
Hoy la justicia nombró a Elena. Hoy, por primera vez, alguien fue condenado por desaparecerla y aunque no alcanza -nada alcanza cuando nos arrebatan una vida, una voz, un cuerpo, una risa-, hoy el universo es un poco menos impune.
Elena fue maestra, una mujer valiente que corrió por su libertad hasta una embajada creyendo -como enseñó siempre- que había lugares en los que el derecho podía más que la violencia.
Pero la secuestraron de allí, la torturaron, la desaparecieron, aunque jamás pudieron borrarla.
Medio siglo después el silencio empieza a resquebrajarse. La justicia llega tarde, barrada, rota, demorada, mutilada por años de pactos y omisiones, pero llega. Y aunque no devuelva a Elena, aunque no nos la devuelva, la sentencia nombra lo que fue verdad desde siempre: Elena no se perdió, a Elena la desaparecieron, y hay responsables.
Hoy, entonces, no festejamos pero tampoco callamos. Nombramos a Elena y con su nombre empujamos al mundo un poco más cerca de la justicia que ella soñaba.
Y la seguimos buscando. Como a todos. Como siempre.
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