
Montevideo no los odiaba. Tampoco los amaba. Simplemente los digería.
Lucía tomaba el 105 cada mañana y cada mañana perdía parte de sí en alguna esquina. Cruzaba la Ciudad Vieja como quien atraviesa un álbum de fotos envejecido, consciente de que allí hubo algo de lo que ya no quedaba casi nada. Más tarde pasaba por el Salvo sin mirar hacia arriba, no por costumbre sino porque lo había intentado una vez y le pareció que el edificio, en vez de rostro, solo tenía una sucesión de gestos mal cosidos. Y se limitaba a seguir.
Marcos vivía en Malvín Norte y trabajaba en una ferretería que no vendía nada nuevo. Su día comenzaba con una cortina metálica y terminaba con el olor de las manos sucias. Tiempo atrás había vivido en San Pablo tres años pero había decidido regresar sin razones claras, como quien se rinde sin decirlo en voz alta. Decía que extrañaba la rambla aunque jamás caminaba por ella. La ciudad le devolvía una versión de sí mismo que ya no podía discutir.
Cecilia trabajaba a dos cuadras de su casa, en un kiosco con fotocopiadora de Jacinto Vera. Había estado una vez en Ushuaia, becada para un curso sobre conservación del patrimonio, pero lo abandonó al tercer mes. No soportaba el frío aunque en realidad era el silencio lo que le helaba el alma. Y las lágrimas. Montevideo, con sus motores viejos y sus veredas rotas, le resultaba un murmullo conocido, una especie de arrullo miserable que no la consolaba pero la contenía.
No se conocían, nunca se habían cruzado pero estaban conectados. Bajo nombres falsos y perfiles sin rostro, se encontraban cada noche en una red social, un rincón de internet donde no hacía falta ser feliz, ni productivo, ni siquiera original.
Allí eran otros. Se escribían como quien deja botellas en el mar y compartían historias apócrifas con entusiasmo verdadero. Una vez Marcos fingió haber rescatado a un perro de la playa Ramírez mientras Cecilia relataba una escena romántica en un ómnibus nocturno y Lucía ponía megustas. Todas eran mentiras, sí, pero de esas que decían algo de lo que ya no podían nombrar con sinceridad. En ese mundo paralelo, entre memes, canciones viejas y anécdotas inventadas, encontraban un tenue reflejo de lo que alguna vez quisieron ser.
Nunca se buscaban afuera, nunca se pasaron sus nombres reales, no hacía falta. El servidor funcionaba con regularidad tranquilizante, como una costumbre que no pide permiso, y se había convertido en el único lugar donde se sentían algo importantes. Allí se nombraban, se leían, allí podían contestar con ironía, con ternura, con intrigas y hasta con suspicacias, allí podían oír el eco que no existía en los días grises, allí eran alguien.
No se lo cuestionaban pero lo sabían. Eran peces atrapados en una red. Una red que necesitaban para respirar.
No para escapar. Para vivir.
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