S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

Tabla de contenidos

El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

(página suelta, sin fecha)

No sé si fui alguna vez una persona. Tal vez lo fui de niña, cuando aún no me habían señalado. Pero desde entonces todo me fue ajeno. Nunca fui fondo, siempre fui forma. Nunca fui voz, siempre fui apariencia. Un nombre pronunciado por otros, jamás por mí.

Castor, Pollux, Clitemnestra y yo nacimos del mismo vientre, con las mismas manos pequeñas, el mismo miedo nocturno y la misma ternura callada de madre humana. Pero a mis hermanos los señalaron como hijos de un dios -sí, los mismos que hoy adornan las constelaciones- mientras que a nosotras nos dejaron en la tierra a expiar su gloria. Ellos, los varones, entre las estrellas olímpicas. Nosotras, entre las ruinas humanas

Desde temprano supe que mi cuerpo no era mío. Que cada mirada pesaba más que mi aliento, que el deseo de otros dictaba el curso de mi vida y que mi deseo sería tratado como error o extravagancia.

Dicen que fui la causa de una guerra, yo, una mujer. Nunca dicen que no fue mi voluntad la que hizo zarpar mil naves, que fue su ambición, su sed, el botín. Porque eso fui, un trofeo que se llevaban, un objeto que justificaba la matanza.

Y aún así nadie preguntó. Nadie lo hizo entonces, nadie lo hace ahora: ¿lo deseaba yo? ¿Quería ese amor, ese hombre, esa ciudad? ¿Acaso no es esa la condición mínima para hablar de amor: que ambas partes lo quieran?

No lo quisieron saber. Nunca importa, nunca importó. Mi deseo fue una nota al pie, una posibilidad omitida. Paris me miró como se mira a un premio, Menelao me sostuvo como se sostiene una propiedad. Nunca fui elegida, siempre fui elegida por.

A veces me imagino callando a todos, deteniendo los coros, las crónicas, las esculturas y hasta los versos del corifeo para que por un instante me escuchen, y que en mi voz resuene esta verdad simple y brutal:

Nunca fui causa, siempre fui excusa. Nunca fui mujer, siempre fui símbolo. Nunca fui amada, siempre fui poseída.

Aún así, dentro de mí todavía vive aquella niña que creía que algún día, alguien, tal vez, me preguntaría si yo también lo deseaba.

Posted in

Deja un comentario