S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

No diré «quién» es porque eso implicaría atribuirle una consistencia del yo que él mismo se encargó de desmontar durante tres décadas de seminarios. Diré, en su lugar, «qué». O «qué no».

Jacques Lacan no es un autor, ni siquiera un sujeto en sentido clásico. Es, si se me permite, un punto de torsión en el lenguaje del siglo XX. Un acontecimiento significante que no se deja leer sino retroactivamente.

No nació en 1901 pues eso es una fecha. Es mejor decir que Lacan emergió cuando Freud dejó de ser leído como autor de teorías y comenzó a ser descifrado como texto. Allí, donde el inconsciente no es ya un sótano lleno de traumas sino una estructura, estructurada como un lenguaje, por supuesto, ahí nació Lacan. Es decir, cuando apareció la necesidad de que el analista se callara y se dejara hablar al significante.

Lacan es, entonces, el nombre del padre de una ruptura. Es quien vino a devolver al psicoanálisis aquello que el psicoanálisis mismo había dejado caer: su filo.

Y es que Lacan no decía «esto es así» o «esto es asá». El decía  «esto puede leerse así», incluso aunque la lectura fuese un malentendido. Y quizás precisamente por eso, porque todo entendimiento es un malentendido estructural, una suerte de éxito del fracaso de la comunicación. Así, hablar de Lacan es jugar con el espejo en el que no sabemos si nos reflejamos o si somos reflejados.

Un espejo que hablaba, pero no para enseñar -¿cómo se enseña lo que no se sabe?- sino para hacer pasar por el lenguaje esa experiencia radical del no-saber qué es el deseo. El suyo, el nuestro, el de cualquiera que se pregunte por qué repite lo que repite. Porque, al final, Lacan es un nombre que marca el lugar del retorno. Pero no solo el retorno a Freud, también el retorno de lo que no cesa de no escribirse, aunque no esté para ser comprendido sino para ser escuchado. Como se escucha una música que desarma el oído, como se escucha un lapsus que se dice sin querer o, más precisamente, que se dice porque se quiere no decirlo.

Hablar de Lacan es hablar con un idioma escindido, con palabras que se nos imponen y con un goce que no se deja reducir a la comprensión. Por eso Lacan es el que supo que el analista no interpreta sino que actúa como causa. Que no cura sino que fabrica sujetos, que no guía sino que nos extravía y que nos muestra que la verdad jamás se deja decir toda. Así que no lo definamos porque no podremos hacerlo. Solo podremos leer su falta.

Lacan no es un filósofo, no es un clínico, no es un maestro, es un significante que se desliza, que se enrosca, que se borra tras haber escrito algo que aún no ha sido leído. Y que, en ese desliz, enciende una forma de pensar que no busca cerrar el sentido sino sostener su fisura. Eso y la escansión.

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