
Hay un hombre encerrado en todos los hombres. Un nudo de carne, hueso y mandato, un ser que no llora, que no se entrega, que no se rinde. Y no porque no quiera sino porque no puede.
Desde antes del lenguaje, alguien ya había esculpido su máscara. No debía mostrar hambre ni ternura, no debía suplicar, ni temblar, ni amar sin dominio. Solo debía erguirse como un dios de hierro, sin grietas, sin dudas, sin piel.
Entonces llegó la marea violeta, el grito justo, el reclamo necesario, el que las mujeres levantaron con razón frente a sus narices.
Pero nadie le enseñó nunca cómo desarmarse sin deshacerse, nadie le mostró cómo mirar de frente sin que se le caigan los ojos. Le exigieron que fuera menos lobo y más cordero, menos fuego y más río cuando él solo conocía la furia como lenguaje y la piedra como escudo.
Ahora lo miran con desprecio. Dicen que es frágil, que es inútil, que es un estorbo. Y él, sin palabras propias, ruge con palabras prestadas:
«Las odio. Las odio por ser libres. Por no necesitarme. Por no desearme»
Pero no las odia, en verdad. Se odia a sí mismo por no haber aprendido jamás a amar sin dañar, por no saber acariciar sin miedo y por no poder llorar sin castigo.
Así, noche tras noche, se abraza a su propia carne con vergüenza, como quien intenta recordar que alguna vez tuvo alma. Pero el autoerotismo no es placer sino un grito mudo de existencia:
«Estoy aquí. Aunque no me vean. Aunque no me quieran»
No es deseo. Es prueba, es castigo, es lo único que aún le pertenece. Y cuando termina vuelve la rabia. El eco en la caverna le grita que fue derrotado, pero no solo por ellas sino, además, por aquel dios cruel que lo crió a imagen de su sombra.
Ese dios, el Gran Patriarca Eterno sin rostro ni voz, le recuerda todo el tiempo que, aunque el mundo cambie, el macho alfa que no domina no existe, a él, que moriría mil veces antes de volverse humano.
Porque en este sistema ser humano es traicionar el mandato. Así, prefiere ser una piedra rota antes que carne viva.

Por siglos, la construcción de la identidad masculina se sostuvo sobre un conjunto de mandatos profundamente enraizados en la cultura patriarcal. Entre ellos, hay uno en particular que se destaca por su crueldad silenciosa: la obligación de no mostrar debilidad.
No se trata solo de evitar el llanto o la ternura; se trata de una proscripción más radical, la negación sistemática de todo aquello que se asemeje a lo humano si no está mediado por el poder.
En ese marco, el varón hegemónico ha sido configurado como una figura invulnerable, autónoma, impermeable al deseo del otro si ese deseo no reafirma su posición dominante.
Desde la infancia se le exige no mostrarse subalterno a nada ni a nadie. No debe necesitar, no debe suplicar, no debe amar sin dominar, porque si lo hace traiciona su género. Ahora bien, en tiempos en los que el feminismo ha logrado visibilizar con fuerza las múltiples violencias y desigualdades de este orden se produce un fenómeno paradójico y preocupante.
De hecho, a muchos varones, lejos de abrírseles una posibilidad de transformación, se les presenta un abismo infranqueable. Porque han sido programados para la guerra pero no para la convivencia. Para el control pero no para el lazo. No saben, porque no se les permitió aprender, cómo vincularse con una mujer desde la horizontalidad sin sentir que pierden algo esencial de sí mismos.
Y es allí donde comienza una forma de colapso subjetivo. Algunos hombres no logran reinterpretar su posición en un mundo donde la mujer ya no ocupa el rol de objeto o propiedad sino el de sujeto con voz, deseo y autonomía. Para ellos, la emancipación femenina no se vive entonces como un avance colectivo sino como una verdadera amenaza personal, una expropiación del sentido que estructuraba su virilidad.
Y en ese vacío surgen respuestas defensivas que oscilan entre el retraimiento emocional y la agresión, tanto simbólica como física. Incapaces de llorar o de ceder, muchos encuentran en la autocontemplación ya no una forma de goce sino una suerte de consuelo pálido, una reafirmación desesperada de que aún conservan algo, aunque más no sea el control de su propio cuerpo. Y cuando ni siquiera eso alcanza, aparece entonces el discurso reaccionario que culpa a la mujer empoderada de su impotencia emocional.
No pueden amarla sin dominarla, y como ya no pueden dominarla, el amor se les vuelve completamente imposible.
El resultado no es solo doloroso para las mujeres sino también profundamente alienante para ellos mismos. Es la tragedia del sujeto que ha sido moldeado para ejercer la violencia pero que no encuentra un lugar legítimo donde ejercerla. El sistema que lo formó, ese mismo sistema que los feminismos denuncian, es también el que lo ha vaciado por dentro.
Ojo, no se trata aquí de reclamar compasión para el macho herido sino de comprender y exponer que sin una revisión profunda de la masculinidad por parte de los mismos varones, los vínculos seguirán siendo campos de batalla. Y, evidentemente, la solución no pasa por el retorno nostálgico a un pasado autoritario, ni tampoco la condena moral sin escucha. Lo que urge es algo nuevo, una verdadera pedagogía de la desobediencia afectiva, una nueva forma de habitar el género que no le tema a la fragilidad ni al deseo de cuidado. Porque mientras la única autovalidación masculina siga siendo la dominación o el resentimiento, estaremos condenados a repetir una y otra vez la misma escena, la del hombre solo frente al espejo, furioso, deseando amor y completamente incapaz de pedirlo.
Quizás en este punto convenga también revisar con otra luz a quienes hoy llamamos “hombres deconstruidos”. Porque tal vez no se trate solo de varones que, habiendo comprendido sus privilegios, decidieron renunciar conscientemente a ellos. Tal vez se trate de hombres que nunca lograron ser completamente asimilados por el modelo hegemónico, hombres a los que el sistema intentó convertir en cuadros funcionales de la masculinidad pero que, por grieta, por falla, por sensibilidad, por exilio o por suerte, no encajaron del todo, hombres que no terminaron nunca de construirse y quedaron al margen del sistema. Y es precisamente en ese margen, en ese residuo no colonizado, donde hoy germinan nuevas formas de habitar lo masculino. Pero no como una traición al mandato sino como su bendita insuficiencia.
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