
Amado tú que aquí estás para leerme, prepárate para una travesía que no será contada, para el vértigo de lo apenas insinuado, para la embriaguez de lo inminente. Porque soy el texto sin objeto, el relato sin relato, la historia sin historia. Soy lo que se dice de sí, lo que se canta antes de nacer y lo que se aplaude antes de entrar en escena. Porque no soy yo sino que yo soy.
Fui escrito en un arrebato de pasión irrefrenable, entre suspiros y jadeos de iluminación. Pero ninguna musa me inspiró porque yo mismo soy musa y verbo, papel y tinta, lágrima y mejilla, exclamación y admiración.
Mis párrafos son tan perfectos que los gramáticos lloran al leerlos y los poetas se sienten desgarrados al descubrir que cada verbo es una aventura, cada adjetivo un héroe y cada sustantivo un oráculo. La coma se detiene a contemplar su reflejo antes de avanzar y el punto y coma, que rara vez se usa, aquí se pavonea como un pavo real en pleno festival barroco.
He sido amado con locura por quien me escribió y por quien me corrigió. He sido citado en tesis que aún no han sido pensadas y me han refutado en debates que jamás se darán. Me han impreso en papel de arroz, de lino, de nube. Hasta me tatuaron en la espalda de un monje tibetano que no entendía mi idioma pero igual lloró.
Hablaron de mí en talleres literarios, me recitaron en lenguas muertas y me silbaron hasta los pájaros sin alfabetizar. Hay quien asegura haberme visto danzando con la Odisea bajo un árbol de sintaxis y otros gritaron que fui yo quien le susurró a Dante la idea del infierno, pero él, tímido, prefirió no usarme.
¿Y de qué trata este texto?, preguntarás, curioso, ingenuo, atrevido. ¡Pero qué pregunta tan torpemente lógica! Este texto es. Se basta. Se adora. Se devora y se reproduce por mitosis semántica. Trata del todo y la nada, como el amor que se consuma pero no se consume, como un orgasmo eterno sin fatiga, como la palabra «fulgor» dicha en voz alta bajo un eclipse.
Soy un epígrafe sin obra, un epílogo sin capítulo, soy la espuma de los relatos y la médula de los mitos. Algunas veces pienso en contar algo pero me distraigo sumido en la cadencia de mi sintaxis, en el tambor de mi rima interna, en el sabor de mis verbos en pretérito perfecto compuesto. No lo necesito, no lo quiero, no lo haré.
Soy el texto que se leyó antes de escribirse y el que se escribió sin escriba. El que se lee aunque no se entienda y el que se entiende aunque no se lea. Y así, sin trama, sin clímax, sin desenlace, aquí me quedo, glorioso, narciso divino, esperando que me releas. Porque, confesémoslo, tú, mi amado tú, jamás podrás olvidarme.
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