S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

Fotografía: Neeltje de Vries
Modelo: Wendy Tenbült

Hay una imagen que se repite como un eco ancestral en la historia de la fotografía artística, tal como si brotara de un rincón profundo de la memoria colectiva, la de una mujer desnuda montando a pelo un caballo. Sin rienda que le asista ni silla que se interponga entre ella y el animal, su piel sobre el lomo, su cabello al viento, la espalda recta como una espada sin guerra, es una escena que cautiva, que inquieta, que exalta, y no solo por su belleza formal (eso sería demasiado fácil, demasiado inmediato) sino por la amalgama simbólica que ofrece, tal como si se tratara de una pintura rupestre que vimos mil veces pero jamás terminamos de descifrar.

La fascinación, muchas veces malentendida como simple erotismo, no radica únicamente en el cuerpo expuesto sino en la fusión de tres fuerzas que rara vez conviven en armonía: lo humano, lo animal y lo libre. La mujer, despojada de toda indumentaria, no es aquí objeto de conquista sino figura de desafío. No hay sumisión en su gesto, hay en su lugar una declaración:

«no llevo silla ni riendas».

Lejos de mostrar lo evidente, que estaría dado por una escena de control, se exhibe una confianza radical, la entrega del cuerpo a otra potencia viva sin mediaciones de ningún tipo o naturaleza. El caballo, arquetipo ancestral de la naturaleza salvaje, no es montado con dominio sino con afinidad. Y la mujer, arquetipo primigenio del deseo en la mirada patriarcal que ha moldeado nuestras vidas, se reapropia de esa narrativa al colocarse justo allí donde el mito masculino suele ubicar al héroe.

Lo que vemos, entonces, es un nostoi, un regreso a la carne que no se avergüenza de su forma, al cuerpo que sabe que nació de la tierra, a la alianza bestial con los elementos.

La desnudez, lejos de ser pornográfica, es el lenguaje que nos dice que nada se interpone entre el ser y el mundo. Y montar a pelo, sin silla, es al mismo tiempo un gesto de vulnerabilidad y de fuerza, como si la mujer nos dijera que también es bestia, que también tiene cascos y crines invisibles, que también galopa cuando le arden las entrañas.

En esa imagen, reproducida, transformada, comercializada y mil veces idealizada, sobrevive un mito. La amazona sin armadura, una nueva Lady Godiva sin penitencia y esta vez frente a las ventanas abiertas de Coventry. O la mismísima Eva que, en vez de esconderse del paraíso perdido, lo busca al galope, sin ropa y sin culpas. Hay allí una utopía ancestral, una rebeldía sagrada y, por ello, la fotografía vuelve una y otra vez a esa imagen con la esperanza de tocar un nervio profundo, una herida, una promesa.

En ese instante congelado los espectadores, sin saberlo, no solo contemplamos a una mujer desnuda sobre un caballo sino que nos exponemos, involuntariamente, a las preguntas que no nos atrevemos a formular en voz demasiado alta: ¿qué si la libertad tuviese cuerpo? ¿y si tuviera crines? ¿y si, al final de cuentas, no necesitásemos nada más que el coraje de tocarnos sin miedo?

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