
Turín, agosto de 1950
Queridos míos, no escribo esto para ser recordado ni para explicar lo inexplicable. Lo escribo porque no sé hacer otra cosa, porque siempre escribí desde el borde de mí mismo, como si al nombrar el abismo pudiera conjurarlo, y porque nunca ha funcionado.
Busqué consuelo en los libros, en los cuerpos, en el trabajo, en los gestos repetidos de cada día, viví como alguien que espera y amé, sí, aunque no haya sido correspondido del modo que imaginé que debía serlo. Pero nadie tiene la culpa de cómo ama, a veces se ama hacia dentro, sin rastro, y otras veces se ama como una herida que no cierra.
No hay tragedia, sólo hay cansancio. No hay odio, sólo hay una falta de fe que se volvió costumbre. No hay valentía ni cobardía sino un gesto final, una decisión simple, sin dramatismo. Es como cerrar un libro cuando la historia ya no continúa, o dejar una mesa cuando no hay ya más pan ni vino.
A todos les pido perdón por no haber sido más generoso, por no haber creído lo suficiente, por haberme ido antes del último acto. Y a todos perdono porque no supimos hablarnos del todo, y eso es tan humano como las estaciones que vuelven sin preguntarnos nada.
Comprendí, al fin, que no hay consuelo fuera de uno, pero tampoco lo encontré dentro. Así que, por favor, no hagan demasiado ruido con esto y dejen que sea lo que es, apenas una nota al pie en un libro que ya estaba escrito.
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