voz, que traza el hilo narrativo con la precisión de un artesano y la dulzura de una poetisa. Pero qué importa. No estoy allí para desenmascar sino para ser cómplice. Es, probablemente, uno de los pocos espacios en los que no deseo desenredar los hilos sino, por el, contrario, seguirlos. Porque lo que me conmueve no es la técnica sino el deseo. El deseo de dejarme llevar, de que me cuenten algo. De descubrir, aun en la fábula más absurda, una chispa de verdad que me espeje.

La marioneta, como el mito, como el amor, no necesita ser verosímil para tocarme. Me basta con que se mueva, con que me mire, con que se atreva a existir un momento para mí, para nosotros. Y así acepto, sabiendo que hay una mano detrás pero olvidándola. Sabiendo que el hilo existe pero volviéndome ciego a su trazo. Porque sé que todo es ficción pero no renuncio a la emoción. Porque en lo profundo, lo que busco allí no es la verdad desnuda sino esa otra forma de verdad que se parece a los sueños y a las canciones antiguas, esa verdad que no se prueba ni se explica sino que se siente.

Las marionetas me recuerdan que la magia no está en lo oculto sino en lo compartido, en esa suspensión amorosa del juicio, en ese gesto de sentarme frente al pequeño escenario y decir

«Llevame. No importa si te veo mover los hilos. Yo quiero ir igual«.

Y es esa complicidad, ese juego de saberme engañado y elegir el viaje de todos modos, lo que más me humaniza. Porque, a final de cuentas, la marioneta no desea ser libre de sus hilos ni nosotros queremos cortar los nuestros, lo que deseamos, todos, es contar una historia y que alguien, al escucharla, decida quedarse un rato más en ese mundo inventado siendo partícipe más que parte.

Porque ahí, en ese ratito suspendido, somos más nosotros, somos más verdad, somos más ternura.

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