S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

Hay dolores que no surgen de punzadas ni desgarramientos sino que nacen de una persistencia opaca, de una tristeza sin relámpagos, como esas baldosas que se niegan a brillar por más que las frotemos. Así es Montevideo, así es el Palacio Salvo.

Nadie lo dice, nadie se atreve. Es un tabú. Como si señalar la fealdad fuese traicionar nuestra herencia o si admitir lo torcido y lo inhóspito fuese un crimen contra la patria. Pero es feo. Profundamente feo. Dolorosamente feo.

No es esa fealdad pintoresca que se torna entrañable con el tiempo, ni esa fealdad deforme que termina volviéndose arte. No. Es otra cosa, es una fealdad cruda, sin redención, como la del desaliento.

El Salvo se yergue como una cicatriz vertical mal curada en la cara ajada de una ciudad cansada de sí misma. Como una torre de luto, un mausoleo altivo, no hay en su arquitectura ningún gesto amable ni línea que consuele. Sus ángulos son tan hostiles como sus curvas, tal como si hubiesen sido trazadas por una mano muy enfurecida. Su cúpula es un sombrero deforme, su sombra no cobija, su silueta no destaca. Cae, pesa. Y huele.

Huele a polvo húmedo, a yeso viejo, a papeles apelmazados por la lluvia. Ese olor tibio de mármol sucio y de alfombra mojada, olor a sótano de intendencia, a muebles de ministerio, olor a olor. El olor de Montevideo cuando cierra los ojos y no quiere ver más, un olor que se pega en la ropa, en la lengua, en el recuerdo. Ningún perfume de panadería ni flor de jacarandá puede disimularlo pues es el mismo olor que vive en las cortinas de las pensiones, en los trajes de los funcionarios públicos o en las escaleras de incendios que nadie usa.

Su textura no es la de la piedra noble ni la del concreto moderno. Es rugosa, cortante. Tanto que si uno pasa la mano por su muro siente el rechazo, tal como si la propia construcción no deseara ser tocada, como si ella misma sintiera el dolor de llevar dentro algo podrido.

Sin embargo, ahí está. Símbolo, ícono y tótem. Un emblema de lo que no se supera pero tampoco se derriba. Como Montevideo, como Uruguay, como esa costumbre tan nuestra de amar con culpa y de recordar con más nostalgia que verdad. El Salvo es la postal de una melancolía institucionalizada que no representa nuestro pasado glorioso sino nuestra imposibilidad de dejar de mirarlo.

Casi como cualquier otro rincón de Montevideo. Porque sí, Montevideo tiene belleza, pero una belleza que surge del contraste. Una flor en un baldío, una sonrisa que aparece solo porque todo lo demás era llanto. Lo bello, en esta ciudad, también duele porque es raro, porque es escaso, porque nos recuerda que podría ser distinto pero no lo es.

El Palacio Salvo no puede ser destruido. No porque lo impida el patrimonio sino porque lo impide el alma. Es nuestro monumento sagrado al fracaso elegante, a la persistencia inútil, a toda esa fealdad que hemos decidido amar porque nos acompaña desde siempre.

Como el desencanto, como el frío, como nosotros mismos.

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